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Falcon 7X

Aviones presidenciales: lo más valioso es saber cómo fueron usados

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Cuando Lenín Moreno anunció la venta de uno de los aviones presidenciales, como parte de sus medidas de austeridad, no lo hizo realmente por la cantidad de dinero que esa venta supone sino por la carga simbólica que tienen esos artefactos.
A lo sumo, con la venta de uno de los aviones se podría recibir 30 millones de dólares. Eso en el caso de que se venda el Falcon 7X que es el más costoso de los dos. El otro, el Legassy podría costar de 15 a 16 milllones según dos expertos consultados por El Universo. Si se suma esto a las otras medidas anunciadas por Moreno se tendría el 1,1% del hueco fiscal, que llega a 4 700 millones anuales según ha calculado Luis Espinosa Goded, profesor de Economía de la Universidad San Francisco.  El anunció, en verdad,  tuvo más una carga comunicacional que de utilidad financiera.

El caso de los aviones, sin embargo, es muy especial. Desde que Rafael Correa compró su segundo avión, el lujoso Falcon de fabricación francesa, sin vender el Legassy de fabricación brasileña que había comprado antes, los aviones se convirtieron en un emblema del abusivo gasto público durante su administración. De nunca haber tenido un avión exclusivo, la Presidencia pasó a tener dos. Ambos, además, tenían capacidad para solo 13 personas, lo que hacía que cada vez que Correa viajaba con una delegación de invitados tenía que echar mano de alguno de los aviones de la empresa estatal TAME. Únicamente desde el 2012 hasta el 2016, la Presidencia había gastado 6 millones 333 mil dólares en esos vuelos para los invitados, sin contar con los problemas que suponía para TAME que uno de sus aviones deje de funcionar en una de sus frecuencias habituales. Solo en el viaje de Correa a Rusia y a Bielorusia se gastó 1’018 111 dólares en el alquiler del avión de TAME.

Pero los aviones presidenciales no solo representan el abuso en el gasto público y el despilfarro inmisericorde durante los años del correato. Simbolizan, además, una grosera y abusiva visión que de lo público se instaló en el correísmo: los aviones fueron usados como si se trataran de jets privados sin ninguna regulación que significara un límite a su uso. Ninguna medida les obligaba a transparentarlo.

Durante casi diez años, la Presidencia del Ecuador tuvo dos aviones que podían volar prácticamente a cualquier lugar del mundo sin que nadie supiera, a ciencia cierta, a dónde iban ni con qué tripulación lo hacían ni qué transportaban en cada uno de esos viajes. De no ser por la acuciosidad de algunos avispados usuarios de redes sociales, jamás se hubiera sabido, por ejemplo, que uno de los aviones viajó una vez a Seattle en los EEUU y otra a Qatar en los Emiratos Árabes. En ninguno de esos vuelos estaba el Presidente a bordo. Además, nunca hubo información oficial sobre quiénes usaron el avión en esos viajes; mucho peor qué se transportó en ellos. La simple noticia de que muchos de los actos de corrupción que se han denunciado en las últimas semanas se consumaban con entregas de inmensas cantidad de dinero en efectivo ha hecho volar la imaginación de muchos contribuyentes sobre los posibles usos de los aviones presidenciales.

Avión de Correa: más chiquito pero $14 millones más caro que el de Santos

Si los aviones de la Presidencia no solo tienen una carga simbólica asociada al gasto público sino también al de de su uso no regulado ni limitado por parte de la administración Correa, la venta no debería ser la única medida. Informar exactamente, y en detalle, sobre cuáles fueron sus desplazamientos, quiénes los usuaron y qué se transportó en cada uno de los viajes es tan valioso, quizá hasta más desde lo público, que los 30 millones que los expertos dicen se podría conseguir vendiendo el Falcon o los 16 si se vende el Legassy.
Establecer cómo y para qué se usaron los artefactos, y entregar a la sociedad esa información, es una obligación obvia que tiene la actual administración por el derecho que tienen los contribuyentes a conocer cómo se gasto su dinero. Pero eso solo es una parte. Si realmente existe un deseo de establecer los actos de posible corrupción cometidos en el pasado, hacer una investigación de cómo y para qué se usaron las dos aeronaves aparece como una tarea lógica e irremediable.

Cualquier medida de austeridad, por más pequeña que sea, es una muestra de sensibilidad en el manejo de los dinero públicos. Pero cuando se trata de los aviones de la Presidencia, la austeridad no es lo único que está en juego. En el uso que se les dio hay información de inmensa importancia para entender cómo se utilizó el poder durante el correato y cómo se usaron los bienes públicos que perfectamente pudieron haber sido funcionales para actos de corrupción. Con lo que se ha visto en los últimos días, cualquier cosa es posible.

Avión de Correa: más chiquito pero $14 millones más caro que el de Santos

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                                                                                                                     Con aclaración al final de la nota

Patricio Barriga, el secretario de Comunicación, cree que el tamaño es importante. El problema radica en que el Secretario de Comunicación está convencido de que el tamaño es lo único que importa.

Resulta que el domingo 23 de abril, en uno de los tantos intentos que ha desplegado el Gobierno por mitigar las críticas por el costo de los aviones presidenciales, Barriga publicó en su cuenta de Twitter una fotografía en la que aparecen (se podría decir posan) el Legacy 600, uno de los dos aviones que usa su jefe Rafael Correa, (en un inicio en esta nota se dijo equivocadamente que era el Falcon 7X) y el Boeing 737 que del presidente colombiano Juan Manuel Santos.  La idea de Barriga era mostrar que el avión colombiano es bastante más grande y que eso significa que el gobierno ecuatoriano es austero por tener uno más pequeño. “Juzguen si se optó o no por lo austero, justo y necesario”, decía en su mensaje como tratando de calmar a los usuarios digitales que llevan meses pidiendo al presidente Correa que venda su avión.

Lo que no entiende Barriga es que el tamaño no siempre es lo que más importa.  Cuando se trata de hablar de austeridad, como era la intención del Secretario de Comunicación, también importa el precio. Además, lo que no dijo en su tuit Barriga es que  el avión de la fotografía es el Legacy 600, que no es precisamente el más caro ni el que más utiliza el presidente Correa.

Si Barriga hubiera querido ser sincero, debió haber dicho en su tuit que, a más del avión que aparece en la foto, hay uno que es el que verdaderamente utiliza en sus desplazamientos al exterior: el Falcon 7X.

Y es ahí donde Barriga está pifiado, pues resulta que el avión colombiano, si bien es bastante más grande que el Falcon de Correa, en realidad costó bastante menos. Mientras el avión que usa Correa cuesta 54 millones según la Contraloría, el que utiliza Santos costó 40 millones ya que, originalmente su gobierno pagó 29 millones por el artefacto vacío y realizó adecuaciones por 11 millones de dólares. 

Además el tamaño no es la única referencia que importa cuando se trata de gasto público. Hay otro que se llama transparencia y que aparentemente Barriga también ignoró cuando puso su tuit. Mientras la compra del avión que usa Santos fue un proceso cuya información estuvo al alcance de todos, como se ve en la historia que la revista Semana escribió sobre el tema, en el caso del Falcon 7X de Correa ocurrió todo lo contrario: todo el proceso de adquisición fue calificado como secreto. A tal punto que la propia Contraloría del Estado emitió un informe en octubre del 2013 cuestionando esto y recomendando que se publique en el llamado portal de compras públicas.

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Patricio Barriga, el secretario de Comunicación que está convencido de que el tamaño es lo único que importa.

La historia del avión colombiano es, además, algo distinta que la del ecuatoriano y esto es otra cosa que Barriga debió haber estudiado antes de ponerse a tuitear  para decir que si el avión es pequeño necesariamente tiene que ser más barato.  Según una nota de la revista Semana, la historia del avión que utiliza Santos arranca en el año 2002 cuando el Consejo Nacional de Política Económica y Social aprobó la compra de un avión presidencial para ese país. En mayo del 2003, un par de incidentes con el Fokker que usaba la Presidencia hizo que la compra del nuevo avión se acelerara.

En ese entonces, la Presidencia de Colombia pidió que se compre un avión en buen estado y que sirviera para aterrizar en el mayor número de aeropuertos del país. Además, solicitó que la compra sea en una negociación de gobierno a gobierno para evitar gastos en comisiones, pues la estrechez económica que en ese entonces pasaba el fisco colombiano obligaba a ser austero. Es decir querían algo bueno, bonito y barato.

Luego de ver algunas opciones, se decidió comprar un Boeing BBJ-737 que el gobierno de los EE.UU. ofrecía por 29 millones. El artefacto, si bien era de 1999, apenas tenía 22 horas de vuelo pues la empresa que había sido dueña antes lo dejó de usar por los problemas suscitados tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001. Era algo así como conseguir un carro modelo 99 a precio de usado, pero con solo 200 kilómetros de uso, según el relato de Semana. El gobierno encargó a la aerolínea estatal Satena, la TAME colombiana, a conseguir un crédito para hacer la compra. La aerolínea hizo una invitación pública a entidades financieras nacionales e internacionales para poder escoger la mejor oferta. Finalmente Satena escogió al grupo Aval, entre 10 propuestas, porque al endeudarse en pesos eliminaba el riesgo de las fluctuaciones del dólar. Es decir hasta el financiamiento fue hecho de forma pública.

Finalmente en julio del 2015 llegó al avión a Colombia.

La historia del Falcon 7X, mucho más pequeño, es distinta.  Para comenzar cuesta al menos 10 millones más que el colombiano y es mucho más pequeño, lo cual abona muy poco a la tesis de Barriga de que la austeridad viene por el tamaño. Además, según las especificaciones pedidas por la Presidencia del Ecuador, el Falcon tiene capacidad para 14 personas mientras que el de Colombia para 55.

El Falcon 7X  fue comprado en el 2013 y se sumó al “Legacy” de fabricación brasilera que ya usaba la Presidencia. Se trata de un jet de negocios para viajes de largo alcance, desarrollado por la empresa francesa Dassault Aviation. Es uno de los primeros aviones que tienen sistema Fly By Wire (pilotaje por cable),  alcance de 11.000 kilómetros y tres motores. Además, puede evitar escalas en vuelos internacionales, durante viajes al exterior como Europa o Asia.

Como su capacidad es para apenas 14 personas, porque así se lo encargó a la firma constructora, en varios desplazamientos de Correa al exterior se ha decidido llevar otro avión para los funcionarios y  las comitivas. Por lo general se llevaba algún avión de la flota de TAME.  Es decir lo chiquito no necesariamente es austeridad, como pretende convencer Barriga.  No solo que hay que pagar a TAME sino que esa empresa se queda con un avión menos para sus operaciones cada vez que Correa decide viajar con uno de ellos. Quizá el único punto a favor del tamaño, en este caso, es el posible menor consumo de un Falcon 7X comparado con el Boeing 737.

Para comprar al Falcon que usa Correa, el Ministerio de Finanzas aprobó un financiamiento de 50 millones de dólares que constan en la partida presupuestaria MINFIN-DM-2013-0397. Sin embargo, en el tema del precio no hay una cifra única.  Mientras en el proyecto original se estimaba que el costo total sería de 52’690 020 hay otros documentos que hablan de un precio más alto. En el informe de la Contraloría se observa que el Ministerio de Finanzas  canceló 49′ 712 602 a lo que se sumó otros 4′ 369 301 que el  Grupo de Transporte Aéreo Especial de la Fuerza Aérea se comprometió a cancelar a la firma fabricante para servicios de mantenimiento.  Es decir que, si uno se guía por el documento de la Contraloría, el aparato al que tanto se ha defendido terminó costando 54’081.903 dólares. El de Santos, 40 millones de dólares con mantenimiento incluido.

Curiosamente, el primer vuelo hecho por Correa en ese avión fue en noviembre del 2013 a Ipiales, Colombia, para tener un encuentro con Juan Manuel Santos.

Aclaración: varios lectores han observado que el avión de la foto es el Legacy 600 de fabricación brasileña y no el Falcon 7X  que es el que Correa utiliza en la mayoría de sus desplazamientos internacionales y muchos de los nacionales. El Legacy 600 costó 28 millones de dólares sin contar con el mantenimiento y otros gastos, según información oficial. Así en realidad, el presidente Correa tiene dos aviones cuyos costos suman 82 millones de dólares. Es decir el doble de lo que Colombia pagó por su avión presidencial.

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