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Concejo Metropolitano

Rodas conduce a Quito hacia una crisis política

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Mauricio Rodas encontró la manera de eludir sus responsabilidades políticas: entregarse a la justicia. Él quiere estar ahí donde está Mauro Terán. Lo que sea es mejor que responder al Concejo, cosa que no volverá a hacer. De la oscuridad que envuelve su administración hablará, a partir de ahora, “exclusivamente ante las autoridades competentes como corresponde”, ha dicho: las de la  función judicial. Una teatral extravagancia pues nadie lo ha acusado de nada todavía.

El alcalde identifica mal a su “autoridad competente”: es el Concejo, no la Fiscalía. Es al Concejo al que debe rendir cuentas. Es ahí donde situaciones como la creada por su confesa informalidad encuentran los canales adecuados para resolverse: en el terreno de la política y sin poner en riesgo las instituciones. Con el dramático gesto de saltar en brazos de la justicia, Rodas reniega de esa posibilidad y cierra las puertas a una solución política del conflicto que vive el Municipio. Las cierra oficialmente, porque en la práctica siempre las tuvo así. Es sintomático que el bloque de concejales de PAIS decidiera trasladar a la Fiscalía las cuestiones que no pudo absolver en el Concejo. Porque Rodas mantiene la discusión política bloqueada y no deja otra vía que la judicial a quienes le piden asumir las consecuencias de sus actuaciones públicas. Es una enorme irresponsabilidad: la política llevada a los juzgados vuelve irreconciliables las diferencias, inquieta a las instituciones y puede desembocar fácilmente en una crisis. Hacia allá cabalga Mauricio Rodas a galope tendido y en caballo desbocado: hacia la crisis política.

Él parece ignorar por completo la gravedad de lo que ha admitido. Por eso lo sorprenden o finge que lo sorprenden las consecuencias. Cuando habló por primera vez sobre aquello de las “conversaciones informales” con Odebrecht lo hizo con una naturalidad cercana a la inconsciencia. Parecía creer sinceramente que era una respuesta válida a la pregunta de cómo negoció con la constructora brasileña. Con la misma candidez habló de su viaje a Washington en la última sesión ordinaria del Concejo y lo pintó como un viaje informal, como si eso fuera un mérito: de carácter oficial pero costeado por él mismo, con un funcionario que se une a la comitiva porque andaba por allá de vacaciones y un alcalde que regresa sin un solo papel que mostrar a la ciudad. Rodas cree que la informalidad en lo público no sólo es posible, es normal; no sólo es normal, es deseable. ¡Hasta llegó a decir en una entrevista que fue informal por delicadeza!

Están las “conversaciones informales” con Odebrecht. Luego se conocería de la relación informal con el operador político Mauro Terán. Y de las delegaciones también informales que éste desempeñaba. Este medio reveló cómo Terán creó un esquema informal de reparto de espacios de poder entre los concejales, uno que desinstitucionaliza la política de territorio. Y si el formato correísta de las alianzas público-privadas le cuadra tan bien a la actual administración es, precisamente, porque permite saltarse una serie de formalidades contempladas por otros sistemas de contratación. La suma de detalles conduce inevitablemente a preguntarse si la informalidad no funciona como un esquema general para ciertas cosas, algo así como el andarivel por el que circula un área específica de la gestión de la Alcaldía. Cosa grave porque informalidad significa ausencia de controles. Si la ciudad ha llegado a este punto, con el fantasma de la crisis política planeando en el horizonte, se debe en primer lugar a ese velo de opacidad con que Mauricio Rodas ha rodeado la administración municipal.

Y en segundo lugar a su manejo político, que consiste en eludir precisamente la política. Con respecto al Concejo, que es el órgano máximo de la ciudad, no tiene otra que aquella desarrollada por su operador Mauro Terán y que consistía, básicamente, en reunirse con los concejales de uno en uno y a puerta cerrada. Informalmente, se entiende. Por lo demás, siempre careció de agenda legislativa porque siempre careció de un proyecto concreto de ciudad. Ciertamente no pasará Rodas a la historia por sus ordenanzas. Ni siquiera se ha preocupado por tramitar un estatuto autonómico, que la ley permite a los distritos metropolitanos y cuya adopción emanciparía al Municipio capitalino del centralismo y las rigideces del COOTAD. Simplemente porque su carrera política es una huida desenfrenada de la política.

Esta situación se volvió insostenible. Cuando las primeras sospechas de corrupción en el Municipio empezaron a tomar cuerpo a propósito de la Solución Vial Guayasamín, a mediados del año pasado, estaba visto que el tema de la opacidad se convertiría en un problema político mayúsculo para la ciudad. Un problema que él ha sabido afrontar a su manera: eludiéndolo. Confrontado por el Concejo, responde con su tradicional manejo informal de los documentos y la información pública: contratos que no aparecen o se publican a medias, datos que no se entregan, papeles que faltan… Respuestas que no se dan. Si se le pide cuentas detalladas sobre las actuaciones de Mauro Terán, por ejemplo, él responde que cumplió “delegaciones puntuales” y da por satisfecha la pregunta. Con esto y una tonelada de retórica elabora sus informes como quien construye una realidad paralela. Una realidad paralela en la que resulta lícito imaginar a Mauricio Rodas en el Departamento de Estado en Washington, desvirtuando con energía las acusaciones sin fundamento que están afectando la imagen de la ciudad y dejando impresionado a todo el mundo. Y volviendo como un héroe, portador de un logro monumental para los quiteños.

Rodas ha convertido el acto político de informar ante el Concejo en un mero trámite administrativo que él cree sin consecuencias de ningún tipo. No importa el contenido del informe ni la recepción que merezca. Importa el simple cumplimiento de la formalidad, ahí sí. Miren por dónde le sale lo formal. ¿La ley exige al alcalde informar a los concejales cuando éstos se lo requieren? Pues bueno, ahí tienen su informe. Lo que pase después con él, si resulta desvirtuado o desmentido, si los concejales lo consideran insuficiente, si se demuestra que el informe, en realidad, nada informa, eso ya no es asunto suyo. Él lo presenta y punto. Es lo que le manda la ley. Trámite cumplido. Lleva tres de esos informes al hilo: el de Odebrecht, el de Mauro Terán, el de su viaje a Washington. Cinco si se cuentan los que ofreció sobre la Solución Guayasamín y los Quitocables inmediatamente antes de que estallaran los escándalos de corrupción. En ninguno de ellos entregó la información que se le había pedido. Tras cada informe, el Concejo se desgañitó discutiendo por entre cuatro y ocho horas, exigiéndole respuestas, confrontándolo con evidencias que ponían en duda lo que había dicho, haciéndole caer en cuenta de sus errores jurídicos, administrativos o políticos, demostrándole que mintió pura y simplemente… Y, al término del debate, como si todo lo dicho fuera viento, Mauricio Rodas vuelve a tomar la palabra para dejar sentado que el informe ha sido entregado y celebrar su propia presencia en el Concejo como una demostración irrebatible de su “ab-so-lu-ta-tran-pa-ren-cia”.

Cuenta con una ventaja a su favor: pasa por opositor al gobierno. Por eso el silencio sobre los aspectos más incómodos de su gestión: nadie quiere hacerle el juego al correísmo. Los diarios de la ciudad, acaso también porque el Municipio es un excelente proveedor de ingresos publicitarios y otro tipo de contratos que se agradecen en épocas de vacas flacas, simplemente miran para otro lado. ¡Rodas es capaz de hablar de informalidad con Odebrecht en pleno escándalo continental de la constructora brasileña y no hay un medio de comunicación, uno sólo excepto éste, que lo considere escandaloso! Ninguno que plantee siquiera una lectura política de lo que ocurre en el Concejo.

Así, con la complicidad de una sociedad dispuesta a tolerar en la oposición lo que condena en el correísmo, Mauricio Rodas está conduciendo a la ciudad hacia una crisis política sin precedentes en su historia reciente. Nunca el Municipio de Quito, al menos desde el retorno a la democracia, había estado en el centro de tanta suspicacia y tanta sospecha, motivadas por su propia opacidad y su propia informalidad en el manejo de los asuntos públicos. Mauricio Rodas ha ocultado información a los quiteños: sobre los procesos de contratación de las megaobras; sobre sus negociaciones con Odebrecht. Les ha mentido deliberadamente (varios concejales de oposición se lo demostraron) sobre la naturaleza de sus relaciones con Mauro Terán. Ha eludido sus responsabilidades, ha incumplido sus obligaciones políticas como alcalde y se ha refugiado en su retórica barata. Ahora, finalmente, con gesto teatral, opta por el salto al vacío: cierra toda negociación política y se pone en manos de los jueces. Él es el único responsable de lo que ocurra con la ciudad a partir de este momento.

Rodas se cocina en su propia salsa

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mauricio rodas en washington, gonzalo koncke, ed.

Mauricio Rodas puede decir lo que quiera: en Washington le fue muy mal. No sólo hizo un viaje infructuoso para entregar un puñado de comunicaciones irrelevantes en lugares donde nadie entendía qué quería sino que causó mala impresión en los funcionarios con quienes se reunió. En el Departamento de Justicia no lo recibieron. Tampoco lo hizo el secretario general de la OEA, Luis Almagro, cuyo despacho le agendó una cita pero terminó enviando a un subalterno. En el resto de lugares (el Senado, el Departamento de Estado y la CIDH) sus ofrecimientos de ayuda, sus solicitudes de información sobre el caso Odebrecht y sus denuncias de persecución política fueron tomadas como lo que son: pataleos retóricos sin valor ni consecuencias. Para colmo, a su regreso encontró las cosas en el punto donde las dejó: con el Concejo exigiéndole explicaciones sobre el doble escándalo de las “conversaciones informales” con Odebrecht y las actuaciones de su operador político, Mauro Terán, preso por indicios de fraude fiscal. ¿Esperaba otra cosa? Finalmente la sesión extraordinaria de la que Rodas venía huyendo se producirá este jueves a las 10h00. Y él, que quiso ganar tiempo en Washington y lo perdió, no ha dado un paso que permita suponer que esta vez sí va a asumir sus responsabilidades.

Sobre el viaje a Washington da ternura oírlo: “Fue un viaje exitoso –dijo este lunes en Teleamazonas, donde lo entrevistó Janeth Hinostroza– porque permitió transmitir el enorme interés de la Alcaldía para que se conozca toda la verdad sobre Odebrecht y que caiga quien tenga que caer”. Cualquiera puede notar la desproporción  de estas palabras: es obvio que “dar a conocer el enorme interés de la Alcaldía para que se conozca toda la verdad sobre Odebrecht” es una acción que no sirve para nada: no sirve al caso, no sirve a la Alcaldía, no sirve a la ciudad. Y se podía hacer por Internet. Pero el periplo del alcalde no sólo fue infructuoso sino impertinente, como demuestra Daniela Salazar en el único balance publicado hasta el momento sobre el viaje. Los funcionarios que lo atendieron en el Departamento de Estado y en el Senado se habrán sorprendido de que acudiera a ellos con un tema en el que no pueden interferir por elemental respeto a la independencia de funciones del Estado. Y para quienes lo escucharon en la OEA y la CIDH, donde denunció una supuesta persecución política en su contra, lo único que quedó claro es que Mauricio Rodas no tiene un caso.

Si se pregunta en los despachos por donde pasó el alcalde, las impresiones generales no le favorecen. La primera, muy mala, tiene que ver con la obsesión de Rodas por exculparse. Un funcionario que llega para ofrecer su colaboración para resolver un caso de corrupción pero, cuando habla, no hace otra cosa que alegar inocencia, no puede sino despertar sospechas. Así, de despacho en despacho, fue el alcalde de Quito repartiendo su ansiedad por todo Washington. Los funcionarios que lo atendieron vieron a un tipo demasiado nervioso, un tanto confuso y ciertamente poco articulado a la hora de exponer su situación. Asustado, incluso. Que no sabía disgregar los temas de fondo de los datos de interés puramente local, incomprensibles en el extranjero. Que no fue capaz de presentar un resumen ejecutivo de lo que quería decir, que se enrollaba mucho. Y que tuvo la fatuidad de ir arrastrando un fotógrafo adonde fuera, ante cuya cámara saludaba con pose triunfal y cara de Facebook  a la salida de cada edificio público que visitaba.

Lo de Almagro debió doler. El secretario general de la OEA es famoso en Washington por recibir a todo el mundo. Incluso a grupos de estudiantes que han solicitado audiencias. Y Rodas tenía una cita. Pero ni Almagro estuvo para recibirlo ni la sede principal de la Organización le abrió las puertas. Fue en un edificio subalterno donde se reunió no con el secretario general sino con su jefe de gabinete, Gustavo Koncke. En la foto que el alcalde se hizo tomar con él y circuló en las redes sociales aparece Koncke con la misma cara de palo que pone el Papa cuando lo visita Macri, según hace notar significativamente un funcionario de la OEA que siguió el encuentro.

Aún después de tanto desplante y tanta indiferencia, Rodas tiene la pasta de acudir a Teleamazonas para hablar de los logros alcanzados en su viaje. Y para repetir su defensa en los casos Odebrecht y Mauro Terán como si no hubiera pasado un día desde que estallaron ambos escándalos. Rodas se aferra a sus argumentos iniciales que ya fueron desvirtuados y desechados en su ausencia, a los que ha sumado un par de nuevos, tan deleznables como los anteriores.

Sigue negando Rodas que Mauro Terán cumpliera otras funciones que no fueran las de un asesor político externo, a pesar de que varios concejales dieron testimonio de lo contrario en la sesión de la semana pasada. A pesar, también, de que los vecinos de El Condado y el barrio Bolaños, afectados por los proyectos de construcción de los Quitocables y de la vía Guayasamín, respectivamente, han declarado por escrito que conocieron a Terán no como un asesor político de Rodas, sino como el hombre que fue a negociar con ellos, a nombre del alcalde, los procesos de expropiación y desalojo.

Sigue repitiendo el alcalde el argumento de que el fraude fiscal que se imputa a Terán es un delito que nada tiene que ver con el Municipio, como si la probidad de quienes desempeñan funciones públicas, con o sin contrato, fuera un asunto privado. De hecho el alcalde, interrogado al respecto, es incapaz de decir de qué vive este personaje que dedica gran parte de su tiempo a servirlo.

Ahora sale además con que “es un gesto de delicadeza con la ciudad y con la administración municipal” él mantener a Terán fuera de la nómina, pues su área de trabajo es la política y el Municipio, lo dijo sin sonrojarse en Teleamazonas, “es una organización que se dedica a la gestión administrativa”. Como si no estuviera ya demasiado claro que la principal virtud de esta política consiste en mantener a Terán a resguardo de fiscalizaciones, auditorías y otras responsabilidades públicas propias de todo funcionario.

Niega que Terán tenga parqueadero en la sede municipal pero lo cierto es que ahí se parquea todos los días. Niega que tenga oficina pero lo cierto que la tuvo. Niega que exista en su administración un esquema de reparto de administraciones zonales entre concejales pero lo cierto es que las pruebas de ese reparto (que, además, le consta a todo el mundo) fueron presentadas en el propio Concejo  e incluyen grabaciones de audio y video que constan en actas.

Sigue jurando que el proceso de contratación del metro es el más transparente de la historia por el hecho de haber sido aprobado por los organismos multilaterales de crédito que financian el proyecto. Como si el Banco Mundial, la Corporación Andina de Fomento o la Unión Europea actuaran como entes fiscalizadores en el Ecuador.

Sigue diciendo que el único documento del que se dispone en este caso, el informe del Departamento de Justicia de Estados Unidos, no menciona a su Alcaldía. Y asegura que eso demuestra su inocencia. Cuando resulta claro que ese informe, en realidad, no menciona a nadie, y que la publicación de los nombres todavía está por producirse.

Por último, sin que Janet Hinostroza alcance a reaccionar y plantear las repreguntas que la situación reclama a gritos, se inventa el alcalde un nuevo eufemismo para dorar la píldora de las “conversaciones informales” que admitió haber tenido con Odebrech: ahora las llama “reuniones de trabajo”. Y dice que los organismos multilaterales estaban al tanto. Pero sigue sin saberse quiénes participaron, cuántas fueron, qué temas se trataron. Porque la verdad es que de esas reuniones no hay actas ni informes ni rendiciones de cuentas ni nada.

¿Son esas las respuestas que piensa llevar el jueves a la sesión extraordinaria del Concejo? Su desafortunado viaje a Washington debió ser una lección de humildad para Mauricio Rodas. Debió enseñarle que hay temas que no se pueden postergar y problemas que sólo se solucionan afrontándolos, no quejándose ni levantando cortinas de humo. Debió aterrizarlo sobre sus propias responsabilidades políticas. No fue así: el alcalde da muestras de que no entendió nada y parece estar dispuesto a aferrarse a su capacidad infinita de negación hasta que pase la tormenta. Pero la tormenta sólo pasará una vez se publique la lista de nombres de los implicados en los casos de sobornos repartidos por Odebrecht en el Ecuador. Hay en estos momentos 77 funcionarios de esa empresa brasileña que han firmado un acuerdo con el Departamento de Justicia de Estados Unidos para entregar esa información a cambio de ventajas judiciales.  Si el alcalde, que se llena la boca de superlativos para hablar de su propia transparencia, tiene la conciencia tranquila con respecto a esa lista de nombres que tarde o temprano se hará pública, no se entiende el porqué de su nerviosismo, de sus dilaciones, de su negativa a afrontar los problemas sin artificios retóricos o eufemismos. Tampoco se entiende el porqué de su estéril viaje a Washington. Este jueves Mauricio Rodas tiene dos alternativas: o asume sus responsabilidades y dice la verdad ante el Concejo o se hunde un poco más en el pantano de la sospecha que se lo está tragando desde el día en que estalló este escándalo.

Arriba: Gonzalo Koncke, jefe de gabinete de la OEA, compone su mejor cara de palo para posar junto al alcalde de Quito. Foto tomada de la cuenta de Twitter de Mauricio Rodas.

Rodas se volvió aliado de sus sepultureros

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Volar a Washington fue la peor idea que pudo ocurrírsele al acalde.

En primer lugar, porque a estas alturas no existe actor político de la ciudad que no reconozca la esterilidad del viaje; hasta Gonzalo Rosero lo hizo notar hoy jueves en radio Democracia. Denunciar una persecución política en su contra, exigir una lista de nombres al Departamento de Justicia de Estados Unidos, ofrecer su colaboración para esclarecer el caso Odebrecht…  Todo no es más que un saludo a la bandera y un despliegue escenográfico, y nada de eso demanda su presencia allá; otra cosa es que él no quiera estar acá. En segundo lugar, fue una mala idea porque su ausencia (y la de Mauro Terán, cabe suponer) propició una insubordinación del Concejo Metropolitano a la que plegaron incluso concejales aliados e independientes que por lo general votan con él. Ahora Mauricio Rodas tiene por delante una sesión extraordinaria en la que deberá rendir cuentas de las informalidades admitidas por él mismo: la de sus conversaciones con Odebrecht y la de su relación con Mauro Terán, asesor sin nombramiento a quien el presidente de la República atribuye la condición de ser “el poder tras el poder en el Municipio”.

Sesión extraordinaria: justo lo que él quería evitar, sólo que ahora son 19 de 21 concejales quienes se la exigen. Antes de su partida no llegaban a 11. Que se recuerde, es la primera vez que este alcalde, cuya estrategia política consiste precisamente en evadir la política, termina siendo forzado por el Concejo a aterrizar en ella.

Se discutió y aprobó el proyecto de resolución presentado por Daniela Chacón, que incluye la convocatoria a sesión extraordinaria (para que el alcalde informe sobre las actuaciones de todos sus “asesores externos”) y la adopción de varias medidas para transparentar el proceso de contratación de Odebrecht y la relación de Mauro Terán con la Alcaldía: examen de la Contraloría a las declaraciones de bienes de los concejales; examen especial a todos los funcionarios que participaron en el proceso de contratación de Odebrecht en ésta y la anterior administraciones; sanción a los funcionarios que no entregan al público la información pública; disposición para que la Empresa Municipal de Obras Públicas y la Empresa Metro de Quito remitan en 15 días al Concejo toda la documentación relacionada con Odebrecht que mantienen en secreto…

Todo salió mal para Mauricio Rodas.

Primero: la información que su alcaldía demoraba en entregar la repartió Eduardo del Pozo, el vicealcalde a cargo de dirigir la sesión, pronto a reaccionar a la coyuntura con gestos magnánimos que lo hagan flotar ante los concejales.

Segundo: su defensa de que el problema de Mauro Terán, imputado por fraude fiscal, es uno de índole particular que nada tiene que ver con el Municipio dado que no es funcionario, fue desvirtuada por Daniela Chacón con el argumento de la responsabilidad pública: si Terán cumplió delegaciones del alcalde sin ser funcionario, o sea sin la posibilidad de ser fiscalizado ni la obligación de rendir cuentas a nadie, el caso es más grave de lo que la Alcaldía pretende.

Tercero: sus intenciones de borrarse del mapa hasta el 22 de enero quedaron al descubierto y fueron objeto de burlas y de suspicacias. Porque no sólo iba a Washington el alcalde. Su próxima escala programada era Davos, donde pretendía asistir al Foro Económico Mundial. O sea que después de salvar al Ecuador en Estados Unidos Rodas quería salvar al mundo en Suiza mientras dejaba a Quito arder en llamas. “¡Suiza!”, se escandalizó el concejal correísta Jorge Albán: “¡El mayor paraíso fiscal del planeta!”. Finalmente se anunció que Rodas, que al parecer no sabe si va o viene y vacila por momentos en su estrategia de improvisaciones, había cambiado de opinión y decidido regresar el día 14.

Ya nadie pasó por alto el tema de las “conversaciones informales” con Odebrecht admitidas por Rodas en la anterior sesión del Concejo, la semana pasada. En ese momento muy pocos reaccionaron ante esa revelación tan comprometedora. Hoy todos se escandalizan. Y todos aportan con su granito de arena a la montaña de dudas que genera Mauro Terán: que no sólo era operador político sino administrativo, dijo Patricio Ubidia; que era el delegado directo del alcalde para cuestiones importantes, aseguró Anabel Hermoza; que se reunía con todos y coordinaba la agenda legislativa, reveló Luisa Maldonado…

Sin argumentos defendibles, los concejales fieles a Rodas recurrieron a la obstrucción jurídica y apelaron a cuestiones de procedimiento. Según ellos, nadie sino el alcalde tiene la atribución de convocar a sesión extraordinaria del Concejo. Incluso contaron con la ayuda del procurador municipal, que fue llamado a consulta y se pronunció a favor de esa extraña interpretación que, de ser cierta, dejaría a un órgano parlamentario sin la posibilidad de autoconvocarse. No bastó. La concejal Ivonne von Lippke arrastró, metafóricamente hablando, al procurador municipal. “Usted no es juez”, le dijo, y procedió a darle lo que llamó “una lección de derecho”.

Si Von Lippke arrastró al procurador, Albán hizo lo propio con el secretario del Concejo, a quien se le ordenó la semana pasada remitir toda la documentación faltante sobre el proceso Odebrecht y no lo hizo. “¡Usted es secretario del Concejo, no del alcalde!”, le recordó Albán, exaltado.

Ese es el clima con que deberá enfrentarse Mauricio Rodas la próxima semana cuando acuda a la sesión extraordinaria del Concejo. Lo que traiga de su viaje, el informe del resultado de sus gestiones ante los organismos que visitó en Washington, de poco le servirá para contener la avalancha que se le viene encima. Básicamente porque no hay resultados que mostrar. Sus relaciones con el Concejo Metropolitano están en su peor momento. Y, para su desgracia, no cuenta con un Mauro Terán que le apague el incendio con negociaciones informales.

Mauricio Rodas puso pies en polvorosa

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Mauricio Rodas compra tiempo desesperadamente. Por horas. Ante la perspectiva de rendir cuentas este jueves ante el Concejo Metropolitano sobre su relación con el detenido Mauro Terán, puso pies en polvorosa. Hoy voló a Washington dizque para pedir al Departamento de Justicia de Estados Unidos que difunda la información completa sobre las supuestas prácticas irregulares de Odebrecht en Ecuador. Para que “se esclarezca la verdad –dijo en el aeropuerto, antes de subirse al avión– y se desvirtúen todas las acusaciones, las especulaciones sin sustento”. También acudirá a los organismos de derechos humanos de la OEA para denunciar lo que considera como una persecución política del gobierno en su contra. Este viaje, montado a última hora, le permitirá eludir por esta semana los dos pedidos presentados por los concejales (uno de Daniela Chacón, otro del bloque de PAIS) para que explique con detalles los alcances de su relación con el asesor político Mauro Terán, detenido por orden de la Fiscalía bajo la acusación de fraude fiscal.

En un comunicado que leyó ante la prensa hoy, 10 de enero, Rodas dijo conocer a Mauro Terán como “una persona honorable”. De paso, dio por cerrados dos temas que lo acosan: uno con el Concejo y otro con la opinión pública. Al Concejo, que solicita debatir el tema, le dijo que cualquier lío que su asesor tuviera con las autoridades tributarias es un problema “de índole particular”. A la opinión pública, interesada en saber qué hace Mauro Terán en la alcaldía, ratificó que él no es funcionario municipal, pero que ha colaborado con su administración desde el principio. Lo cual da más fuerza a las preguntas planteadas por los concejales. Los de PAIS aseguran haber visto a Terán como delegado del alcalde en las reuniones donde se conformaron las comisiones municipales e intermediando entre la Alcaldía y el Concejo. Ellos y Daniela Chacón se preguntan en virtud de qué figura legal lo hacía. Y si cumplía, además, otros papeles en los directorios de las empresas municipales y en la negociación de contratos.

Lo de la figura legal es clave. El alcalde admite que Terán no es funcionario. ¿Trabajaba gratis? ¿Por qué tenía oficina y parqueadero? ¿Por qué la secretaria del Concejo era su mano derecha? ¿Cómo consiguió ascender hasta el punto en que el presidente de la República lo llama “el poder tras el poder en el Municipio de Quito”?

En lugar de quedarse en Quito para contestar estas preguntas al Concejo, Rodas ensaya un gesto tan teatral como vacuo: viaja hasta Washington para presentar, seguramente en una ventilla del Departamento de Justicia, un documento que podría enviar por correo electrónico. Y que, de cualquier manera, carece de sentido: ¿el alcalde de Quito va a decir al Departamento de Justicia de Estados Unidos lo que tiene que hacer? Esta opereta terminará con una foto p’al Face. Como la que se hizo en Roma con el Papa.

A Washington lo acompaña Gastón Velázquez, presidente encargado de la Comisión Metropolitana Quito Honesto. Gracias a esta coyuntura la opinión pública se ha enterado de su existencia. También Rodas tiene, como Correa, una suerte de secretaría de la transparencia donde un equipo de funcionarios recibe un salario para perseguir la corrupción mientras la corrupción campea.

Es curioso por demás que, mientras Rodas pide en Washington que se entregue toda la información, en Quito es especialista en ocultarla. Los concejales de PAIS revelaron hoy que el contrato con Odebrecht, que la Alcaldía hizo publicar esta semana con 10 meses de retraso, es en realidad un tercio del contrato total: publicaron 180 páginas de las 530 que tiene el original que reposa en una notaría y cuya copia está a disposición del público por 800 dólares. Además, no ha entregado 33 documentos que él citó en su informe sobre Odebrecht pero ningún concejal ha visto.

Otro de los problemas que le esperaban el jueves al Alcalde es la acusación que hizo Rafael Correa este lunes en sus redes sociales. “Tenemos movimientos millonarios –dijo– en cuentas de candidato de derecha por Tungurahua a la Asamblea”. En clara referencia al caso de Mauro Terán, Correa dijo que tampoco ese candidato tiene “cargo” pero que “todos saben (está) vinculado a las negociaciones del Metro”. No dio nombres. 4Pelagatos supo que el tungurahuense Jacobo Sanmiguel, que es candidato alterno de su propia esposa en la lista nacional de la alianza CREO-SUMA, fue parte de la delegación que viajó a Brasil con Mauricio Rodas en marzo de 2014, es decir, después de electo pero antes de asumir el cargo. Quizás el alcalde pueda decir quién pagó ese viaje que se hizo en un momento en que ya Odebrecht había si precalificada para participar en la licitación por el metro y había presentado, en sobre cerrado, la carpeta con su oferta.

Es oficial: Mauricio Rodas toma a los quiteños por imbéciles

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El alcalde de Quito se demoró cinco meses en entregar información sobre el proyecto vial Guayasamín. Cuando por fin lo hizo (o supuestamente lo hizo, el jueves pasado ante el Concejo Metropolitano), esa información dejó de ser relevante. ¿Por qué? Porque al mismo tiempo modificó el proyecto. Tanto lo modificó que ahora es necesario hacerlo todo de nuevo. El presupuesto, los análisis financieros, las proyecciones de tráfico (si las hubo), los estudios de impacto ambiental (si alguno se hizo)… Todo eso hay que repetirlo. Y diseñar una serie de obras adicionales que requieren sus propios estudios y sus propios análisis financieros. En consecuencia, hay que renegociar el contrato con la China Road and Bridge Corporation, cuyo compromiso con la ciudad es para construir algo muy distinto de lo que ahora se pretende construir. ¿O no? Mauricio Rodas actúa como que no. Él quiere que la ciudad piense que todo sigue igual, solo que “optimizado”.

Esto es lo que el alcalde hizo ante el Concejo a través de sus asesores y sus secretarios municipales: primero presentó los estudios técnicos y financieros que debió presentar hace cinco meses cuando se aprobó el proyecto; a minuto seguido, presentó los cambios en el proyecto que vuelven obsoletos esos estudios. ¿No es una burla?

La buena noticia: el Municipio se echó para atrás en su ofensivo despropósito de construir en media ciudad un mega viaducto de concreto sin lugar para el transporte masivo, sin respeto por la gente y el espacio público, sin sombra de criterios urbanísticos y conceptos de ciudad contemporánea.

El nuevo proyecto vial Guayasamín elimina el paso elevado sobre la plaza Argentina y, según informó al Concejo el secretario de Movilidad, Darío Tapia, añade las obras siguientes: un corredor para transporte público entre las parroquias de El Quinche, Yaruquí, Pifo, Puembo, Tumbaco y Cumbayá; una terminal de transferencia en Cumbayá; un corredor para buses articulados o biarticulados entre Cumbayá y la plaza Argentina; una serie de paradas especiales para esos buses a lo largo del trayecto; una gran estación subterránea en el subsuelo de la Plaza Argentina, con dos bahías de estacionamiento de 180 metros de largo cada una, lo suficientemente grande como para abastecer los 40 mil viajes diarios que en la actualidad se hacen entre Quito y Tumbaco y aun para crecer, en el futuro, hasta 100 mil viajes diarios según Tapia; ascensores, rampas, escaleras eléctricas y servicios propios de una estación de tales dimensiones; conexiones con las estaciones de metro de La Carolina y, en la superficie, un gran espacio arbolado con circuitos peatonales, un parque de esculturas, una plaza elevada y una estación para bicicletas de uso público.

La mala noticia: de todo eso lo único que hay es una vistosa colección de renders, es decir, de representaciones digitales de lo que se hará, llegado el caso. Y esos renders sólo muestran lo bonita que va a quedar la plaza Argentina. En cuando al resto, nadie ha visto nada. Lo único que se sabe a ciencia cierta con respecto a todas esas maravillas es que ninguna consta en el contrato con los chinos. Lo demás sólo son preguntas sin respuesta. Por decenas.

¿Cómo será el terminal de transferencia de Cumbayá? ¿En qué terreno se construirá? ¿Será necesario hacer expropiaciones? ¿Se han estudiado los flujos de transporte, las frecuencias, los destinos? ¿Cuánto costará todo eso? ¿Lo pagará el Municipio o lo pagarán los chinos?

¿Cuántas unidades de buses articulados o biarticulados se adquirirán para la ruta Cumbayá-plaza Argentina? ¿Cuántas paradas se construirán? ¿En dónde? ¿Quién hará los estudios técnicos para determinarlo? ¿Cuánto costará todo eso? ¿Lo pagará el Municipio o lo pagarán los chinos?

¿Cómo serán las anunciadas conexiones para transporte público entre la plaza Argentina y las estaciones de metro? ¿Midieron ya el impacto en el tráfico que implica llevar buses interparroquiales hasta República y Eloy Alfaro? ¿Ya diseñaron la estación de transferencia que servirá para este propósito y que, obviamente, no estaba contemplada en el plano original de la estación del metro La Carolina? ¿Dónde la construirán? ¿Se seguirán comiendo el parque? ¿Cuánto costará todo eso? ¿Lo pagará el Municipio o lo pagarán los chinos?

¿Y qué ocurre con la tan cacareada interconectividad  entre el sistema de buses parroquiales y la Ecovia (esa colección de latas de sardina que echan humo negro y que habría que empezar a llamar de otra manera)? ¿Está el sistema de buses de la 6 de Diciembre preparado para absorber ese nuevo flujo de pasajeros o requiere una actualización? De requerirla ¿cuánto costará? ¿Lo pagará el Municipio o lo pagarán los chinos?

El hecho de reservar un carril exclusivo de la vía para buses, ¿en qué medida cambia las estimaciones del flujo vehicular proyectado? Si en el proyecto original la ruta se saturaría en cinco años según los propios estudios de prefactibilidad de los chinos, ¿cuánto durará si añadimos 40 mil viajes diarios de transporte público? ¿Cómo afectan estos cambios a la recaudación de peajes? La recaudación disminuirá, sin duda. Ese costo ¿lo pagará el Municipio o lo pagarán los chinos?

No hay respuestas para estas preguntas. Y no las hay por una simple razón: este segundo proyecto vial Guayasamín, lo mismo que el primero, carece de estudios técnicos que lo sustenten. Sus simulaciones están basadas sobre el tráfico actual, no se han hecho cálculos de proyección del tráfico para los próximos años. No se ha estudiado los flujos y frecuencias en el uso de transporte público para determinar, por ejemplo, el número y la ubicación de las paradas. No se han diseñado todavía las paradas, las estaciones de transferencia, los corredores exclusivos. Como nada de eso se ha hecho, no se ha podido calcular los costos de la nueva infraestructura. Sin embargo el contrato, se supone, está firmado y las obras en marcha.

Más aún: el alcalde Mauricio Rodas –y esto es irritante porque demuestra hasta qué punto llega su menosprecio por la inteligencia de los quiteños y su falta de respeto por la esfera pública– pretende hacernos creer que, tras esta radical reingeniería, el proyecto terminará costando… ¡lo mismo que antes! Y que los chinos se harán cargo de todo sin decir ni pío. Nomás hay que seguir construyendo y todo se resolverá en su momento.

¿Por qué hace todo esto el alcalde Rodas? Porque puede. Así de simple. Es lo más intolerable de esta historia: Mauricio Rodas se permite semejante nivel de irrespeto a la ciudad porque la correísta Ley de Empresas Públicas se lo permite. En eso consistió la primera parte de la presentación del jueves ante el Concejo Metropolitano: un asesor jurídico explicó sin sonrojarse la inapreciable ventaja que ofrece la ley vigente, a saber: permite pasarse por el forro los más elementales principios de ética pública. No lo dijo con esas palabras, por supuesto, pero ése fue el eje de su intervención: contratación a dedo; posibilidad de elegir un proyecto sin necesidad de analizar alternativas; posibilidad de poner la ciudad patas arriba sin que el Concejo tenga que enterarse siquiera; permiso para acometer megaobras sin contar con los estudios correspondientes; cláusula de confidencialidad para proteger a la contratista en perjuicio de la ciudad; posibilidad de hacer ajustes al diseño del proyecto (como los que se está haciendo) sin tener que dar explicaciones… En fin, ¿puede alguien imaginar una ley más generosa… con los chinos y sus asociados?

En medio del más sospechoso secretismo, el alcalde Mauricio Rodas y su gerente de Obras Públicas, Alejandro Larrea, que prefirió no dar la cara ante el Concejo, trataron de ejecutar un millonario proyecto, tan irresponsable con la ciudad que ningún urbanista con dos dedos de frente lo respaldó. Se sirvieron de las peores prácticas del correísmo: la contramanifestación pagada; la falsa “socialización”; la propaganda como estrategia de convencimiento; la descalificación de los críticos bajo la acusación de que boicotean el progreso; la división de las organizaciones barriales (como en el barrio Bolaños, cuyos habitantes siguen sin saber qué va a ocurrir con ellos); la populista sinrazón de la mayoría, con el argumento de que un proyecto es bueno porque las encuestas lo aprueban; la simplificación del debate público a su expresión más palurda: construir obras vs “quejarse de todo”. En fin: la miseria de la política.

Pero la ciudad los detuvo. Pequeños grupos de ciudadanos organizados, la opinión pública activa en las redes y en los debates abiertos, un puñado de expertos y profesionales con vocación por lo público consiguieron impedir el atropello que Rodas estaba dispuesto a perpetrar. Y lo obligaron a cambiar el proyecto. A retroceder. Sin embargo, en vez de pedir disculpas y asumir lecciones, el alcalde vuelve al mismo esquema del principio: la misma opacidad, la misma falta de estudios, el mismo desprecio por la ética pública, las mismas cláusulas lesivas a los intereses de la ciudad, como aquella que impide por 30 años construir nuevas soluciones de movilidad entre Quito y el valle so pena de tener que indemnizar a los chinos ¡por lucro cesante! En fin, el mismo irrespeto de los últimos cinco meses. Todo lo mismo pero con un empaque “optimizado”. Mauricio Rodas no aprendió nada. Ya no sorprende.

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