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En este juicio ganamos todos

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Para escribir este texto voy a recurrir a la primera persona. Nunca lo había hecho en 4Pelagatos pero esta vez las circunstancias me imponen un tono personal. Resulta imposible despersonalizar esto: han sido casi diez años de angustias y zozobras cuyo feliz colofón, al menos aparentemente, ha llegado el lunes 3 de julio.

Cuando la mañana siguiente al juicio, en el que fui declarado inocente de haber afectado la honra del ex presidente Correa, un periodista me llamó y me pidió que dijera al aire cómo arrancaría una crónica sobre lo ocurrido, lo primero que se me vino a la mente fue la imagen de mis colegas acercándose para entrevistarme luego de la audiencia. Venían por la calle, casi corriendo, hasta la puerta por donde los funcionarios de la judicatura me habían pedido que salga para no exponerme a las enfurecidas turbas correístas. Fue el ánimo con el que llegaron lo que me impactó.  Aunque venían casi corriendo y jadeantes era claro que estaban tranquilos y ciertamente contentos. Cuando arrancaron las preguntas fue evidente que una alegría sosegada los acompañaba; algo que no había visto entre mis colegas durante muchos años. Ese momento sentí que algo muy poderoso me unía a esa tropa de reporteros y ahí tuve verdadera conciencia de que había ganado una pelea. Una pelea que había valido la pena dar.

Esa imagen me llevó a recordar uno de los momentos más siniestros que me ha tocado cubrir como periodista. Ocurrió ya hace 6 años y fue la audiencia final del juicio que Correa le siguió a diario El Universo. Ese día, el Presidente estaba montado en la cresta del más absoluto poder y había convertido a la Corte Nacional en un espacio donde todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en función suya. Aunque había presentado su demanda a título de un ciudadano cualquiera, cosa que de por sí es absurda que lo haga quien ejerce un cargo público, había ordenado que se acondicione en el lugar una suit para su uso personal, de tal forma que si quería ir al baño no tenía que cruzarse con nadie que no fuera de su agrado. Lo acompañaba un séquito de funcionarios públicos, incluidos los de más alto rango, que no tuvieron empacho en abandonar sus sitios de trabajo para lambisconear al jefe y en las afueras flotas de vehículos de Estado los esperaban para llevarlos a festejar. Ese día, el mismo Rafael Correa, que el 5 de junio del 2017 pidió que me encarcelen por 30 días porque disque había afectado su honra, pidió a los esbirros de la Corte que me saquen de la sala. No había ningún respaldo legal para que me expulsaran, solo el capricho de Correa que no quería sentirse incómodo en aquella sesión donde, sabía, se iba a condenar a El Universo y a Emilio Palacio. Nada debía perturbar su goce y disfrute de ese ajuste de cuentas y mi presencia, seguramente, le resultaba perturbadora. Para entonces, Correa ya no me toleraba.  Ya se había aprovechado de sus sabatinas para insultarme y desacreditarme. Incluso había proyectado una fotografía mía en uno de esos espectáculos como para asegurarse, tan valiente y macanudo él, que sus seguidores me identifiquen y me agredan si se cruzaban conmigo en la calle.

La antipatía que Correa sentía por mi y que lo llevó a insultarme y a descalificarme nació en julio del 2009. Luego de que escribí un pequeño comentario sobre su presencia en un desfile de conmemoración por los 200 años de la batalla de Carabobo, en Venezuela, y al que lo  acompañé como miembro de una delegación de periodistas ecuatorianos. En aquellos tiempos la prensa, que no pertenecía al aparato de propaganda y adoctrinamiento del gobierno, aún tenía cabida en los viajes presidenciales. 

En el comentario aquel me preguntaba cómo es que un joven político, supuestamente educado y de ideas modernas, podía haber lucido radiante de felicidad junto a Hugo Chávez durante una ceremonia militar en la que el tono de los larguísimos discursos eran de un nacionalista y de una exaltación militarista dignos de una película sobre la Italia de Benito Mussolini. ¿Quién conoce realmente a Rafael Correa?, preguntaba en la columna. Me parecía inexplicable que alguien que se llenaba la boca sobre modernización y sociedad civil podía haber estado tan a gusto y a sus anchas en un tétrico espectáculo lleno de discursos e imágenes cargados de nacionalismo fascista. Para alguien formado con una educación humanista, como pretendo serlo, un espectáculo así no podía ser sino abismalmente deprimente. Pero Correa estuvo, durante esas cinco o seis horas de apabullante despliegue de militarismo y nacionalismo ramplón, dicharachero y festivo. Pocas veces se lo había visto en público tan alegre como ese día, sentado junto a Chávez.

El sábado que siguió a la publicación de mi columna, Correa se burló diciendo que yo era un bobo que seguramente esperaba que en un desfile militar aparezcan cheerleaders y cosas por el estilo. Tuvo el descaro de insinuar que yo había actuado como traidor por haberlo criticado luego de haber volado en un avión del Estado. Desde entonces ya se evidenciaba que, como político y funcionario en el poder, Correa asumiría que los bienes públicos eran suyos. El avión, por ejemplo. Cada día me convenzo más de que mi pregunta sobre ¿quién conoce realmente a Rafael Correa? era perfectamente pertinente.

Vinieron otros episodios. Para agosto del 2013, Fundamedios había contabilizado al menos diez ocasiones en las que Correa se aprovechó de las sabatinas, espectáculo pagado con fondos públicos, para insultarme y descalificarme. El inventario hecho por Fundamedios incluye los apelativos de “enfermo”, “sicario de tinta”, “chiflado”, “inmoral”, “falto de ética”, “cobarde”, “desquiciado”, “pobre hombre” y “malcriado”. Luego vino una serie de ocasiones en las que, obsesivamente, dijo que yo estaba enfermo o enfermito, como si tener una enfermedad fuera motivo de descrédito. Fueron tantas las ocasiones en que me dijo “enfermo” que llegué a pensar que lo hacía perfectamente consciente de la condición que sufro, y que trató de humillarme con eso. Muy humano y valiente el señor Correa.

Correa jamás perdonó que se le cuestione su verdad. Si era dueño de los bienes públicos lo normal era que sea dueño, también, de la verdad. El sistema político que él montó, con la anuencia de una inmensa mayoría de ecuatorianos y de ideólogos de ocasión, necesitaba de un poder absoluto para funcionar. Convertir a las funciones del Estado como secretarías o brazos del ejecutivo, cosa que logró con la constitución de Montecristo, no bastaba. Era necesario también eliminar, como se elimina a los piojos, a cualquier forma de disenso. Por eso construyó, desde el principio, un sistema mediante el cual la amenaza y el insulto servían para mantener reprimida y acobardada a cualquier forma de crítica. Hubo algunos, entre los que me incluyo, que nos atrevimos a desafiar ese sistema y decir lo que el poder no quería escuchar. Muchas veces lo hicimos por un profundo miedo a callar, que es el más tenebroso de los miedos.

Hubo un período, que no fue corto, en el que quienes nos lanzamos al vacío diciendo las cosas que el poder no quería que se digan, fuimos abominados por un inmenso sector de la opinión pública. Resistirse a las reglas del jefe, durante los primeros cinco o seis años del correato,  no fue bien visto ni fue popular. No era fácil ejercer la libertad de expresión, no solo por las agresiones que venían desde el poder sino por el desprecio y el repudio de un importante sector de la sociedad que alcahueteó, unas veces con gran entusiasmo y otras por simple desidia, la instalación de un régimen autoritario. Un autoritarismo que, con el tiempo, la mayoría ha llegado a aborrecer.

El acoso se prolongó con el aparecimiento de 4Pelagatos. Correa no solo que utilizó todos los recursos del Estado para demandar que se baje la página usando fraudulentamente leyes de autoría intelectual o mediante ataques cibernéticos.  Se nos advirtió con un juicio por un artículo sobre los aviones militares donados por Hugo Chávez y se nos amenazó de muerte por un artículo en el que se criticaba que se haya utilizado al diario estatal El Telégrafo para que la hija de Correa publique una columna de opinión.

La demanda que me puso Correa por un artículo en el que utilizo el mismo razonamiento que él usó para proteger a Alecksey Mosquera, por haber recibido un millón de dólares de Odebrecht, no es sino la culminación de un viejo y metódico acoso en mi contra que incluye la presión que se ejerció desde el poder para que me dejaran en el desempleo. Un acoso que no fue exclusivamente en mi contra pero que llegó a ser mucho más perverso y violento contra colegas míos como Jorge Ortiz, Juan Carlos Calderón, Cristian Zurita o Fernando Villavicencio, entre otros.

¿Pero por qué Correa pidió mi prisión por el artículo en el que expongo, haciendo un símil, su lógica para defender a Mosquera y no por otros mucho más duros? Creo que mi colega Cristian Zurita tuvo la mejor respuesta a esta pregunta. “Correa al defender a Mosquera se está defendiendo él mismo”, me dijo en una conversación. Es por eso que estoy convencido de que la demanda que presentó en mi contra es parte del caso Odebrecht. Si lograban encarcelarme o hacerme pagar una multa por lo que escribí, entonces no era difícil imaginarse el temor que cualquier periodista o ciudadano hubiera sentido al redactar una nota sobre ese tema. Uno de mis abogados Juan Pablo Albán, en su extraordinaria argumentación a mi favor, lo hizo notar y estoy convencido de que esa fue una de las argumentaciones que más impactó en el juez.

En el proceso que se siguió en mi contra, la idea era que yo llevara un mensaje a todos quienes pueden opinar sobre el tema de Odebrecht: o se callan o les pasa algo parecido. Por todo esto pienso que los beneficiarios más inmediatos de la decisión del juez fuimos muchos periodistas y personas que están haciendo opinión en el tema Odebrecht.

A diferencia de lo que ocurrió durante el juicio en contra de El Universo en el 2011, en esta audiencia fue visible el deterioro del poder de Correa.  Su abogado, acostumbrado a ganar con solo presentarse en los juzgados respaldado en el poder de su defendido, hizo un argumentación tan pobre que a momentos producía lástima. Su asistente llegó atrasado y de los tres testigos que llevaron solo testificó una. Es más, su testimonio fue más útil para mi causa que para la de Correa. Hubo un perito informático llevado por Ochoa y su equipo que a todas luces lo único que sabía era googlear. Ni siquiera sabía qué es una IP ni el “back office” de una página web. Ni siquiera  pudo sostener la tesis Caupolicán Ochoa de que habían sido 80 mil personas las que habían leído la nota que, supuestamente, acabó con la autoestima de Correa. Nada tenía que ver lo que ocurrió este pasado 3 de julio, con aquel despliegue de poder y control que hubo en el juicio contra El Universo.

Cuando sentí que los colegas que me entrevistaban estaban tranquilos y hasta alegres, supe que todo esto ha valido la pena. Quizá por eso, fue su imagen la que primero se me vino a la mente cuando desde una radio me pidieron que les contará cómo comenzaría una crónica.

Espero que todo lo ocurrido signifique que ya no será necesario recurrir, otra vez, a la primera persona. Es de esperar que, como periodista, ya no tenga otro tema personal que contar.

Foto cortesía El Universo

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