Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Y ahora quieren correizar toda la cultura

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El correísmo nada pierde de su esencia: basta con leer el proyecto de Ley Orgánica de Cultura para entender su deseo perenne de concentrar, uniformar, funcionalizar y poner todo a su servicio.

Correa quiere que se vote rápidamente esa ley. El sábado lo dijo en Posorja. Se quejó del “desorden” en el sector cultural y prometió meter “el acelerador a fondo” este año. Él quiere “pagar la deuda” en ese campo. Esto equivale a decir que está urgido, en este año electoral, por poner de su lado intelectuales, artistas, actores, cantautores, mimos… Todos aquellos familiarizados con las ideas, una cámara o una tarima.

Además del presupuesto del Ministerio de la Cultura, hay otro atractivo en este repentino interés presidencial por la cultura que, en su caso, se reduce a citar uno que otro verso y nombrar a los cantantes que son sus amigos: él y su movimiento necesitan caras nuevas que promuevan, en la forma que sea, el modelo que languidece.

Correa quiere orden en el sector. No quiere contradicciones. No quiere muchas cabezas. Una. Y una “adecuada institucionalidad para suscitar esa cultura, las adecuadas políticas”… En definitiva, un sector que marche al paso. Esto está claro desde el artículo 13 del proyecto de Ley que propone conformar el “Sistema Nacional de Cultura”. Lo integran todas las instituciones del sector que reciban fondos públicos: los gobiernos descentralizados, la Casa de la Cultura, “colectivos, gremios, asociaciones, organizaciones no gubernamentales, actores, generadoras y gestores de la cultura que se vinculen voluntariamente al sistema”.
¿Quién ejerce la rectoría de ese sistema? El Ministro de la Cultura. Él regulará el sistema y sus normas, manuales e instructivos serán de cumplimiento obligatorio. Él definirá criterios y prioridades para la asignación de recursos destinados a los actores del sistema. Él dictará “los lineamientos para la creación, acreditación y funcionamiento de los espacios culturales y artísticos”. Él dirigirá, en los hechos, el “Subsistema de Instituto de la Memoria Social, Patrimonio Cultural e Interculturalidad” y el “Subsistema de Artes e Innovación”.

Se dirá, porque algunos gestores culturales ya lo dicen, que esta ley organiza el sector cultural. Por supuesto. En ninguna parte del mundo, se pone reparo a que el Estado catalogue, cuide y administre la memoria cultural y el patrimonio cultural. O a que cree incentivos (tributarios entre otros) para que se desarrolle el mecenazgo y particulares y empresas patrocinen y aúpen la creación cultural. Pero el correísmo no hace eso. De hecho no hay una propuesta concreta en ese proyecto de ley que indique que el correísmo está pensando en favorecer la creación cultural por fuera del sistema que quiere crear. Y controlar. Lo hará mediante los directorios, los directores ejecutivos, los directores titulares… etcétera, pues todos los responsables de entes culturales dependerán, en última instancia, del Ministerio de la Cultura.

Que haya un sistema que organice museos, bibliotecas, proteja bienes patrimoniales… es concebible. ¿Pero por qué tiene que haber un Sistema Nacional de Cultura? ¿Acaso no es ahí, precisamente ahí, donde reside la diversidad y la pluralidad en el sentido cultural más genuino? Algunos dirán que el ministerio apenas es un ente que organiza. Falso. Las atribuciones que le da esta ley permite pensar que un gobierno concentrador –como el correísmo, pero igual puede ocurrir con otro gobierno de sello diferente– meterá la mano en la cultura y la convertirá en lo que este proyecto perfila: cultura oficial. La perfecta negación de lo que debe ser la cultura. ¿Quién crea haciendo odas al poder de turno? ¿Acaso no hay precedentes patéticos de lo que fue el realismo socialista? ¿Sus partidarios no condenaron, por ejemplo, a los surrealistas como representantes de la decadencia?
García Márquez, gran amigo de Fidel Castro, estuvo en contra de la creación de un Ministerio de la Cultura en Colombia y nunca creyó en la cultura promovida y propiciada desde el Estado. Él prefirió –y lo dijo– pasar “la mitad de la vida tratando de no morirme de hambre y la otra mitad tratando de no engordar”. Una fórmula que retrata su gran convicción: la creación se hace por fuera del Estado y nada tiene que ver con estos sistemas oficiales para regentar la cultura.

El proyecto correísta nace en un terreno abonado en el cual hay actores de la cultura que ven, ante sí, al Estado como proveedor de fondos. Becas, fondos concursables, talleres, ayudas… atan su actividad al Estado. El reto de artistas y creadores era escapar de ese dilema. El correísmo no solo que no lo hace sino que quiere convencer a la sociedad de que la cultura florecerá porque el sector está “organizado” –como dice el Presidente– y un servidor suyo, un ministro, concentrará decisiones y presupuestos.
El correísmo propone así hacer exactamente lo contrario de lo que necesita la cultura viva: amarrarla, votar una ley para volverla funcional a sus intereses y no activar el mercado (coleccionistas, mecenas, empresas dedicadas a la cultura…) mediante políticas tributarias y otros incentivos que contribuyen a facilitar las condiciones de producción y financiamiento de la actividad cultural y a expandir, sin cese, el número de consumidores del ocio fecundo, como decía Julio Cortázar cuando hablaba de la cultura. Esa es la forma de secundar al papel del Estado que debe hacer infraestructura cultural (lugares, redes, instituciones) y dedicarse, en prioridad, a cuidar la memoria y el patrimonio.

Foto: Presidencia de la República

11 Commentarios

  1. ¿CORREIZAR LA CULTURA ? SI, COMO NO, ESA GENTE INCULTA E IGNORANTE MANEJARÁ LA CULTURA Y LA EXCELENCIA EN PREPARACIÓN ACADÉMICA EN EL PAÍS. ¡POBRE MI ECUADOR !

  2. Esto se veía venir: un analista económico y aspirante a geofisico no debe estar dirigiendo
    el ministerio de educación, ya que con sus pingues razonamientos, mientras mayor sea el numero de niños y jóvenes que no acceden a planteles educacionales, menor será el gasto económico que el gobierno debe erogar para el efecto, osea: una fórmula inversamente proporcional.-

  3. Una de las respuestas más absurdas que he escuchado de un ministro de educación para justificar su irresponsabilidad y negligencia. Si la misma situación ocurriría en un país llámese del primer mundo (mil disculpas por la comparación) automáticamente queda destituido y recibiría las sanciones pertinentes. ¿Hasta cuándo tendremos que tolerar tanta incompetencia?

  4. Alguien sabe en dónde están la Biblioteca nacional y el Museo del Banco Central? Debemos preservar los bienes que son la escencia de nuestra nacionalidad. Ahora no podemos mostrar al mundo ni a los extranjeros que nos visitan, los valores culturales de nuestro país.

  5. LAMENTABLEMENTE YA TODO ESTÁ DICHO, UNA LEY QUE LA SUPIERON MANEJAR Y TOREARLA A SUS PRINCIPALES REPRESENTANTES DE LA CULTURA NACIONAL. SEGÚN ELLOS YA LA SOCIALIZARON HASTA LA SACIEDAD. TÍPICO EN ESTOS MENESTERES LOS ARRIBISTAS VERDES QUE SE MASTERIZARON EN CONJUGAR LAS “VIEJAS PRACTICAS POLITIQUERAS/POPULISTAS”.

  6. Estimados lectores: Transcribo un texto de Antonio Muñoz Molina donde se retrata el caso de un famoso artista que vivió en un país donde el Estado controlaba la cultura:

    “Un hombre permanece en pie, de noche, a veces hasta la madrugada, en el rellano, de espaldas a la puerta de su apartamento, que no está cerrada, mirando hacia la del ascensor, que se pone en marcha de vez en cuando, estremeciéndolo con un sobresalto. El hombre fuma y ve la brasa de su cigarrillo en la oscuridad. Tira las colillas al suelo y las pisa. Enciende otro cigarrillo y la llama de la cerilla le ilumina las manos, en las que hay un ligero temblor. Durante mucho rato, horas a veces, no sucede nada. El hombre sigue en pie, con el abrigo puesto, como a punto de marcharse, aunque no se mueve, con una pequeña maleta a los pies, en la que guarda unas pocas cosas esenciales, una muda de ropa, el cepillo de dientes, el dentífrico, tres paquetes de cigarrillos.
    Cada vez que se pone en marcha el mecanismo del ascensor contiene el aliento. Quizás ni se atreve a dar una calada. Alguien ha llegado al edificio y espera abajo el ascensor. Según lo oye subir, va contando los pisos. Es un alivio cuando se detiene antes de llegar al suyo. Oye pasos, llamadas bruscas en alguna puerta, pero al menos esta vez, esta noche, no es probable que le toque a él. Otras veces el ascensor sigue subiendo, y él ya piensa que ahora sí, que se detendrá en su misma planta y se abrirá la puerta y al encender la luz del rellano lo encontrarán dispuesto, dócil, formal, con su abrigo oscuro y su maleta en la mano. Pero cuando parecía que ya estaba deteniéndose el ascensor, pasa de largo y la luz del interior le alumbra brevemente la cara. Las gafas de concha, el perfil, el flequillo le dan un aire de juventud en el que parece preservada su cualidad de alumno muy brillante, casi de niño prodigio. Otras veces el ascensor sí se detiene en esa planta y entonces, durante unos segundos, el miedo lo desborda. El corazón late en el pecho como un timbal sombrío. Casi es un alivio que por fin hayan llegado, que se acabe la espera. La puerta se abre y es un vecino del rellano que vuelve a casa a deshora, con la llave de su piso en la mano, sorprendido de encontrarse de frente con él, como con un sonámbulo, o también asustado, porque también él tendrá mucho miedo. El vecino bajará la cabeza y hará como que no lo ha visto. Quizás ese mismo vecino desaparecerá un día y nadie preguntará qué ha sido de él. La gente desaparece tan sin huella como esas figuras públicas que de un día para otro quedan borradas de las fotografías.
    En Moscú, en 1937, mucha gente tenía preparada una pequeña maleta para cuando llegaran en mitad de la noche los agentes de la policía política
    Cuando se acerca el amanecer abandona la guardia. Los visitantes nunca llegan de día. Los pies y las manos se le quedan helados, las piernas entumecidas por la inmovilidad. Le marea haber fumado tanto. En el suelo quedan las colillas. Entra en el apartamento con la maleta en la mano y cierra con sigilo, como si volviera a deshoras de algún viaje. Al pasar junto al cuarto de su hija oye tras la puerta la respiración infantil en calma. En su dormitorio deja la maleta al pie de la cama y se tiende en ella sin quitarse el abrigo ni los zapatos. Teme que si baja la guardia y se queda dormido será más vulnerable. Su mujer finge que duerme, pero esa respiración no puede simularse. Ha estado tan despierta como él, desde que apagó la luz, y ha permanecido igual de atenta a cualquier sonido del ascensor o de pasos que se acercan. Durante las horas diurnas habrá una calma relativa, una tregua. Con la noche y el silencio regresará el miedo. El hombre volverá a salir con su abrigo y su pequeña maleta como si emprendiera un viaje, aunque no se moverá del rellano. Tiene la rara esperanza de que si los espera en la puerta no entrarán en la casa y no harán daño a su mujer y a su hija.
    La escena es real: en Moscú, en 1937, mucha gente tenía preparada una pequeña maleta para cuando llegaran en mitad de la noche los agentes de la policía política. El hombre que prefería esperarlos en la puerta de su apartamento era Dmitri Shostakóvich. Nunca, en toda su vida adulta, dejó de tener miedo, ni un solo día. Nunca vinieron a detenerlo. Testigos que estuvieron cerca de él se fijaron en el temblor permanente de sus manos, los tics de su cara muy pálida, el modo en que chupaba los cigarrillos. Los mejores momentos de la música de Shostakóvich oscilan entre una gradual amenaza, una dulzura de contemplación, una energía violenta, un estallido de lo grotesco y lo macabro, una retirada a lo más secreto y lo más sagrado de la conciencia, donde sin embargo no se está a salvo del remordimiento y el sarcasmo. A estas alturas, y a pesar del desdén arrogante que le dedicó Pierre Boulez, Shostakóvich es uno de los compositores fundamentales del último siglo. No podemos separar nuestro aprecio por su música de los infortunios y los enigmas de su vida, porque Shostakóvich sufrió en carne propia y en un grado de crueldad inaudito el choque entre la libertad creadora y el despotismo del poder político. Otros pagaron con sus vidas: él con el miedo, con la claudicación que lo avergonzaba íntimamente y que a veces se parecía demasiado a la indignidad. Pero hay que ser muy cauteloso a la hora de juzgar a quien ha sufrido mucho más que uno mismo. Y probablemente es imposible ponerse en su lugar”.

  7. El ministro de educación es una de los pocas personas que va a tener trabajo fijo luego que termine el reinado de Correa; como lo lee, resulta que hoy en la mañana estuvo en un canal de tv para explicar el porque esa cartera de estado no cumplió con la ley y no aseguro la escuela del Milenio de Pedernales; según el, es más económico reconstruir un edificio afectado por un terremoto que asegurarlo, y su argumento fue que como los terremotos ocurren cada 30 años (lo dijo sin sonrojarse) el estado o alguna persona particular pagaría una fortuna a las aseguradoras en ese lapso de tiempo.
    Eureka!! Aquí tenemos a un científico que predice que los terremotos ocurren cada 30 años, fantástico!! No solo salvariamos muchas vidas, sino que con asegurar los bienes inmuebles un año antes del terremoto, nadie tendría que buscar el dinero para reconstruir ese bien, basta con que el ministro haga un minucioso estudio en el Geofísico de la esculela Politecnica Nacional (su seguro lugar de trabajo) sobre la fecha exacta del próximo terremoto y listo, para que más!!!
    El nuevo científico probablemente sea reconocido a nivel mundial y allí si nuestro país tendría no una década ganada, sino para los siglos de los siglos

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