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daniela chacón vale

Once victorias para las mujeres

en Columnistas/Las Ideas por

No es un simple toqueteo: es algo más cercano a una violación. Pero finalmente los agresores están siendo castigados por la justicia. Las recientes sentencias judiciales por abuso sexual en el transporte público en Quito (de las que se ha hablado muy poco, a pesar de que son un hito) desmuestran que sí se puede avanzar contra la violencia machista enraizada en nuestra cultura. Sólo se necesita voluntad política y toma de conciencia.

Ana, 30 años. En uno de sus viajes regulares en la Ecovía sintió cómo alguien se frotaba en sus glúteos, se volteó y vio a un hombre con el cierre del pantalón abajo y el pene expuesto. Le pegó un trompón. Los usuarios que estaban a su lado la apoyaron. Una niña de unos ocho años fue testigo de todo. Llamaron al 911 y denunciaron el abuso sexual. El agresor, un hombre soltero de 35 años, no era un tipo cualquiera: era un profesor universitario. Llevado ante el juez, se inventó una historia: dijo que el bus estaba lleno y lo habían empujado. El juez le aplicó la pena máxima por abuso sexual con agravantes (delito en lugar público): 80 meses de prisión.

Este caso no es aislado: es la vida cotidiana de las mujeres en Quito. Todos los días salimos de nuestras casas con miedo. Miedo de que vayamos a ser víctimas de acoso sexual en las calles o en los buses. Peor aún: miedo de ser violadas o asesinadas. Así que tomamos una serie de previsiones. Si estamos solas, caminamos por lugares que se sienten más seguros, aunque eso signifique darnos un vueltón y perder nuestro tiempo. No nos ponemos esa falda o ese vestido que tanto nos gusta y lo dejamos para otra ocasión. En el bus tratamos de arrimarnos a las puertas o ventanas para no estar expuestas. Así transcurre nuestra vida todos los días, viviendo una ciudad que no es igual para nosotras, que nos violenta y nos recuerda que, por el simple hecho de ser mujeres, se nos puede tocar sin nuestro consentimiento.

A ninguna mujer se le pasa por la cabeza provocar a los hombres para que nos abusen sexualmente. Parece mentira que tanta gente piense de verdad lo contrario. ¿Realmente se puede creer que salimos a la calle con la idea de buscar que alguien toque nuestras partes íntimas sin permiso? ¡Pues no! ¡Eso nos hace sentir como objetos! Algunas reaccionamos y golpeamos al agresor, alzamos nuestra voz y denunciamos; otras, lamentablemente, permanecemos calladas. Pero en todos los casos nos quedamos llorando, con angustia, con estrés, con pánico… Porque ya no es miedo, es pánico de que nos vuelva a pasar. O de que la siguiente vez sea aún peor.

Alicia, estudiante. Estaba en la Ecovía y sintió que le tocaban la vagina, se la frotaban de veras. Se hizo a un lado y puso su mano para rechazar la agresión. Él volvió a insistir. Ella no dijo nada porque tenía miedo de que la creyeran loca o que exageraba. Pero cuando se bajó en la estación de la Río Coca fue a denunciar lo ocurrido en la Cabina Cuéntame (el servicio para receptar denuncias de acoso sexual en el transporte público que implementamos en el Municipio de Quito hace casi dos años). El agresor, un hombre de 48 años, trató de huir pero la policía lo apresó. Al principio negó el hecho, dijo que el bus estaba lleno, que no fue él sino su mochila…. Durante el jucio aceptó el abuso sexual que había cometido y fue declarado culpable. Debe permanecer un año en prisión.

En total son once sentencias por abuso sexual en el transporte público las que se han emitido desde que el programa Cuéntame fue implementado en Quito a finales del 2014. Son resoluciones inéditas: por primera vez se castiga este delito como lo que es: abuso sexual con todas sus letras. Es un gran avance. Hay que agradecérselo  al trabajo conjunto de muchos. A una legislación que reconoce al abuso sexual en los espacios públicos como una forma de violencia a las mujeres que debe ser sancionada (el artículo 170 del Código Integral Penal reconoce que no se necesita penetración para catalogar un acto de esta naturaleza como “abuso sexual”). Se lo debemos también a una víctima que decidió alzar su voz. A unos testigos que decidieron apoyar. Al personal de las cabinas Cuéntame. A los policías nacionales y metropolitanos que apoyaron a que los casos sean esclarecidos y los agresores aprehendidos. A la fiscalía que ha procesado los casos de manera expedita. A los jueces que han aplicado la norma.

Cuando realizamos los estudios de percepción de violencia en el sistema de transporte público metropolitano, en el año 2014, encontramos que el 67% de las mujeres no denunciaba los hechos de violencia sexual porque es complicado hacerlo y generalmente no hay resultados. Un estudio realizado por el Banco Mundial que analiza las diferentes respuestas institucionales en varias ciudades latinoamericanas recomienda medidas que faciliten el proceso de denuncia y el apoyo de usuarios contra agresores, junto con la mejora de la infraestructura. Gracias a las cabinas Cuéntame, se ha generado un puente entre las víctimas y el intimidante sistema judicial. Las denuncias empiezan a dar resultados.

Pero aún son casos excepcionales. La mayoría continúa sin llegar siquiera a una denuncia. Algunas personas no saben que existe un servicio para receptar denuncias de acoso sexual en el transporte público. El Municipio debe difundirlo con mayor entusiasmo. Algunas denuncias no prosperan porque no es posible identificar al agresor. De allí que los testigos son clave, pero aún más clave es no quedarnos calladas. Otras denuncias se caen en la mitad del camino porque el conductor no quiere testificar o porque el policía (y este es un problema sistémico, institucional, que tiene que ver con la formación cultural de los gendarmes y con la falta de voluntad política de las autoridades) desincentiva a la víctima o la disuade de presentar la denuncia. O porque el proceso judicial es largo, tedioso y revictimiza a quien ha vivido un acto de violencia sexual traumatizante. Por esto, es preciso que todas las instituciones municipales y nacionales involucradas capaciten continuamente a sus funcionarios en esta materia.

Patricia, colegial. Regresaba de clases a su casa, también por la Ecovía, y se percató de que un hombre la estaba acosando. La tocó en sus partes íntimas. Ella se cambiaba de puesto en el bus, él la seguía y la volvía a tocar. Esto pasó varias veces. Un hombre se dio cuenta de lo que ocurría y la ayudó a denunciar en la Cabina Cuéntame. El agresor era un profesor de inglés de 29 años. Dijo que ella le quiso robar la billetera y que él sólo estaba tratando de defenderse. Como no pudo probar sus alegaciones recibió la sentencia máxima: 80 meses en prisión por abuso sexual.

El principal problema está en nuestra sociedad, que aún mira al acoso sexual en los espacios públicos como algo normal. Hombres y mujeres que lo justifican porque es –dicen– sólo una tocadita. O porque nos vestimos de tal manera, entonces lo estábamos buscando. O porque oímos todos los sábados que las mujeres estamos sólo para mejorar la fiesta, más aún si nos hemos puesto una minifalda o un pantalón apretado. Por ello las campañas de educación masiva son absolutamente necesarias.

La violencia machista hace mucho tiempo que dejó de ser un hecho que ocurre en las familias o en los espacios de trabajo. Ahora también está en las calles y en los buses. Y su forma de expresión es el acoso sexual que es una forma de abuso sexual. Las sentencias judiciales que se han obtenido son un gran paso para frenarlo. Claro que no se trata de encarcelar a cuanto pervertido anda suelto por las calles, sino de tomar conciencia que este delito no es leve y que precisa de un castigo social. Estas sentencias son necesarias. Se podrá discutir sobre su dureza. Pero haber empezado a tratar los casos de acoso en el transporte público como casos de abuso sexual es un paso adelante en una sociedad donde la mujeres valemos menos, donde somos objetos sin voluntad a los cuales algunos hombres pueden hacer lo que les plazca, lo que tengan ganas ese momento, incluso en los espacios públicos.

Por eso hay que aunar esfuerzos como sociedad para que todos podamos caminar libres y tranquilos por las calles de nuestra ciudad. Reforzando las políticas públicas existentes pero entendiendo también que es una cadena que debe funcionar a la perfección para que no existan retrocesos. Cabe preguntarse cuándo las autoridades policiales se pondrán al día en este tema.

La sociedad juega un rol fundamental, más allá de las instituciones. Si eres víctima no te calles y usa el servicio de las cabinas Cuéntame del Trolebús y la Ecovía, ubicadas en la Río Coca, La Y, El Recreo, Marín-Los Valles y Quitumbe. Si eres testigo ayúdanos cuando estemos en esos momentos de vulnerabilidad. Sólo con tu ayuda podremos identificar a los agresores que buscan esconderse entre la multitud o justificar sus acciones por la aglomeración. Si no usas transporte público, habla de este tema en tu familia y con tus círculos cercanos, condena estos actos, no los reproduzcas.

Los nombres de las víctimas han sido cambiados

Daniela Chacón es concejal de Quito

6 Commentarios

  1. Este mal ya enferma, todos los años, las décadas, los siglos la misma noticia repetitiva como un disco rayado podrido, no creo que los castigos sirvan y resolvamos el mal de raíz

    Prolactina en el agua potable, menos testosterona en las calles y adiós a los abusos.

  2. Estinada Daniela le felicito, en todos los transportes publicos sucede abuso sexual, pero en la calle es mas frecuente con toda clase de palabras, concidero que todos los seres humanos nos merecemos respeto , los hombres no deben olvidar que fue una mujer quien le dio la vida y tambien pueden tener hijas y no les gustaria que sufran abuso sexual, es importante cambiar la forma de pensar que la mujer sale a la calle a provocar a los hombres.

  3. !Bravo! Bien por estas iniciativas, es imprescindible denunciar la violencia. En las estadísticas se dice que 60% de las mujeres ecuatorianas afirman haber sufrido alguna clase de violencia de género. Yo, en realidad, creo que es mucho más. Si uno pregunta a una mujer quiteña, por lo menos una vez en su vida le dijeron algo grosero en la calle, le tocaron alguna parte íntima, etc. Eso es violencia de género…solo que está tan normalizada que muchas me han dicho: bueno, solo me tocaron una vez… o solo me dijeron una vez una “patanada” en la calle. Aunque haya sido una sola vez, esa mujer sufrió violencia de género y por eso creo que las estadísticas seguro son mayores.

  4. Totalmente de acuerdo que este es un problema social y hay que castigarlo, los hombres no tenemos derecho de tocar a una mujer
    Lo que no comparto es que se diga que las mujeres no provocan con la forma de vestir
    Eso es falso,
    La mujer en ciertas ocasiones provoca con su actitud , con sus culifaldas. Que no dejan nada a la imaginación, porque se ha hecho costumbre vestir a la «moda» utilizándo ropas sugestiva y descaradamente muestran el rabo, sin ningún tapujos ni pudor.
    Ósea, pongamos los puntos sobre las IES, no hay derecho de tocar ni abusar pero tampoco hay derecho de provocar porque esta sociedad cree que es libertad pero están haciendo libertinaje. Y eso mi querida señora también es reprochable.
    La invito a Ud a poner en práctica su punto de vista. Con una de sus hijas , si las tiene, permitiendole usar culifaldas, cuando salga a una fiesta o a la U.
    Verá lo difícil que resulta su óptica de la realidad

    • Estimado Jimmy,

      Me alegra que estemos de acuerdo en que los hombres no tienen derecho a tocar a una mujer. Sin embargo, en su comentario hay una profunda contradicción. Los hombres no tienen derecho a tocar a una mujer salvo que ésta los provoque. Entonces si una mujer está puesta una “culifalda” o cualquier prenda que a ojos suyos o de otros hombres sea provocadora, empieza el derecho del hombre a tocar a una mujer sin su consentimiento.

      Yo le pregunto, en qué punto el hombre empieza a tener derecho a tocar a una mujer; a partir de qué tamaño de escote, de falda, de pantalón. ¿5 cm por encima de la rodilla está bien para usted? ¿Y para su vecino, 10cm? Yo estoy convencida de que los hombres pueden controlar sus instintos pero de acuerdo a su argumento, en qué punto dejan de ser capaces de controlarse. Eso plantea un problema de convivencia en todos los niveles, no sólo el de la agresión sexual. Si yo dejo la puerta de mi casa abierta, ¿justifica eso que el primer transeúnte que pasa no sea capaz de controlarse y entre a robarme? Porque la puerta abierta sería una invitación a delinquir tan patente como la minifalda.

      Lo otro es el problema de la libertad. ¿Carecemos las mujeres de la libertad para vestirnos como queremos? ¿La libertad de los hombres para no aguantarse debe primar sobre la voluntad de las mujeres de decidir cómo vestirse? ¿Es un derecho de libertad no aguantarse?Todo esto quizá suena muy simple, lo sé, pero es que su comentario justamente revela que a pesar de que usted cree que no es machista porque está de acuerdo en que los hombres no deben tocar a las mujeres sin su consentimiento, usted es machista y tal vez ni siquiera se ha dado cuenta. Y eso es porque esta manera de pensar está normalizada en nuestra sociedad. Y ése es el gran problema.

  5. De tres casos relatados, dos profesores. Esta es la mejor muestra de que el acoso sexual es un problema sistémico de nuestra sociedad. ¿Y con esa calidad de docentes vamos a mejorar la educación, que es la capacidad para vivir en sociedad? Creo que todos, mujeres y hombres debemos hacer causa común para erradicar esta lacra, dando nuestro auxilio y apoyo -aún cuando la víctima no nos lo pida- para detener a los abusadores y entregarlos a la justicia. Bien por los jueces que aplican con rigor el Código. Mal por los pocos agentes del orden que se convierten en encubridores.

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