Dizque Hernán Reyes no fue inquisidor

en Las 9 cartas de José Hernández por

Lo extraordinario de los correístas es esa osadía nimia en su acepción más chabacana: el descaro. Cojan, por ejemplo, a Hernán Reyes. ¿Le oyeron en Radio Visión, hace unos días? Reyes renunció el 1 de septiembre al cargo de vocal del Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y la Comunicación (Cordicom). Él ayudó, entonces, a perseguir medios de comunicación y periodistas. Pues al oírlo no parece. Cualquiera que no lo sepa, creerá estar frente a un intelectual independiente y distante. No ante un apolegeta que puso su nombre al servicio de un régimen autoritario.

Reyes es un hombre impertérrito. Si antes paría análisis, ahora da lecciones a los damnificados de decisiones que ayudó a tomar. Si antes contribuyó a que ciertos medios entren en crisis, ahora pontifica sobre el misérrimo periodismo que hacen. Incluso anuncia que está analizando lo que escriben en sus blogs aquellos que ya no pueden escribir en los medios tradicionales. Y si antes hacían buen periodismo –eso dijo– pues ahora lamenta que hayan olvidado el abc del periodismo. Lo que escriben –dice refiriéndose a Roberto Aguilar y a este bloguero– no son informaciones. Ni editoriales. Él sí sabe. Sabe tanto que puede afirmar que nos hemos convertido en punta de lanza de la oposición. Peones que exacerban los ánimos. Inefable Reyes. Y si eso fuera cierto, ¿qué hicimos en el pasado?

Él, claro, no es político. Ni militante. Ni apologeta de los dogmas correístas. Tampoco intelectual funcional. Funge de oráculo. De profesor sin tacha dedicado ahora a dar lecciones al gremio que contribuyó a perseguir. Nada sabe él del batallón purificador del cual hizo parte. Nada sabe de la censura institucionalizada, del acoso administrativo, del dogmatismo político, de las multas, de los juicios, de la intolerancia. Nada sabe de la brutalidad, de la indecencia intelectual, de la vulgaridad de Alvarado, Ochoa y Barriga. Nada sabe de los medios quebrados por culpa del hostigamiento gubernamental. Tampoco sabe del juicio macondiano hecho por Rafael Correa a El Universo. Ni de la venta de El Comercio a un fantasma mexicano… Nada sabe de los centenares de abusos (monitoreados por Fundamedios) cometidos por el aparato inquisitorial del cual hizo parte.

Reyes cree que el periodismo ecuatoriano vive en una situación de normalidad absoluta. Y se admira de que entre aquellos que trataron de hacer buen periodismo hoy algunos apenas mantengan un blog de opinión. Y les reclama. Hay que andar alucinado para tergiversar la realidad a ese punto. Él cuestiona a los damnificados en vez de analizar el modelo propagandístico que Rafael Correa quiso implantar (como verdadero periodismo) y que lo llevó a declarar una guerra sin tregua contra los medios privados. ¿Dónde está el buen periodismo que debía reemplazar el “periodismo corrupto”? ¿Hacen periodismo público los medios gubernamentales que tienen todo a su favor: dinero, logística, gente y mercado cautivo?

El caso de Reyes no es único. Ya está incluido en numerosos libros de historia que examinaron el rol de esos intelectuales que fueron al encuentro físico y místico de los movimientos revolucionarios. Un ejemplo: Jeannine Verdès-Leroux escribió en 1983 “Al servicio del partido”. Es la historia, en 585 páginas, de los intelectuales franceses y el partido comunista entre 1944 y 1956. Es obvio que esos intelectuales funcionales aman creer que están cambiando la historia. Aman pensar que son útiles. Aman imaginar que su rol no es dar cuenta de la realidad sino ayudar a imponer la representación que el poder perfila. No hay mayor seducción afectiva y efectiva que esa visión global.

Eso explica por qué Reyes no quiere hablar de detalles casuísticos como saber si un diario, un periodista o Fundamedios son víctimas de la lógica del poder que él contribuyó a estructurar. No es su problema. Su problema es creer que la opinión mediática pesa más, según dice, que la opinión ciudadana. Por supuesto, él pone la premisa y la conclusión. Oh sorpresa: es el raciocinio de Correa que dio lugar a los tribunales de la inquisición que lo emplearon.

Ese es el problema que trota en el cerebro de Hernán Reyes. Y al decirlo, confiesa que a pesar de su entrega a la causa, la tarea sigue vigente. No ganaron esa mano. Obviamente no es la opinión mediática lo que le preocupa. Le inquieta que la opinión ciudadana, las redes sociales, los medios atropellados o los simples blogueros causen interferencias a la voz y a la verdad del monarca. Le inquieta la libertad con todos sus matices (que los conservadores llaman excesos).  Él, al igual que Rafael Correa, se cree destinado por la historia a decidir lo que los otros deben hacer. Por eso hizo parte del batallón purificador.

No hay duda: hay que tener una alta dosis de desvergüenza para afirmar, ante los atropellos del gobierno contra la prensa, que es mala la calidad de deliberación pública que proponen los medios. Reyes finge ignorar que, gracias a personas como él, la mayoría de esos medios apenas sobreviven. Finge ignorar que muchos medios estaban haciendo cambios cuando llegó Correa porque tenían conciencia de sus retrasos y falencias. Finge ignorar que los periodistas que intentaban hacer buen periodismo, según dijo, hoy ni siquiera tienen trabajo… Inefable Reyes.

(Publicada el 1 de octubre de 2015 en el blog sentidocomunecuador.com)

2 Comments

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*