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Correa ataca a Moreno

La vida de Correa en Bélgica es una pesadilla

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Es agosto. El mes más caluroso en Europa. Un mes distendido, de días luminosos hasta tarde en la noche, cuerpos ligeros y bares cuyas terrazas se apoderan de plazas y aceras. Un mes de fiestas en los pueblos y bailes populares.

Rafael Correa luce petrificado. Como si no hubiera diferencia entre estar aquí en funciones y estar en Bélgica, de hecho en vacaciones. Cualquiera imagina lo que significa no tener las presiones de su cargo. Poder viajar, pasar tiempo con su familia, vagar por la Plaza central de Bruselas, vagabundear por los museos, descubrir los rincones gastronómicos, tan pequeños como secretos, que hay en Europa. Correa tiene hoy el privilegio de no tener prisa, de tener tiempo y de no sufrir de las servidumbres que impone la estrechez económica.

Pero este hombre sigue aquí. Prisionero de sí. Del poder que cree suyo o de sus secretos inconfesables. Da lo mismo. Cualquiera lo imagina hurgando en las redes sociales. Obsesionado con Lenín Moreno y su gobierno. Ansioso por saber lo que ocurre en la Asamblea. Lo que se dice en Alianza País. Lo que escriben sus defensores y sus críticos. Lo que publica la prensa corrupta. Lo que revela el caso Odebrecht. Lo que ocurre con Jorge Glas. Lo que hace el fiscal. Lo que saca el Contralor. Lo que dirá Carlos Pareja Yannuzzelli… Correa no vive en Bélgica. Ahí está su cuerpo. Él sigue dividido entre el síndrome de Hubris y el síndrome de abstinencia del poder. Entre lo que fue, lo que aspiró a ser en la historia con H, y en lo que se está convirtiendo.

Hay dolor en este hombre. Hay drama. La desintoxicación del poder a la que tenía que someterse para volver en sí, no se ha producido. Correa no solo no vuelve del altar de grandiosidad que se construyó, de ese narcisismo empalagoso que lo asfixia, de ese orgullo que lo ciega; no solo que no vuelve sino ha decidido restituir los límites que él fijó y que Moreno decidió desplazar. Correa no suelta el poder y, ahora, desde su cuenta de Twitter, desde esa cámara que lo graba en Facebook, lucha por nutrir la ficción que lo tiene cautivo. Es tenebrosa la vida de Rafael Correa.

De dos una: o el ex presidente es un enfermo o tiene secretos inconfesables que lo obligan a hacer esta guerra sin tregua. En todo caso, es patético ver lo que hace en Twitter y, ahora, en Facebook. Es impensable que solo las políticas de su sucesor lo pongan en trance. Ni Barack Obama sufre tal quebranto con Donald Trump; un señor al que olvidaron vacunar contra la rabia. Correa no solo no dice nada nuevo sino que lo que dice contra Lenín Moreno ya lo dijo, durante diez años, contra los partidos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación, los luchadores sociales, las mujeres, los ecologistas, sus ex compañeros de partido… Correa tiene un problema -además de Odebrecht, Glas, el tío, los decretos de emergencia que firmó, la gente que persiguió, Pareja Yannuzzelli…-: es un ser que necesita odiar. Esa es su poción mágica. Ahora su cabeza de turco se llama Lenín Moreno.

El enlace digital que hizo hoy, 12 de agosto, desde Bélgica, durante 57 minutos, quizá sí sirva puertas adentro de Alianza País: puso los relojes a la hora a todos aquellos que piensan en una reconciliación entre él y Moreno. No habrá acuerdo por más mediación que sueñen Gabriela Rivadeneira y Ricardo Patiño. Los epítetos destinados a Moreno despejan cualquier duda: lo llamó traidor, incompetente, corrupto, bajo, mentiroso, demagogo, politiquero, hombre sin convicciones, falto de liderazgo… A su gobierno lo acusó de repartir el país, de haber detenido la Revolución Ciudadana, de entenderse con las mafias, de institucionalizar la corrupción, de tener nuevamente al hombre del maletín… En definitiva, su gobierno reúne -dijo- a los resentidos de Alianza País con los odiadores de siempre.

Correa no entiende cuánto atosiga. Sigue dando cursos de economía, otorgándose pergaminos, afirmando que la crisis económica es pura politiquería.
Correa finge ignorar cuánto ha mentido. Sigue repitiendo que su gobierno fue de manos limpias, que Glas es un honesto y sacrificado señor, que los que robaron en Petroecuador fueron liderados por un socialcristiano…
Correa no imagina cuánto fastidio causa oírlo transformar cualquier intento de transparencia en persecución política contra él y contra Glas.
Correa no sospecha hasta qué punto se auto incrimina cuando acusa a Moreno de irregularidades que cometió en su gobierno. Con su concurso.
Correa ahora vigilará y auditará la administración Moreno. Las casas que prometió hacer, los bonos que prometió doblar… Y que prometió mentirosamente, dice él, en la campaña. Pero lo dice solo ahora…

La vida de Rafael Correa es una pesadilla. Hasta en agosto, el mes más caluroso y distendido en Europa, este hombre se dedica a perseguir fantasmas o a proteger los cadáveres que tiene en sus armarios. Cualquiera sabe.

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