Jaime Izurieta

Las piedras de San Francisco nos ponen a prueba

en Columnistas/Las Ideas por

Bajo la plaza de San Francisco existen vestigios que han sido desenterrados durante la excavación de la parada del Metro de Quito. Hasta allí lo que podemos afirmar. Falta, sin embargo, mucho por desenterrar. Lo principal no será lo que encontremos bajo las centenarias piedras, sino lo que dirá de nosotros -municipio y ciudadanos- la manera cómo procedamos al descubrir su importancia.

Puede ser que, como sugiere uno de los informes arqueológicos citado por la alcaldía, lo encontrado contenga monedas de centavos de sucre y plásticos, en cuyo caso se descartaría valor histórico alguno. Pero podría también tratarse de alguno de los cimientos prehispánicos sobre los cuales se levantan los templos católicos o restos de alguna canalización que llevaba agua del Pichincha a la plaza.

No importa. Lo que cada quiteño debe observar atentamente es la reacción de la municipalidad ante los hallazgos, la transparencia con la que se conduzca el proceso y la capacidad de respuesta que demostremos como ciudad en el evento de que lo hallado sea significativo.

Por lo pronto, hemos visto una avalancha de expertos arqueólogos casi idéntica a la de directores técnicos cada vez que juega la selección nacional de fútbol. Cientos de opiniones, fotos originales tomadas furtivamente y la convicción absoluta de que con ellas destronarían a Howard Carter en su descubrimiento de la tumba de Tutankhamen.

Del lado municipal, se ha visto una reacción bastante ecuánime, contrastando las opiniones de los arqueólogos que emitieron el primer informe y ofreciendo la garantía de que se respetará el pronunciamiento del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y de que si se determina un hallazgo importante, Quito y los quiteños estamos a la altura de aprovecharlo.

La pregunta es: ¿lo estamos? Yo me atrevería a decir que no. Podemos encontrar pautas para afirmar esa negativa en la confrontación por la “solución” vial Guayasamín. En primer lugar, analicemos la respuesta ciudadana: 68% de quiteños están, supuestamente, a favor de esa obra. Pero solo 30% que usan vehículo privado podrán aprovecharla y a los demás se les dificultará la movilidad. La tendencia mundial y los estudios que la fundamentan apuntan a la inconveniencia de plantear proyectos viales que incrementen el flujo de vehículos hacia un punto con altos niveles de saturación y a despejar el mito de que habrá ahorro alguno en tiempos de viaje. El apoyo a la obra no tenía sustento alguno, sin embargo, la opinión pública levantó mayoritariamente el pulgar.

En segundo lugar, es importante ver la virulencia e inmediatismo de los intercambios en redes sociales. Los argumentos, igual de infalibles que los de los directores técnicos y arqueólogos mencionados, no escatimaron agravios contra los técnicos que sí fundamentaron su posición. De nuevo, no hubo un solo estudio citado, ni una referencia a buenas prácticas similares y ni un solo debate informado. Solo ofensas, como si eso cambiara la evidencia de cientos de casos a nivel mundial.

Los opositores no se quedaron atrás. Hubo quienes ejerciendo un liderazgo comunitario y un poco a gritos y codazos quisieron transformar las posturas técnicas de oposición a un proyecto puntual en un movimiento popular contra la administración municipal. No hubo la más remota posibilidad de tener un debate serio, porque todo desembocaba en consignas, apodos, gritos y política.

El peor actor resultó el municipio. La postura intransigente con los profesionales que nos opusimos, la actitud burlona del gerente de obras públicas en el sainete de las cajas reportado en este medio, la falta de transparencia ante los continuos pedidos de información, las vendettas políticas, los trolls desatados y el silencio – obligado, cómplice o lambón – de los pocos buenos profesionales que aún podrían tener alguna influencia mostraron una administración poco dispuesta a explorar, a fundamentar sus decisiones y a innovar. En defensa de la actual alcaldía, ese mal no es nuevo, está enquistado en la maquinaria municipal desde hace décadas y poco o nada han podido hacer los sucesivos alcaldes para cambiarlo.

La capacidad de respuesta si los vestigios encontrados en San Francisco son valiosos nos posicionará como una ciudad global digna de recibir a Habitat III o un pueblo grande pero provinciano, con ínfulas de ciudad. Veremos si hay una participación responsable e informada en el proceso o si las consignas y el odio político triunfarán sobre los argumentos. Constataremos si la falta de transparencia citada fue un caso aislado o si es una conducta recurrente de la administración. Aprenderemos lecciones sobre la eficiencia, agilidad, apertura y capacidad de reinventarse sobre la marcha de nuestras empresas públicas. Pero lo más importante es que nos daremos cuenta si la burocracia municipal tiene la capacidad de seguirle el paso a ciudades que han replanteado exitosamente sus megaproyectos ante eventos fortuitos, y si existe el capital humano para identificar esos eventos, darles la importancia debida y responder de manera innovadora y creativa.

Estamos a prueba, tanto los ciudadanos como la administración. Debemos demostrar la capacidad de dialogar, de construir una visión conjunta en torno a hitos de la historia quiteña como San Francisco, como el Metro y como el hallazgo de vestigios, de participar responsablemente y de garantizar transparencia. Es un momento de quiebre donde el liderazgo puede consolidarse y construir gobernanza, institucionalidad y plataformas creativas de colaboración entre la gente y la administración, o desmoronarse y ser un producto más de la destrucción de valores, autoritarismo y fantochería de la década “ganada”.

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