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Los nombres de las cosas

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Pocas veces reflexionamos sobre el poder que tienen los nombres. Hoy escribo estas líneas desde una ciudad, donde ahora vivo, que optó por los números para designar sus calles y la geografía para sus parques. Por ahí se cruza un prócer, un lugar o un evento, mayormente inocuos. Pero la idea es organizativa, no tanto conmemorativa. Es costumbre designar tramos de calles en honor a ciertos personajes, pero éstas retienen su nombre original, y solo cambian con el tiempo, si la usanza y la costumbre lo dictan.

La perspectiva que otorga esta nueva realidad resalta la controversia reciente acerca de nombrar una calle del Sur de Quito en honor a un miembro de la organización delictiva Alfaro Vive Carajo, hoy transformada en “colectivo ciudadano”. Pomposamente condecorado por la Asamblea Nacional, el nombre de Arturo Jarrín es parte de lo que parecería una campaña sistemática de un ala del gobierno y la familia del ex terrorista para normalizar sus actividades, limpiar su memoria y reescribir la historia de robos, secuestros y muerte por la cual el país les conoce.

Más allá de este caso particular, creo importante cuestionar el origen de los nombres de nuestros espacios públicos y plantearnos el efecto que éstos tienen en la forma que toma la ciudad.

¿Qué criterios intervienen al momento de nombrar calles, parques y plazas? Ciertamente el pronunciamiento del ex cronista de la ciudad, otra víctima innecesaria de AVC, es uno de ellos. Los nombres de nuestros espacios públicos reflejan las prioridades y el peso que como sociedad damos a ciertos símbolos. Ese es, tal vez, el factor de mayor relevancia. Las calles principales tienen el nombre de batallas, de los héroes que las protagonizaron o de políticos que profundizaron una idea de Patria. Importa poco a costa de qué lo hicieron. Honramos la guerra y la política, que son dos de las actividades menos edificantes que el ser humano realiza.

Para una gran mayoría esta realidad pasa desapercibida. En la vida cotidiana, “Sucre”, “Atahualpa” y “Teniente Hugo Ortiz” se equiparan a “Occidental” o “de las Azucenas” y aparentemente pierden su carga simbólica. No obstante, el mensaje del tipo de prioridades que tenemos como sociedad nos bombardea a diario. Y hace daño.

Churchill dijo una vez que nosotros damos forma a nuestras ciudades y, recíprocamente, ellas nos dan forma a nosotros. Quito es gris y, últimamente, gris con vidrios de espejo en diversas tonalidades. Y sus espacios públicos despintados y llenos de cemento honran a políticos y militares que impusieron sus idearios a otros, con diversos grados de violencia. Los conductores que no respetan a peatones, ciclistas y al resto de autos, los choferes de transporte público que compiten y arrasan con semáforos y urbanidad, la basura en las calles y el grafitti, el perpetuo vandalismo a bancas, luces y demás mobiliario urbano son el resultado del tipo de conversación que la ciudadanía tiene con su entorno.

Valga la controversia por el intento de imposición de AVC para proponer un protocolo que permita honrar de la mejor manera tanto los nombres que lo merezcan como los espacios públicos. Ningún hombre -o mujer- de armas debería tener lugar en vías o parques de una ciudad que se mire progresista y emprendedora. Igual que batallas, gestas, escaramuzas o conflictos. En ese protocolo, que incluiría el informe del cronista tal cual se requiere hoy, habría criterios que califiquen o no los nombres propuestos. Que sean científicos, artistas, inventores, filósofos, escritores, empresarios, arquitectos, emprendedores o poetas. Gente que haya construido la identidad local con ideas y no con armas. Y si vamos a utilizar nombres inocuos, de árboles por ejemplo, que se requiera consistencia con el diseño de la calle, parque o plaza. Así, la calle de los Arupos sería un boulevard alineado con los característicos arbolitos rosados igual que la de la Higueras o de los Naranjos.

Quito debe aún trabajar mucho en la calidad de su ámbito público. El trabajo de nuestros arquitectos es precario, nuestras normas de arquitectura y urbanismo no conducen al buen gusto o al buen espacio público y nuestros burócratas no priorizan la calidad del entorno urbano al momento de interpretarlas. Cambiar en algo el mensaje que dan nuestras calles puede mejorar de manera dramática la experiencia de la ciudad, volvernos más conscientes de a quiénes realmente les debemos lo que somos y, quién sabe, modificar la manera en que la construimos de allí en adelante.

3 Comments

  1. Desde la visión vertical del artículo se pasa por alto que las calles, los cuales se insertan en barrios y estos representan continentes con contenido humano. Una calle, un barrio está ligado a una ‘zona de identidad’, percibida por sus habitantes, vecinos y visitantes.
    La identidad se construye por diversos factores sociales, históricos, políticos, migratorios, estrato socioeconómico, etc. Y de cómo ven sus habitantes a su entorno, su valoración estética y de su paisaje urbano particular. El “urbanita”, el habitante de la ciudad, pero sobre todo el Ciudadano, identifica su unidad espacial de pertenencia, sus particularidades y matices que la hacen diferente de otra parte de la ciudad.
    La trama urbana no solo es el diseño ‘urbano’, por si mismo, sino la interacción de distintos espacios de identidad que se construyen en lo cotidiano, tanto en la homogeneidad como en la heterogeneidad.
    Si es que no hay referentes de carácter históricas o cultural o de valor ‘estético significativo’ los espacios se inventan y resignifican en el día a día (paráfrasis de Augé: “inventar el lugar”)
    En este punto desde los diseñadores, estetas, gestores y sobre todo desde el poder se justifica la construcción arbitraria de: construir la identidad de los espacios públicos aún a costa de los deseos y necesidades de quienes conviven en ese lugar (público), en los espacios privados.
    Construcción del espacio urbano, del continente físico, a espaldas del contenido humano y social
    En fin, la pregunta sería ¿Por qué las formas institucionales deciden sobre los correcto, lo justo, lo estético, en este caso el nombre de una calle, como el correcto y acertado? ¿Por qué no se consulta sobre estas decisiones con la sociedad?
    El espacio público no es ni puede ser interpretado en clave del poder, sino en relación a la construcción, que las personas dan a este. En el caso del nombre de la calle a las formas de identidad que estas generarían, puede ser llamada Perico de los Palotes, pero ese nombre debe ser decidido en un proceso de hermenéutica social que integre a las comunidades, a los ciudadanos, a los urbanitas en un proceso de hermenéutica social.
    Esto es equivalente a plazas, jardines, exposiciones (fotos, pinturas, esculturas) al aire libre. ¿QUIÉN DECIDE QUE ES BONITO O FEO EN EL ESPACIO PÚBLICO? Hasta ahora solo las instituciones y, los historiadores, el grupo hegemónico, pero no el ciudadano.

  2. Que fácil que les resulta a algunos escribir cualquier tontera. ¿Qué tiene de malo honrar a quienes han dado su vida por la patria?… Excluyendo eso si a los delincuentes de AVC, que no se merecen el honor de que una calle lleve su nombre.

    Seguramente con ideas tan peregrinas como la de este articulista fue que hace unos pocos años, por ley, cambiaron el nombre a las bandas de guerra de los colegios con la ridiculez de “bandas de paz”.

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