La religión es el nuevo opio bolivariano

en Las 9 crónicas de Roberto Aguilar por

Las sillas son escasas. Apenas una doble fila dispuesta en semicírculo en torno al pino de tronco bífido. A medida que llegan se van sentando los notables, mientras los comunes mortales permanecen respetuosamente de pie en virtud de una regla no escrita que Jenny Londoño y su marido, el historiador Jorge Núñez, dos de los escritores oficiales del momento, parecen entender a la perfección: “ah, deben ser para los ministros”, dice ella a él, y van a pararse en un costado con disciplina revolucionaria. Está por empezar la ceremonia ecuménica para pedir a los dioses de todos los panteones por la salud de Hugo Chávez, el comandante en jefe. Hay chompas tricolores y estrelladas, prendas verdeagüita de toda condición, chadores iraníes, juveniles camisetas con el icónico rostro de Rosa Luxemburgo, ponchos y anacos, camisas de Zuleta, bufandas con la bandera de Cuba bajo la canícula asfixiante del mediodía de equinoccio y cerro… La Fundación Guayasamín, una vez más, ha abierto sus puertas para recibir a todos aquellos que tienen la fortuna de pertenecer a esa élite que Tom Wolfe bautizó de manera inapelable hace más de cuarenta años: “la izquierda exquisita”. Esta vez en su versión criolla.

En primera fila, los anfitriones Pablo Guayasamín y Alfredo Cacho Vera; el presidente de la Casa de la Cultura, Raúl Pérez Torres, también escritor oficial pero con cargo y, por consiguiente, silla; el prefecto de Pichincha, Gustavo Baroja; el pintor de bolívares y manuelas Pavel Egüez; la asambleísta María Augusta Calle; la secretaria de los pueblos, Mireya Cárdenas, vestida de estricto morado arzobispal, muy a propósito para las manifestaciones de fe religiosa que está punto de desplegar sobre la escena. Y junto a los infaltables funcionarios de la embajada de Venezuela, la ex ministra de Educación de Bucaram, Sandra Correa, hermanada hoy más que nunca con el correísmo por afinidades académicas que son de dominio público.

Todo ocurre en los terrenos de la mansión que el pintor mandó a construir a imagen y semejanza de su ego gigantesco, junto a la piscina burguesa, a pocos metros de los autos clásicos, al pie del árbol entre cuyas raíces duerme el sueño eterno en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro. Soleada y agreste, la ciudad se despliega a los pies de los casi trescientos invitados. En primer plano, el emblemático cono truncado, más un cimborrio que una cúpula, de la Capilla del Hombre. No, por hoy, del Hombre cósmico, universal de Vasconcelos, sino de un hombre con nombre y apellido: Hugo Chávez, comandante de América, portador de la espada de Bolívar por derecho y por conquista, a cuyas órdenes se colocan todos los presentes con sospechosa sumisión castrense.

“¡Uh, ah, Chávez volverá!”. Consignas y carteles expresan la sentida devoción del pueblo bolivariano. Entre las banderas del Partido Comunista y los emblemas de Alianza País, Diabluma o el Comando Carabobo, brilla con luz propia un acróstico alucinante que toma la Ch de Chávez por H de Hugo y dice, incomprensiblemente: “CHHugo Amigo Valiente Ejemplar Zancada (de la derecha)”.

“Sssí, sssí, hola. Sssí, sssí”. El maestro ceremonias Pancho García, que en el mausoleo de los héroes del correísmo tiene reservado un nicho en su calidad de “legendario Pueblo Nuevo”, prueba los micrófonos y prodiga los primeros saludos solidarios y bolivarianos, enormes, revolucionarios. Invita a Cacho Vera a pasar al frente para que dirija su discurso de bienvenida y explique a los presentes en qué consiste la ceremonia ecuménica que está por empezar.

“Este sitio –improvisa Cacho- es propicio para, desde aquí, levantar cualquier forma de fe, de creencia, de religión o de pensamiento político científico para decirle al Comandante Chávez presente”. O sea que, cuando se trata del comandante, hasta el materialismo histórico se arrodilla y reza.

Contundente declaración de Cacho a propósito de lo que denomina “tentativas golpistas” de la oposición venezolana: “Responderemos a cualquier intento de subvertir el orden”. A Mireya Cárdenas, ex guerrillera de Alfaro Vive víctima de la guerra sucia en nombre de la doctrina de la Seguridad Nacional, no se le mueve un músculo de la cara. Al contrario, aplaude con los demás, entusiasmada, esta demostración de que el mundo da vueltas, la tortilla se vira y el mango de la sartén cambia de manos. Ahora es su gobierno el que persigue subversivos.

Lo demás consta en los panfletos de cuando la subversiva era ella. Cárdenas, Baroja y el propio presidente Rafael Correa, por interpuesta persona y a través de una misiva, hablarán de “la segunda y definitiva independencia”; propondrán “empuñar la espada de Bolívar y apuntarla hacia el sol de la libertad”; invitarán a los presentes a escuchar “el clamor latinoamericano”; expresarán su más revolucionario rechazo a las pretensiones de “los lacayos del imperio”. Cárdenas vomitará su desprecio sobre “la prensa corrupta y sus mentiras llenas de morbo y desprecio por la vida” (la del comandante, se entiende). Baroja hará votos para que Chávez “vuelva a la trinchera vanguardista del proceso” para que, “con su puño y letra, continúe escribiendo la historia de Venezuela”. En fin, declaraciones dignas de figurar en el último tomo, correspondiente al siglo XIX, de la Historia de las Religiones de Mircea Eliade.

De religiones va el libreto, cabalmente. La ceremonia ecuménica que viene a continuación incluye, para decepción de los representantes de la teocracia iraní que evolucionan graciosamente por los jardines, un ritual de inspiración tahuantinsuyesca a cargo de dos de los chamanes más socorridos del correísmo y una lectura comentada de las bienaventuranzas, dirigida por tres curas más rojos que Camilo Torres.

QUITO 10 DE ENERO 2013. En la Fundacion Guayasamin se realizo un ceremonia indigena y una misa por la saludo del Presidente Venezolano Hugo Chavez, . FOTOS API / JUAN CEVALLOS
Gustavo Baroja, Raúl Pérez Torres y Alfredo Vera piden por la salud del comandante.

Los acólitos del ritual chamánico son de excepción: Raúl Pérez Torres, Mireya Cárdenas, Alfredo Vera, Gustavo Baroja. Se paran con su mejor cara de circunstancia alrededor del terreno sagrado delimitado por un círculo de panes, frutas y otras ofrendas de la tierra, en cuyo centro arde el palosanto. Algo les pone en la palma de la mano derecha el oficiante, Jaime Pilatuña, y los invita a orar con el puño en el corazón. Cárdenas cierra los ojos con fuerza y ahí se queda, inmóvil, absorta en la contemplación de sus paisajes interiores. Hace lo propio Cacho Vera, cabeceando como dormido en su silla de ruedas, mientras el brujo prepara en un cuenco de calabaza la bebida sagrada: jora de maíz molido.

Que a la gente le dé por reír cuando el chamán comienza a soplar, en plan atomizador, la chicha que tiene en la boca, es el único síntoma de saludable laicismo de la jornada. Con dedicatoria sopla Pilatuña: los camarógrafos y periodistas que se acuclillan junto a las ofrendas reciben el chorro más vigoroso. El aroma dulzón y etílico de la bebida se dispersa entre la muchedumbre. El brujo sopla y sopla, mojando sin contemplaciones a los periodistas, quizá con intenciones redentoras, quizá pura y simplemente por fastidiar. Luego continúa soplando a la redonda mientras el círculo de gente, acólitos incluidos, retrocede a su paso. Bien está el ecumenismo pero tampoco hay que tomárselo tan en serio.

Ya tiene a todos Pilatuña rezando en círculo compacto, codo con codo. Pérez, Baroja, Vera, Cárdenas, incluso el representante del comando Carabobo, se aprietan en torno a las ofrendas, prenden una astillita de palosanto que el chamán les ha repartido y la levantan al cielo. “¡Con la bendición de Dios el comandante va a seguir!”, grita un entusiasta. “¡Amén!”, responden en coro algunos de la primera fila. “Achila taitico, Achila Mamita”: el brujo se emplea a fondo para que los espíritus ancestrales lleven el mensaje. Se prosterna ante el “dios padre y madre creador, ordenador, bondadoso, generoso”, sin que nadie se resienta porque no diga “creador y creadora, ordenador y ordenadora”.

La ceremonia cristiana es mucho menos vistosa y no sigue ningún tipo de guión litúrgico. En una mesa colonial, barroca, de patas churriguerescas, los tres sacerdotes encabezados por Delfín Tenesaca (homónimo del presidente de la Ecuarunari) levantan sus oraciones por la salud del comandante. “De ustedes, de mí y de yo es ese Reino de los Cielos”, predica con dificultad sintáctica evidente el cura principal luego de leer las bienaventuranzas. El segundo se explaya en dudosas implicaciones lingüísticas: “ser bienaventurado es estar en marcha, esa es la traducción –dice para quien quiera creerle-. Eso decía Jesús: levántense los pobres”. Cualquier cosa con tal de que el mensaje evangélico se adapte al proyecto bolivariano. Con los feligreses tomados de la mano, mirándose a los ojos y diciéndose con sinceridad lo que esperan para Venezuela (“¡que el espíritu de Manuela Sáenz los acompañe!”, grita la artista Pilar Bustos, puño en alto), termina la ceremonia. Lo que ayer fue opio de los pueblos, hoy es sal de la tierra y fermento de masa. Viva la revolución.

“¡Soy pastor, lea Mateo capítulo 18!”, grita alguien entre la concurrencia. El cura número 2, mientras sus colegas imparten las bendiciones finales, abre la Biblia y mira de qué se trata. Mateo 18 habla, básicamente, del perdón. No ha lugar. El Cura cierra el libro. Texto no aprobado.

“Gracias en nombre de Venezuela, gracias en nombre de PDVSA”. Una guapa funcionaria de la embajada venezolana intercepta al padre Tenesaca en su camino de salida. El sacerdote está encantado. “¿Sabía usted que mi nombre significa raíz fuerte?”.

Publicado el 13 de enero de 2013 en diario Hoy

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