La corte del rey en territorio comanche

en Las 9 crónicas de Roberto Aguilar por

Con una maniobra impredecible los autos que encabezan la caravana abandonan la Perimetral por el viaducto a la altura de avenida Sexta y enfilan por Tanca Marengo a toda madre. Los que vienen atrás apenas tienen tiempo para reaccionar y no perder camino. Mantienen su posición a fuerza de violar media docena de normas de tránsito en tiempo récord, desde invasión de carril hasta uso indebido del pito. Son unos cuarenta o más automóviles cuyos ocupantes, hoy como todos los martes, se juegan el pellejo sobre la calzada. Rafael Correa cumple su visita semanal a Guayaquil, en medio de la habitual parafernalia, y una pequeña multitud de cortesanos dispuestos a seguirle a donde vaya le pisa los talones, por inoficiosa que semejante operación resulte.

Una caravana de varias decenas de vehículos circulando por las avenidas de la ciudad con exceso de velocidad sería una desmesura si se tratara de la reina de Inglaterra. Para el presidente del Ecuador es, en Guayaquil, rutinario. Forman parte del séquito funcionarios de distintas categorías del escalafón provincial más otros llegados desde Quito, amigos, curiosos, guardaespaldas, periodistas, una ambulancia, uniformados de todas las especies en motos, en camiones, en camionetas.

Están los que vienen a sacarse fotos con Correa; los que cargan la bandera verdeagüita y fueron traídos para hacer bulto en las paradas; los funcionarios de tercer o cuarto nivel que nada tienen que hacer en el recorrido pero se tomaron el día libre y justifican su presencia poniendo cara de encontrarse ocupadísimos; los que quizá no sirvan para nada pero hay que mantener a mano porque nunca se sabe lo que se le ocurrirá pedir al presidente; los que andan de curiosos, los que quisieran ser útiles, los que vinieron para saludar “a la Vivi”: “eeessha gobernadooora, ¿ya no conoce?”.

Los relacionistas públicos de Carondelet, los camarógrafos de Carondelet, los fotógrafos de Carondelet, los que llevan la grabadora. Los relacionistas públicos de la Gobernación, los camarógrafos de la Gobernación, los fotógrafos de la Gobernación y los de otras dependencias. El que carga el micrófono para que hable el presidente en las paradas. El que carga el megáfono que se conecta al micrófono para que hable el presidente en las paradas.

Los que llevan los documentos que podría necesitar la gobernadora, los que llevan los celulares. El abogado de la Presidencia, el fiscal del Guayas, el director ejecutivo de contratación de obras, la secretaria de gestión inmobiliaria, el ministro de Relaciones Laborales. Los que les llevan los documentos, los que les llevan los celulares, los secretarios de unos y otros, los asistentes y sus asistentes, los guardaespaldas de todos.

Los que visten chalecos con el logotipo bordado de alguna secretaría provincial (hay que ver cuánto ha gastado este gobierno en logotipos, hay que ver cuánto ha gastado en chalecos) y pasan orondos, en virtud de esta simple particularidad indumentaria, por ahí por donde los simples mortales tienen vedado el paso.

Los que organizan a las masas que esperan a Correa en cada uno de los puntos del itinerario. Los que cuidan que las masas no se muevan de su sitio. Los que dicen al resto por dónde se puede caminar y por dónde no. Los que empujan, los que espían, los que levantan la voz.

Los periodistas que los siguen y se preguntan por qué. Los periodistas que los siguen y no se preguntan nada. Todos ellos y sus choferes, hasta llenar más de cuarenta carros, a toda madre por la Tanca Marengo.

Al frente, flanqueado por motocicletas policiales, el Nissan Pathfinder negro de Rafael Correa es el único que sabe con exactitud a dónde va y para qué, lo cual se decide sobre la marcha. El resto solo puede adivinarlo. En todo caso, el destino de la caravana es lo de menos siempre y cuando no se la pierda de vista. Con acelerones, frenazos, embestidas y giros bruscos, colgados de la bocina, cincuenta choferes se entregan a este cometido como si sus vidas dependieran de ello. Es martes por la mañana y la ciudad de Guayaquil se convierte en la pista de carreras del poder.

El recorrido de esta semana lleva a la corte presidencial por algunos de los sectores más pauperizados de la ciudad, desde el Suburbio Oeste hasta Monte Sinaí. Aquí, los enormes baches de la vía que el propio Correa inauguró no hace seis meses y hoy está echada a perder impiden que el performance motorizado de la comitiva brille como Dios manda. No es de extrañar, pues, que la visita al terreno del Ministerio de Agricultura donde se construirá el Hospital del Norte se posponga por unos minutos hasta que el presidente termine de repartir rayos y centellas por teléfono a las autoridades del Ministerio de Obras Públicas.

Para la comitiva, Monte Sinaí es territorio comanche. Excesivos resultan los zapatos de tacón y el collar de perlas que la asesora de prensa de la Gobernación, Doménica Báez, luce entre las precarias casuchas de caña que pueblan las lodosas calles suburbanas. Desde una esquina contempla, resignada a no pasar, los buenos cincuenta metros de barro brillante y liso que la separan del Pathfinder negro que aguarda al presidente en la puerta de una chabola. Ahí viven los padres de una niña asesinada hace pocos días y el presidente se encuentra en visita de consuelo mientras la caravana espera sobre la calle lastrada más próxima. Más adelante, sin avisar, Correa decide parar en una escuela. Detenida en medio de la nada, la comitiva permanece al interior de los todoterreno, subidos los vidrios oscuros, el acondicionador de aire a tope, averiguando por celular por qué demonios la cola no avanza.

Una multitud con carteles y banderas verdeagüita había esperado por el presidente en la entrada de esta enorme barraca habitada por invasores de tierras desprovistos de todo servicio. Organizada por los propios agentes del gobierno, semejante recepción no podía ser sino engañosa. En realidad, esta gente no está aquí para aclamar, sino para pedir, cosa que empieza a hacer a la primera oportunidad. “No tenemos luz ni agua, nos cobran por el terreno”. Por donde va Correa se junta la gente con el mismo coro y él, con cara de pocos amigos, fruncido el ceño, apretadas las muelas, parece esforzarse por tratarlos bien. A sus guardias de seguridad, en cambio, a las decenas de militares y policías de toda clase desplegados sobre el terreno, claramente no les cuesta nada tratarlos mal. Los oficiales les imparten órdenes como si estos civiles en particular fueran sus subordinados. Los soldados los empujan sin miramientos. Y Correa: “cómo van a tener luz si no tienen medidores, compañeros. Porque invadieron… Bueno mis amores, cuídense”.

En la puerta de la escuela que el presidente decidió visitar de improviso, dos mujeres aguardan. Quieren mostrarle una profunda zanja de aguas putrefactas que recorre longitudinalmente la calle y de cuya existencia culpan al Gobierno, que alguna obra empezó y dejó inconclusa hace cosa de un año. En eso están, comentando en voz alta su problema, cuando llega un funcionario que ellas reconocen de inmediato: “ése es, ése es”. Les parece tan increíble verlo aquí que les da risa. El hombre en cuestión, con el chaleco de la Secretaría de Gestión de Riesgos, pasa apurado y preguntando dónde está el presidente. Ni las ve. Lo toman del brazo. “Oiga, ¿y la zanja?”. Él no da muestras de reconocerlas, pero a la zanja sí, se ve que es obra suya. “Sí, -dice- eso ya está en proceso”, y sigue su camino.

En esa misma esquina se suelta el freno de mano de un jeep que un guardaespaldas del presidente dejó estacionado en el lodoso y empinado acceso a la escuela. El carro empieza a resbalar y va ganando velocidad entre los gritos del barrio. El guardia, que anda cerca, salta dentro del vehículo a tiempo para impedir que colisione contra un muro. La gente está indignada: “¡podía matar a un niño! ¡Irresponsable!”. Un oficial de Policía que acompaña al presidente viene a poner las cosas en su sitio: de la peor manera les dice que se callen, que no ha pasado nada. Definitivamente los uniformados se atribuyen aquí una autoridad que no se atreverían a ejercer en otros barrios.

Minutos después, la caravana presidencial rueda por fin sobre la civilización asfaltada rumbo al último punto del recorrido, al que llega sensiblemente disminuida. En el asfixiante calor del mediodía, son los enlodados periodistas los más fieles a su consigna. Martes tras martes se encuentran aquí las mismas caras. Y las anécdotas que cuentan y acumulan tienen que ver menos con las obras en beneficio de la ciudad que con la desmesura del poder.

Publicado el 27 de mayo de 2012 en diario Expreso

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