maría josé calderón

La delgada línea roja: regulación y derechos en Internet

en Columnistas/La Info/Las Ideas por

“Everything a lie. Everything you hear, everything you see.
 So much to spew out. They just keep coming, one after another.
You’re in a box. A moving box. They want you dead, or in their lie… ”

The Thin Red Line, Private Edward P. Train
The Thin Red Line

El Internet ha cambiado todo. Es una plataforma donde convergen las transacciones sociales y económicas a gran escala.  Los medios sociales han crecido rápidamente: hoy casi 4 de cada 5 usuarios activos de Internet visitan redes sociales y blogs. El porcentaje de la población global en redes sociales asciende al 94% de las personas conectadas en el mundo. Las redes sociales y los medios de comunicación que utilizan Internet se ejercen con derechos fundamentales enumerados en la Constitución y consagrados en tratados internacionales.

La regulación es propia de las instituciones. Internet, siendo tan, joven es una institución absolutamente incontrolable, implacablemente transnacional y tiene un crecimiento exponencial. Ninguna otra institución humana llega a igualar su ritmo de cambio y su capacidad de adaptación.

Nos preguntamos si deberíamos discutir algunas de las justificaciones filosóficas para el derecho a la privacidad, lo que pertenece o no al interés público, la legislación contra la libertad de expresión en Internet así como la represión contra los ciudadanos que expresan sus opiniones en este medio.

Internet reclama legislaciones globales para mantenerse libre de restricciones y controles coyunturales. Hoy  los marcos regulatorios locales y regionales, desgraciadamente, olvidan a los ciudadanos. No existe una agenda compartida. Las regulaciones son ocupadas por los expertos en tecnología y existe una brecha entre un conjunto de políticas de alto nivel y los incentivos para la innovación. La separación estructural es una forma extrema de las instalaciones de la desagregación; el propietario de la plataforma debe ponerla a disposición sin discriminación, volviendo compleja la relación económica de los actores. Una visión centrada en el usuario sugiere que cualquier futuro de la comunicación debe ser diseñado en torno a las preocupaciones sociales y económicas, con una visión de tecnología que soporta valores como la inclusión, la privacidad y la democracia.

A medida que Internet se vuelve parte más integral de la forma en que vivimos nuestras vidas, los usuarios son cada vez más vulnerables. El Ecuador arrancó el año con dos ciudadanos que denunciaron y acusaron de corrupción a funcionarios públicos desde sus cuentas de Twitter. La  justicia se mostró eficiente en determinar penas y sentencias punitivas. Abogados y técnicos de todo espectro ideológico se apresuraron a explicar el sentido del código penal en su entera aplicabilidad. Sobre todo por encima algo tan ubicuo como el Internet. Se olvidó, que la transparencia se vuelve parte del diseño institucional contemporáneo y la legitimidad de los gobernantes de turno. La discusión pasó hacia el terreno del abuso y la instrumentalización de la ley bajo un nuevo paradigma de sistema autoritario que busca justificar cualquier vicio del poder.

De ahí que el debate sobre regular Internet no puede quedarse en los marcos legales locales con sistemas políticos que adaptan leyes para justificar sus acciones.  El Internet que vivimos nos ha devuelto a la Edad Media en la escenografía de Blade Runner: pequeños señoríos que desplazan los ejes de poder y donde la legitimidad se centra en una confianza efímera y el sabor de la experiencia ajena.

Esta experiencia nos pone en plazas abarrotadas donde la conectividad ha hecho que el ejercicio de la protesta y la transparencia cambien las estructuras de gobiernos. Internet ha devuelvo el carácter deliberante al lugar de debate público y sin embargo y de manera simultánea ha minado la credibilidad y legitimidad de las instituciones que garantizan la participación y la gobernabilidad a nivel local.

En efecto existe una brecha que se mantiene en las zonas rurales, en comunidades no organizadas y en las instituciones y empresas que parecen aferrarse a contraproducentes sistemas jerárquicos. Los conflictos se generan en estos espacios. Es imperativo es mantener una mirada abierta que se inserte en los principios de apertura, adaptabilidad, participación y transparencia.

Finalmente, las regulaciones se quedan cortas con el avance de la plataforma de telecomunicaciones que va por encima de los intereses nacionales y regionales. Estas superan las estructuras de seguridad y las nociones de soberanía tradicional. Hoy los enfoques más radicales en regulación de la conectividad avizoran un futuro de control similar a los clásicos más obscuros de la ciencia ficción.

Asistimos por lo tanto, a un debilitamiento de la legitimidad regulatoria tradicional y es un reto para el futuro armónico de los gobiernos y los ciudadanos el superar los laberintos legales locales para pensar a Internet como un elemento irruptor de la democracia moderna y sus instituciones.

En efecto, es un arma poderosa.

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