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Carta de Jorge Glas

Glas declara la guerra a Moreno

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La pequeña historia dirá que el 2 de agosto de 2017, Jorge Glas escribió un parte de guerra contra Lenín Moreno. Una carta en la cual, además de rechazar las definiciones políticas esenciales de Moreno, hace graves acusaciones. Una de ellas, que el Presidente admitió haber entregado CNEL a la familia Bucaram como parte de un pacto político.

Glas recurre en esta carta a la opinión pública a una vieja táctica conocida: defenderse atacando. Ayer, 1 de agosto, con el audio publicado en Brasil, en el cual su nombre aparece como beneficiario de dinero entregado por Odebrecht, Glas entendió que su suerte estaba echada. En esa consideración seguramente cupo otra: nada hizo Moreno para protegerlo. Como sí lo había hecho Rafael Correa, Galo Chiriboga y Carlos Polit que, resguardándolos, garantizaba su cargo. Y su parte en las coimas.

Glas no solo perdió a Correa en la Presidencia. Su segunda vicepresidencia coincide con otro momento del caso Odebrecht que no depende del fiscal Carlos Baca Mancheno: es al revés. Baca Mancheno depende ahora de lo que saque la fiscalía en Brasil que, por supuesto, da a conocer a la prensa sus avances. Si Baca Mancheno no procede, se sabrá y tendrá que responder por eso.

Glas tiene otro problema: su caso se enmarca en otro momento político en el país. Un asco creciente por toda la corrupción que se dio en la década de Correa. Y él encarna ese momento. Lo encarna con creces porque basó su estrategia de defensa en protección política y esto, en vez de favorecerlo, volteó la opinión pública en su contra. Negar, desafiar, pretender ser tan pobre como San Francisco de Asis y tan honesto como la madre Teresa de Calcuta…; todo esto enervó a una opinión que no solo no lo creyó sino que se sintió burlada por la arrogancia de Alianza País que, contra todas las evidencias políticas, lo exculpó hasta el punto de considerar que ni siquiera debía explicaciones al país. Glas, por mérito propio, se volvió, entonces, un peso muerto para el gobierno de Lenín Moreno y un blanco obligado para la Fiscalía General de la Nación.

Su carta contra Moreno está atravesada por el desencanto de un hombre que se siente abandonado y sin protecciones. El tono y el texto muestran que Glas es consciente de estar cerrando un capítulo político al lado de Lenín Moreno. Maniatado e impotente, opta por el arma que ha venido usando Correa y sus más fanáticos seguidores contra Moreno: el ataque.

Su carta contiene pistas que permiten mostrar que su decisión está perfectamente concertada con Correa. Los argumentos son los mismos que usa el ex presidente en sus cuentas sociales. Que a su vez son los que utilizan Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga… y la parte del aparato que le es leal.
El mecanismo de defensa es inconfundible: victimizarse. Nunca nadie ha sido tan atacado, tan perseguido, tan calumniado. Glas vuelve a intentar el truco tan usado en esta década: convertirse en un ícono, tan histórico como etéreo, que supuestamente representa un destino superior ante el cual está dispuesto al sacrificio, a la cárcel, a la persecución. Él no es corrupto: si lo atacan es por una razón tan histórica como su propia existencia: quieren dar al traste con “la transformación histórica que llevó a cabo la Revolución Ciudadana”.

El no escribe como el funcionario que tiene que dar explicaciones y darlas, ahora, frente a evidencias políticas y de tipo penal que lo relacionan con un tío coimado y una empresa que, si lo coimó a él, porque la mafia no entrega un dólar sin registrarlo, seguramente tendrá cómo probarlo. No es ante ese juicio, ahora probable, que él se sitúa. Él juega, con la misma osadía que ha mostrado un Alexis Mera, a decirse revolucionario. Y como se otorga esa categoría, se describe imbuido de esos valores con los que se describía Correa. Como si el Ecuador político de hoy fuese el del 2006. Por eso, en vez de admitir que es él quien está forzado, en este momento, a responder por actos de corrupción, invierte la ecuación. Y pone por delante, como Correa lo ha hecho, un escenario político destinado, a sus ojos, a mover la opinión a su favor: acusa a Moreno de preparar un paquetazo económico, de construir un escenario propicio para una corrupción institucionalizada, de entregar servicios e instituciones de la vieja partidocracia… Nada prueba. Son las mismas suposiciones que antaño el aparato de propaganda endosaba a la oposición para causar pánico en el electorado. Es tan deleznable el mecanismo que el propio Ricardo Patiño, presuroso de crear puentes entre Moreno y Correa, dijo en la mañana en Teleamazonas que no había tal paquete económico.

La segunda línea de ataque no deja duda alguna sobre la decisión de romper con el gobierno de Moreno. Es una critica frontal contra las políticas emprendidas por él desde el 24 de Mayo. No son nuevas porque Correa las ha hecho y Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga, Doris Soliz… las han repetido. Pero provienen del segundo mandatario; lo cual crea una cohabitación imposible con Lenín Moreno: el diálogo con sectores no afines al oficialismo. La llegada de un periodista que no es del oficialismo a El Telégrafo, que Correa y los suyos consideran de su propiedad. Las cifras dadas por Moreno sobre el estado real en que recibió la economía. La instrucción hecha por Moreno, este lunes a los funcionarios, para que denuncien todas las irregularidades en sus dependencias. Que son muchas, dijo Moreno.

Glas juzga todo esto inaceptable. Lo hace en nombre de la retahíla, desgastada desde hace rato, según la cual el gobierno Correa fue más blanco que la nieve. Lo nuevo no es eso. Es esta pregunta asesina para Moreno: ¿“está preparando el terreno para perseguir a sus antiguos compañeros para saciar la sed de venganza de sus nuevos compañeros”?

Glas no olvidó la factura que la nomenclatura esgrime contra Moreno: fue elegido por la confianza de su partido. No fue elegido solo sino con él. Fue parte del gobierno de Correa. Lo defendieron cuando estuvo en Ginebra. Y conocía las cifras reales de la economía antes de ser elegido…

La defensa de Glas se antoja encajar perfectamente en la estrategia que Moreno, al parecer, trazó: dejarlo que se cocine en su propia salsa. El vicepresidente se revela desesperado, al igual que Correa. E impotente, lo cual muestra que la relacón política de fuerzas en el partido y en la Asamblea ya no les es favorable. Y, al declarar la ruptura, no solo toma esa responsabilidad ante el país: deja instalado a Moreno en una verdad que él se encargará de tornar seguramente a su favor: durante esta crisis, nada ha hecho contra Glas. Salvo, pedirle que deje de defenderse y se consagre al trabajo.

Correa y Glas tomaron una decisión desesperada para tratar de ocultar el verdadero problema de fondo: su responsabilidad real y su connivencia, personal o institucional, con la ola de corrupción más grande que ha conocido el país. En ese sentido, y frente al nivel de popularidad que conoce Moreno, esta carta más parece un testamento que un manifiesto político destinado a entusiasmar a las bases que, hasta hace poco, los consideraban casi próceres.

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