La cita que casi cambió el mundo

en Las 9 crónicas de Roberto Aguilar por

Se reconocen a la distancia y a grandes zancadas se aproximan con los brazos abiertos. Se han visto en vestíbulos de otros hoteles en otras latitudes y hoy vuelven a encontrarse en el Marriot de Quito. Unos a otros se fotografían con sus gadgets de bolsillo, intercambian sonrisas y lisonjas, se ponen al día: “Sabía que te encontraría aquí”, “¿Te ascendieron?”, “¡Nuevo look!”, “Te veías más seria en Cozumel”, “¿Por qué no fuiste a Durban?”. Son la élite continental del jet y el Foro de Ministros del Medio Ambiente de América Latina les proporciona cuatro días para juntar anécdotas en la mitad del mundo.

En la doble fila de mesas dispuestas en forma de cuadrado en el salón Amazonas, grande como un supermercado, cabe un centenar de expertos de 31 países, nueve organismos internacionales y seis oenegés. Decenas de ellos no se encuentran realmente ahí: deambulan por el ciberespacio y no volverán a tierra ni por cortesía cuando comiencen las intervenciones. Con la página de CNN, el correo electrónico o la Wikipedia combatirán al verdadero protagonista del encuentro: el tedio.

Entre las mesas circula el personal de servicio, llevando jarras de agua helada. Para que nadie se confunda, los organizadores han tenido la brillante idea de vestirlos de acuerdo con su rango. Con ropa de indios, se entiende: poncho rojo, pantalón blanco a media canilla, sombrero y alpargatas. El invento, a la par que pone a cada quien en su sitio, completa graciosamente el abanico de los códigos indumentarios que desciende desde los ministros, vestidos de seda (corbatas o medias de seda, según su sexo), hasta los camareros, disfrazados de lana, pasando por la tropa oenegecista, de algodón y mezclilla. Reconocibles todos a primera vista.

Ligerita y muy erguida llega la ministra Marcela Aguiñaga cuando ya todos han tomado asiento. Camina estirando bien las piernas como en una pasarela. No lleva nada en las manos, para eso es ministra. Una media docena de funcionarios la rodea con todos los documentos que hagan falta y una asistente que le carga los teléfonos y la cartera (lleva dos colgando del antebrazo) la sigue corriendo con pasitos cortos, hundida entre los hombros la agobiada cabeza y congelada en los labios una mueca de sacrificio. La jefa, en cambio, sonríe luminosa y saluda con la mano en alto y un leve movimiento de los dedos a las chicas que toman las inscripciones.

Ni media hora se queda la ministra. Da un discurso de ocasión y deja a los expertos debatiendo solos. Por el momento, se limita a recordar que el objetivo del encuentro es preparar una posición conjunta de América Latina para la cumbre Río +20. Y se va. Volverá dos días después, cuando lleguen sus pares de todo el continente: 31 en total más los respectivos asistentes que les cargan portafolios y carteras, celulares y carpetas.

Comienzan entonces los debates, que no lo son ni mucho menos. La primera sensación que experimentará un observador no iniciado en los códigos de la élite del jet es que las cosas avanzan de manera paquidérmica, demoradas entre formalidades que impiden ir al grano. Y que los temas, los “importantísimos”, “urgentes”, “imperativos” temas a que aluden los expertos en sus intervenciones tardan en aterrizar y en concretarse. Dos días después, cuando lleguen los ministros y arranque la etapa final del encuentro, entenderá el neófito que los temas no aterrizan nunca. Quizá lo hagan en el próximo encuentro, en Bariloche, Cancún o isla Margarita. O donde fuese.

Sin embargo, algo se traen entre manos los expertos. Todo parece indicar que están a punto de comenzar con lo importante. Uno propone “crear una secretaría técnica cuyo objetivo sea desarrollar un programa de trabajo”. A otro le parece que es urgente “aprobar una propuesta de operacionalización”. “Crear una agenda de compromisos regionales y locales”. Sí, de acuerdo, pero “debe estar concatenada”. Obvio, debe estarlo. “Y que las propuestas se hagan en su marco lógico”. Natural, no hay otra forma. Todo eso configurará “una plataforma para la articulación de las prioridades regionales y la preparación de estrategias”. Imprescindible. Porque “es imperativo trabajar en el redireccionamiento estratégico del modelo”.

En todas estas intervenciones (y así será durante cuatro días) el tono de voz es monocorde, arrullador casi. Y conste que los temas de la agenda son de aquellos que conmueven a la humanidad: el calentamiento global y sus desafíos impostergables, el cambio climático con su estela de destrucción y muerte. No importa. Aquí no hay oradores que conmuevan, que sacudan al espectador, que lo saquen de su marasmo. Aquí nadie se permite alzar la voz, jugar con los silencios, provocar con las palabras. Aquí todos hablan con el mismo tono que caracteriza a la información de arribos y salidas de vuelos en los aeropuertos.

Estos parlamentos duran horas y el observador neófito entiende perfectamente por qué muchos de los presentes se refugian en el ciberespacio y no se dignan a alzar la cabeza de la pantallita. ¿Para qué? Así termina la mañana. Los expertos sonríen satisfechos. Nadie duda de que se han hecho avances importantísimos. Ahora sí, dice uno de ellos, “se vislumbran grandes posibilidades para establecer una hoja de ruta”. Porque lo que necesitamos, añade otra, “es lograr sinergias”. Eso, sinergias: es acaso la palabra más repetida del encuentro junto con transversalización, operacionalización y redireccionamiento. Cualquier cosa con más de cinco sílabas tiene gran prestigio.

Durante cuatro días el salón Amazonas del Marriot es, también, el reino de los infinitivos. Todos aquellos verbos que expresan buenas intenciones parecen surgir espontáneamente en los labios de los expositores. Promover, armonizar, facilitar, afianzar, desarrollar, garantizar, enriquecer, priorizar, fortalecer, avanzar, concertar, equilibrar, integrar, efectivizar, resolver, lograr… No conjugados suenan como promesas tentadoras para un mejor futuro, como botones de rosa que guardan su secreto para el día de mañana. Al mismo tiempo, no comprometen a nadie.

Hacía falta una poeta para que aportara con el más metafórico de los verbos en infinitivo: “tejer”. María Fernanda Espinosa, mujer de gran experiencia en las lides de la burocracia internacional y con miles de millas de jet acumuladas, llega al tercer día para hablar a los ministros. Ella sabe adaptar su voz al tono monocorde establecido, pero la dota de un ápice del temblor propio de las lecturas en los encuentros literarios, apenas la dosis justa para lograr que los cibernavegantes levanten sus cabezas y le dispensen su atención. Maestra.

“Vamos a tejer una agenda vigorosa y contundente”, dice. Nunca nadie había oído algo parecido. No aquí.

Para ese entonces está sobre la mesa un documento de recomendaciones, elaborado en los días previos por los expertos de alto nivel, que el ministerio ecuatoriano del Ambiente anuncia triunfante en su página web y que, más o menos, recoge el espíritu de los discursos ya descritos.

Propone, por ejemplo, “potenciar las experiencias locales y nacionales para generar sinergias regionales con el fin de alcanzar mayor demanda y oferta de bienes y servicios sostenibles”. O “reforzar la participación activa de los países de la región en el marco de las negociaciones intergubernamentales para la elaboración de un instrumento jurídicamente vinculante a nivel mundial sobre el mercurio”. “Amplio y valioso informe que denota que hay mucho que trabajar”, se felicita Marcela Aguiñaga.

A la ministra Espinosa le acomoda muy bien el estilo a su tono de voz milidramático. “Tenemos la obligación de plantear respuestas innovadoras”, urge como quien pone la pica en Flandes. “Tenemos que priorizar los esfuerzos que está haciendo la región para un proceso profundo de reconversión energética”, insiste con apremio. “Establecer un nuevo orden económico internacional que permita eliminar la pobreza, la desigualdad y la concentración de la riqueza”, idea original, novísima y provocadora. “Trabajar hacia un marco institucional para el desarrollo sostenible”. “Adoptar un análisis multicriterial y de inconmensurabilidad”. En fin.

Treinta años llevan los ministros del Ambiente reuniéndose por toda América Latina y así lo proclaman una y otra vez, orgullosísimos de la “experiencia acumulada”, de las “lecciones aprendidas”, del “camino recorrido”. “Este foro de ministros tiene los pantalones largos”, comenta el de Perú, disculpándose por la metáfora sexista. Sin embargo todavía no han elaborado su “mapa de prioridades”. Están a punto de hacerlo. Los caracteriza la eterna sensación de los momentos previos, de los preparativos al gran paso que está por darse, algún rato, ya mismo, quizá mañana, posiblemente en Cartagena. Algo está por suceder.

Algo están por hacer tantos ministros. “Hay que apoyarlos -lo dice una representante de las Naciones Unidas- en el proceso de transversalización del componente ambiental y en su operan…, opercina…, operacioni…, bueno, en su forma de operar”.

Publicado el 27 de febrero de 2012 en diario Expreso

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