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Estrategia Lenín Moreno

Don Lenín: ¿quién se esconde tras sus máscaras?

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Usted no participará esta noche en “El debate presidencial” organizado por la Cámara de Comercio de Guayaquil. No es una sorpresa. A pesar de las curvas descendentes que registran los sondeos, usted sigue de primero en las encuestas a una distancia todavía confortable de Guillermo Lasso (para aquellos que creen en los sondeos de Cedatos). O de Cynthia Viteri (para aquellos que siguen a Market). A tal punto que, con ayuda de los que voten blanco o nulo, puede usted pensar en ganar en la primera vuelta. Esto a menos de un mes de las elecciones.

Por estrategia, entonces, a usted le conviene mirar los toros de lejos. Es lo que hace. No se expone. Apenas se muestra. Se pasea por pasarelas y pueblos repitiendo que hace diez años daba vergüenza ser ecuatoriano. Que la autoestima estaba por los suelos. Que llegó un líder. Que ese líder tiene defectos, pero que todos los grandes líderes son así. Que hoy hay vías, hospitales, escuelas. Que usted mejorará lo que está mal. Que dará casas a todos los discapacitados y un bono a todos los viejitos. Que el futuro será radioso… Calistenia pura, sin esfuerzo cerebral alguno. No se sale usted de ese libreto básico en el cual, a partir de su condición, dice ser el defensor de discapacitados, niños, viejos, señoras del servicio doméstico; de los más desposeídos, de los más segregados, de aquellos que perdieron sus casas y cosas en el terremoto…

Usted se muestra como un hombre bueno, un romántico que entorna los ojos cuando mira a su esposa, un idealista, un poeta en sintonía con el universo. Un político de otro mundo, casi ingenuo, al abrigo de lo que han hecho los correístas corruptos, un ser tan ético como desprovisto de ambición y bajos instintos.

Para ver la carta de Lenin en PDF hacer clic aquí

Usted trabaja con ahínco para ponerse a buen recaudo de la herencia correísta. Y en buena medida lo logra. Lo afecta por supuesto, pero no lo hunde. Se pone incluso al margen de su propia biografía política: haber vivido con beca en Ginebra lo perjudicó en redes sociales; no en la gran masa de electores. Las cuentas de su fundación no son claras, usted lo sabe. Ante el escándalo, dispone a su contador que las muestre; pero no las hace públicas.
Usted saca partido de esos malentendidos simbólicos que crea su condición: luce frágil, casi desamparado: en realidad usted es un candidato con ventajas inconmensurables: todo el Estado, plata pública y logística estatal trabajan para usted. Tiene el CNE y hasta los muertos podrían resucitar en febrero para votar por la 35. Se vende como el candidato anti-elites, cuando los grupos económicos más poderosos del país han hecho vaca y cenas en su favor. Luce como el candidato más sacrificado cuando en realidad es todo lo contrario: el Estado y el aparato político más grande del país trabajan denodadamente, con plata pública, para ofrecerle la presidencia de la República.

Usted es un enigma que se esconde tras muchas máscaras. Si cuando fue vicepresidente de Correa jugó el papel del policía bueno, ahora es la copia en masculino de la madre Teresa de Calcuta. Un día usted es distante de Correa; al siguiente su fan más devoto. Un día critica las escuelas del Milenio; al siguiente afirma que lo malentendieron. Un día habla de transparencia; al siguiente dice que confía en Jorge Glas. Usted no solo se disfraza: nadie sabe lo que realmente piensa del país, del propio Correa, de la factura que tendrá que pagar su gobierno si es elegido, de la imposibilidad de hacer prevalecer los factores de poder que marcaron la década correísta y les ayudaron a montar un modelo económico y político hoy insostenible.

Su estrategia es lo más parecido a la campaña de posicionamiento de un dentífrico: usted aparece, sonríe y chequea los sondeos. Esa estrategia puede ser exitosa. Lo puede convertir en el próximo Presidente. El mandatario más misterioso que haya conocido el país desde el retorno a la democracia. Un hombre conocido (por obra del marketing político) por su buen humor, contar chistes y dar las conferencias de motivación más caras en la historia del país. Usted se sometió a esa estrategia que lo tiene en la estratosfera, volando lejos de las cifras reales de la economía, lejos de las miserias políticas y humanas que practica y justifica el Presidente, lejos de la cruda realidad que lo aguarda si los electores así lo deciden.

No negará usted que esa estrategia-dentífrico es un autoengaño para usted y una empresa de fraude para los electores. Ellos no saben (y esto desde hace una década) quién es usted, qué piensa, qué hará si llega a la Presidencia de la República. Lo grave en su caso no es que no vaya a un debate con los otros candidatos. Lo grave es que los electores no conozcan prácticamente nada de usted, salvo lo que usted ha querido posicionar. Lo grave es que, ante ese vacío, usted siga acomodando los escenarios para repetir lo mismo que ya ha dicho y que un medio como El Comercio, que pertenece a un señor que de Ecuador solo le interesa la columna contable de sus utilidades, se preste para ello.

La carta que usted escribe a la cámara de Comercio de Guayaquil para explicar por qué no va al debate de esta noche, no es deleznable solamente por ser un atado de falacias. Es deleznable además porque viene del candidato que el país conoce menos (creyendo conocerlo), el que más mercadeo de su imagen ha hecho (lo cual lo vuelve una ficción ambulante), y que tiene las mayores opciones para llegar a Carondelet (cuando el correísmo es tan insostenible como la economía falsa que ha creado). Es deleznable porque usted allí se escuda tras una serie de valores republicanos que su gobierno ha pisoteado durante una década sin que usted los haya defendido.

Usted no es lo que aparenta, don Lenín: es un misterio y un pozo de secretos. ¿Por quién, en realidad, votarán los electores para Presidente de la República si votan por usted? ¿Por la ficción que usted ha hecho de usted mismo?

Con la cordialidad republicana que el correísmo destruyó,

Foto: campaña Lenin Moreno

Correa ató de pies y manos a Lenín Moreno

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Lenín Moreno hace una campaña totalmente inodora, incolora e insabora. Esa es su estrategia. Es lo que conviene a su jefe de campaña Vinicio Alvarado, quien no ha renunciado a su cargo oficial. Al candidato le conviene no crear olas. Decir generalidades. Evitar los debates. Exponerse en los medios donde no es confrontado; incluido Teleamazonas. Ser sosegado para diferenciarse de Rafael Correa (el estilo), pero asumir todo lo hecho por su gobierno (el modelo). Eludir todos los temas espinosos, empezando por el de Jorge Glas, su binomio.

Moreno sabe que mientras las cifras le favorezcan, lo mejor es evitar que se muevan las frutas. Y explotar los activos que atesoró durante los seis años que estuvo, al lado de Correa, mirando para otro lado: cordialidad, buen humor, cercanía con los discapacitados y una liviandad tan atroz que lo convirtió en motivador pagado. No sale de ahí. Mejor aún: ese estilo es el  punto fuerte de su campaña. Si gana –dice– se acabará la confrontación y se inaugurará una etapa de respeto y tolerancia. El resto va de sí: hacer acto de presencia en las tarimas y activar esos clichés que hicieron de él el policía bueno de esta década correísta.

La campaña de Lenín Moreno está perfilada para que él sea un producto-light tras diez años de una guerra de la cual están cansados los propios correístas. Él pretende ser una suerte de poción mágica para desintoxicar al país; un bálsamo reparador para esa franja de electores que, cebados por el populismo correísta, quieren que esto no termine. Más de lo mismo, pero con cortesía: ese podría ser su lema.

Tras una entrada turbulenta (a su regreso de Ginebra) en la que quiso marcar diferencias con Correa, Moreno se calmó. Ya no formula crítica alguna contra el gobierno. Plegó ante el supuesto gigante, como él lo llamó, y ante el aparato oficialista que lo pusieron en cintura. Y si mantiene la estrategia de no decir nada sustancial, ser buena persona, sonreír,  fotografiarse con la gente y exhibirse en las tarimas es porque sus estrategas consideran que, a pesar del desgaste, las cifras aún le son favorables. Si la curva descendente se acelerara, la estrategia seguramente cambiará. En esa dinámica no hay que descartar nada, incluso un distanciamiento con Jorge Glas o una abierta oposición a Rafael Correa.

Ser un producto-light tiene sus restricciones. Y estas son visibles en las redes sociales de la campaña de Moreno. Se nota el énfasis puesto en la elaboración de videos. Parece evidente el ánimo de paliar su ausencia física en muchas partes (por el cuidado que tiene que tener con su salud) con la sobreexposición en redes.

Moreno sobrevuela los temas. Como si bastara evocarlos para que los electores supieran lo que piensa hacer con ellos. Dice cambio, se instala en el sustantivo o en el verbo y gira y gira a su alrededor en pos de una añoranza bucólica. En un video (El cambio verdadero), Moreno se dirige a los electores: les hablan de cambio, de la necesidad de cambiar, en mi gobierno habrá cambios, pero no los cambios de aquellos que quieren regresar al pasado, el cambio verdadero es avanzar hacia el futuro… ¿Qué cambios propone? Lo que se ha hecho, pero más grande. Combatir toda forma de corrupción, hasta erradicarla. El cambio verdadero es avanzar, nunca retroceder… Es mejorar lo que ya tenemos, nunca destruirlo. El cambio verdadero es contigo, aún tenemos muchos sueños por alcanzar… Una proeza: la mayor colección de obviedades en muy pocos segundos.
Moreno habla con la misma ligereza del empleo, transformado en segundos en “empleo, cero” gracias a los créditos que se darán en su gobierno para el sector turístico. Y pide a los electores que acudan en su gobierno por esos créditos. Así liquida otro problema. Y además crítica a aquellos que han dado fórmulas para crear empleo. Moreno en campaña es una colección de alegorías.

El mismo paseo dio en Teleamazonas en la mañana de ayer (4 enero): ¿Glas responsable de la corrupción en los sectores estratégicos? Él ha respondido -dice-, ha dado la cara, colabora con la investigación. ¿Estado de la economía? Estamos mejorando -dice-. ¿Y los prestamos, la plata cogida al Banco Central, los pozos petroleros empeñados? Es dinero para inversión -dice-… Así Moreno huye de la realidad. Miente conscientemente. Lava la cara del gobierno y sus cuentas. Se compra una herencia envenenada. Se convierte también conscientemente en rehén y cómplice de un balance mentiroso, con cuentas trucadas, deudas monumentales, lista de corruptos y contratos secretos. Moreno hipoteca desde ahora su posible Presidencia porque plegó ante la estrategia de Correa. Aceptó como candidato a la vicepresidencia a Jorge Glas y toda la nube oscura de sospechas que lo envuelve. Aceptó a Vinicio Alvarado como jefe de campaña cuando pensaba en un equipo nuevo, suyo. Aceptó defender en bloque toda la gestión correísta y asumir el costo que eso conlleva.

Lenín Moreno hace una campaña inodora, incolora e insabora porque la realidad por la cual tiene que responder y que, de ganar, tendrá que administrar, es penosamente abrumadora. Sobrevolarla es la mejor forma de ocultarla. Y ocultarla es la única obsesión de Correa. Moreno compró como estrategia electoral lo que es, en realidad, la estrategia de disimulo de Rafael Correa que, conociendo el estado de quiebra en que deja la economía, apuesta por el fracaso del próximo presidente. Sea Moreno, Lasso, Viteri o Moncayo. Solo así puede acariciar, desde ahora, la idea de volver en 2021.

Foto: Presidencia de la República

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