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El Humor - page 25

Correa ya se tostó: ahora es pieza de museo

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Es oficial: el cerebro del presidente de la República se tostó del todo. A la vista está. Fue muy comentada la última de sus torpezas, ésa de mandar a los desempleados a usar tarjetas de crédito para solventar el problema de la falta de dinero. Semejante propuesta es de las que pasan a la historia. Hay casos parecidos…

Cuentan que, cuando las mujeres de París marcharon hacia Versalles para asomarse a la burbuja en que holgaban los reyes de Francia y hacerles saber que el pueblo se moría de hambre, María Antonieta se desperezó entre dos sorbos de espumante y preguntó qué clase de escándalo era ése. “Es el pueblo, su majestad, el pueblo que no tiene pan”, le dijo con tono patético el paje que le servía los tragos. “¿No tienen pan? –se extrañó María Antonieta–, ¡que coman tortas!”. Las risas tintinearon entre las copas de cristal y rodaron sobre las baldosas, junto a los pies del paje, tal y como rodaría cuatro años más tarde la cabeza de la reina.

¿No tienen plata?, pregunta ahora Rafael Correa. ¡Que paguen con tarjeta de crédito! Desde el interior de esa burbuja 200 años de frivolidad y de indolencia nos contemplan.

Está claro que el presidente de la República, como María Antonieta, ha perdido la capacidad de interactuar con la realidad. El caso de las tarjetas de crédito lo dice todo. Un internauta recordó que en la sabatina número 273, el 26 de mayo de 2012, había dicho exactamente lo contrario. Desde entonces para acá, y especialmente en los últimos meses, el declive mental del presidente es preocupante.

Empezó por perder consciencia de los entuertos que iba provocando a su paso. Tuvo mucha gracia el caso del trancón que ocasionó cierto día de fines del año pasado, cuando decidió irse en bicicleta a la Mitad del Mundo en plena hora pico. Lo contó en una sabatina con una candidez que dio ternura. Lo primero que hizo fue quejarse: “¡Qué tráfico que había!”. Desde que la alcaldía de Quito no le pertenece (es un decir) no pierde oportunidad de hacer ese tipo de comentarios. En esta ocasión le echó color: cómo sería el trancón, explicó, que los que nos fuimos en bicicleta “llegamos mucho más rápido que los que se fueron en carro”. ¡Obvio! ¡Los que se fueron en carro iban tras él!

Las imágenes que la Secretaría de Comunicación dispuso en esa sabatina mostraban una autopista despejada donde el presidente y su séquito pedaleaban a sus anchas. Atrás de ellos, los autos de la seguridad, cerrando el paso. Y más atrás (esto no se veía en las imágenes pero se adivinaba fácilmente), desesperada, al borde del colapso nervioso, una multitud de conductores avanzando a 20 kilómetros por hora y tuiteando su impotencia, sin entender por qué diantres el tráfico, que normalmente fluye sin dificultad, avanzaba ese día a ritmo de… ¡bicicleta! Algunos, en las redes sociales, se ciscaron en los muertos del alcalde sin saber que la verdadera causa por la que llegarían atrasados al trabajo era el capricho de un presidente farolero. Y Correa, extrañadísimo. ¿Por qué será que hay tanto tráfico?

Nada que hacer. Está tostado.

En otra ocasión, por las mismas fechas, el presidente relataba su visita a las obras de la unidad educativa del milenio que se construye en Yanayaku, provincia de Sucumbíos, y que según él lleva el airoso nombre de Alfredo Pareja Diezcansejo (así, tal cual, con j, y lo dijo dos veces para que no quedara duda). Pareja Diezcansejo, cualquiera lo sabe, es el compañero de Gallegos Jara, Gil Dilbert, Aguilera Palta… El grupo de Villamil, vamos. Pero ése no es el punto.

El punto es que el presidente, en vísperas de su visita y acaso para saber adónde iba, había mandado a tomar unas fotos de la construcción, fotos que mostró con harto aspaviento a su audiencia: no había un alma. Ni máquinas, ni obreros, ni arquitectos, nadie. Obra detenida. ¿Contratistas impagos? ¿Falta de fondos para materiales? ¿Efectos de la recesión? No se hizo el presidente estas preguntas. Al día siguiente, cuando llegó con su parafernalia de ministros y subsecretarios, despliegues escenográficos y Patria-tierra-sagrada resonando en los parlantes, la obra era un bullir de albañiles y mezcladoras de cemento. Y eso sí le mosqueó. Pidió que pincharan el video para que notáramos la diferencia. ¿Cómo es que un día la obra luce paralizada y al día siguiente, justo cuando llega él, está llena de trabajadores? “Ojalá no me hayan engañado”, dijo con divertida suspicacia. Ternurita.

La sospecha se ha convertido en un leitmotiv de cada sábado. Adonde él va, todo luce perfecto. Y le entran las dudas. Recién estos días, en la última sabatina, le llamó la atención que la carretera a Nanegal (que por lo demás está en muy malas condiciones) lucía en sus costados la yerba recién cortadita para que se vieran las balizas. O mejor: para que él las viera. “Y creen que a estas alturas me van a engañar”, comentó entre risitas desabridas. Así cada sábado. Pero no saca las conclusiones que para todos los demás mortales resultan evidentes. ¿Podría asegurar el presidente que las camas, los equipos médicos, la infraestructura hospitalaria que encuentra en los centros de salud que inaugura pertenecen de verdad a esos lugares? ¿O fueron llevados ahí la víspera (y serán retirados al día siguiente) por los mismos funcionarios que ordenaron cortar la yerba de la carretera a Nanegal para que él lo viera?

Hipótesis: Rafael Correa no sólo vive en una burbuja sino que dispone de un nutrido equipo de funcionarios obsecuentes cuya misión consiste en limpiar esa burbuja de polvo y paja para que se sienta cómodo. Adonde va Correa, un ejército de limpiadores lo precede para adecentarle el paso. Y él cree que el Ecuador es eso que sus funcionarios le van limpiando. Trasládese el caso de la mencionada carretera a la economía del país y se tendrá la metáfora perfecta del período correísta. ¿No es ésa la especialidad del ministro Patricio Rivera? ¿Limpiarle la burbuja?

Ahora el presidente ha decidido dedicar sus sabatinas a mostrarnos lo confortable y hermosa que Patricio Rivera y otros tecnócratas le han dejado la burbuja. Quiere legarnos la burbuja por herencia.

Con sólo 68 sabatinas por delante Correa ya no puede pensar en otra cosa que no sea en la posteridad. Le molesta la certeza de que no tendrá tiempo para concretar un sueño: el museo de Carondelet. Él nunca ha ocultado sus intenciones de mudar la Presidencia de la República hacia el cuartel Epiclachima (él dice Eplicachima, que, como se sabe, fue el cacique que resistió la invasión del inca Yúpac Tupanqui) para convertir el actual palacio en un museo cuyas primeras salas, dedicadas a él, ya están siendo diseñadas por un arquitecto que presentó en una de sus últimas sabatinas. Ahí se expondrán las acuarelas del parque de El Retiro que le regaló el rey de España, las artesanías de corcho que trajo de la China, el matecito que le entregó Cristina Kirchner… Cientos y cientos de baratijas cuyo valor histórico y trascendente proviene del hecho de que se las dieron a él. Y sí, un puñado de joyas carísimas, la réplica de la espada de Bolívar, algún Rólex… Y todas las fotografías que quepan en las paredes. Le encanta hablar de eso. Mientras la economía del país se desmorona, él sueña con su museo. Está tostado. Debería instalarse en una vitrina de una vez por todas.

El diccionario del correísmo recibe sus primeras colaboraciones

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Nuestra invitación a particiar en un inventario del vocabulario correísta no cayó en saco roto. Decenas de lectores, a través del correo electrónico o de las redes sociales, empezaron a compartir de inmediato sus propias definiciones. Aquí hacemos una selección que actualizaremos periódicamente. Siga participando. Sigue leyendo

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