Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Tag archive

El populismo de Lenín Moreno

¿Y si ganara Lenín Moreno?

en La Info por
Captura de pantalla 2017-03-19 a las 8.38.54 a.m.

Ganar es el único escenario plausible para el correísmo. Por eso está haciendo un esfuerzo descomunal que incluye el uso de todo el Estado a favor de su binomio: la presidencia, ministerios, prefecturas, municipios, presupuesto, logística, decenas de miles de funcionarios haciendo proselitismo, el Consejo Nacional Electoral, la maquinaria mediática, los troll-center… En la administración se han formado brigadas que llaman a los domicilios para tratar de convencer a los ciudadanos de que Moreno es el santo de temporada. Jóvenes organizados por María Fernando Espinosa y los Alvarado en tareas de comunicación (pagados en sobres y sin factura). Tareas que incluyen una campaña sucia sin precedentes contra el contendor. Nunca antes en el país, el Estado todo habrá casi detenido su normal funcionamiento para convertirse en una maquinaria destinada a conseguir votos, como sea. Para ganar como sea. Los correístas creen que si gana Moreno obtendrán de nuevo un cheque en blanco por parte de los electores para hacer lo que vienen haciendo desde hace diez años. Eso es un espejismo por muchos factores:

  1. El modelo insostenible: la economía ya no da para alentar un modelo derrochador que convirtió al Estado en el protagonista de todo y en el motor de la economía. La bonanza se acabó y el nivel de endeudamiento o la política de meter la mano en la caja del Banco Central, el IESS y otras instituciones para tapar el déficit fiscal y otros desequilibrios, ya bordea todos los límites. La nueva realidad económica pondría a Moreno ante una disyuntiva: tratar de sostener el modelo (profundizando la crisis) o rectificar. Esta contradicción, de ganar, minará la herencia correísta y creará enormes tensiones en su tienda política entre aquellos que creen que la economía obedece a la ley de los deseos y los pragmáticos que, por ahora, son pocos.
  2. La legión de los despechados: Moreno promueve en esta elección una catarata de promesas populistas que, de ganar, no podrá sostener. Se sumarán a todos los beneficios sociales (bonos, subsidios, créditos…) que se dispararon durante la bonanza para aceitar las clientelas políticas y cuyos costos ahora son insostenibles. Es tal el ambiente de regalos y ofertas que está promocionando, que es dable predecir, en caso de ganar, un bumerán en esas franjas seducidas por un Estado dispensador eterno y sin límites de dádivas.
  3. La disonancia institucional: si ganara Moreno, lo haría, presumiblemente, por una diferencia mínima. El país quedaría políticamente partido por la mitad y él, que dice que será presidente de todos los ciudadanos, tendría que asumir esa realidad. Su aparato, cebado por la propaganda, tendría obviamente la tentación de mantener su predominio total aprovechando el diseño institucional que aupó el autoritarismo de Rafael Correa. Pero 2017 no es 2009: Moreno se confrontaría con el desfase que crea tener a su disposición un poder hiperpresidencialista y el hecho de ya no contar con el músculo político para ejercerlo, como sí lo tuvo Rafael Correa. El correísmo si ganara tendría que procesar políticamente esa disonancia institucional y recular en sus pretensiones. O provocar una sublevación.
  4. La fractura de su frente interno: si ganara Moreno tendría que ejercer su liderazgo en Alianza País. Eso lo enfrentaría directamente con Rafael Correa. Y agravaría la división que existe en Alianza País entre sus partidarios y los correístas que hacen fila detrás de Jorge Glas. Esto incidiría en su relación con Glas que depende, en su caso, de su estado de salud y, en el de Glas, del estado de las investigaciones sobre la corrupción. Tras diez años en el poder, ya no hay tantas hambres atrasadas sino cadáveres y carpetas de corrupción en los armarios: esto incrementaría (a pesar de contar con fiscal y contralor de bolsillo) una alta vulnerabilidad en Alianza País que se reflejaría en la gestión gubernamental y en el bloque parlamentario. Las denuncias de corrupción representan y representarán una amenaza similar a la espada que el rey Dionisio hizo pender sobre la cabeza de Damocles.
  5. Los nuevos factores de poder: si Moreno ganara, no podría decir que “son más, muchos más”. Tendría  ante sí un país dividido representado por una oposición que ha cerrado filas entorno a la defensa de valores democráticos y republicanos. Esto, lejos de menguar, se incrementaría. Lo mismo  puede decirse de la sociedad activa políticamente que, lenta pero inexorablemente, está regresando con sus propuestas y sus organizaciones a la esfera pública. Esa sociedad, maltratada y perseguida ha tardado en reconstituirse, pero si volvió a la escena pública es para quedarse. Moreno, de ganar, no podría desconocer la sociedad movilizada so pena de atentar aún más contra el tejido social, calentar las calles y apostar por el ciclo agitación-represión. No tendría  capital político para ello y el uso de FF.AA. y Policía, con un país dividido, se antoja improbable y riesgoso. En ese caso, debería privilegiar el manejo político que, como parece obvio, milita en contra del modelo represivo y autoritario de Correa.

Por estos y otros factores -económicos, sociales, políticos o institucionales- es un espejismo político que los correístas crean que, si ganara Lenín Moreno, podrían seguir gobernando con la desfachatez, el cinismo, la opacidad y el autoritarismo que los caracteriza.

Mañana: ¿Y si ganara Guillermo Lasso?

Moreno cayó en la trampa que dizque quiso evitar

en La Info por
Captura de pantalla 2017-02-27 a las 8.58.16 a.m.

Todos creen que Lenín Moreno es lo mismo que Rafael Correa. Cara y sello de la misma moneda. Obvio: fue siete años vicepresidente. Siete años jugó a ser el policía bueno, al lado del policía malo cuyos métodos, estilo y (algunas) políticas supuestamente no compartía. Moreno, no obstante, decía que era diferente. Y a su alrededor se decía que él, como aspirante a la presidencia, no iba a ser lo mismo, no iba a estar con los mismos, no iba a decir lo mismo, no iba a someterse al mismo. Para ello se daba como prueba el discurso diferente que pronunció cuando llegó de Ginebra. De manos abiertas. De diálogo. De gente decente. De acuerdos. Esa diferencia, se dijo, se evidenciaba hasta en la camisa. Ya no verde. Blanca. No quiso y desechó las que le mandó el aparato. Tampoco quería a Jorge Glas. Ni las encuestadoras del gobierno. Ni a los impresentables hermanos Alvarado…

Ese ímpetu diferenciador, expuesto en una tarima en el sur de Quito, el 28 de septiembre pasado cuando volvió al país, duró horas. Correa lo llamó al orden. Le dijo que el programa lo hacía el partido. Que él era parte del proceso. Que podía haber un estilo, un temperamento diferente pero que la senda ya estaba trazada. La disputa alrededor de la candidatura de Jorge Glas duró unas semanas más, pero Moreno plegó. Alvarado también está en su campaña. Y Correa, convertido en ancla, no solo está presente: marca la ruta; opera la estrategia. Es tal su peso que ya dijo que si gana Guillermo Lasso, él regresará. Lo cual significa que, además de pensar con el deseo, considera a Lenín Moreno como candidato desechable.

De dos cosas una. O Moreno fingió siempre que no aspiraba a ser como Correa (eso se llama falsario). O es un hombre sin recurso alguno para hacer valer su visión y su temperamento (eso lo vuelve veleta). El hecho cierto es que, por decisión o por circunstancia, él hace en esta campaña, o deja hacer sin chistar, exactamente lo contrario de lo afirma. O dice.

Con una bonhomía que cualquiera da por cierta, Moreno habla de caballerosidad, de buenas maneras, de diálogo, de aversión a la guerra sucia. Lo dice con ese tono condescendiente capaz de franquear cualquier resistencia. Con el mismo tono riega en el camino de su contrincante minas letales: acusó, por jemplo, a Lasso de haber contratado expertos extranjeros en guerra sucia. Dice que son dos y que si se quiere él da los nombres. Pero no los da. Todo es tan natural en él: decir, por ejemplo, que entregaría las cuentas, para muchos chuecas, de su fundación. Tampoco lo ha hecho. Moreno actúa como si fuese experto en pasar de agache y dejar que otros tiren la piedra, limitándose a agravar el efecto de la pedrada. Ejemplo: el gobierno endosa a Guillermo Lasso la actitud de unos ciudadanos que insultan a Manabí. Moreno no desautoriza el montaje del gobierno ni condena a los grupos que violentan sedes de CREO o del Banco de Guayaquil. Se une une al coro: “Manabí se respeta, carajo!”

La misma actitud adoptó frente al CNE, a sabiendas de que las cifras no le daban para ser presidente en la primera vuelta. Nada caballeroso, como reclama que sean sus contrincantes, se adhirió a la estrategia torcida del gobierno y escribió en su cuenta de Twitter: “la posibilidad de ganar en la primera vuelta sigue intacta”. Igual a Correa.

¿Moreno es diferente en algo de fondo a su líder y al modelo que instauró? No se sabrá en esta campaña. No hay diferencias y hay que concluir que fue asimilado totalmente. O que siempre fue el espejo de la Revolución Ciudadana. Qué más da. Usa toda la logística del Estado, pero finge no hacerlo. Tiene juez propio, pero recita el discurso del fraude al revés inventado por el aparato de propaganda. Sabe que hay corrupción y que Jorge Glas está empantanado, pero se dedica a lavarle la cara. Habla de diálogo y concertación, pero acepta y participa en el operativo de odio del gobierno para que Manabí y Esmeraldas abominen a CREO y al banco de Lasso. Sabe que hay graves problemas económicos y que las cifras del gobierno están trucadas, pero él habla de la Misión Manuela Espejo. Sabe que el presupuesto del Estado que deja su gobierno es insostenible, pero ofrece más dádivas y bonos populistas…

¿Quién es realmente Lenín Moreno? Ya no importa. Moreno desapareció –como ocurrió con Augusto Barrera– ante el tutelaje y la hiperactividad de Rafael Correa. A tal punto que le ha tocado decir –y reiterar– que si llega a la presidencia, él le hará respetar su mandato, como él ha respetado el suyo. Su candidatura, lejos de ser la promesa de un cambio, causa hoy la sensación de mandado, de pieza de un mecanismo manejado por otro, de instrumento. La candidatura de Moreno termina confirmando lo que, desde el inicio, quiso negar: que es más de lo mismo, con los mismos, para hacer lo mismo con el mismo.

¿ Qué les pasa que lucen tan desesperados?

en La Info por
Captura de pantalla 2017-02-16 a las 6.53.29 p.m.

Lenín Moreno ganará de largo en la primera vuelta: ese es discurso del oficialismo. Los hechos no parecen acompañar ese optimismo propagandístico: Lenín Moreno multiplica su carnaval de ofertas; Jorge Glas ya no es exhibido en la tarima y Rafael Correa redobla medidas y ofrecimientos con claro sello electoralista.

El correísmo da señales inequívocas de ansiedad e incertidumbre. En estos días cruciales para su sobrevivencia cortocircuita los mensajes. La esposa del Presidente no había hecho hablar de ella en diez años. O apenas. De pronto lo hace pero en desmedro suyo y del gobierno al apoyar a un procesado por la violación de un niño de 5 años. René Ramírez, en un claro intento para justificar el elefante blanco de Yachay y la supuesta atracción que ejerce la revolución Ciudadana sobre los inversionistas extranjeros, inventa una farsa de una osadía incomensurable: la llegada de $3 000 millones para construir autos eléctricos en Yachay. El vocero de Tesla desmiente en 4pelagatos ese infundio, que Correa también promocionó.

¿Hace esto un gobierno seguro de que su candidato gana en la primera vuelta? ¿Un Presidente saliente, seguro del triunfo de su sucesor, planifica inauguraciones en educación, salud y vialidad (algunas a medio terminar) y regaña a sus funcionarios por no tener presente “los tiempos políticos”? ¿Se acuerda, tras diez años de gobierno, de subir salarios a 15 000 maestros? ¿Abre hospitales con equipos prestados y un nivel de operatividad que no supera en casos –el del Guasmo Sur– el 60%? ¿Viola el artículo 205 del Código de la Democracia que prohíbe la publicidad con fines electorales? ¿Promete pagar a los proveedores con los que el Estado tiene deudas desde que bajó el precio del petróleo? Un presidente seguro de que su candidato va a barrer en las elecciones, ¿condona costas, gastos, recargos e intereses (como consigna en la Ley que mandó a la Asamblea) para beneficiar a los deudores de BanEcuador (ex Banco Nacional de Fomento) por hasta $20 000? ¿Esto a ocho días de las elecciones?

Ese baratillo de ofrecimientos de última hora compone un cuadro que, si se junta al populismo desenfrenado de Lenín Moreno, habla de un candidato en jaque; no de un candidato al que le sobran votos como afirma el oficialismo. Esto conduce a otra paradoja: Moreno no hace campaña aludiendo al balance de Correa; tampoco recitando el programa de gobierno que le entregó Alianza País  y que él se sentó a evaluar con algunos jerarcas del correísmo. Hace campaña como un desheredado: multiplicando ofertas populistas cuyo monto, para el erario público, no parece preocuparle.

En este ejercicio, el candidato oficialista puede ser etéreo, como lo es en el plan “Toda una vida”. Ese video merece ser visto: es una pieza de colección donde se ve cómo un político pide votos y, al tiempo, mete la mano en los bolsillos de los ciudadanos. Es un plan -dice él- para madres y niños “desde la concepción hasta los primeros mil días del bebé”. Un plan para jóvenes: “se crearán –dice Moreno– miles de plazas de trabajo y daremos créditos (hasta $15 000) a tus emprendimientos”. El bono de desarrollo subirá a $150 “dependiendo de las condiciones de vulnerabilidad de la familia”? El plan no olvida a los abuelos. Se llama “Mis mejores años” y al candidato se le oye decir que duplicará la pensión a $100. Con “casa para todos”, cientos de miles de familias tendrán casa propia “sin costo para los pobres y con mínimas cuotas ($20 mensuales) “para quienes puedan pagar algo”… Ese plan es un pasaje hacia la felicidad total pagada por el Estado. Casa, empleo, bonos… Todo casi gratis. Todo en el mejor estilo de Fredy Ehlers. Los interesados solamente deben inscribirse por Internet y dejar sus datos reales…

En este ejercicio, el candidato oficialista también puede ser pasmosamente concreto. Ejemplos: en Tonsupa, Esmeraldas, prometió, a las personas con discapacidad y a sus familias, vivienda digna “sin pagar un solo centavo”. A las parejas jóvenes ofreció construcción de viviendas. “Daremos vivienda a los jóvenes ecuatorianos con mensualidades desde $ 20 hasta $ 60 sin entrada”. En Milagro dijo, este 10 de febrero, que a partir de mayo subirá la pensión jubilar de los afiliados al seguro social campesino a $100 mensuales…

Lenín Moreno no parece el continuador de un modelo exitoso como pregona el presidente, sino un candidato que para ganar recurre al peor libreto: hacer actos de prestidigitación y mentir sin empacho para embaucar al elector. Así, en los hechos, se ha convertido en el candidato más populista de los ocho aspirantes a la Presidencia. Su ramillete de ofertas y las medidas o leyes que Correa se ha inventado para ayudarle, tienden a probar que no tiene todos los votos que dice el oficialismo. Moreno además pone algunas bombas de tiempo en su propio camino: si llegase a la Presidencia tendrá que pagar las facturas que Correa deja porque construyó, durante la bonanza económica, una clientela electoral que hoy es insostenible mantener. Moreno hace méritos para que ese panorama reviente la economía por completo.
Foto: Presidencia de la República

Ir Arriba