¿Qué tema de fondo ha afrontado el país?

en Las 9 cartas de José Hernández por

No hay cambio sin tensión. Eso debía durar algunos meses, se dijo en su entorno, tras los cuales vendrían las propuestas. ¿Dónde están?

Presidente, ¿va a usted a dilapidar el cambio que encarna? El destino político que se forje no debiera incumbirle sino a usted. Pero da la casualidad de que usted es el presidente de la República y que sus actos tendrán irremediablemente consecuencias para la nación.

Doble motivo, entonces, para hacer las preguntas que usted juzga incómodas y que le han valido a los medio serios, sobre todo a ellos, ser vilipendiados en su gobierno. Por usted, Presidente.

Usted simboliza el cambio. Ese es un dato de la realidad que nadie puede soslayar. Usted logró, en pocos meses, fragilizar –no demoler– algunas de las mafias instaladas en el Estado. Hay círculos de derecha que no se lo dirán, pero hoy respiran más tranquilos, sobretodo en Guayaquil. En ese sentido, el mérito suyo no solo es haber producido un revolcón político: es haber acelerado un proceso que buscaba un Estado dedicado al interés general, la separación de poderes, instituciones que funcionen, racionalidad en el manejo de la cosa pública, respeto a la ley, inversión, producción, equidad, lucha contra los monopolios y la corrupción… Usted cosechó lo que otros, en muchos sectores y durante muchos años han sembrado. Por eso Vanguardia dio por sentada su victoria 10 meses antes de que se produjera. El terreno estaba fértil y su perfil coincidía como mandado a hacer con las expectativas que cualquier ciudadano sensible podía sentir en el ambiente.

No hay cambios sin tensión. La deconstrucción que usted inició parecía entonces necesaria e inevitable. Y en su entorno se dijo que duraría apenas unos meses y que, tras esa etapa, vendrían las propuestas. Se dirá –porque la retórica oficial es profusa– que usted ha formulado un gran número. Y sí, hay listas en sus ministerios. Pero no se trata de eso.

Usted tiene decenas de micrófonos que se le tienden a diario. Tiene, por ello, la posibilidad de incidir, ¡y de qué manera! en la agenda. Tiene la potestad de encaminar al país por senderos y actitudes que nadie más, en este momento y en esa dimensión, puede hacer. Puede convocar al país alrededor de temas fundamentales para que la opinión los decante. Esos son los privilegios inherentes a su cargo y que también se desprenden de su enorme popularidad.

¿Qué tema de fondo, señor Presidente, ha afrontado el país? ¿Qué debate ha sido liderado por usted con la constancia que requiere una propuesta para calar en las conciencias y volverse lúcidamente política de Estado? Ninguno, con el respeto debido.

En vez de aquello, que debía asemejarse a una pedagogía democrática, usted ha proseguido su obra de demolición. Usted se ha centrado en ella sin temor a polarizar sobre cosas secundarias y sin la entereza de profundizar en las esenciales. Usted ha persistido en ello, Presidente, siguiendo la máxima que tan magnífica y dramáticamente resumió su gobernador en Guayas: o con ustedes o contra ustedes. ¿Y qué es estar contra ustedes, señor Presidente, cuando la reconstrucción no empieza? ¿Qué es estar con ustedes cuando la palabra que debiera convocar, movilizar y polemizar alrededor de tesis, se extravía en ataques y descalificaciones que lo erigen a usted en el único ciudadano detentor de verdades? ¿Es eso el cambio propuesto?

Se pensaba –se dijo que ustedes así lo creían– que en un país con poca democracia efectiva, se necesitaba más democracia. ¿Ésta se logra vaciando el espacio público de interlocutores? ¿Se logra interponiendo el peso de su palabra para retirar la credibilidad a aquellos que cuestionan sus actitudes o la de sus ministros? ¿Se logra prohibiéndose usted y prohibiendo a sus colaboradores asistir a los medio que usted juzga adversos? ¿Es ese, Presidente, el cambio que usted preconizó y por el cual votó una mayoría de electoras y electores?

Usted dice que su decisión no responde al desacuerdo sino a los insultos que algunos, según usted, le prodigaron. Con el respeto debido, ¿no ha sido usted mismo quien ha recurrido a ese mecanismo para referirse a algunos de sus adversarios?  ¿No es usted quien usa epítetos absolutamente descalificadores e hirientes contra medios y personas que no calzan en sus afectos? Si esto es hoy, Presidente, mientras usted goza del favor popular – que en el país es tan volátil–, ¿qué ocurrirá cuando le atrape la realidad del poder? ¿Hay cambio cuando usted desempolva figuras jurídicas, como la del desacato, que le dan preeminencia a usted y a su palabra sobre los ciudadanos?

Una, dos, tres… ¿cuántas campañas, Presidente, con el costo social que esto implica, antes de que usted cese –o merme– su obra de demolición y empiece la refundación institucional que esta contenida en su propuesta? Lo grave no es solo la campaña. Es que usted –que en ella ve una labor para levantar el ánimo de los ciudadanos– está sobregirado en sus promesas. ¿Ha pensado, Presidente, en el bumerán que con suma pasión está usted fabricando? ¿Ha medido lo que ocurrirá a su gobierno si usted no llena la sobre expectativa que está generando en cada cantón del país? Y si la llena, ¿qué ocurrirá cuando el presupuesto no aguante la campaña de subsidios que está sosteniendo parte de su popularidad? ¿Era es la diferencia con la vieja derecha que oscilaba entre la desidia y el endeudamiento; entre el populismo y los ajustes?

¿Es de izquierda hacer pensar a la opinión que el país tiene tanto dinero que puede activar la economía solamente desde el aparato estatal y que pueden englutir los ahorros que tiene como si mañana alguien tuviera que apagar la luz? ¿En qué se diferencia esa práctica con aquello que los historiadores califican de populismo denodado e inconsciente? ¿No es una irresponsabilidad mayúscula subsidiar ahora a los taxistas y aumentar así el número de asistidos?

Usted seguramente lo sabe: hay adversarios suyos que, como en el cuento de García Márquez, han decidido que es urgente sentarse en el andén de enfrente a esperar que sus errores hagan su obra. Es una deplorable alternativa, pero otros les han enseñado que el vértigo es el peor enemigo del poder y el mejor aliado de los que quieren que nada cambie. Y hay vértigo en su gobierno. Y atisbos de errores que el país ya advirtió en antecesores suyos cuando gozaban de popularidad: abrirse frentes, no corregir a tiempo, sobreexponerse, no diferenciar el partido del Estado, desconocer procedimientos legales, creer que retórica y acción de gobierno son lo mismo…

En esa letanía, la relación con el sector privado también turba. Si usted y sus aliado son realmente una alternativa que piensan durar más allá de su período, ¿No es lógico esperar políticas –desde su óptica, pero políticas– en vez de ataques o descalificaciones? ¿ Cuál es realmente el papel que piensa ver jugar al sector empresarial? ¿Cómo piensa solucionar estructuralmente el problema del comercio y los mercado externos? ¿Cómo logrará la acumulación de capital que necesita el país? ¿Cómo piensa traer inversión y dinamizar el empleo? Hay, Presidente, muchas preguntas que su gobierno no contesta porque en vez de respuestas concretas hay proliferación de discursos. O de lemas.

Felipe Gonzales dijo, en su visita a Guayaquil, que no le interesaban la ideología sin ideas ni la retórica sin resultados. Y para obtenerlos es sabido –lo dicen los chilenos y los españoles que mucha ventaja llevan al país– se necesita liderazgo pero también visión política y capacidad para concertar. Sin ello, perderá el país la oportunidad de cambio que se abrió, otra vez, con su presidencia. La izquierda volvería a ser un cartel de quejas y la derecha un club de indolencias calamitosamente impresentable.

Hay muchas otras preguntas, Presidente, que en plena campaña y con su agudo sentido mediático, no hay como hacerle de otra manera.

VANGUARDIA 104 / 18 DE SEPTIEMBRE 2007

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