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Augusto de la Torre

Nadie se salva de pagar la factura de esta década

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Esta campaña no sirve –hasta ahora no sirve– para que los electores tengan conciencia del estado real de la economía. Rafael Correa logró socapar los desbalances creados por su gobierno durante una década. Los ha negado, escondido y maquillado con desaparición de fondos de ahorro, endeudamiento masivo (sobre todo con China), créditos del Banco Central, ventas anticipadas de petróleo… y otros artilugios.

Pocos ecuatorianos imaginan lo que se viene. Lenín Moreno, lejos de aterrizar en la herencia real que recibirá, si es elegido presidente, se ha dedicado a alargar un rosario de propuestas que hacen de él el candidato más populista de esta contienda. No solo no hay dinero para que las cumpla sino que el modelo que tanto alaba ya no cuenta con mecanismos para financiarlo ni para amortiguar las graves consecuencias que ha generado. Esta bomba de tiempo no ha podido ser valorada por los electores. La campaña ha derivado hacia lemas y el aspecto político tomó, como era de esperarse, la delantera.

En ese sentido, el informe de Cordes, “La trampa que asfixia la economía ecuatoriana” tiene el mérito de la crudeza. Escrito por Augusto De la Torre, jefe para América Latina del Banco Mundial hasta 2016, y José Hidalgo, director de Cordes, este estudio es un diagnóstico con vocación exclusivamente técnica. En términos globales no hay sorpresas para aquellos que han seguido la construcción del modelo y el despilfarro de la bonanza en esta década correísta. Pero ese panorama, riguroso y descarnado, del estado en que deja la economía Rafael Correa, seguramente no será compartido por sus seguidores. Empezando por Lenín Moreno. En 42 páginas se prueba, sin embargo, que si fuera elegido Presidente, no podrá profundizar el modelo sino corregirlo en forma radical e inmediata.

Cordes muestra que la economía está encerrada en un círculo vicioso en el cual tres factores de desequilibrio se retroalimentan entre ellos. El fiscal que se asocia al gasto público, cuyo nivel es insostenible y debe reducirse –estiman los autores– en 9 puntos porcentuales del PIB. El desequilibrio interno que se asocia a la contracción económica que causa recesión y perdida de empleo. Y, finalmente, el desequilibrio externo que se asocia a la sobrevaloración del tipo de cambio real. Esto incide en la pérdida absoluta de competitividad de los productos nacionales en los mercados mundiales.

Para salir de ahí –escriben Augusto De la Torre y José Hidalgo–, se requiere un programa coherente y concertado que ataque, en forma directa y simultánea, estos factores. Aquí el estudio deja un enorme vacío: no aporta mecanismos de solución. Los autores lo hacen en forma consciente por una razón, en particular: Ecuador no logrará reconstruir la economía sin un programa integral, coherente, gradual y políticamente concertado. Esto va a implicar sacrificios que requieren una tregua política y proteger el tejido social: “asegurar –escriben– menores costos a los pobres y vulnerables del país”. En una primera etapa, el nuevo gobierno tendrá que “restituir un sano crecimiento y así preservar tanto la dolarización como los avances sociales alcanzados desde inicios de este siglo”.

Este estudio, plagado de datos y cuadros estadísticos, muestra que esta tarea es ineludible y que mientras más pronto comience, se evita el riesgo mayor: que haya una crisis sistémica con costos impredecibles para la sociedad. La tarea la tiene que hacer el próximo gobierno, sea Lasso o Moreno el presidente. El correísmo dirá que todavía tiene mecanismos para sostener su retórica a pesar de que las cifras no cuadran. Los autores muestran que el espacio para cualquier margen de maniobra se reduce por cuatro factores endógenos: no hay ahorros líquidos, riesgo país elevado (el segundo de la región después de Venezuela), estructura productiva dependiente de la demanda interna y alta conflictividad política. Si se suma el contexto internacional, poco favorable e incierto, el cuadro es francamente inquietante.

No es una sorpresa: se sabía que el gasto gigantesco del sector público era insostenible. Se sabía que el desequilibrio fiscal hipotecaba el futuro de cualquier política pública. Se sabía que la voluminosa deuda pública, especialmente con China, estaba sosteniendo artificialmente las supuestas bondades del manejo económico. Se sabía que en diez años el gobierno fue incapaz de atraer buena inversión. Se sabía que el tamaño del Estado se disparó sin relación alguna con el tamaño de la economía. Se sabía que el gobierno echó mano de fondos que no eran suyos, dejó de pagar sus obligaciones al IESS, metió las manos en los fondos del Banco Central. Se sabía que la participación de la inversión privada en el producto Interno Bruto cayó de 4% en este gobierno. Se sabía que se ha perdido empleo adecuado. Se sabía que, a pesar de los discursos y proclamas oficiales, la economía está en plena recesión… Se sabía que este gobierno ha despilfarrado y algunos han robado o dejado robar sin piedad… Pero sorprende el costo de la factura que ha producido el modelo económico de Rafael Correa, como se ve en este estudio. Y sorprendente más aún que, a estas alturas, los ciudadanos en general no aquilaten los sacrificios que tendrán que hacer para pagarla. Lenín Moreno o Guillermo Lasso tendrán que administrar ese pago del cual nadie se salva.

Foto: Ecuavisa

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