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Elecciones 2017 Ecuador

Paco Moncayo, el candidato de un rompecabezas

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¿Paco Moncayo traza una nueva vía para las fuerzas de izquierda que representa en esta elección presidencial? El ex general hace una campaña basada en lo que Tony Blair llamó la Tercera vía. Socialdemócrata convencido, Moncayo se aplica, con convicción, a dar cuerpo a esa doctrina que Izquierda Democrática abandonó en los noventas y que, desde entonces, nadie ha impulsado y recreado en el país. El 9 de enero pasado, en la Flacso, el candidato del Acuerdo por el Cambio se explayó sobre ese modelo ideológico y político que es el que mejor lo define. Y en el cual cree.

Acuerdo por el Cambio tiene, entonces, un candidato. ¿Pero qué tanto ese candidato representa a sus aliados; en particular a Pachakutik, el ala socialista de Enrique Ayala Mora, Unidad Popular e Izquierda Democrática y, por lo menos, 25 organizaciones importantes de la sociedad civil? La izquierda que dejó al correísmo no tenía alternativa esta vez: el nivel de división y desbarajuste ideológico hizo temer a muchos que no pudieran ir unidos a las elecciones. Hubo intentos de debatir un perfil ideológico y político común. No fue concluyente, aunque se asegura que esa izquierda que con Alberto Acosta obtuvo 3% en las elecciones de 2013, está en un proceso de centrización como lo llama el sociólogo Luis Verdesoto. Puede ser. No obstante, hay diferencias abismales entre Izquierda Democrática, que propuso a Moncayo como su candidato y el ex MPD o el movimiento indígena tan resquebrajado. El resultado de esto se ve en la campaña: ningún aliado cuestiona lo que Moncayo dice, aunque él dice cosas que, en casos, seguramente produce erisipela entre algunos en esa tendencia. Moncayo sorprende por su discurso democrático y centrista en política, ortodoxo y por la equidad en economía y resueltamente liberal y contemporáneo en los temas espinosos para los conservadores: minorías sexuales, aborto, temas de género…

El problema de Moncayo no es él. Son sus socios que no responden por una plataforma política común al punto de que sus candidatos a la Asamblea van en listas separadas. Así, Moncayo no representa una nueva tendencia –necesaria en el país– proveniente de las viejas izquierdas que estuvieron con Correa en el poder y cotejaron sus viejos sueños con las nuevas realidades del mundo. Moncayo hace campaña alrededor de su visión sobrevolando las divisiones de los movimientos y partidos que lo escogieron y que en algunas provincias compiten entre ellos por el voto de los electores. El ex alcalde de Quito seguramente no sabe a ciencia cierta a quién promocionar. O a quién poner a su lado. En ese contexto, esta puede ser la última elección presidencial en que esas izquierdas se ponen bajo un solo paraguas simulando acuerdos que, en realidad, no existen. Muchos de esos dirigentes están, como en el póker, pagando por ver. Si a Moncayo le va bien en las urnas (eso no significa pasar a segunda vuelta), seguramente su esfuerzo por llevar las izquierdas hacia el centro político tendrá un impacto provechoso para la democracia en el país. De lo contrario, algunos considerarán –desempolvando sus catecismos– que él tenía que radicalizar sus posiciones y volverán al pasado.

Esta dinámica explica la estrategia de esta campaña que reposa, en el plano nacional, únicamente en el candidato y, sobretodo, en viejos cuadros de la Izquierda Democrática. Nadie explica por qué Moncayo, que se presenta como el candidato de la experiencia y el conocimiento, escogió a Monserrat Bustamante como compañera de fórmula. Ella era una académica absolutamente desconocida en el ámbito político y entre los activistas sociales. Esto no le ha ayudado en la campaña en la Costa ni en el plano de los imaginarios. Otro enigma: su alianza con Jimmy Jairala, un prefecto que despierta enormes reservas éticas en esas izquierdas. En la campaña se dan razones estrictamente de carácter electoral que calzan mal con el perfil de sobriedad y honestidad que promociona el candidato.

En el plano de la estrategia, que concierne esta nota (ulteriormente se analizará el programa de gobierno), el resultado que obtenga Paco Moncayo servirá para responder otra inquietud: si tras diez años de correísmo, el electorado vota por el centro o prefiere mantenerse en los márgenes que traza la polarización entre el correísmo y su continuidad o la ley del péndulo.

Foto: Campaña de Paco Moncayo
Próximo artículo: El programa de gobierno de Lenín Moreno

Artículos anteriores (serie Estrategias políticas electorales):
http://4pelagatos.com/2017/01/05/correa-ato-de-pies-y-manos-a-lenin-moreno/
http://4pelagatos.com/2017/01/06/cynthia-viteri-dobla-la-dosis-de-populismo/
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Elección 2017: los candidatos de los capos

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Que hay agua bajo los puentes y que corre y corre…  no hay duda alguna. Chamorro gráfica las otras elecciones que están en curso ante la vista y paciencia de muchos ciudadanos.
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Lasso es el cambio, pero no es integral ni incluyente

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En los libros de Guillermo Lasso, hay una constante: lo que se ha propuesto, lo ha logrado. Desde hace unos años se propuso ser Presidente de Ecuador. Hasta ahora nada asegura que lo consiga este año, pero esa ambición marca una estrategia de largo aliento, pensada para él y que, por circunstancias que son intransferibles en su caso, lo convierte en el candidato más profesional de la campaña. Es obvio: Lasso es banquero, tiene contactos y trabaja su campaña con la entereza de un empresario. Además lleva 2565 días (escribió en sus cuentas) caminando por Ecuador, creando comités de CREO, midiendo su popularidad, reuniendo equipos que han preparado a su lado el plan de gobierno y, desde hace unos meses, las medidas que tomará si gana las elecciones. En siete años, su partido se ha erigido en el mayor representante de la centro derecha en el país y él es, según la mayoría de las encuestadoras, el aspirante de la oposición con mayores posibilidades de llegar a Carondelet. Market señala en ese papel a Cynthia Viteri.

Lasso no hizo alianzas con otros presidenciables porque, en la realidad, él quiere el trabajo de la Presidencia de la República. A todos aquellos que le pidieron deponer su candidatura, siempre les respondió, con los resultados electorales en la mano, que en 2013 dos millones de electores votaron por él. Ninguno de los precandidatos podía mostrar esas cifras. Deponer la candidatura era, además, contrario al itinerario presidencial que tiene programado en su computadora.

Desde que escogió la política como su nuevo oficio, Lasso se situó en el lado opuesto del péndulo. Como la alternativa. Hizo incluso campaña contra la reelección indefinida. Buscó que el electorado lo identificara con el anticorreísmo de tal forma que incluso escogió a Andrés Páez como compañero de fórmula; un asambleísta que hizo presencia en las manifestaciones en las calles de Quito. Esa estrategia de confrontación la fue morigerando en el camino: Además de la alternativa a Correa, Lasso quiere ser el candidato que lucha contra la pobreza, la injusticia y, sobre todo el desempleo. Últimamente, también ha hecho aperturas hacia el diálogo y la concertación en un gobierno que quisiera suyo porque sabe que en la próxima Asamblea Nacional habrá dispersión. No excluye al correísmo de ese acuerdo. La movida tiene, por supuesto, una connotación electoral: el voto duro anticorreísta, que ya capitalizó, no le alcanza y está claramente hablándole a los indecisos. Él tiene la ventaja, entre los presidenciables, de haber ocupado primero el terreno de la oposición y de haber sido reconocido por el oficialismo como el contrincante de mayor peso. Pero tiene la desventaja de haber estado mucho tiempo en campaña sin conocer una explosión visible en los sondeos.

Su campaña baraja factores que aparecen como ventajas ciertas sobre sus competidores, pero que solo las urnas dirán si son reales y si son efectivos: partido propio, implantación nacional, alto nivel de conocimiento, varios recorridos por Ecuador, años de cotejarse con el electorado… En su contra Lasso tiene un amplio voto duro y el hecho de haber fabricado anticuerpos en algunos sectores del electorado. Es verdad que se ha esforzado en anclar su propuesta económica y social, basada en mejorar las condiciones para crear un millón de empleos en 4 años. Es verdad que con tantos años en campaña, ha expandido su programa político, ha visitado a los ecuatorianos del exterior y ha armado una red de contactos internacionales de alto nivel. Pero también es verdad que solo es un liberal en economía. Su proyecto político deja por fuera, de lo que será el postcorreísmo, minorías que retan la pacatería y el conservadurismo criollos y que hablan de una sociedad en plena mutación. De ganar, la visión opusdeisiana de Lasso tendrá gran incidencia –a pesar de que ha dicho que no piensa regentar la moral de los ciudadanos–en temas de salud pública, como el aborto. No es el único caso. Pero en temas como ese, Lasso es tan conservador o más que Rafael Correa.

Otro talón de Aquiles es su alianza con Mauricio Rodas y el movimiento SUMA. Los coletazos de los sobornos de Odebrecht, cuyas responsabilidades y beneficiarios se echan en cara el gobierno y el alcalde de Quito, van a salpicar su candidatura. CREO privilegió esa alianza con un político que, como el correísmo, ama la opacidad. Lo hizo pensando en los beneficios electorales en Quito y algunas provincias donde SUMA tiene representantes. En CREO se dice que fue César Monge, presidente nacional, quien incidió en ese acuerdo pragmático y chato, con factura incluida.

Lasso, como Mauricio Macri en Argentina, basa su estrategia en la propuesta de un cambio. “Vamos por el cambio” es su lema. Pero ese cambio, aunque se antoja esencial, no es integral. Ni totalmente incluyente.

Próximo artículo: la estrategia de Paco Moncayo
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Cynthia Viteri dobla la dosis de populismo

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Cynthia como ama de casa, Cynthia como mamá, Cynthia como chica millenium, Cynthia como activista, Cynthia como justiciera, Cynthia como modelo con corte estilo pixie… Cynthia Viteri es, entre todos los presidenciables, la más plástica. Su paso por la televisión le otorga facilidades escénicas que a veces satura con poses melodramáticas y énfasis oratorios ampulosos. Es evidente que ella quiere sacar partido por ser la única candidata mujer. De hecho, algunos de sus videos se cierran con “Búscame en la papeleta, soy la única mujer”.

Su campaña tuvo, como dice el adagio popular, un arranque de caballo y parada de burro. Se pensó que ella iba a ser la presidenciable de La Unidad que lanzó, en febrero de 2015, Jaime Nebot, en Cuenca, con Mauricio Rodas, alcalde de Quito, y Paúl Carrasco, prefecto de Azuay; Unidad a la cual se unió Ramiro González, en enero de 2016.
Nebot, preocupado de que Lasso se convierta en el nuevo líder de la centro derecha en el país, calculó mal y su estrategia fracasó. Cynthia Viteri volvió a empezar desde cero en octubre pasado, esta vez como candidata del Partido Social Cristiano y el movimiento Madera de Guerrero, que son lo mismo. Ser y parecer autónoma de Nebot siempre ha sido un reto para ella. Una misión compleja si se piensa que el alcalde tiene en Guayaquil una popularidad que bordea el 75% y parte de sus expectativas estriba en que ese electorado vote por ella.

Viteri llegó a la campaña como la tercera con más posibilidades de ganar, después de Lenín Moreno y Guillermo Lasso. Sus asesores optaron entonces por la estrategia de “quítate tú que me ponga yo”. Se dedicó a atacar al candidato de CREO yendo incluso a afirmar que el plan de gobierno de Lasso genera desempleo. Tanto estiró esa cuerda que le valió duros apelativos en las redes, entre los cuales el más frecuente fue el de candidata chimbadora. Lucía evidente que era tercera y se sentía tercera a pesar de haber escogido a Mauricio Pozo, un economista respetado con más prestigio y contactos influyentes que votos.

La nueva estretagia llegó de mano de Market, la encuestadora de Blasco Peñaherrera. Es la única empresa, de una decena que han dado a conocer sus sondeos, que afirma que la candidata socialcristiana comparte el segundo puesto o incluso supera a Guillermo Lasso. Esto cambió el sentido de su campaña. Viteri ahora alude irónicamente de vez en cuando a Lasso pero dejó de ser su contrincante principal. La estrategia, desde finales de noviembre, es afirmar que el binomio Viteri-Pozo es segundo y su contrincante mayor es el gobierno y el binomio oficialista.

Viteri aceleró el paso: hizo promesas susceptibles de mover los imaginarios hacia su candidatura. Eso explica sus propuestas con abierto perfume populista: subsidiar energía eléctrica hasta 110 kwts. en la Sierra y 130 en la Costa. Regalar iPads. Construir cien mil casas en Manabí con crédito de 20 años, cero entrada, cuota mensual de $100 dólares a 120 dólares y la mitad de los intereses pagados por el Estado… En su respuesta a 4Pelagatos, que criticó esta forma de populismo, Viteri-Pozo dicen que la electricidad ofrecida a las familias más pobres solo suma 0,8% del presupuesto. ¿A partir de qué porcentaje hay populismo? A los agricultores ofrece precios de sustentación. A los afiliados al seguro social reconocer la deuda de 11.000 millones. A los afectados de enfermedades catastróficas, devolver dos mil millones que debe el correísmo. A los municipios y gobiernos locales, respetar sus asignaciones. A los obreros, subir los salarios. Devolver el impuesto de la plusvalía a quienes lo hayan pagado…

Viteri evita decir la verdad a los electores sobre el estado real de la economía que recibiría en caso de ser elegida Presidenta. Y esa es una tarea para todos los presidenciables. Sí dice que este gobierno ha despilfarrado $23 mil millones de dólares. Sí dice que reestructurá la deuda y revisará los convenios firmados. Sí dice que pedirá cuentas y descubrirá quién es Alí Babá.

También dice que reducirá impuestos, tramitología para las empresas y que hará una sola reforma tributaria en su gobierno. Pero en forma casi imperceptible agrega bonos y obligaciones a un Estado obeso, atiborrado de deudas, falto de recursos e incapaz de cumplir sus compromisos. En vez de decir la verdad a los electores, Cynthia Viteri prefiere imitar la actitud del correísmo durante esta década: canjear votos (para ella) por plata ajena (la de todos). También se parece al candidato oficialista cuando hace, ante las cámaras, un resumen de su programa: “cambiaremos la enfermedad por salud; el desempleo por empleo; el desamparo por la protección, la tristeza por la alegría”. #CambioPositivo es su lema. Mauricio Pozo cede ante todos los arranques populistas socialcristianos pero, más al tanto de la economía falsa que exhibe el correísmo, es más sobrio cuando habla de dolarización, acuerdos comerciales, empleo, inversión, industria, emprendimientos…

Cynthia Viteri anima la campaña pero busca la Presidencia haciendo promesas que la economía –y no su voluntad– ni tolera ni perdona.

Próximo artículo: la estrategia de Guillermo Lasso.
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Correa ató de pies y manos a Lenín Moreno

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Lenín Moreno hace una campaña totalmente inodora, incolora e insabora. Esa es su estrategia. Es lo que conviene a su jefe de campaña Vinicio Alvarado, quien no ha renunciado a su cargo oficial. Al candidato le conviene no crear olas. Decir generalidades. Evitar los debates. Exponerse en los medios donde no es confrontado; incluido Teleamazonas. Ser sosegado para diferenciarse de Rafael Correa (el estilo), pero asumir todo lo hecho por su gobierno (el modelo). Eludir todos los temas espinosos, empezando por el de Jorge Glas, su binomio.

Moreno sabe que mientras las cifras le favorezcan, lo mejor es evitar que se muevan las frutas. Y explotar los activos que atesoró durante los seis años que estuvo, al lado de Correa, mirando para otro lado: cordialidad, buen humor, cercanía con los discapacitados y una liviandad tan atroz que lo convirtió en motivador pagado. No sale de ahí. Mejor aún: ese estilo es el  punto fuerte de su campaña. Si gana –dice– se acabará la confrontación y se inaugurará una etapa de respeto y tolerancia. El resto va de sí: hacer acto de presencia en las tarimas y activar esos clichés que hicieron de él el policía bueno de esta década correísta.

La campaña de Lenín Moreno está perfilada para que él sea un producto-light tras diez años de una guerra de la cual están cansados los propios correístas. Él pretende ser una suerte de poción mágica para desintoxicar al país; un bálsamo reparador para esa franja de electores que, cebados por el populismo correísta, quieren que esto no termine. Más de lo mismo, pero con cortesía: ese podría ser su lema.

Tras una entrada turbulenta (a su regreso de Ginebra) en la que quiso marcar diferencias con Correa, Moreno se calmó. Ya no formula crítica alguna contra el gobierno. Plegó ante el supuesto gigante, como él lo llamó, y ante el aparato oficialista que lo pusieron en cintura. Y si mantiene la estrategia de no decir nada sustancial, ser buena persona, sonreír,  fotografiarse con la gente y exhibirse en las tarimas es porque sus estrategas consideran que, a pesar del desgaste, las cifras aún le son favorables. Si la curva descendente se acelerara, la estrategia seguramente cambiará. En esa dinámica no hay que descartar nada, incluso un distanciamiento con Jorge Glas o una abierta oposición a Rafael Correa.

Ser un producto-light tiene sus restricciones. Y estas son visibles en las redes sociales de la campaña de Moreno. Se nota el énfasis puesto en la elaboración de videos. Parece evidente el ánimo de paliar su ausencia física en muchas partes (por el cuidado que tiene que tener con su salud) con la sobreexposición en redes.

Moreno sobrevuela los temas. Como si bastara evocarlos para que los electores supieran lo que piensa hacer con ellos. Dice cambio, se instala en el sustantivo o en el verbo y gira y gira a su alrededor en pos de una añoranza bucólica. En un video (El cambio verdadero), Moreno se dirige a los electores: les hablan de cambio, de la necesidad de cambiar, en mi gobierno habrá cambios, pero no los cambios de aquellos que quieren regresar al pasado, el cambio verdadero es avanzar hacia el futuro… ¿Qué cambios propone? Lo que se ha hecho, pero más grande. Combatir toda forma de corrupción, hasta erradicarla. El cambio verdadero es avanzar, nunca retroceder… Es mejorar lo que ya tenemos, nunca destruirlo. El cambio verdadero es contigo, aún tenemos muchos sueños por alcanzar… Una proeza: la mayor colección de obviedades en muy pocos segundos.
Moreno habla con la misma ligereza del empleo, transformado en segundos en “empleo, cero” gracias a los créditos que se darán en su gobierno para el sector turístico. Y pide a los electores que acudan en su gobierno por esos créditos. Así liquida otro problema. Y además crítica a aquellos que han dado fórmulas para crear empleo. Moreno en campaña es una colección de alegorías.

El mismo paseo dio en Teleamazonas en la mañana de ayer (4 enero): ¿Glas responsable de la corrupción en los sectores estratégicos? Él ha respondido -dice-, ha dado la cara, colabora con la investigación. ¿Estado de la economía? Estamos mejorando -dice-. ¿Y los prestamos, la plata cogida al Banco Central, los pozos petroleros empeñados? Es dinero para inversión -dice-… Así Moreno huye de la realidad. Miente conscientemente. Lava la cara del gobierno y sus cuentas. Se compra una herencia envenenada. Se convierte también conscientemente en rehén y cómplice de un balance mentiroso, con cuentas trucadas, deudas monumentales, lista de corruptos y contratos secretos. Moreno hipoteca desde ahora su posible Presidencia porque plegó ante la estrategia de Correa. Aceptó como candidato a la vicepresidencia a Jorge Glas y toda la nube oscura de sospechas que lo envuelve. Aceptó a Vinicio Alvarado como jefe de campaña cuando pensaba en un equipo nuevo, suyo. Aceptó defender en bloque toda la gestión correísta y asumir el costo que eso conlleva.

Lenín Moreno hace una campaña inodora, incolora e insabora porque la realidad por la cual tiene que responder y que, de ganar, tendrá que administrar, es penosamente abrumadora. Sobrevolarla es la mejor forma de ocultarla. Y ocultarla es la única obsesión de Correa. Moreno compró como estrategia electoral lo que es, en realidad, la estrategia de disimulo de Rafael Correa que, conociendo el estado de quiebra en que deja la economía, apuesta por el fracaso del próximo presidente. Sea Moreno, Lasso, Viteri o Moncayo. Solo así puede acariciar, desde ahora, la idea de volver en 2021.

Foto: Presidencia de la República

Próximo artículo: la estrategia de Cynthia Viteri

Cynthia Viteri va por más… populismo

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Tras diez años de derroche y de engorde con las finanzas públicas de la base mayor del correísmo, se pensó que los políticos de la oposición iban a hacer dieta de populismo. Error: Cynthia Viteri quiere más. Va por más. Ahora propone subir salarios y crear un subsidio a un millón de hogares que consumen 110 kilovatios de energía eléctrica al mes en la Sierra y 130 kilovatios en la Costa y Galápagos. Un subsidio que, si encuentra viada, llegará para quedarse y sumará –dice ella– de $200 millones a $250 millones. Otro subsidio que habrá que agregar al desbarajuste que deja el gran economista.

A Viteri no le bastan los 10 años de derroche. De irracionalidad económica. De presupuestos desfasados. De destrucción de toda forma de ahorro. De empeño del oro de la reserva. De subsidios y bonos. De entrega de campos petroleros. De deuda que supera el límite constitucional. De emisión de bonos a la tasa más cara del mundo. De cuentas secretas y manejos chuecos para disimular operaciones para cogerse plata de fondos de salud, del Banco Central…

Ella quiere subir los salarios de los que trabajan (aquellos que no tienen un “trabajo adecuado” son más) y otro subsidio. ¿Cuáles son las cuentas de las facturas que heredará la candidata socialcristiana si fuera elegida presidenta? Ella no lo debe saber. Pero Mauricio Pozo sí. Él es (era) su principal activo porque de economía sí sabe y ya lo demostró: fue lo mejor que tuvo el gobierno de Lucio Gutiérrez. Por eso cuando lo anunció como su compañero de fórmula, muchos pensaron que Pozo iba a enriquecer la campaña presidencial con ese tono de sensatez que lo caracteriza. Muchos creyeron que él sería una voz sobria y racional que ayudaría a que el electorado tome conciencia de que tras la bonanza desperdiciada, en un alto porcentaje por el correísmo, es imperioso poner la economía en orden para generar el mayor requisito que requieren todos los actores del aparato financiero y productivo: confianza.

La urgencia política de Cynthia Viteri diluyó a Pozo. A ella le sobran los detalles técnicos. Y actúa –lo ha venido haciendo en todos los foros– como si todo se pudiera resolver con una declaración política. Atrapada en las mentiras de los sondeos, que hasta Jaime Nebot promociona y que dicen que va segunda después de Lenín Moreno, ella vuelve a la receta más irresponsable de la política nacional: el populismo. Acaricia el hombro de los electores prometiéndoles subsidios que luego hará pagar a toda la nación. Es lo que ha hecho Rafael Correa en estos diez años y que Mauricio Pozo ha denunciado en forma consistente y técnica.

Viteri podrá decir que el consumo de energía es una medida que favorece a los más pobres. Es la excusa eterna de los populistas. Tras diez años de correísmo, se antoja que los candidatos a la presidencia deben decir a los electores cuál es la factura que piensan recibir, cómo la piensan procesar, cómo lo harán sin afectar más el aparato productivo y cómo piensan repartir los costos que conlleva la recuperación del país. Obviamente se requiere evitar la ruptura del tejido social y proteger a los más pobres: pero dentro de un plan que acabe con esta ola de infantilización en la cual instaló el correísmo al país. La sociedad en su conjunto debe saber los esfuerzos a los cuales está invitada, los canjes que se hagan y si hay medidas compensatorias (que debe haberlas para los más pobres) deben ser temporales y negociadas responsablemente con los beneficiados.
Lo que hace Viteri es aupar la mentalidad del asistido que tiende la mano y espera todo del Estado. Esto concierne también al empresariado: algunos grupos monopólicos se vieron favorecidos durante el correísmo. Volver al mercado (controlado por el Estado) requerirá replantear algunas reglas. Por eso, la inversión y la producción no volverá solamente bajando algunos impuestos. Luce inaudito, en este contexto, proponer mejores salarios cuando solo 4 personas de cada 10 están trabajando en el sector formal de la economía. Salir del Estado concentrador implica generar oportunidades para todos, empezando por aquellos ciudadanos que no tienen ni trabajo ni seguridad social.

Cynthia Viteri está lejos de ser la única candidata que aúpa el populismo en esta campaña. Pero su caso es singular por tener a su lado el economista más ortodoxo –y atacado como tal– en estos diez años por Rafael Correa. Ella engrosa el pelotón de políticos que creen que por fuera de las dádivas es imposible relacionarse con los electores. Ella sigue proponiendo subsidios a pesar de que el correísmo deja facturas que pagarán hasta las próximas generaciones.

Foto: Vistazo

El decreto-orden de Correa para Lenín Moreno

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Poco se sabe de lo que pasa puertas adentro entre Correa y su Benjamín. Chamorro descubrió un decreto transmitido en directo al candidato presidencial.
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2017: los tres factores que condicionan su voto

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En la X Cumbre X Mundial de Comunicación Política, que se celebró en Cumbayá, cerca de Quito, hace unos días, un asesor político dijo: es mejor una encuesta deficiente que una buena intuición. ¿Qué pasa si se asume esa premisa para analizar, mirando las encuestas que circulan, las características generales de la campaña electoral? Tres factores parecen singularizarla:

  1. Una elección regida por la ley del péndulo: Hay una coincidencia en los resultados de esos sondeos: la Presidencia se juega entre el representante del oficialismo y el del centro-derecha. Lenín Moreno va primero, seguido de Guillermo Lasso y, en tercer lugar, Cynthia Viteri. Esa polarización luce lógica tras diez años de correísmo. Algo parecido sucedió hace un año entre Mauricio Macri y Daniel Scioli en Argentina.
    Moreno compite con las ventajas acumuladas por Alianza País; verdadero partido-Estado que ha concentrado poderes, logística, presupuesto e institucionalidad a su favor.
    Lasso se ha situado como el contradictor por antonomasia del gobierno y lo ha hecho desde hace años.
    Viteri está en el mismo andarivel que Lasso, pero parece haber enfocado su campaña más contra CREO que contra el oficialismo. Si la ley del péndulo interviene, como al parecer lo está haciendo, esta estrategia podría pasarle factura. De paso, delata que en este momento ella no ocupa el segundo lugar a pesar de que algunas encuestas la han situado ahí prácticamente desde que Jaime Nebot anunció su candidatura.
    Si la elección se juega entre extremos, Paco Moncayo, que se reivindica del centro-izquierda, no encontrará espacio para anclar su candidatura. De hecho, no despega. Sus estrategas cometieron el error de escoger un binomio que no aporta absolutamente nada en la costa donde Moncayo es hoy un desconocido para el grueso de electores. Jimmy Jairala era su otra ancla en esa región. Si se juzga por el recorrido de esta semana en Durán, en el que estuvo al lado de Moncayo, no parece que su presencia asegurará una votación respetable para el ex general ni siquiera en Guayas.
  1. El factor desconocido del voto vergonzante: ¿Por qué no aciertan las encuestas? Entre otros factores, porque no todos los consultados revelan sus intenciones. En Ecuador, con este gobierno, ya hubo voto vergonzante en la consulta de 2011 y, sobre todo, en las elecciones seccionales de 2014.
    Los sondeos en España, Hungría, Estados Unidos, Colombia… no parecen haber medido el grado de rebelión (miedo, ruptura generacional, distanciamiento con modelo de turno, desafío al establecimiento…) latente en la población. Esos nuevos estados emocionales en que se mueven los ciudadanos tienden a favorecer en los sondeos al gobierno en el poder. Pero no en las urnas. De ahí la desconexión que se observa entre las previsiones de las encuestas y los resultados electorales.
    Los factores cuantitativos que publican y publicitan las encuestadoras o sus clientes, no muestran esas tendencias de fondo del electorado que se agudizan en una elección. Y que se reflejan, la mayor parte del tiempo, en los estudios cualitativos que también hacen las encuestadoras pero que, en general, no dan a conocer. Pues bien: ¿cuánto están incidiendo esos factores en esta campaña? ¿Están originando datos y contextos inexplicables? Por ejemplo: el nivel inhabitual de indecisión que no baja del 50%. Por ejemplo, el hecho de que Lenín Moreno siga siendo la opción mejor situada, a pesar de que cerca del 80% del electorado pide cambios. Y que un enorme porcentaje de electores considere culpable al gobierno de la crisis, el desempleo, la inseguridad, la corrupción… ¿Estos factores, que por motivos metodológicos pudieran cobijarse bajo la denominación “voto vergonzante”, están incidiendo en los sondeos? ¿Están esos sondeos desconociendo, al igual que los que no acertaron en los países señalados, las nuevas realidades que provocan actitudes solapadas por parte del electorado que favorecen al poder de turno en las encuestas pero no en las urnas?
  1. El voto útil manda: el correísmo no ha escatimado esfuerzo para que sus partidarios crean que la elección se juega en una sola vuelta. No solo hay un interés político en lograrlo, sino una urgencia electoral: existe la percepción, bien anclada en la opinión, de que si hay segunda vuelta, el oficialismo pierde.
    La misma urgencia se impone a los aspirantes mejor situados de la oposición: tras la dispersión que se concretó en la inscripción de siete binomios alternativos, cada uno de los siete está obligado –si quiere ganar– a sumar el máximo de votos y a pedir a cada elector que no desperdicie el suyo. La elección-2017 se convierte así, para oficialistas y para la oposición y por motivos diametralmente opuestos, en una final desde la primera vuelta. En el caso de Moreno para alcanzar 40% de los votos válidos y una diferencia mayor de 10% sobre la votación del segundo binomio. En el caso del primer binomio de la oposición, para impedir que ese escenario cuaje y forzar una segunda vuelta.
    Las cifras de los sondeos parecen indicar que el electorado percibe esta urgencia del voto útil, pues premian a cuatro rostros conocidos y establecidos. Si se confirmara esa tendencia, se afianzaría la ley del péndulo. Pero esto es una incógnita más que los sondeos que circulan no contribuyen por ahora a resolver.

¿Tendrá Moreno que traicionar a Correa para ganar?

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Lo inevitable ocurre y ocurre en directo: Rafael Correa y Lenín Moreno reanudan el cruce de frases que patenta públicamente que, en ciertos temas, están en desacuerdo. Van algunos desde que el líder de Alianza País se resignó a que Moreno fuera el candidato oficialista. Su ex vice puso distancias, primero, con el mal llamado estilo de Correa en el discurso que pronunció en el sur de Quito, la noche que regresó de Ginebra. Esas muestras de disidencia las diluyó en el Estadio de Aucas al ser anunciado, con Jorge Glas, como el binomio oficial.

Sus críticas a las escuelas del Milenio jugaron el papel de ensayo complementario en este ejercicio de publicitar sus disensiones con Correa. Sin embargo reculó (como lo había hecho cuando declaró su oposición a la reelección) y para hacerlo usó la coartada más frecuente entre político: me sacaron de contexto. Luego resignificó lo que dijo y acomodó las cosas para poner punto final a la bronca.

El mano a mano sobre el anticipo del impuesto a la renta marca otra etapa. Primero: Moreno dice jamás haber entendido la medida del anticipo del impuesto a la renta. No dice que va a estudiar si lo revisa. Anuncia que lo va a cambiar. Segundo: Correa responde que esa medida está en el programa de Alianza País que Moreno, Glas y los otros candidatos firmaron. No solo excluye que se cambie sino que dice que no hay motivo para hacerlo. Y concluye, refiriéndose a Moreno, pero sin citarlo: “es puro cuento”.

Tercero: esta vez, Moreno no retrocede. Responde en dos tuits destinados a situarlo en el único espacio posible en su caso: “El Presidente tiene derecho a pensar diferente. Cada quien decide en su gobierno”. En claro, él es él; yo soy yo.

Moreno partió aguas. ¿Movida pactada o improvisada? No importa. Moreno y Correa necesitaban dividir en dos el territorio correísta. Real o ficticia, esa fragmentación les beneficia. Les es imprescindible para asegurar, hasta donde sea posible, el triunfo de Moreno. Puede que Correa no haya aprendido nada de sus metidas de pata en la derrota de Augusto Barrera. Puede que no le resulte concebible que Moreno, su subalterno, le contradiga públicamente. Pero es el juego al cual tendrá que plegar si quiere que Moreno gane y lo haga, como él espera, en la primera vuelta.

Que Moreno y Correa; Correa y Moreno estén ya en ese juego (concertado o improvisado), muestra que el escenario que el presidente descartó en una sabatina –el del caso Scioli en Argentina– es hoy una realidad. Scioli pretendía suceder a Cristina Fernández y en la campaña trató de poner serias distancias con ella y la herencia que dejaba el kirchnerismo. Finalmente, perdió.

Correa dedicó tiempo a este caso en la sabatina 494. Su mensaje fue claro: poner distancia con el gobierno es un error. Desechó que Lenín Moreno tuviera que seguir el ejemplo argentino. Los hechos empiezan a probar que Moreno será el Scioli ecuatoriano. O no podrá soñar ni remotamente con ganar. Las distancias que ahora puso, están llamadas a crecer.

Moreno está circulando por el país. Y lo que está comprobando es que el gobierno de Rafael Correa, lejos representar el futuro, es hoy el statu quo. Moreno no puede hablar de la partidocracia, como lo hizo y lo hace Correa. Para él, como para la mayor parte del electorado, el pasado es Rafael Correa. Las encuestas, por cuestionables que resulten, muestran que el número de personas que creen que el país debe ir en la misma dirección de la década correísta, no suma hoy 15%.

El grueso del electorado quiere cambios. Y Moreno tiene claro que si quiere ganar, tiene que mostrar que él no es Correa: tiene que diferenciarse, cuestionar formas, anunciar cambios. No sería raro que ahora que el tema de la corrupción caló en la opinión, a raíz del escándalo de la repotenciación de la refinería de Esmeraldas, se sume a aquellos que piden fiscalización y castigo para los culpables. Claro, salvando a Jorge Glas, responsable político (si los hechos no lo involucran más) de esos robos.

Los dos tuis de Moreno, contrariando a Correa, inauguran una nueva etapa en esa relación tumultuosa entre ellos y un nuevo horizonte en la candidatura oficialista: Moreno no será –no forzosamente– el guardián del templo. En su carrera hacia Carondelet, él tiene que distanciarse de Correa. No importa si es una movida real o simulada. No importa si es un tongo o si la guerra con Correa y parte de sus jerarcas es real. Tiene que aparecer como un producto diferente sin negar su marca de fábrica. Y en esa empresa no puede descartar ningún escenario: incluso su traición –parcial o total, velada o explícita– al proyecto que contribuyó a armar.

2017: ¿hay binomios que chimban al país?

en La Info por
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Ocho binomios se inscribieron para la Presidencia de la República: el número todavía es amplio si se juzga el tamaño del Ecuador y el reducido margen que tiene cualquier gobierno para maniobrar. No hay espacio para ocho programas presidenciales. A esta condicion estructural del país y de su economía, se suma una situación coyuntural que milita aún más en contra de esta dispersión: la década correísta. Esa circunstancia impone una disyuntiva que la política no puede eludir: continuar con la llamada revolución ciudadana o salir de ella. Continuar es el reto para el binomio Lenin Moreno-Jorge Glas. Los otros binomios se han dado por misión (en teoría) salir de ella.

Y salir de la revolución ciudadana es, de por sí, un programa para algunos gobiernos. ¿Requiere el país siete binomios para ejecutar el mismo programa? Algunos dirán que ese es el drama del sistema electoral que obliga a los partidos, para no desaparecer, a presentarse en las elecciones y a tener candidatos electos. Eso explicaría por qué hay binomios presidenciales que no pueden soñar con Carondelet ni por casualidad, pero que usan la locomotora presidencial para aupar sus listas de asambleístas.

La proliferación de etiquetas partidistas no solo contamina la campaña electoral: algunos binomios, torciéndole el cuello a la lógica y al sentido común, inventan diferencias abismales con sus contrincantes para justificar su presencia. ¿Qué separa a Patricio Zuquilanda, de Sociedad Patriótica, de Cynthia Viteri o de Guillermo Lasso? ¿Qué diferencias programáticas o de visión política sustentan esa candidatura? ¿Todo se reduce a la necesidad para los hermanos Gutiérrez de tener algunos diputados y seguir así activos políticamente?
¿Qué posibilidades tienen Iván Espinel o Dalo Bucaram? Si tras diez años de correísmo prima la lógica del continuismo versus el más opcionado (o la más opcionada) de la oposición, ¿cómo coligen esos binomios que tienen condiciones para ser los más votados por el electorado? Si se empuja el corcho un poco más lejos, se llega a otro tipo de inconsistencias: ¿Hay espacio en esta elección para un programa de partido? ¿Acaso la urgencia para los electores que no están con el gobierno no es salir del correísmo limitando los costos?

Ese dilema (salir o continuar con el correísmo) muestra en forma fehaciente que la próxima elección no se realiza en una situación de normalidad democrática. Es iluso, entonces, el juego de algunos binomios dedicados a fabricar diferencias con sus contrincantes en vez de enfocarse en la urgencia visible para todos: el estado en el cual deja el correísmo al país. ¿Puede haber otro programa para los candidatos que no sea decir qué harán ante esa herencia de la “década ganada”?

¿Hay algo más urgente e imprescindible que volver a la democracia, a la división de poderes, a autoridades de control independientes, a jueces y fiscales dignos de su cargo, a la libertad de expresión? ¿Hay algo más apremiante que desmontar el correísmo? ¿Lo van a hacer? ¿Cómo? ¿Qué harán con ese bodrio de Constitución parido en Montecristi? ¿Qué harán con ese esperpento llamado quinto poder?

¿Qué harán con el gasto público? ¿Con este Estado-monstruo creado por la revolución ciudadana? ¿Con esa nube de militantes que Alianza País metió al Estado? ¿Con la deuda gigantesca a la China? ¿Con el presupuesto del Estado amputado de parte de los ingresos petroleros ya hipotecados? ¿Con la catarata de subsidios que sirvió a este gobierno a cebar parte de su base social? ¿Cómo van a generar empleo con leyes que penalizan la inversión y convierten al empleador en enemigo de sus trabajadores y en objeto de persecución por parte del Estado? ¿Qué harán con el IESS y todos aquellos jubilados, maestros… a quienes el gobierno confiscó fondos? ¿Qué harán con los perseguidos por este gobierno (encarcelados, expatriados, enjuiciados, multados, acosados…)? ¿Qué harán con los medios que el gobierno hizo suyos y con la Ley de Comunicación?

¿Hay espacio para siete binomios (por fuera del oficialista) ante un programa de gobierno acuciante que impone la realidad que deja el correísmo? Y ese programa incluye preguntas de fondo que ningún candidato quiere tratar pero que los ciudadanos deben saber. Por ejemplo: ¿cuál es el monto de la factura de esta década ganada (para los correístas) que el país tendrá que pagar? Y sobre todo, ¿cómo la piensan repartir para proteger a los más débiles? Ni siquiera Lenín Moreno puede eludir la herencia que deja el gobierno del cual hace parte.

Ocho binomios inscritos solo muestran que tras una década de correísmo, la sociedad política no maduró. Sigue barajando falacias. Como si el país fuera tan diverso. Como si un modelo autoritario no dominara todas las instituciones y concentrara todos los poderes. Como si tras esta fiesta de derroche y corrupción correísta, el país no tuviera que pagar la factura. Como si hubiera tiempo y espacio para inventar diferencias con el único fin de justificar su presencia en la arena electoral…

Foto: La Hora 

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