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Dictadura cubana

Correa es el perfecto mamerto latinoamericano

en La Info por

Rafael Correa siente que el tiempo con poder, ese tiempo de boato monárquico e impunidad total, se escurre irremediablemente entre sus dedos. Le quedan 11 días y es inocultable que macera, como diría Borges, la nostalgia del presente: suspira, se le va la mirada, brega con él, pecho adentro, para evitar que le quiebre la voz cuando evoca que hizo el último gabinete itinerante, el 122, y que esta sabatina, en Jaramijó, es la penúltima, la 522.

Correa sabe que el 24 de Mayo es el fin del reinado. Un anomalía sin duda para él que ha venido trabajando, en forma incansable y sistemática, su entrada en la historia. Con H. No hay sábado que no sume conscientemente páginas, discursos, canciones, videos, viajes, proezas, encuentros, estadísticas, anécdotas a la biografía de ese ser épico –él– del cual habla en tercera persona.
Es dramático ver cómo, sin recato alguno, se pone en escena en videos en los cuales gente sencilla y beneficiada con alguna obra hecha con dinero de los contribuyentes, le agradecen, le dicen cuánto lo admiran, lo ponen en un altar. Es aparatoso ver cada sábado funcionarios del Estado –tipo Gabriela Rivadeneira y Guillaume Long– disfrazados de cheerleaders sumisos y vasallos del jefe. No hay duda: Correa se ama y convirtió el poder en empresa de narcisismo patológico. Ahora se ha hecho un museo y, con grandilocuencia artificiosa, se dice el líder de una leyenda.

Nada ha dejado al azar. Lo hizo entender este sábado al explicar por qué hizo el último viaje, como Presidente, a Cuba. Era la mejor forma –dijo– de terminar estos diez años. Y, claro, si se tratara de un curso de maternal sería hermoso poder creer las maravillas que cuenta sobre Cuba. Dice que Raúl Castro, jefe de la represión interna cuando su hermano reinaba como emperador absoluto, es un ser afable, cariñoso, solidario. Habla de los revolucionarios que lucharon contra Batista, pero nada dice de la dictadura que hay en Cuba desde 1959. Visita la cárcel donde estuvieron los revolucionarios, pero nada dice de los fusilados por los castristas y de sus cárceles.  Y a medida que habla, Correa se pinta solo como el perfecto mamerto latinoamericano. Un caudillo autoritario que no es comunista, pero a quien le resulta cómodo decirse de izquierda y enemigo del imperio: así se otorga un diploma para pasar por demócrata, concentrar todos los poderes, declarar superado a Montesquieu, convertir la salud y la educación en coartada para poder violar los derechos civiles y políticos de aquellos que no piensan como el partido y eternizarse en el poder.

Si ese modelo no hubiera hecho su tiempo, si esas dictaduras no hubieran sido económicamente un fracaso y políticamente una aberración, Correa podría seguir contando a los niños del Ecuador la fábula del buen Fidel y la ternura infinita del Che Guevara. Pero si Correa va a Cuba no es solo para decir que ese es el modelo político de su predilección. Es para decir que él se apoyó –como lo dijo hoy en la sabatina– en los hombros de lo gigantes. ¿De quiénes? Los nombró: Bolívar, Alfaro, José Marti, el Che Guevara, los corruptos Kitchner y Chávez y, por supuesto, Fidel Castro. Y apoyarse en ellos significa hacer parte del club. Es su forma de decirse prócer, gigante de los Andes… un héroe épico y fuera de serie.

Y mientras está en eso, escribiendo con los ojos abiertos su propia biografía en las grandes páginas de la historia, cuenta que en Cuba lo aman. Lo aman tanto que después de ir a almorzar en el Centro Histórico de la Habana, se regó el cuento de que él, Rafael Correa, estaba por ahí y espontáneamente miles de personas salieron a aclamarlo. Como si en la Cuba de Castro esos gestos políticos pudieran ser espontáneos. Como si ese régimen no tuviera todo calculado: incluso que Raúl Castro lo despida en el aeropuerto.

Pero eso es Correa: un narciso que se da cuerda. Que tiene ahí, al lado, a Guillaume Long para decirle que sí, que la dictadura cubana le ama, porque él ha defendido a esa dictadura que convirtió esa isla en cárcel desde hace 58 años. Una dictadura que le otorga un honoris causa, el 14 en la lista, por los servicios prestados a la lucha antiimperialista. Y Correa juega a creer que no es por eso que le dieron ese diploma que recibió con una charla magistral que, según el video que proyectó, fue una sabatina más.

04:10 duró ese penúltimo enlace dedicado a hablar de él y a derramar odio, porque Correa no sabe hacer política de otra forma. 04:10 en las cuales se entendió que su modelo político –el cubano– tuvo una talanquera enorme: la prensa. Correa aún hoy no entiende por qué su verdad no es la verdad de todo el mundo. ¡Eso seguramente hubiera facilitado –y tanto– su biografía! Tener propagandistas como los de los medios oficiales –que ahora convirtió en héroes– es su sueño no cumplido. Por eso cuando dice “gente informada” se entiende “gente adoctrinada”. Por eso dice que la prensa no-dependiente-de-él es el mayor peligro que hay para la democracia como él la entiende.

Correa tiene la razón: hoy, sábado 13 de Mayo, quedó claro que él es el perfecto mamerto latinoamericano.  Tiene razón de decir que, ante esa nostalgia evidente que lo embarga por las dictaduras integrales, él no pudo, en estos diez años, imponer su verdad como única. Tiene razón de odiar a los medios que no pudo controlar y que para él son los causantes de que la mitad del Ecuador no votara por su candidato. Se entiende que entrar así a la historia, que lo obsesiona, al lado de caudillos y dictadores, es menos glamuroso de lo que pensó.

Foto: Presidencia de la República. 

Gabriela, la pedestre

en Columnistas/Las Ideas por

Que Cuba es un ejemplo de dignidad es una afirmación de la presidente de la Asamblea, que no tiene ningún valor. Y comentarla es pertinente por lo pedestre. Y porque la postración conceptual, de la que adolece esta izquierda conservadora que paradójicamente se expresa a través de estos personajes etariamente jóvenes, hace apología de ideas que sobreviven a costa de provocar mucho sufrimiento.

Cuba muestra las miserias de la dictadura hereditaria. De los gobiernos eternos que perduran sobre la pobreza, el atraso y las restricciones económicas y políticas. Cuba no es ejemplo de dignidad. No es ejemplo de decencia. No es referente de democracia. Puede entenderse que eso crean tozudos dinosaurios que detuvieron su entendimiento al tiempo de la guerra fría, que aun acarician la imagen mítica del comandante de Sierra Maestra, como un Aureliano Buendía, que la sesentera mística de la revolución convirtió en ícono. Hace un pila de años, la izquierda romántica, acá en latinoamérica y en Europa, canonizó a Fidel Castro. Pero eran las épocas en que la beneficencia soviética encubrió la economía parasitaria que lo sostenía, como luego fue la dependencia de la opulencia benefactora de Chávez. Es hasta entendible que esas mentes anquilosadas, a las que se les detuvo el reloj de la historia, piensen en Cuba como el modelo.

Hace falta mucha ignorancia. Hace falta tener el cerebro hueco. Hace falta improvisación, nada de formación e información para que jóvenes, que nacieron a la política cuando se derrumbaron los falsarios íconos del socialismo real, repitan –con severa insolencia a la integridad intelectual– el mensaje repleto de horrendos eufemismos para promocionar un régimen antediluviano.

Cuba es una isla de misérrima calidad de vida. Debe servir como otro penoso ejemplo práctico del rotundo fracaso del socialismo. Cuba vive una dictadura que expulsa miles de angustiados en escuálidas balsas o en engañosos viajes. Gente desesperado por abandonar el infierno que la presidenta de la Asamblea ensalza. Ella brincó, con enormes vacíos, de un reinado de pueblo a una función a la que se debería arribar con algo de condumio neuronal.

A la par de los de masa gris que se anquilosaron o de los que nacieron anquilosados –y en el correísmo hay abundantes ejemplos– hay otras mentes que militaron en la izquierda marxista de las épocas en las que pensaron posible una utopía. Entonces, mantenían una ética humanista y pensaron, honesta pero erradamente, que ese modelo haría posible la igualdad. Pero hace lustros dejaron de pensar en Cuba como la ruta utópica. De esas mentes que se sostienen dinámicas por la dialéctica y el sentido de realidad, difícilmente se les arranca frases tan contemporizadoras con la represión y la humillación como las que, con la liviandad del carente, ha escrito la presidenta de la asamblea. Tan pedestre ella.

¿Qué parlamento fue a visitar ella? El que se integra por los obsecuentes del partido único. Es probable que no le haya resultado del todo diferente al que ella dirige. Pero en una democracia, la característica es la variedad de representación política, resultado del libre juego de organizaciones diversas. En la Cuba digna de la pedestre presidente de la Asamblea aun la competencia dentro del partido único fue erradicada. Como dinastía, la sucesión es familiar y ni siquiera ha sido posible la renovación del liderazgo por fuera de la gerontocracia. Por eso en 2002 Fidel expulsó con deshonra a Robaina (¿habrá oído de él?) por haberse “promovido” como candidato a la transición poscastrista. Como antes expulsaron a Aldana en 1992, con la acusación de intentar convertirse en el Gorbachov cubano.

¿Qué Cuba es digna? Sin duda es por aquellos héroes que enfrentan a la nomenklatura con los riesgos del totalitarismo y que terminan acosados por el Estado policial. Es digna por el testimonio de las madres de blanco. De los presos políticos a los que el Papa niega oídos. De aquellos que por preservar su dignidad se humillan emigrando. Las dilmas, los franciscos, los correas que peregrinan a retratarse con un tótem nefasto que reina en la Isla no blanquean 57 años en los que cubanos pasaron de ser ciudadanos a víctimas. Por algún motivo será que aproximadamente un cuarto de la población cubana ha emigrado.

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