Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

En Bahía de Caráquez el censo enferma a las víctimas

en La Info por

Enviado Especial de 4Pelagatos

El censo llegó a Bahía. Grupitos de burócratas con los chalecos del INEC y los formularios bajo el brazo se desplazan entre albergues y campamentos sembrando la ansiedad inadvertidamente entre los pobladores. Para muchos que lo perdieron todo, la desesperación por estampar sus nombres en una lista del gobierno es una causa adicional de angustia, la última, la del día. Ya cargan a la espalda el estrés postraumático normal de todo sobreviviente con su cuadro de irritabilidad, depresión, fobias, ataques de ira o arrebatos de tristeza. Algunos somatizan sus sicopatologías con erupciones en la piel. Falta un tris para hacerlos estallar. Ese tris lo aportan, en estos días, los equipos del censo.

Han de ser importantísimos los censos del gobierno. Han de tener, como las numeraciones de indios durante la Colonia, efectos mágicos sobre la vida futura de quienes participan en ellos. No hay nada oficial (los damnificados no manejan información sino rumores) pero se les atribuye milagros: los censos, dicen, son “para recibir ayuda”; los censos son “para conseguir casa”; los censos son “para los 14 mil dólares” que dizque van a dar –todo el mundo lo comenta– a quienes perdieron su techo; los censos son “para todo”. Para lo que se quiera hay que constar en una lista, en cualquiera de ellas, pues son muchas. Los del Inec llegaron a censar ahora pero ya pasó por aquí censando la Policía, apenas al tercer día del terremoto. Luego pasó censando el MIES. Pasaron censando los militares. Censaron también aquí y allá dirigentes barriales que dijeron hacerlo por orden o pedido de políticos importantes. Y los que fueron censados por el MIES no saben (porque no hay información, sólo rumores) si debieran también presentarse al censo del INEC o si basta con lo que ya hicieron. ¿Cuál es la lista correcta, la lista en que hay que estar? Los que no han sido censados hasta ahora pierden la cabeza, se desesperan, exigen a gritos, intentan por todos los medios que los tomen en cuenta aunque para eso tengan que moverse de un extremo de la ciudad al otro. No siempre lo consiguen.

Porque para ser censado hay que estar en la calle. Vivir en un albergue. Elba y Julio Macay perdieron su casa en el barrio de la Cruz y fueron alojados por un pariente en Fanca. Doña Elba apenas si logró rescatar su título de propiedad, mojado y roto. Y nada más. Como ellos hay cientos. Y a esos cientos no hay burócrata del INEC que los quiera censar. Han rogado inútilmente. Sólo tienen una posibilidad, les han dicho: vayan al sitio donde quedaba su casa y esperen ahí hasta que un equipo del INEC pase reconociendo la zona. Quédense paraditos en las ruinas, que ya llegarán. Pongan una carpa, si quieren, y pasen ahí la noche, porque podría ser mañana.

Cae la tarde del sábado 7 de mayo y ahí están Elba y Julio Macay junto con otros vecinos, parados frente al solar vacío donde hace tres semanas se levantaba su casa, esperando a los del Inec, llorando de la rabia. Están en la cima de Bahía, junto al emblemático mirador de la ciudad. De las sesenta casas que se disponían a ambos lados de la calle, entre la antena de televisión y la cruz que mira hacia la punta de playa, apenas dos sobrevivieron al terremoto: una de caña y otra de madera. Un baile del barrio en la zona del mirador salvó la vida de los vecinos: todos estaban fuera de sus casas, sólo murió una persona. Hoy aquí no queda más que un puñado de obstinados que se niegan a abandonar un barrio que ya no existe, hacinados en casuchas que improvisaron con plásticos y desechos sacados de las ruinas, y las palomas de don José, el abuelo de los Macay. Hombre ilustre del cerro cuyo retrato está en el museo de la ciudad como precursor del ferrocarril, llegó a criar hasta 400 palomas a un tiempo. El barrio lo adoraba. Hoy las aves se aprietan unas a otras, inmóviles en las ramas de un árbol del que fue su patio, tristes y desconcertadas. Los perros del barrio que huyeron la noche del terremoto también han vuelto, pulgosos y hambrientos, formando penosas jaurías que pelean a dentelladas la posesión de las últimas ruinas. Y eso es todo lo que queda del barrio de la Cruz. Eso y un grupo de vecinos esperando a los del censo.

Más abajo, en la entrada del barrio de San Roque, el espectáculo se repite. De una manzana al pie del cerro, que agrietado en la cima amenaza con venirse abajo, ha quedado en pie sólo una casita. El resto es un enorme solar polvoriento del que ya han sido retirados los escombros. Queda un rompecabezas de sombras de casas, pisos de baldosa donde fue un baño, una cocina; muescas de muros y columnas, varillas erizadas a ras de suelo, alguna cisterna intacta… Y en medio de ese desierto de ladrillo molido y ripio, escoba en mano, una niña pequeñita barre sin tregua: se entrega con dedicación a una tarea de Sísifo. A pocos metros de ella, en la esquina, un grupo de vecinos que solía vivir en esas casas espera pacientemente el paso del censo. ¿Vendrán? ¿No vendrán? ¿A qué hora vendrán?

Entre ellos está Yesenia Almeida, la dirigente del barrio. Ella y otros damnificados que también lo perdieron todo decidieron alquilar un departamento en Leonidas Plaza, en el kilómetro 5, adonde se han movido muchos porque ahí se sienten a salvo del mar en caso de que la temida gran réplica que tarda en llegar levante, ésa sí, la ola gigante que puebla sus peores pesadillas. También muchos damnificados han optado por esta solución temporal a sus miserias: juntarse entre unas pocas familias y alquilar un departamento donde hacinarse con la abuelita y los niños, la tía enferma y lo poco que les quedó de enseres en costales y cajas de cartón. Seis familias en torno a una cocina y un baño. Pasan el día al aire libre, en sillas de plástico sobre las veredas o bajo la sombra de los soportales, donde se está mejor que en el sobrepoblado horno de los cuartos interiores. Sólo hay un problema: a éstos, los del INEC también se niegan a tomar en cuenta para el censo. Y otra vez la misma historia: vayan adonde vivían, les han dicho, y esperen a que pasemos por ahí. Yesenia Almeida, menos estresada que otros, lo cuenta entre risas, encontrando el lado humorístico de la indolencia humana.

Ella, infructuosamente, intentó ser censada en un albergue y otro de la zona donde está alojada: “Que no, me dijeron. Que si estoy alquilando no me pueden censar. Yo les dije: ¿no se dan cuenta que así el censo que están haciendo no va a tener la información correcta?”. Parece que no, no se dan cuenta. O se dan cuenta pero no pueden hacer nada. Si algo caracteriza a los burócratas  es su abstraída obstinación por ocuparse exclusivamente del metro cuadrado que les ha sido asignado, sin permitirse mirar para otro lado.

En todos los barrios altos de Bahía, donde la tierra se meció como una chocolatera e hizo con la gente y con las casas lo que le dio la gana, hay historias parecidas. San Roque, María Auxiliadora, Pedro Fermín Cevallos, La Cruz… También aquí los pobres llevaron la peor parte de la tragedia. Todo se vino abajo. El padre Bruno Dos Santos, un brasileño que es párroco de La Merced, busca entre ellos a los más necesitados para ofrecerles un lugar en el Refugio Montúfar: una auténtica casita bien ventilada hecha de acero y tuberías en el patio del colegio de ese nombre. 35 de esas casitas fueron donadas para Bahía por Kubiek, una industria acerera. Dos Santos dice que el terremoto no hizo sino sacar a flote las tragedias que ya estaban abajo del tapete: “el turismo andaba ya muy mal; la pesca ya no había; antes del terremoto trabajo ya no tenían: el terremoto sólo destapó el problema. Como con las tuberías: no es el terremoto el que las rompió, ése es un problema antiguo”.

La gente se va de Bahía. Desde el centro hasta los cerros, desde el puerto hasta la punta de playa la ciudad es un desierto. Dicen que más de 3 mil salieron con rumbo a Quito, Guayaquil, Cuenca, Santo Domingo…  Es casi la mitad de la población. A sus espaldas dejan una sombra de ciudad donde todo está cuarteado, roto, endeble. Todo clausurado, vacío, abandonado. Los edificios del malecón, algunos de los cuales ya quedaron sentidos tras el primer terremoto, el del 98, y ahora solo esperan la pala mecánica del demoledor, parecen fantasmas tambaleantes y huecos. Adonde se vaya no hay nadie. Salvo a los barrios altos: otra vez, los más pobres son los más obstinados. ¿Qué esperan todos ellos, instalados en precarias casuchas de plástico y tiritas de madera, rogando que no llueva, durmiendo con los perros frente a la que fue su casa, padeciendo ya los primeros casos registrados de sarna y enfermedades respiratorias? En la mayoría de casos, esperan al censo.

Barrio de María Auxiliadora: en una calle que bordea el cerro las casas no acaban de caerse pero lucen abiertas, sin fachadas, exponiendo las intimidades familiares a los ojos del paseante: dormitorios con los muebles virados y los cajones de las cómodas abiertos; salas de estar con los retratos de los antepasados… Y frente a cada casa, una casucha improvisada con plásticos y sábanas, igualmente abierta a vista de todo el mundo, donde los antiguos ocupantes de esas casas retozan en los colchones. Las casuchas de prolongan, adosadas unas a otras a lo largo de cuatro, cinco cuadras: frente a una casa en ruinas, una choza, una tras otra, al infinito, como en un espejo donde la vida que fue ayer se refleja en la miseria del día de hoy. La mayoría de esta gente espera el censo que garantizará su acceso a los 14 mil dólares que alguien ha dicho que dará el gobierno a quienes puedan demostrar la destrucción de sus casas.

¿De dónde salió este rumor? Desde Canoa a Bahía de Caráquez todo el mundo tiene un pariente que dice conocer a un amigo que asistió a una reunión donde un funcionario de gobierno que nadie sabe identificar pero todos imaginen autorizado e influyente ofreció esa cantidad de dinero a los damnificados. 14 mil dólares. En Canoa dicen que hasta 30. Es una promesa que aguarda a la vuelta de la esquina. Sólo hay que asistir al censo. Y cuando el censo llega, ajenos a tantos sueños y expectativas de la gente, los funcionarios del INEC cumplen su tarea y se limitan estrictamente a su tarea y no se permiten intervenir ni opinar en temas que no tengan directa relación con su tarea. A esto llaman los burócratas “trabajo en territorio”. Los llena de orgullo.

6 Comments

  1. Esta es la improvisación del gobierno, como en todos los campos. Mil borregos paseando por allá, cumpliendo órdenes improvisadas por quién sabe quién, para quién sabe qué improvisados informes para quién sabe qué !!

  2. La crónica de Roberto Aguilar es precisa, fundamental y esclarecedora para entrever cómo los burócratas del MIES, de la Gobernación, de las alcaldías y/o tenencias políticas, del INEC y de cualquier ‘wanabe’ que se crea con la autoridad y el Poder para engañar a los damnificados con promesas huecas y falsamente esperanzadoras, (como si se encontraran en el apogeo de una campaña electoral, que por cierto si no se cumplen dichas promesas, podrían causar a los damnificados un daño aún más irreparable que el haberlo perdido todo), están llegando al paroxismo del poder disciplinario y normativo (de ‘Kafka a Foucault’); que al catalogar a las personas que atraviesan un profundo trauma y dolor, los están arrinconando al interior de un aparato excesivamente burocratizado, bajo el absurdo y el estrés de la culpa y el castigo, si no se alinean a los dictámenes que sábado a sábado emergen de lo más profundo del hígado del caudillo.

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