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elecciones 2017

La Mofle gritó ¡Fraude! y la censuraron en Gama TV

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Los medios de comunicación administrados por el Gobierno, ya sean los llamados públicos o los incautados, se han convertido en una inmensa maquinaria electoral al servicio incondicional de la candidatura de Lenín Moreno y Jorge Glas. Basta ver el material que publica diario El Telégrafo o el canal incautado TC Televisión para comprender que son herramientas de proselitismo a favor de los candidatos del Gobierno, pagadas con dineros públicos.

En ese contexto se produce la reciente censura que sufrió la comediante Flor María Palomeque, cuya participación en un programa de humor político en Gama TV no salió al aire porque el humor de ella no hizo reír a los administradores del canal. Solo los hace reír lo que descuartiza a Guillermo Lasso.

Palomeque que hace el personaje de La Mofle, uno de los personajes más populares en redes sociales, fue invitada a participar en el programa Los Amigazos de los actores Francisco Pinoargotti y David Reinoso. Sin embargo, el domingo 19 de marzo cuando debía  salir el programa al aire, éste no salió. ¿El motivo? Una orden superior.

Según la versión que Palomeque dio a los 4Pelagatos, durante el programa, al que fue invitada, había un juego en el que había que inflar unos globos y ella, cuando vio que uno de los anfitriones le hacía trampa, exclamó ¡fraude! ¡fraude! e hizo alguna alusión a la necesidad de ir hacia un cambio. Es la única explicación que ella encuentra para que no se haya emitido el programa. Hasta media hora antes todo estaba listo y no había inconvenientes. “Esto ya es demasiado”, dice ella. Su intervención en Los Amigazos se limitaba a un juego con alusiones al tema de las elecciones en un programa que dizque tiene un claro contenido de humor político.

Lo ocurrido es revelador porque muestra que quienes prohibieron que el programa salga al aire, asumen que la alusión al fraude perjudica los intereses del Gobierno. Es tal la susceptibilidad frente a la palabra “fraude” que, al oírla en un canal gobiernista, se veta un programa.

Lo que ha ocurrido a Palomeque con los Amigazos es un episodio más de los atropellos que la actriz ha sufrido durante los últimos años debido a su actitud independiente y muchas veces crítica frente al gobierno. Durante los últimos tres años, ella, conocida por su programa “La pareja feliz” o “Vivos”, no ha podido trabajar en televisión. Los canales incautados no la han querido contratar y, además, aquellos que no están controlados directamente por el Gobierno, como Teleamazonas, han preferido prescindir de sus servicios porque les acarrea problemas con la Supercom. De hecho, ese tribunal inquisitorial multó con 115 mil dólares a Teleamazonas porque consideró que “La pareja feliz” había violado el artículo 62 de la Ley de Comunicación que prohibe la difusión de contenidos discriminatorios, en este caso de la mujer. Luego de esa y otra multa, La Mofle ya no apareció más en ese canal.

Palomeque, a diferencia de la gran mayoría de artistas de televisión, guardó siempre distancias con el poder y eso le llevó luego a un enfrentamiento personal con Rafael Correa. Ocurrió en diciembre del 2016 cuando su personaje, La Mofle, puso en redes un video en que criticaba de forma humorística la Ley de Plusvalía: se convirtió en todo un suceso en redes. Correa la refutó, en su cuenta de Twitter, diciendo que su visión no se ajustaba a la verdad y el diario de gobierno El Telégrafo le dedicó una nota para afirmar que ese personaje de sátira política estaba equivocado. “#Fail: ‘La Mofle’ ‘explica’ la Ley de Plusvalía con un pésimo ejemplo”, tituló el diario.

El programa de La Mofle, que ahora está limitado a las redes sociales y se emite a través de su canal en Youtube, tiene una importante audiencia y se ha convertido en un dolor de cabeza para los trolls del gobierno que siempre la atacan en Twitter. Esa  cuenta y el muro de Facebook de La Mofle son auténticos campos de batalla donde el personaje se bate con trolls y simpatizantes del Gobierno.

El problema con Flor María Palomeque es que es una artista que hace humor político. Y una humorista que hace sátira política es, en cualquier lugar del mundo, un crítica del poder.  “Llevo 19 años haciendo sátira política y le doy al que sea”, dice ella que, luego de su frustrada intervención en Amigazos, recibió una amenaza de secuestro a sus hijos a través de redes sociales, como se ve en su post colocado en Facebook.  Imaginar a un humorista político que no se burle e incomode a quienes están en el poder parece ser lo único que cabe en la mente de Correa y de sus los organismos inquisitoriales.

Gama TV, con su decisión, reafirma un hecho evidente: aquellos que administran los medios en manos del poder no tienen el más mínimo pudor para ponerlos al servicio de la candidatura del binomio Moreno-Glas y lo hacen con dineros públicos. En otras palabras es peculado. Un delito que no prescribe.

Glas, lavado de pies a cabeza en 36 horas

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Jorge Glas es, para el correísmo, un problema político que la política no puede remediar. Rafael Correa ha dicho de él que es un hombre honesto por quien pondría las manos al fuego. También lo ha dicho Lenín Moreno, que en un principio no lo quiso de compañero de fórmula. Todo el aparato correísta defiende su integridad y su transparencia y se ha desplazado por el país diciéndolo. El problema, que ahora sienten, es que por fuera de los convencidos nadie les cree. Por eso, y porque ya no lo pueden sacar de la papeleta, recurren ahora a los ritos, a la magia, a la prestidigitación para lavar su imagen. Una forma de confesar que Jorge Glas es un problema, quizá el problema mayor de la campaña de Moreno, y que algo tenían que hacer.

El paquete que se ideó el aparato incluye una romería y una limpia shamánica. La primera ocurrió el miércoles de ceniza: Jorge Glas, acompañado de varios fervientes militantes correístas (Viviana Bonilla, María José Carrión, Marcela Aguiñaga, Rodrigo Collahuazo…), visitó a su amigo Galo Chiriboga, fiscal de la Nación, para pedirle que lo investigue. La segunda tendrá lugar mañana en el hotel Oro Verde de Guayaquil, donde los mismos fervientes militantes correístas y otros más participarán en un acto de homenaje para desagraviar a su candidato a la vicepresidencia, agraviado por tanta sospecha de los sufridores de siempre.

Jorge Glas debió ser investigado hace tiempo. En febrero de 2011 la Dirección de Investigaciones de la Fiscalía presentó un informe que recomendaba abrir un proceso de instrucción previa contra el entonces ministro coordinador de Sectores Estratégicos y otros funcionarios por presunciones de peculado. Ese proceso no se abrió nunca. Tampoco Glas fue llamado a rendir testimonio en el caso probado de corrupción en la Refinería de Esmeraldas, de cuya obra de repotenciación él fue responsable administrativo y político. Ahí nada se hacía sin su conocimiento.

La romería de hoy hacia la Fiscalía fue una confesión de parte: que Jorge Glas pida que lo investiguen prueba que nunca fue investigado. Luego de años de sospechas y denuncias, Galo Chiriboga no ha movido un dedo. Glas está embarrado e impune. Y se hace el ofendido: según él, es víctima de “una campaña sistemática de destrucción de imagen, de afectación a la honra, de sembrar sospechas y dudas en la ciudadanía en medio de una campaña electoral”. ¿Tiene Alzheimer? Las primeras denuncias en su contra saltaron hace seis años por lo menos y el escándalo de los sobreprecios en la Refinería de Esmeraldas se produjo antes de que se inscribiera su candidatura. Cléver Jiménez, entonces asambleísta, lo denunció en 2011 y pidió a la Fiscalía que lo investigue.

Hoy no faltó nada en la puesta en escena ante Chiriboga: partidarios a la entrada de la Fiscalía; compungidos dirigentes correístas acompañando al candidato; palabras sentidas e indignadas de Jorge Glas, quien representó a la perfección su papel de víctima de las “calumnias sin fundamento” que lo acosan. La política muta en acto de fe y la realidad se vuelve prescindible: no hacen falta auditorias ni investigaciones. Basta el fervor militante para purificar al agraviado y qué mejor que hacerlo entre ellos y ante su fiscal, llamado a legitimar la exculpación.

Al pedir Glas ser investigado, pretende convencer a la opinión pública de su inocencia. Parece lógico, pues ningún culpable lo haría. Salvo que tuviera, como él tiene, un pana fiscal que, oh coincidencia, luce tan embarrado como él. No lo investigó en seis años, ¿hay alguna razón para que lo haga ahora?

Tras la romería viene la limpia shamánica, prevista para mañana. El correísmo se ha especializado en rituales de este tipo. Actos de desagravio, los llama: cobra adhesiones, contrata el salón de algún hotel de cinco estrellas y se reúne a dar fe de la integridad, honorabilidad, honestidad y transparencia de cualquier personaje bajo sospecha. El más espectacular fue el que ofrecieron en septiembre de 2012 a Pedro Delgado, el presidente del Banco Central por quien Rafael Correa, su primo, también ponía las manos al fuego. El mismo jefe de Estado solemnizó el gigantesco acto de desagravio que tuvo lugar en el Hotel Quito y contó con la presencia de los más linajudos representantes del correísmo. Otro muy sonado fue el que recibió Camilo Samán ese mismo año. “Han querido atacarte con grafitis, con caricaturas, editoriales para sacarte del camino, pero no estás solo”, dijo en esa ocasión Rafael Correa, que no hay limpia shamánica que se pierda.

Ahora es el turno de Jorge Glas, supuesta víctima de una campaña de desprestigio que involucra a los políticos de oposición, la prensa corrupta y el imperio. “Jorge es integridad, honorabilidad, honestidad y transparencia”, dice la invitación que el correísmo puso a circular en las redes sociales tardíamente, apenas hoy. Costo de la adhesión: 100 dólares. Predecibles adherentes: los máximos cuadros del partido, funcionarios del gobierno, autoridades electas y el propio presidente de la República.

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Es evidente que el paquete romería-limpia shamánica es una estrategia desesperada de última hora. Al parecer salió de la reunión del martes de carnaval: Rafael Correa, Lenín Moreno, Vinicio Alvarado, Paola Pabón y el mismo Jorge Glas la presidieron. Asistieron los asambleístas electos y otras autoridades. El motivo de la convocatoria era definir la estrategia electoral del oficialismo para la segunda vuelta. Ahí, en la reserva de un salón del Hotel Quito, debió surgir el problema Jorge Glas y la discusión sobre cómo remediarlo. La solución, como se ve, no es política. Si lo fuera, Glas, no pudiera ser candidato a la vicepresidencia. En vez de pedir que lo investiguen y de recibir un desagravio, estaría dando explicaciones.

El correísmo optó por una solución semiótica: un coctel de símbolos envueltos en un paquete ritual en que solo ellos participan y en el cual nada es lo que parece. Glas ya no es un sospechoso, es una víctima. El fiscal no es un amigo; es una autoridad insigne. El desagravio no proviene del aparato; proviene de la sociedad.  Así que el correísmo pulveriza la realidad (hecha de opacidad y corrupción), y crea un mundo paralelo en el cual Jorge Glas, responsable al menos políticamente de la corrupción en los sectores estratégicos, mañana será declarado, por ellos mismos, libre de polvo y paja. Casi santo en sólo 36 horas. El aparato no tiene más remedio que cubrirlo porque es un hombre que sabe demasiado.

Y ya: ellos creen que Jorge Glas dejó de ser un problema. Eso dirán al país en los días que quedan de campaña.

Por incendiar Manabí se les puede quemar toda la casa

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Cuando se produjo el terremoto en Manabí, el gobierno pensó que esa era la oportunidad perfecta para aliviar las angustias fiscales del Estado, mediante la aprobación de leyes que recaudarían fondos para la reconstrucción pero que, en realidad, irían a otros menesteres. Y funcionó.

Cerca de un año más tarde, el terremoto nuevamente se cruza por la mente de los estrategas del gobierno, pero para un salvataje distinto. Esta vez para sacar de apuros a la candidatura de Lenín Moreno que jamás se imaginaron tendría que sortear una segunda vuelta. ¿Cómo? Sencillo: explotando el odio y el resentimiento en Manabí y Esmeraldas. La idea surgió de un manojo de mensajes que, tras las elecciones, circularon en redes sociales escritos por personas que se sentían defraudados por los manabitas, en cuya provincia Lenín Moreno ganó con cierta holgura.

Si el Ecuador entero entregó tanto de sí a Manabí, era inconcebible que esa provincia devolviera el favor votando por el Gobierno: esa fue la lectura infantil y simplista de ese grupo de personas. ¡Bingo! Los estrategas del correísmo pensaron entonces que, a partir de esos mensajes, lo perfecto sería fabricar un escenario en el que esas personas actuaban a nombre de la candidatura de Lasso y de los sectores que lo apoyan. Así que se pusieron mano a la obra.

Para construir la ilusión de que la gente que apoya a Lasso piensa que hay que retirar las donaciones hechas durante el terremoto, se hacía necesario montar un operativo. En él se incluyeron redes sociales y medios gobiernistas para publicar falsos mensajes. La misión: resentir a los manabitas.

Ahí estuvo la asambleísta María Augusta Calle quien desde su cuenta de Twitter convocó a acto en el patio de la Flacso en el que se devolverían las latas de atún a Lasso. Estuvo Roberto Wolgemuth, operador de odio digital del Gobierno, quien también posteó mensajes dirigidos a exacerbar el resentimiento de los manabitas y una inmensa cantidad de cuentas de correístas se dedicaron a la tarea. En redes circuló mucha información falsa que evidentemente trataba de caldear los ánimos. Por ejemplo un audio con la supuesta voz de César Monge, de Creo, en el que se escuchaba maldecir a Manabí por la forma en que había votado. Hubo también un supuesto texto atribuido a Andrés Páez en el que se leía cosas similares.

Por otro lado, los operadores políticos del correísmo organizaron marchas en las que supuestos manabitas llegaban hasta la sede de CREO, el movimiento de Lasso, para lanzar las latas de atún y hasta colchones en gesto de devolver la ayuda recibida en el sismo. Los medios controlados por el correísmo también estuvieron a las órdenes del operativo. El Telégrafo reseñó generosamente los hechos. “Habitantes de Manabí y Esmeraldas devuelven donaciones en la sede de Creo en Quito”, tituló en su versión digital mientras que la agencia Andes hacía lo propio con la nota  “Jóvenes indignados devolverán los atunes donados a Manabí para liberarla de chantajes electorales”. Los canales incautados hicieron lo mismo. Claro, ninguno se dio el trabajo de verificar si las personas que estaban ahí en efecto habían salido de Manabí y Esmeraldas con los atunes y nos colchones que habían recibido hace un año.

En Manabí la estrategia, al menos hasta hoy viernes 24, parecía haber funcionado a la perfección. La exacerbación del odio estaba operando. Leonardo Viteri, político de Bahía de Caráquez, dijo a 4Pelagatos que la campaña estaba “calando” y que él había visto cómo amigos suyos, personas bien educadas y no correístas, se hallaban indignadas con los perversos opositores que estaban ofendiendo a los manabitas. Otras fuentes consultadas coinciden: “la cosa está heavy”, ponía en su muro de Facebook un quiteño que se hallaba en Manta y que estaba impresionado por todo lo que había escuchado y sentido en esa ciudad.

Pero la pregunta es si la estrategia de encender el resentimiento y el odio entre los manabitas pueda tener éxito perjudicando a la candidatura de Lasso hasta el 2 de abril en que se realiza la segunda vuelta. Lo que se vio ayer en Quito , al menos, despertó inmensas antipatías. El recurso de los piquetes de personas acercándose a la sede de Creo para lanzar latas de atún no parece haber convencido mucho. Lo mismo ocurrió durante la marcha del jueves 23 de la llamada Red de Maestros al servicio del gobierno de Correa. Cuando la marcha pasó frente al Banco de Guayaquil, de propiedad de la familia de Guillermo Lasso, algunos maestros se detuvieron a lanzar improperios y objetos al edificio. Roberto Wolgemuth puso en sus redes que eran manabitas que habían ido con la intención de cerrar sus cuentas en el Banco de Guayaquil. “El banquero no les abre las puertas”, dijo. La reacción en redes, al menos entre usuarios quiteños y guayaquileños, no fue muy buena. Al fin de cuentas se estaba exacerbando incluso un sentimiento que podía terminar en pánico financiero. La estrategia del correísmo burdo y rudimentario ha logrado inflamar la indignación en Manabí pero tiene, al mismo tiempo, una debilidad: exacerba a la vez el rechazo de las poblaciones que no son Manabí ni Esmeraldas que ven que la estrategia fue burdamente armada y que, además, deja al desnudo una realidad que difícilmente será aceptada: el dinero que se destinó y se usó en la reconstrucción, que pertenece a todos los ecuatorianos, está siendo utilizado finalmente para la campaña electoral de Lenín Moreno.

Esta percepción de lo que ocurría con Manabí también lo tuvo el buró de campaña de Guillermo Lasso. Un asesor dijo a 4Pelagatos que lo que estaban haciendo era “tan torpe” que lo único que estaba produciendo es más simpatizantes en otros lugares. Lo único que va a quedar de esto, sostiene el asesor, es la sensación de que se divide violenta y grotescamente a los ecuatorianos basándose en  una manipulación de los hechos.

Manabí es, gracias al dinero que todos los ecuatorianos pusieron para su reconstrucción, un bastión del correísmo. Con esta burda y peligrosa maniobra, Moreno, que se trepó en ella, seguramente obtendrá unos votos más. Pero puede haber un efecto bumerán en otros lugares donde los electores juzguen duramente al gobierno por jugar con la violencia y la unidad del país.

Correa se sabe perdedor y no lo disimula

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Hay dos hechos que prueban que Rafael Correa sabe que él es uno de los grandes derrotados del 19F: ni bailó ni cantó. Que Correa no se haya trepado a la tarima, cosa que además estaba previsto luego de las elecciones para hacer lo que no ha parado de hacer durante 10 años -bailar y cantar- es muy elocuente.

Lo que evidencia la certeza de derrota que lleva encima Correa no es solo que no haya bailado ni cantado. Su comportamiento público, el domingo 19 y la mañana siguiente, también permite ver que se siente y se sabe perdedor. Con el agravante de que es un pésimo perdedor al que sus heridas le hacen actuar como camorrero y agitador antes que como estadista.

Hoy en la mañana, por ejemplo, hablaba de la posibilidad de que hubiera segunda vuelta cuando un día antes daba por hecho los resultados de la encuesta a boca de urna hecha por Santiago Pérez según los cuales Lenín Moreno triunfó en primera vuelta. “‘!Otro triunfo del pueblo ecuatoriano¡”, dijo en un mensaje que colocó el 19F en sus redes sociales apenas se cerraron las urna. En ese momento, Correa quería convencer a la audiencia de que Moreno había ganado en primera vuelta con un 42,9%.



El tono triunfalista fue bajando y Correa no apareció en redes sino cinco horas más tarde. Su silencio fue notorio a partir de las encuestas de Cedatos y el conteo rápido de Participación Ciudadana que dejaban descolgados a los hiper optimistas datos de Pérez, que se multiplicaban en los medios del gobierno y fueron considerados durante horas como verdad absoluta por el oficialismo. Solo hacia las 10 de la noche colocó otro mensaje, con una fotografía en la que él aparecía con los candidatos Moreno y Jorge Glas. Ahí dijo que Moreno ya tenía más de 10% de diferencia sobre Lasso y que pronto alcanzaría el 40% necesario para ganar en primera vuelta. Para entonces, en redes ya se comentaba que Correa no había salido a la tarima, a las ocho de la noche, como estaba previsto. No salió a bailar, anotó algún avispado usuario de Twitter.  “Ya tenemos más de 10 puntos de diferencia con Lasso y sigue aumentando -escribió Correa-. Tenemos 38,84%, y aún falta por ingresar 20% de votos, incluyendo gran parte de Manabí y migrantes, donde arrasamos. ¡Venceremos!”.

Este mensaje atravesó como cuchillo las redes que, a esa hora, eran la única fuente constante de información pero también de rumores, incertidumbres y temores. Con esa declaración la sospecha de que se se estaba fraguando un fraude tomó un brío inusitado. La incertidumbre se instaló hasta más allá de la medianoche. Cientos de personas ya estaban, para entonces, de vigilia en los alrededores del CNE.

Hoy Correa puso una serie de tuits hacia las diez de la mañana; en dos de ellos no se muestra tan seguro del triunfo de Lenín Moreno: “Hay que contar voto a voto para ver si esto se define en una sola vuelta. Si no, a prepararnos para una nueva victoria en abril”.  El otro escribe: en “Si hay 2da vuelta, prepárense a la campaña sucia que hicieron los de siempre. La mejor respuesta: la victoria”.

La evolución en el tono de Correa evidenciaba que el único escenario con que contaba era el del triunfo en primera vuelta. Sus apariciones, sumadas a la encuesta de Pérez, tenían claramente como objetivo fijar un patrón de opinión en la sociedad. Ricardo Patiño ya había aparecido incluso antes de las cinco de la tarde con los datos de Pérez y otros encuestadores que ponían a Moreno por encima del 40%, seguramente con el mismo ánimo. Pero las cosas no funcionaron y de improviso se les apareció el tema de la segunda vuelta.

Pero una segunda vuelta no es, ni de lejos, un escenario que convenga a Moreno y a Glas. Si Moreno venía bajando en las encuestas no hay motivo para pensar que deje de hacerlo. Además, se les vienen otros problemas: en las próximas semanas la presencia de Glas en la papeleta podría tornarse insoportable por la gran cantidad de escándalos de corrupción en los que él es visto como responsable y protagonista. Llevar a Glas casi dos meses más en la papeleta es, sin duda, un crucifijo para Moreno. Correa lo sabe y, por la forma en que se comportó durante el 19F y las horas siguientes, parecería que nunca se preparó para la idea de la segunda vuelta.

Correa es un pésimo perdedor. Dijo cosas que solo un mal perdedor podía decir. Por ejemplo que Moreno tuvo un millón y medio de votos más que Guillermo Lasso: ignoró el hecho de que si se suman los votos de Lasso y los otros candidatos de la oposición resulta que 6 de cada 10 ecuatorianos no quieren que el correísmo siga en el poder.

Al Presidente, además, se le escapó que durante todo este tiempo había contado con que la candidatura de Cynthia Viteri reste posibilidades a la de Lasso. En su tuits dijo que se esperaba que la diferencia entre Lasso y Cynthia fuere solo de 5 a 6 puntos pero no 12 como finalmente ocurrió. Esto lo disfrazó con una salida supuestamente ideológica: “La derecha no tiene lealtades, tan sólo tiene intereses”.

Sucede a menudo. Rafael Correa olvida que es Presidente y actúa como agitador social.  La paz social del país es su responsabilidad y es evidente que no está haciendo su trabajo.  Su deseo de aferrarse al poder hace que se ponga en peligro la concordia nacional. Si ocurre una desgracia, él tendrá que hacerse cargo de ella.

¿Alguien cree que René Ramírez pagará su más reciente estafa?

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Que René Ramírez haya sido pillado con las manos en la masa falsificando una supuesta encuesta electoral y atribuyéndola, fraudulentamente, a una de las universidades más prestigiosas del mundo no solo es un delito que debería ser sancionado: es una abominable muestra de deshonestidad intelectual incompatible con quien se desempeña como máxima y absoluta autoridad de la educación del país.

Ramírez colocó en su cuenta de Twitter una supuesta consulta que daba la victoria a Lenín Moreno en las elecciones con un 41 % de votos seguido de Guillermo Lasso con un 18%. Empujado por alguna irrefrenable urgencia de hacer proselitismo por el candidato de Gobierno, Ramírez no tuvo empacho en afirmar que esa encuesta había sido hecha por la universidad de Georgetown, dejando en evidencia que sus intereses partidistas le importan mucho más que sus supuestos pergaminos de intelectual de los que presume constantemente.

Poco tiempo luego de lo que hizo Ramírez varios usuarios de redes sociales indagaran sobre el tema y se toparon con que la consulta no existía. Mucho peor aún, Héctor Shamis, profesor de esa universidad y columnista de El País de España aseguró, asimismo en Twitter, que no había ninguna encuesta electoral hecha en el Ecuador.

La cereza del pastel a este escándalo la puso Matthew Carnes, director del Centro para Estudios de América Latina de Georgetown, instituto que según el tuit de Ramírez había hecho la encuesta, cuando apareció en Twitter afirmando que ellos no habían hecho encuesta alguna. Además dijo que Ramírez había usado fraudulentamente el logo del instituto. Papelón. Lo hecho fue tan escandaloso que Ramírez borró su tuit ante la avalancha de críticas que se le hicieron.

Cabe la posibilidad de que Ramírez haya sido embaucado por alguien que le garantizó que esa encuesta era verdadera. Pero si no salió a ofrecer disculpas y explicar lo sucedido, ante la abrumadora evidencia de que la encuesta era una farsa, es porque no tiene sangre en la cara ni la calidad ética que debe tener cualquier funcionario público. No haber reconocido el error configura la intención de estafar.

Lo más grave de este atentado a la fe pública y falsedad de instrumento privado, como dicen los penalistas, es que el Ecuador de inicios del 2017 está tan descompuesto institucionalmente y tan éticamente abatido, que lo hecho por Ramírez seguramente no pasará de ser una anécdota que, con suerte, será recordada en los próximos años. Esto porque un importante segmento de la sociedad ecuatoriana, poco a poco, ha ido asumiendo como normal lo que es profunda y escandalosamente anormal.

No es la primera vez que un caso de deshonestidad intelectual tan contundente como el de René Ramírez se ha producido durante el correísmo. Han sido varios los casos de plagio o fraude y todos han terminado como seguramente lo hará este episodio: en nada. El mismo Ramírez estuvo envuelto en la desaparición del registro de su esposa que ganaba doble sueldo. No pasó nada. No pasó nada tampoco cuando se probó que Jorge Glas había copiado buena parte de su tesis de una monografía del Rincón del Vago. O cuando los hermanos Vinicio y Fernando Alvarado se graduaron de doctores en periodismo, un título que no existe en el Ecuador, con una tesis supuestamente hecha junto a su mamá y su papá tomándose, sin atribuir al autor, párrafos enteros de un ensayo del español Fernando Savater. Lo hicieron en combo y con una tesis titulada “La Radio Ondas Quevedeñas en el Desarrollo Formativo de la Niñez de la Ciudad de Quevedo”, que a duras penas si hubiera servido para una monografía de bachillerato. Luego está, también, la encuesta que publicó hace pocos días la agencia Andes y que la atribuyó a la agencia Numma. En esa supuesta encuesta se afirmaba que Lenin Moreno gana en primera vuelta. Numma salió a decir que ellos no habían hecho ninguna encuesta. ¿Un organismo del estado estafando la fe pública?  Insólito.

Que no haya instituciones ni autoridades que fiscalicen estas anormalidades ha hecho que éstas se vayan convirtiendo en cosas perfectamente normales. ¿Alguien en su sano juicio piensa que la Fiscalía iniciará un proceso en contra de Ramírez? ¿O que la Asamblea lo llamará a informar sobre lo ocurrido? ¿O que el Presidente le pedirá la renuncia por haber hecho algo vergonzoso que empaña a la administración pública? Es evidente que todo eso, que sería lo normal en una sociedad donde impere el derecho, no ocurrirá. Lo que acaba de hacer Ramírez se ha convertido en parte del paisaje. Nada que llame la atención.

Lo triste es que el Ecuador no siempre fue así. Al menos en temas de fraude a la fe pública. En enero de 1997, habrá que recordar, el Congreso censuró a la entonces ministra de Educación Sandra Correa, acusada de haber plagiado una tesis de otra mujer para editar un libro de su autoría. Sandra Correa renunció ante la magnitud del escándalo que fue descubierto por una prensa que no vivía maniatada ni aterrorizada ante posibles sanciones como ocurre hoy en día. En ese entonces, plagiar una tesis y permanecer en el cargo de Ministro era considerado por la opinión pública como algo inadmisible. No había gobierno dispuesto a tolerar un acto así ni a soportar el embate de una opinión pública escandalizada por algo terriblemente anormal. Diario HOY, por ejemplo, publicó a día seguido un párrafo de la tesis de la ministra al lado de la tesis copiada hasta que Correa renunció. Además, la Universidad Central retiró el título de doctora a la señora Correa. Eso era y aún debería ser, a fin de cuentas, lo normal.

Un escenario como el que hubo en 1997 con Sandra Correa es ahora impensable. Jorge Glas siguió siendo vicepresidente y ahora es candidato a repetirse en ese cargo a pesar de que su plagio fue evidente y ni siquiera él lo negó. No fue censurado, no renunció  y es candidato a la Vicepresidencia con ese fardo delictivo sobre sus espaldas. En el caso de la graduación de los hermanos Alvarado ocurrió lo mismo: las autoridades que regulan la educación, controladas por el propio René Ramírez, jamás hicieron algo para investigar y analizar su impresentable doctorado.

El correísmo es la mejor evidencia de que la normalización de lo anormal en la esfera pública es el mejor camino para la consolidación del autoritarismo. Resistirse a la normalización de actos como el cometido por Ramírez es parte esencial de la construcción diaria de una sociedad democrática. Hace poco, en el Los Angeles Review of Books, el historiador Ron Rosenbaum publicó un artículo en el que, a propósito de la Presidencia de Donald Trump, recordó la forma en que los nazis se afianzaron en el poder gracias a que sus atrocidades fueron asumidas poco a poco como normales en la Alemania de los años 30 del siglo pasado. Solo hubo un diario, sostiene, que se rehusó a aceptar como normales los atropellos de Hitler y los suyos: el Munich Post que publicaba la lista de las cosas que no podían ni debían ser asimiladas como normales. Ese diario fue clausurado y casi todos sus periodistas asesinados. Pero su resistencia a la normalización fue una victoria de la verdad y la resistencia, sostiene Rosenbaum.

Inventarse una encuesta para favorecer a determinado candidato y atribuirla a quien jamás la hizo, ¿puede ser asumido como algo normal? ¿Puede ser visto como algo sobre lo que no hay nada que merezca hacer?  Si eso llega a ocurrir, cualquier atrocidad puede ser normalizada y, por ende, tolerada.

La dignificación de la política, según Richard Espinosa

en Columnistas/Las Ideas por

En diciembre de 2015, poco después de haber sufrido una paliza en las elecciones legislativas de Venezuela, en las que la oposición obtuvo el control de la Asamblea de ese país, Nicolás Maduro pronunció un mensaje que lo retrata de cuerpo entero, no sólo como presidente (cargo que ya a nadie le cabrán dudas de que le queda enorme), sino como persona: “Yo quería construir 500.000 viviendas el próximo año, yo ahorita lo estoy dudando. Pero no porque no pueda construirlo, yo puedo construirlo, pero te pedí tu apoyo y no me lo diste –Maduro se calla e, increíblemente, hay entre el público quienes aplauden que el presidente de un país amenace con no llevar adelante un programa de viviendas ¡CON FONDOS PÚBLICOS! porque no le gustaron los resultados electorales; ante eso, Maduro, mirando a la cámara, insiste–: Pedí el apoyo y no me lo diste”.

Pocas semanas antes, en Argentina, cuando Mauricio Macri ya se perfilaba como ganador sobre el kirchnerista Daniel Scioli en las elecciones presidenciales que se celebrarían a finales de noviembre, el entonces ministro de Salud argentino, Daniel Gollán, publicó en su cuenta personal de Twitter dos mensajes –que luego borró– que dan cuenta de lo bajo que puede caer un gobierno desesperado por no perder el poder. El primero de ellos decía: “Los 12 nuevos centros de radioterapia para tratamiento del cáncer continuarán adelante si Scioli es presidente. Pensá bien tu voto.” El segundo iba en el mismo sentido: “Un millón de metros cuadrados nuevos de hospitales y centros de salud construidos en el país. Para que esto siga, Scioli debe ser presidente”.

Cortados al fin y al cabo por la misma tijera que chavistas y kirchneristas, no podía faltar entre los representantes de la “revolución ciudadana” quienes apelaran al chantaje en época electoral. Hace algunas semanas circuló un audio en el que una voz atribuida a la alcaldesa de Durán, la oficialista Alexandra Arce, amenaza con despedir a quienes no apoyen a Alianza País. Ahora fue el turno de Richard Espinosa, presidente del Consejo Directivo del IESS, quien, como se ve en un video colgado en la cuenta de Twitter de la periodista Ana María Cañizares, amenaza con la posibilidad de que el seguro social prácticamente deje de serlo si llega un gobierno de oposición. A un exaltado Espinosa se le escucha decir: “De ustedes depende que la seguridad social se privatice, como ya están queriendo algunos candidatos (¿nos podría decir cuáles, señor Espinosa?), o la seguridad social siga siendo de ustedes (…). De ustedes depende que se cumpla con los 52 centros de salud, centros materno-infantiles, hospitales y centros médicos que tendremos que entregar hasta finales de año o que simplemente no se lo haga. Eso no está en mis manos. Eso está en SUS manos, compañeros”. (Y precisamente él –en cuya gestión y sin que se le escuchara protestar, el Gobierno decidió eliminar el aporte estatal del 40% para el fondo de pensiones y en cuya administración también se está desconociendo una deuda por más de $2.500 millones del Gobierno con la seguridad social– termina su discurso diciendo: ¡Que viva el IESS!”.)

¿Tienen algo que decir respecto a la actitud de Espinosa las autoridades electorales del país o les parece normal y aceptable? Y, más importante aún, ¿estas declaraciones merecen algún comentario de Lenin Moreno o va a tratar de torear el tema, como ya lo ha hecho con las denuncias que involucran a su candidato a la Vicepresidencia? ¿Los viles chantajes de Espinosa son lo que Moreno entiende por “dignificar la política”?

A la luz de los escándalos de corrupción que tienen en la cárcel a altos representantes del kirchnerismo (y a Cristina Kirchner a punto de ser enjuiciada), los tuits de Gollán se pueden leer como un intento desesperado por evitar un cambio de gobierno que pudiera dar lugar a que en Argentina se empezara a destapar todo (como, efectivamente, está ocurriendo). En Venezuela, aún a costa de mantener el país colapsado, el chavismo, ejemplo extremo de lo peor del socialismo del siglo XXI y seguramente con mucho más que esconder, ha optado por pasar por encima de la voluntad popular, desconociendo decisiones de la Asamblea opositora e incluso negando la posibilidad de un referéndum revocatorio. En Ecuador, ¿a qué responden los chantajes del oficialismo? ¿También acá se teme que un nuevo gobierno destape nuevos casos de corrupción? Si Alianza País, con el control que ejerce sobre todas las funciones del Estado, permanece en el poder, va a ser muy difícil que lo averigüemos. (Lo que está ocurriendo con el caso Odebrecht, en el que incluso se habría devuelto documentación a Brasil con el increíble argumento de que no se la puede traducir del portugués, es un ejemplo.) Parafraseando al mismo Espinosa, se podría decir: “De ustedes depende, compañeros”.

Lenín Moreno nos niega un derecho

en Columnistas/Las Ideas por

Lenín Moreno no fue al debate en la Cámara de Comercio de Guayaquil. No es de sorprenderse, considerando que ahora él representa al partido cuyos máximos exponentes son conocidos por romper periódicos en televisión nacional, brillar por su ausencia en las audiencias públicas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y evitar las entrevistas con la prensa independiente sin el menor desparpajo. Todo parece indicar que Moreno continuará con el legado despótico de Correa, de no dirigir la palabra a quienes se atreven a cuestionarlo.

No obstante, es importante recordarle al candidato oficialista que, de llegar a ocupar el sillón presidencial, estaría -al menos en teoría- representándonos a todos. Es decir, deberá, atender y tomar en cuenta las cuestiones que son de interés tanto para las minorías como para las mayorías, de quienes apoyen a su gestión y de quienes le critiquen. La futura gestión presidencial, (de la cual la ciudadanía puede tener algunas luces durante las exposiciones públicas de los candidatos), debería ser inclusiva frente a las necesidades de todos los ecuatorianos y no solo de los que comulgan con el gobierno de turno y su candidato.

Moreno justifica el desplante a la ciudadanía bajo el argumento de que, en el debate, no se incluyeron temas sociales. Esta excusa no solo es paupérrima sino falsa. Si revisan la información dada por la CCG, podrán constatar que la agenda para el debate del miércoles buscaba que los candidatos hablaran sobre varios temas relativos al ejercicio de derechos fundamentales, como el de la libre expresión y el trabajo. Además, se incluyeron otros que tienen incidencia directa en la posibilidad del Estado de garantizar los derechos económicos y sociales: la corrupción, la seguridad, las drogas, entre otros. A menos de que Lenín piense que la posibilidad de expresarnos, trabajar y acceder a servicios médicos gratuitos provistos por el Estado no son temas sociales, me atrevo a decir que sus razones para no ir no fueron más que pretextos sin fundamento alguno.

Aún en el supuesto no consentido de que el debate no incluyera temas sociales, esta no era una justificación suficiente para no asistir. Porque es una obligación cívica y moral de todos los candidatos manifestarse sobre cualquier tema de interés público que les plantee la ciudadanía. De esto depende nuestra posibilidad de evaluar, contrastar y comparar las distintas propuestas electorales, y tomar decisiones informadas al momento de emitir nuestro voto. Aparentemente, para Lenín los ecuatorianos solo tenemos derecho a conocer su postura sobre los temas que él –desde su conveniencia y criterio subjetivo- considera que son importantes o urgentes.

Más bien parece que Lenin temiera ir a debatir con sus oponentes políticos. ¿Por qué? Porque tendría que hacerlo en un espacio donde no va a tener el control, donde no va a imponer a nadie su agenda.  Deberá debatir, en igualdad de condiciones con los otros candidatos, en un espacio que no podrá ser llenado con funcionarios públicos traídos en buses desde diferentes puntos del Ecuador para aplaudirle y vitorearle. Donde no podrá manipular las emociones de los espectadores con pasillos o canciones protesta. Un espacio donde deberá explicar ante un público crítico y cuestionador todas las cifras económicas que lance al aire. Porque tendrá que responder a las preguntas sobre supuestos actos de corrupción y nepotismo de sus “compañeritos” y parientes. Porque deberá dar la cara por las múltiples violaciones a derechos humanos y de la naturaleza de las que se acusan a aquellos que hoy le quieren heredar el poder.

La ausencia de Lenín viola el derecho de la ciudadanía a recibir información clara y precisa sobre su oferta presidencial, y entorpece el debate democrático que debe primar en el marco de un proceso electoral. Como bien decían los miembros de la CCG, la ausencia de Lenín es una “pérdida para el país, porque los electores no pueden conocer las propuestas del candidato”.  En todo caso, algo sí nos quedó bien claro: un eventual gobierno de Lenín Moreno no será más que la continuación de un correísmo que no dialoga, que no acepta la disidencia, que crea divisiones entre ecuatorianos y que se convierte, en cada una de sus gestiones, en un atentado contra el ejercicio del derecho ciudadano de buscar y recibir información de interés nacional.

El drama de Lenin Moreno: ser la caricatura de una Madre Teresa criolla

en La Info por

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Cuando una candidatura lleva como lema una frase tan vacía e inocua como “el cambio verdadero es avanzar hacia el futuro” es porque no tiene nada que decir.

Ese parece ser el sino de la candidatura de Lenin Moreno: no decir nada, no tomar posición sobre ningún tema sensible o máximo hacer una declaración como quien no quiere decir nada, repetir lugares comunes frente a los asuntos de interés público, elaborar frases bonitas, vacías y bobas como la del “verdadero cambio es avanzar hacia el futuro”, colocar fotos en redes sociales en los que se ve al candidato jugando trompo o abrazando niños, aparecer en videos cada vez que se conmemora algo, ora el día de Quito, ora el día de los migrantes, ora el día de los derechos humanos…

Pero no tener una posición sobre los temas de interés público está pasándole factura al binomio de Lenin Moreno y Jorge Glas, sobre todo porque cada día crece la porción del electorado que espera definiciones. ¿O es que Lenin Moreno no tiene nada que decir sobre el aumento del encaje bancario, el endeudamiento agresivo de los últimos meses, las agresiones de género cometidas por sus amigos correligionarios, la violencia en Morona, la responsabilidad de su compañero de fórmula Jorge Glas en los controvertidos y corruptos trabajos en la refinería de Esmeraldas? ¿Será que va a decir algo sobre el escándalo de Odebrecht? ¿Pedirá al Fiscal que pida la información a los EEUU sobre las coimas entregadas a funcionarios del Estrado por la constructora brasilera? Todo apunta a que eso es mucho pedir.

El vacío parece ser, en efecto, el sello de identidad que los estrategas y entusiastas de Moreno pensaron para su campaña. ¿Para qué? Sencillo, con el fin de que nada lo ensucie, nada comprometa su imagen de hombre bondadoso, tolerante y comprensivo. Desde un inicio la estrategia estaba dirigida a que Moreno articule un discurso en el que se destaque todo lo supuestamente bueno que dejan los 10 años de correísmo y, al mismo tiempo, ofrezca corregir aquellas cosas que no gusta al electorado. Que si habla de economía que no sea mucho, que si se refiere al tema de desempleo que lo haga por encimita nada más, que si menciona el tema de la corrupción en Petroecaudor que no insista mucho, que si se refiere al oscuro tema de su residencia en Ginebra que no de muchos detalles… En fin, que no asista a entrevistas con periodistas incisivos y que siga navegando cual nave impoluta con la esperanza de que esta campaña acabe lo antes posibles sin que se haya feriado la simpatía popular que ha tenido desde que salió del Gobierno y se fue a vivir en Ginebra.

Lo que nadie le dijo a Moreno es que existe un mundo más allá de la receta de los estrategas y que conciliar lo bueno con lo repudiable no siempre es posible. Tampoco le dijeron a Moreno que un candidato que no ofrece otra cosa que ser la encarnación del futuro, cuando no es capaz de darle un contenido a ese concepto de futuro, es un candidato que no tiene a dónde avanzar.

Esta forma de hacer campaña es la que ha convertido a Lenin Moreno en una caricatura criolla de la Madre Teresa de Calculta que cada 30 minutos o una hora tiene una frase bondados y cándida para cualquier cosa. Moreno existe en la campaña únicamente a través de los videos que se ponen en redes sociales y en los que no dice nada de lo que un estadista debería decir frente a los temas que angustian a la sociedad. Es algo así como la imagen de una virgen a la que se la transporta de pueblo en una urna de cristal para evitar que le caiga el polvo o la ensucie el lodo.

El caso del video titulado “El cambio verdadero” es seguramente lo más sintomático. “Yo les digo que en mi gobierno habrá grandes cambios” aparece diciendo Moreno en lo que aparentemente es una alusión o respuesta a alguna encuesta que debe haber hablado de la necesidad de cambio que siente el electorado. Pero ¿Moreno menciona en el video algún cambio en concreto? Porque si habla de grandes cambios lo lógico sería que lance al menos una pista sobre alguno. Pero no, en el video no enumera ni menciona ni un solo cambio.  El mensaje es de un vacío tan abismal que aún luego de tan categórico anuncio se dice a continuación cosas como que el cambio que ofrece “es tomar lo que ya construimos juntos y convertirlo en algo aún más grande”. ¿Nada sobre los impuestos que han encarecido tanto al país? ¿Nada sobre lo que representa el gasto público en sueldos o la necesidad de tener un modelo político en el que exista poderes independientes que garanticen la fiscalización y evite la corrupción? No, absolutamente nada. Puro bla.

Hay otro video reciente que desnuda igualmente el vacío de la candidatura de Moreno. Se trata de uno en el que aparece hablando sobre los hechos de violencia en Morona. Cuando parece que finalmente va a tomar posición y va a decir algo relevante sobre un tema tan polarizante, Moreno lanza lugares comunes como “el futuro no se detiene” y “usemos el diálogo y nunca la violencia”. Si bien atina a articular una tímida solidaridad con el policía fallecido y pone un rostro severo, no es capaz de tomar lo que ha hecho el gobierno en la zona o decir algo sobre la minería. Si no quería contradecir al Caudillo debería aparecer apoyándolo y si cree que algo se hizo mal que lo diga. Pero ni lo uno ni lo otro. Moreno es la nada absoluta.

Lo mismo ocurrió cuando la conversación nacional se centró en el tema de la agresión de Orlando Pérez, director de El Telégrafo, a una mujer en Guayaquil. ¿Dijo algo sobre eso? No, nada. Lo único que hizo fue, precisamente esos días, aparecer firmando un convenio con las Naciones Unidas sobre los derechos de las mujeres. ¿Algo más vacuo que eso? Difícil.

Lo curioso es que las únicas veces en que ha tomado una posición definida sobre un tema, lo ha hecho de tal forma en que a los pocos días todos lo han olvidado. Una vez ocurrió con el tema del anticipo al impuesto a la renta donde discrepó con el gobierno y la otra cuando apoyó al proyecto de Ley de Plusvalía. En ambas ocasiones fue más fuerte la imagen de la Santa Teresa de Calcuta criolla o de la virgen en urnas que la de un estadista. No insistió ni en sus discrepancias ni en sus apoyos.

Moreno seguramente sigue siendo el candidato con más opciones para ganar. Goza de la simpatía de un amplio sector del electorado y es el candidato con menores resistencias. Pero se trata de un candidato y de una campaña que hubieran funcionado perfectamente en un mundo donde no hay problemas graves ni desafíos de envergadura. Quizá le hubiera calzado una realidad como la que había en el 2014 cuando abundaban los recursos y el desempleo y la corrupción no eran temas que ocupan la mente y el corazón de los votantes.

El Ecuador de fines del 2016 no es un país para Madres Teresa de Calcuta ni vírgenes en urna de cristal.  La pregunta es si el encanto de los santos alcanza hasta el día de las elecciones.

Foto agencia estatal Andes

Lasso se carga con Quito en su campaña

en La Info por

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Con este artículo 4pelagatos arranca una serie de análisis sobre los temas políticos de la campaña electoral.

Mauricio Rodas es la viva imagen del “distinguido joven” quiteño, “escurridizo y amable”, que retrató el gran Raúl Andrade en una columna de prensa de inquietante actualidad publicada en 1944. Es el clásico político que busca medrar sin comprometerse. En la Sesión Solemne del Concejo Metropolitano se sienta con el presidente de la República a la derecha y su vicealcalde a la izquierda y es incapaz de decir una palabra sobre la persecución judicial que el primero ejerce sobre el segundo. Con el presidente delante habla durante dos horas y media palabras muy bonitas sobre lo mucho que le importa la ciudad pero tampoco dice ni pío sobre la Ley de Plusvalía que tanto la perjudica. En su lugar, prefiere contar historias de canchas sintéticas y contenedores de basura. Porque el “distinguido joven”, tal y como lo describe Andrade, es tan hábil para pronunciar discursos de “abrumadora vaciedad” como para evadirse “con jabonosa soltura de toda situación arriesgada y difícil”. Rodas se acomoda a las circunstancias y evita tomar posiciones. Hasta que no le queda más remedio y ya es muy tarde. Sólo entonces se define: tibiamente. Es el alcalde que baila con Rafael Correa tanto en el sentido literal como en el figurado. A todos los efectos prácticos, es un alcalde correísta más. Hasta en su manera de gobernar la ciudad.

¿Quién se compró este angelito? Guillermo Lasso lo hizo. Paradójicamente, el más anticorreísta de los candidatos a la Presidencia. Más que comprárselo, lo cultivó. Lo viene haciendo desde 2013, exactamente, cuando el movimiento CREO declinó correr por la alcaldía de Quito para despejar el camino del candidato de SUMA. Juan Carlos Solines quedó colgado de la brocha y Rodas comprometió, ya entonces, su apoyo para las presidenciales. Cuando SUMA obtuvo resultados satisfactorios en varias provincias, incluyendo las alcaldías de Manta, Portoviejo y Santo Domingo, Lasso supo que había hecho un buen negocio. Ahora puede incorporar ese aparato y esos votos a su capital político pero le toca cosechar al angelito. Le va a quedar difícil no apoyarlo cuando Rodas se presente para la reelección en 2019, si es que no se ha comprometido ya a hacerlo. Lo importante, para Lasso, es sumar apoyos a su campaña.

En esta estrategia bien concebida, ¿qué pito toca Quito? Porque se trata aquí de la Alcaldía de Quito, nada menos. ¿Dónde entra la ciudad en esta historia? La respuesta es simple: no entra. Porque no está en los cálculos de Lasso. Él, de aquí, sólo quiere sacar votos. En cuanto a la suerte de Quito en general y a la política quiteña en particular, está claro que no le interesan. Pero no es sólo que no le interesen. Todo lo que ha hecho desde 2013 para acá deja suponer que tampoco le importan. O, simplemente, que no se ha parado a reflexionar sobre las consecuencias que su estrategia política acarrea para la ciudad.

Sin embargo, Lasso sabe perfectamente quién es Rodas. Un alcalde sin visión de ciudad ni políticas públicas definidas. Un alcalde cuya concepción de la obra pública en nada se diferencia de las carreteras de los correístas. Que aprovecha al máximo el mecanismo de las alianzas público-privadas patentado por los mismos correístas para mantener en la opacidad los procesos de contratación. Que se embarca en obras millonarias (la vía Guayasamín, los Quitocables) sin disponer de estudios definitivos, sin fórmulas de transparencia y valiéndose de mentiras para promocionarlas. Un alcalde que reparte las administraciones zonales como cuotas políticas entre los concejales cuyos votos necesita asegurar y crea, de esta forma, pequeños feudos urbanos con sus propias clientelas, irreductibles a cualquier esquema  de administración pública coherente. Un alcalde, en fin, que reproduce en todos sus detalles las prácticas de la vieja política a la que dice oponerse.

Lasso lo sabe de sobra, información no le falta. Sin embargo, él, que también dice oponerse a esa vieja política y pretende representar de alguna forma el rostro de una nueva derecha ecuatoriana, ha decidido, aun conociéndolo, apoyar a ese alcalde. Más aún: fortalecerlo. O fortalecer a su movimiento, que es lo mismo. Entregarle en bandeja algunos de los escaños parlamentarios más apetecidos de la capital. Por ejemplo los del Distrito Sur. Lasso no le hace feos a incluir en su lista de candidatos a la Asamblea a un representante del gremio de taxistas, Carlos Brunnis, cuya capacidad de presión y bloqueo ha hecho imposible durante años la adopción de políticas públicas sobre movilidad que no privilegien sus intereses por encima de los de la ciudad. Otros políticos se habían contentado con tranzar con los taxistas. Lasso (la nueva política, la nueva derecha) los pone en el camino hacia la Asamblea. Él quiere votos. Ya solucionarán los quiteños sus problemas de movilidad como bien puedan.

Todo lo hace en función de su estrategia para ganar las elecciones. Ya que su candidatura precisa de los votos y del aparato de SUMA, Quito bien puede seguir con el alcalde que tiene, aunque mal lo represente. Así, Guillermo Lasso está tomando decisiones que comprometen el futuro político de la capital no en función de los intereses de la capital, que ni siquiera se plantea, sino en función de su campaña para la presidencia, que es lo que le importa. ¿Es esa la nueva política de la nueva derecha ecuatoriana? ¿Desentenderse de las consecuencias políticas de las estrategias electorales? ¿Sacrificar una ciudad a cambio de votos? ¿Es esa una manera respetuosa, por decir lo menos, de intervenir en los asuntos de Quito? Cualquiera pensaría que la tarea de reconstruir la democracia en el país pasa necesariamente por suprimir esas prácticas. Cualquiera apostaría a que la nueva política implica un cierto nivel de coherencia ética a la hora de seleccionar aliados y repartir cuotas de poder. Lasso, claro, no es cualquiera.

Durante la alcaldía de Augusto Barrera, los quiteños se malacostumbraron a que la política de la ciudad se subordinara a las estrategias nacionales de Carondelet y, por tanto, terminara jugándose por fuera del ámbito local. El resultado de ese proceso está a la vista: una crisis de liderazgo y de participación acaso sin precedentes en la ciudad. Crisis de liderazgo y participación que se expresó en el triunfo de Rodas, a quien le cayó la alcaldía en suerte sólo por estar parado en la baldosa adecuada en el momento preciso pero que no dispone de otro talento que el de “saber sonreír y saber escurrirse”, como diría Raúl Andrade.

Rodas representa, para la capital, la muerte de la política. Al entrar en alianza con él, aupar a su movimiento, entregarle cuotas de poder y proyectarlo hacia la reelección, Guillermo Lasso no sólo reproduce el esquema correísta de decidir por Quito desde afuera de Quito (esquema por el que los quiteños habrán de cobrarle un día) sino que contribuye con su granito de arena (en realidad con un camión de ripio) a ahondar el vacío político que tanto daño produce a la capital. ¿Alcanza a percibir la dimensión de lo que está haciendo? En el afán de satisfacer sus necesidades electorales, el candidato de CREO actúa de forma absolutamente irresponsable con una ciudad que no es la suya, que apenas conoce y, con toda seguridad, no entiende.

Foto: El Telégrafo

¿Qué tanto vale Merizalde para que Glas se juegue por él?

en La Info por

La lista de prioridades de Jorge Glas es muy curiosa. Por encima de los intereses electorales de su papeleta electoral con Lenin Moreno parecería estar la honra de Pedro Merizalde, gerente de Petroecuador. Al menos eso es lo que parece.  Si no es así,  ¿cómo se explica que Glas, en medio del escándalo del corrupción que rodea a Petroecuador y del daño que eso está haciendo a su movimiento, haya dado un voto de confianza en público el jueves 1 de diciembre a favor de Merizalde? ¿Cómo entender que ponga las manos al fuego por Merizalde si eso significa contradecir a Moreno y poner en riesgo la imagen y la credibilidad del binomio?

“Pedro Merizalde, con mucha frontalidad, dijo al país que omitió declarar una empresa que nunca operó y lo mostró documentadamente también en una rueda de prensa. Hizo las rectificaciones en la Contraloría General del Estado, eso va a la Fiscalía, donde tiene que recibir esa información nuevamente que ya es pública, de conocimiento de todos, y tiene que archivarse”, dijo Glas durante un acto por el nombramiento de José Luis Cortázar, ex guardaespaldas de Rafael Correa durante la primera campaña electoral, como gerente de Petroamazonas.

La afirmación de Glas se produce luego de que la Contraloría emitió un informe con indicios de responsabilidad penal donde Merizalde está señalado por no haber incluido en su declaración juramentada de bienes su participación en una empresa panameña.  Con base en ese documento la Fiscalía abrió una indagación previa en contra de Merizalde por presunto perjurio. El gerente de Petroecuador señaló luego de eso que  su “omisión involuntaria” había sido subsanada con documentación presentada a la Contraloría el pasado 28 de junio. Por esta razón, solicitará a la Fiscalía el archivo del caso. Glas, incluso, durante su declaración en Guayaquil aseguró como si de su voluntad dependiera que la Fiscalía debe archivar el caso en contra de su colaborador. “Tiene que archivarse”, dijo Glas.

El contralor Carlos Pólit sostuvo que cuando “un funcionario público no declara un bien, una empresa que poseía en Panamá eso configura un posible delito de perjurio”.

La reacción de Glas no parece tener sentido si se toma en cuenta lo que está en juego en las elecciones porque él, como cualquier político, debe saber  lo terriblemente costoso que puede resultar jurar por la honorabilidad de otros.  Debería saberlo, sobre todo, porque a su líder Rafael Correa ya le pasó con Pedro Delgado. Es más, este caso se parece tanto al de Delgado que incluso en su juramento también dijo, como Correa con Delgado, que Merizalde regresará pronto de un viaje al exterior. 

No tuvo, además, reparos para aparecer contradiciendo a su compañero de papeleta.  “Comprendo la opinión de Lenin Moreno, yo he expresado un respaldo a Pedro Merizalde”, dijo en otro momento al referirse a unas declaraciones de Moreno quien había sostenido que “debe presentar la renuncia, no porque haya ninguna acusación ni ningún indicio siquiera de culpabilidad, sino únicamente por delicadeza”.

Lo que Glas deja con su sorpresivo es simplemente un gran interrogante. ¿Qué es lo que lo ata a Merizalde que es tan fuerte que incluso ponga en riesgo incluso el futuro las candidaturas del movimiento de gobierno? ¿Cuánto vale Merizalde para que haya puesto las manos al fuego por él? Son gestos que, en último caso, lo que más producen es dudas e incertidumbre.

Foto Vicepresidencia de la República

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