Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Fidel Castro

Correa es el perfecto mamerto latinoamericano

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Rafael Correa siente que el tiempo con poder, ese tiempo de boato monárquico e impunidad total, se escurre irremediablemente entre sus dedos. Le quedan 11 días y es inocultable que macera, como diría Borges, la nostalgia del presente: suspira, se le va la mirada, brega con él, pecho adentro, para evitar que le quiebre la voz cuando evoca que hizo el último gabinete itinerante, el 122, y que esta sabatina, en Jaramijó, es la penúltima, la 522.

Correa sabe que el 24 de Mayo es el fin del reinado. Un anomalía sin duda para él que ha venido trabajando, en forma incansable y sistemática, su entrada en la historia. Con H. No hay sábado que no sume conscientemente páginas, discursos, canciones, videos, viajes, proezas, encuentros, estadísticas, anécdotas a la biografía de ese ser épico –él– del cual habla en tercera persona.
Es dramático ver cómo, sin recato alguno, se pone en escena en videos en los cuales gente sencilla y beneficiada con alguna obra hecha con dinero de los contribuyentes, le agradecen, le dicen cuánto lo admiran, lo ponen en un altar. Es aparatoso ver cada sábado funcionarios del Estado –tipo Gabriela Rivadeneira y Guillaume Long– disfrazados de cheerleaders sumisos y vasallos del jefe. No hay duda: Correa se ama y convirtió el poder en empresa de narcisismo patológico. Ahora se ha hecho un museo y, con grandilocuencia artificiosa, se dice el líder de una leyenda.

Nada ha dejado al azar. Lo hizo entender este sábado al explicar por qué hizo el último viaje, como Presidente, a Cuba. Era la mejor forma –dijo– de terminar estos diez años. Y, claro, si se tratara de un curso de maternal sería hermoso poder creer las maravillas que cuenta sobre Cuba. Dice que Raúl Castro, jefe de la represión interna cuando su hermano reinaba como emperador absoluto, es un ser afable, cariñoso, solidario. Habla de los revolucionarios que lucharon contra Batista, pero nada dice de la dictadura que hay en Cuba desde 1959. Visita la cárcel donde estuvieron los revolucionarios, pero nada dice de los fusilados por los castristas y de sus cárceles.  Y a medida que habla, Correa se pinta solo como el perfecto mamerto latinoamericano. Un caudillo autoritario que no es comunista, pero a quien le resulta cómodo decirse de izquierda y enemigo del imperio: así se otorga un diploma para pasar por demócrata, concentrar todos los poderes, declarar superado a Montesquieu, convertir la salud y la educación en coartada para poder violar los derechos civiles y políticos de aquellos que no piensan como el partido y eternizarse en el poder.

Si ese modelo no hubiera hecho su tiempo, si esas dictaduras no hubieran sido económicamente un fracaso y políticamente una aberración, Correa podría seguir contando a los niños del Ecuador la fábula del buen Fidel y la ternura infinita del Che Guevara. Pero si Correa va a Cuba no es solo para decir que ese es el modelo político de su predilección. Es para decir que él se apoyó –como lo dijo hoy en la sabatina– en los hombros de lo gigantes. ¿De quiénes? Los nombró: Bolívar, Alfaro, José Marti, el Che Guevara, los corruptos Kitchner y Chávez y, por supuesto, Fidel Castro. Y apoyarse en ellos significa hacer parte del club. Es su forma de decirse prócer, gigante de los Andes… un héroe épico y fuera de serie.

Y mientras está en eso, escribiendo con los ojos abiertos su propia biografía en las grandes páginas de la historia, cuenta que en Cuba lo aman. Lo aman tanto que después de ir a almorzar en el Centro Histórico de la Habana, se regó el cuento de que él, Rafael Correa, estaba por ahí y espontáneamente miles de personas salieron a aclamarlo. Como si en la Cuba de Castro esos gestos políticos pudieran ser espontáneos. Como si ese régimen no tuviera todo calculado: incluso que Raúl Castro lo despida en el aeropuerto.

Pero eso es Correa: un narciso que se da cuerda. Que tiene ahí, al lado, a Guillaume Long para decirle que sí, que la dictadura cubana le ama, porque él ha defendido a esa dictadura que convirtió esa isla en cárcel desde hace 58 años. Una dictadura que le otorga un honoris causa, el 14 en la lista, por los servicios prestados a la lucha antiimperialista. Y Correa juega a creer que no es por eso que le dieron ese diploma que recibió con una charla magistral que, según el video que proyectó, fue una sabatina más.

04:10 duró ese penúltimo enlace dedicado a hablar de él y a derramar odio, porque Correa no sabe hacer política de otra forma. 04:10 en las cuales se entendió que su modelo político –el cubano– tuvo una talanquera enorme: la prensa. Correa aún hoy no entiende por qué su verdad no es la verdad de todo el mundo. ¡Eso seguramente hubiera facilitado –y tanto– su biografía! Tener propagandistas como los de los medios oficiales –que ahora convirtió en héroes– es su sueño no cumplido. Por eso cuando dice “gente informada” se entiende “gente adoctrinada”. Por eso dice que la prensa no-dependiente-de-él es el mayor peligro que hay para la democracia como él la entiende.

Correa tiene la razón: hoy, sábado 13 de Mayo, quedó claro que él es el perfecto mamerto latinoamericano.  Tiene razón de decir que, ante esa nostalgia evidente que lo embarga por las dictaduras integrales, él no pudo, en estos diez años, imponer su verdad como única. Tiene razón de odiar a los medios que no pudo controlar y que para él son los causantes de que la mitad del Ecuador no votara por su candidato. Se entiende que entrar así a la historia, que lo obsesiona, al lado de caudillos y dictadores, es menos glamuroso de lo que pensó.

Foto: Presidencia de la República. 

El mea culpa de Fidel Castro sobre los gays fue tibio y tardío

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Aunque llegó decir que asumía su responsabilidad, Fidel Castro nunca pidió perdón por la persecución que hubo en contra de los homosexuales durante los primeros años de la revolución cubana. En tres entrevistas en las que habló sobre el tema, Castro lamentó lo que ocurrió con los homosexuales pero siempre aseguró que él nunca tuvo nada personal en contra de ellos. En las tres ocasiones presentó el tema como si el tema hubiera estado fuera de su control o si se hubiera producido en contra de su voluntad.

Hay evidencias que indican que aquello no es cierto y que Castro, en efecto, condenó, se burló y criminalizó a los homosexuales en los años 60 y 70. Además, que la persecución fue una política de Estado que no pudo haberse realizado sin su consentimiento.

Una de las primeras declaraciones que se tiene registrado de Castro en las que dice haber lamentado la homofobia que hubo en Cuba fue en 1992 durante una entrevista con el nicaraguënse Tomas Borge. “Yo, personalmente (…) no padezco de ese tipo de fobia contra los homosexuales. Realmente, en mi mente nunca ha estado eso y jamás he sido partidario, ni he promovido, ni he apoyado, políticas contra los homosexuales. Eso correspondió, yo diría, a una etapa determinada y está asociado mucho con esa cosa del machismo”.

Años más tarde, en una entrevista con el diario mexicano La Jornada en el 2010 y luego en otra con Ignacio Ramonet, de Le Monde Diplomatique, en el 2015, Castro insistió en que lamentaba lo que había ocurrido en la Cuba con los homosexuales, a quienes no solo se los perseguía sino que se les llegó a recluir en campos de concentración donde se suponía iban a ser “reeducados”. “Es cierto que en esos momentos no me podía ocupar de ese asunto… Me encontraba inmerso, principalmente, de la Crisis de Octubre, de la guerra, de las cuestiones políticas…”, dijo Castro a La Jornada no sin antes asegurar que “si alguien es responsable, soy yo”.

Cuando Ramonet lo entrevistó para su posterior libro 100 horas con Fidel, Castro dijo lo siguiente:Yo ahora no voy a defenderme de esas cosas, la parte de responsabilidad que me corresponda la asumo. Ciertamente yo tenía otros conceptos con relación a ese problema. Yo tenía opiniones, y más bien me oponía y me habría opuesto siempre a cualquier abuso, a cualquier discriminación, porque en aquella sociedad había muchos prejuicios. Sufrimientos de familias. Ciertamente los homosexuales eran víctimas de discriminación, En otros lugares mucho más que aquí, pero sí eran, en Cuba, víctimas de discriminación, v, afortunadamente, una población mucho más culta, más preparada ha ido superando esos prejuicios”.

En las tres entrevistas Castro asume una responsabilidad distante propia del líder que asegura que no puede ocuparse de todos los asuntos de un proceso político. Según el Castro que lamenta lo ocurrido, todo fue producto de situaciones que estuvieron por fuera de su control.

Sin embargo, hay evidencias históricas que permiten ver que Castro sí mantuvo  una posición agresivamente homofóbica y que no es cierto que la persecución a los homosexuales haya sido una simple consecuencia de la cultura machista cubana o del supuesto estado de guerra que mantenía la revolución con enemigos externos.

Quizá la prueba más contundente y más recordada es el discurso que Castro dio el 13 de marzo de 1963 cuando se conmemoraba el sexto aniversario del asalto al palacio presidencial. En ese discurso, Castro no solo que habló despectivamente de los homosexuales sino que llamó a cualquier conducta homosexual como enemiga de la  revolución. Incluso llegó a sugerir que la homosexualidad era una desviación burguesa porque, según sus conclusiones, en el campo eso no se ha visto.

Aquí el fragmento de aquel famoso discurso:

“Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos; algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas”, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre.

“Que no confundan la serenidad de la Revolución y la ecuanimidad de la Revolución con debilidades de la Revolución.  Porque nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (APLAUSOS).  La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones.

“¿Jovencitos aspirantes a eso?  ¡No!  ‘Arbol que creció torcido…’, ya el remedio no es tan fácil.  No voy a decir que vayamos a aplicar medidas drásticas contra esos árboles torcidos, pero jovencitos aspirantes, ¡no!

“Hay unas cuantas teorías, yo no soy científico, no soy un técnico en esa materia, pero sí observé siempre una cosa:  que el campo no daba ese subproducto.  Siempre observé eso, y siempre lo tengo muy presente.

“Estoy seguro de que independientemente de cualquier teoría y de las investigaciones de la medicina, entiendo que hay mucho de ambiente, mucho de ambiente y de reblandecimiento en ese problema.  Pero todos son parientes:  el lumpencito, el vago, el elvispresliano, el “pitusa” (RISAS).

“¿Y qué opinan ustedes, compañeros y compañeras?  ¿Qué opina nuestra juventud fuerte, entusiasta, enérgica, optimista, que lucha por un porvenir, dispuesta a trabajar por ese porvenir y a morir por ese porvenir?  ¿Qué opina de todas esas lacras?”.

El discurso no parece que haya sido una expresión aislada de la homofobia en la Cuba de Castro. En 1965 se crearon las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, una alternativa al servicio militar que agrupaba a religiosos, pacifistas, homosexuales y otros grupos. Se creía que el trabajo y un régimen estricto serviría para ‘rehabilitarlos’. Estos campos serían cerrados tres años después.

Durante los primeros años de los 70 las cosas no cambiaron mucho. En 1971 el Congreso Nacional de Cultura y Educación decidió que no se debía tolerar más a “homosexuales reconocidos” a pesar de su “mérito artístico” por la influencia que podían tener sobre la juventud cubana. Se declaró la homosexualidad como una desviación incompatible con la Revolución. Artistas, maestros o actores gays y lesbianas perdieron sus trabajos. Se echaron a los homosexuales del Partido Comunista. Algunos estudiantes fueron expulsados de la universidad y muchos artistas, como el escritor, Reinaldo Arenas fueron perseguidos. Se prohibió que los gays tuviesen contacto con niños y jóvenes o que pudieran representar al país.

Pero en 1975 el Tribunal Supremo Popular anuló las leyes que ordenaban excluir a los homosexuales de los empleos vinculados con la educación y la cultura.  En 1976 incluso se creó una comisión para la investigación de la homosexualidad que culminó con la despenalización de las relaciones entre personas del mismo sexo en 1979.

Actualmente en Cuba no se persigue a los gays. De la mano de Mariela Castro, hija del presidente Raúl Castro y directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), desde 2008 el Estado financia las operaciones de cambio de sexo.

Lo que queda en evidencia es, sin embargo, que cuando Castro confesó lamentar todo lo ocurrido, no reconoció que él fue uno de los más agudos y agresivos portavoces de la homofobia revolucionaria. El reconocimiento que hizo ya en el cenit de su vida fue esquivo y tibio, sin duda.

Castro (en la realidad) amaba a los gringos

en Caricaturas/El Humor/La Info por

Cuba está muy bien: en la propaganda de los Castro y de todos sus fans. Pero en realidad… hasta los Castro saben lo mal que la han dejado tras sesenta años de dictadura. Chamorro trae ese reporte.

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Los castristas o la dignidad de paja

en La Info por

¿Qué entienden por dignidad los castristas que en estos días lamentan la muerte de su comandante? Dignidad es la palabra más repetida en los discursos, en los homenajes, en los mensajes luctuosos que inundan las redes sociales. “El comandante de la dignidad”. Así lo llamó el candidato a la presidencia Lenin Moreno. Exactamente las mismas palabras que usó Nicolás Maduro. Que “recuperó la dignidad” para los pueblos de América, dijo Rafael Correa. Que “nos enseñó a luchar por la dignidad”, escribió Evo Morales. “Ejemplo de dignidad”, repitió Cristina Kirchner. Hasta Michel Bachelet utilizó la palabrita: “un líder por la dignidad”, puso en un tuit. Y el podemita español Pablo Iglesias calificó a Castro como “referente de la dignidad”.

Este concepto de dignidad merece una interpretación. Porque lo primero que puede percibir cualquiera que visite la bellísima pero ruinosa ciudad de La Habana y la recorra sin guardaespaldas ni carros oficiales, por fuera de los circuitos turísticos y en contacto con los ciudadanos comunes y corrientes, es la penosa indignidad en que viven los cubanos. Con un ingreso de treinta dólares mensuales que tratan de redondear vendiendo a los turistas ron, cigarros falsificados o su propio cuerpo. Hacinados en ruinas desprovistas de servicios, en minidepartamentos de gigantescos multifamiliares fríos y sin alma o directamente en precarias chabolas, donde ven pasar los días en medio de la invariable abulia con que contempla su vida quien sabe que no puede hacer absolutamente nada  para mejorarla. Indignidad que hiere.

Hay que conocer Centro Habana. Todos los cuadros políticos del castrismo continental pasan por sus bordes cuando, en un Chevrolet del 57 o en una limosina del Partido, recorren el magnífico malecón habanero desde El Vedado, donde se hospedan en hoteles de cinco estrellas, hasta La Habana Vieja, donde se divierten. ¿Se han adentrado alguna vez en sus calles? Ahí, en ese enorme distrito que alguna vez, cuando surgió a finales del siglo XIX, fue un barrio de clase media, en esas arruinadas, tambaleantes casas de tres y cuatro plantas que no han recibido mantenimiento en cincuenta años y amenazan con derrumbarse (de hecho lo hacen, casi a semana seguida), ahí deberían hablar de dignidad los dirigentes castristas de América y España. Ahí, en esas casas donde surgieron las dignísimas barbacoas, como llaman los habaneros a esos altillos de madera improvisados para aprovechar la altura de los tumbados, de modo que donde hay un piso ellos sacan dos, para hacinarse más y mejor. El único problema de una barbacoa es que a sus ocupantes les toca entrar (les toca vivir) agachados, pero es lo que hay. ¿Han ido Fander Falconí, Guillaume Long, Virgilio Hernández, Pabel Muñoz, todos aquellos que hoy ensalzan la dignidad de su comandante en el Twitter, a conocer las barbacoas cuando visitan La Habana? ¿Han ido a La Timba, a La Lisa, a El Fanguito? Porque entre los mojitos del Hotel Nacional y los daiquiris del Floridita, entre El Tropicana y la calle Obispo hablar de dignidad es fácil.

Cuando los castristas mencionan la palabra dignidad con voz temblorosa y aliento entrecortado no se refieren a ninguna de estas cosas concretas en torno a las cuales se edifica la vida cotidiana y real de las personas reales. Como vivir agachados, por ejemplo. No. Cuando los castristas hablan de dignidad no están pensando en persona real alguna; están pensando en el altar de la patria, en los fastos de la historia, en todas esas entelequias que forman parte de la religión que quieren imponer a patadas a sus pueblos. La dignidad, para ellos, es una figura retórica hecha para el mármol, una placa en la pared, un saludo a la bandera. En realidad es una dignidad de paja. Es nada.

Discursos, homenajes, mensajes luctuosos en las redes sociales… Todo lo que en estos días se dice y se ha dicho a favor del dictador que ha muerto sólo se puede justificar en el contexto de esa creencia religiosa. “Religión secular”, diría Raymond Aron, quien aplicó ese término por igual a fascismo y comunismo. Se trata de una visión trascendental y, en consecuencia, metafísica de la historia que consiste en adjudicarle un camino predeterminado y ascendente cuyas etapas están inscritas en piedra desde los orígenes del tiempo y ellos –nomás ellos, poseedores de la llave de la sabiduría– conocen de antemano. Vanidosos fanáticos y delirantes. Como Calvino o Savonarola. Gente peligrosa.

Gente peligrosa respaldada por gente cándida capaz de tragarse toda su prédica porque encuentra en ella una apreciable ventaja: esa prédica les organiza el mundo y los releva de pensar por cuenta propia. Y no tener que pensar por cuenta propia resulta muy cómodo. “Nuestra tarea como intelectuales –dijo una vez el podemita Juan Carlos Monedero en Caracas– es pensar el pensamiento del comandante Chávez”. Pues eso. Triste tarea para un intelectual pensar el pensamiento de otro, que es como no pensar. Y triste manera la de Monedero de reconocerse tan superfluo. Uno revisa los discursos, homenajes y mensajes luctuosos en las redes sociales estos días y encuentra lo mismo: gente experimentando el placer orgásmico que les produce no pensar. Gente repitiendo la misma retórica y las mismas consignas que sus guías espirituales (quienes también tuvieron alguien que pensara por ellos) vienen repitiendo desde los años setenta.

Aquí el que pensaba por todos era el Comandante. Otra palabra favorita de los castristas: Comandante. Así, con mayúscula. Se llenan la boca con ella. Comandante de la libertad, dicen. Comandante de los pueblos. Comandante de América. Comandante de todos los tiempos. Comandante de comandantes (porque hay otros). Comandante de los oprimidos. Comandante de las ideas. Comandante por aquí, comandante por allá. Les encanta. La palabra Comandante los identifica, los refrenda, los acredita. Pero también, mal que les pese, los pone en evidencia. Porque no hay comandantes supremos en las democracias. Un ciudadano libre no necesita de ninguno. Un ciudadano libre no puede reconocer, como hacen los castristas, la autoridad de un comandante sin rendir a cambio su albedrío y su soberanía, su derecho a pensar por cuenta propia, a decidir por cuenta propia, a disentir por cuenta propia. Su derecho a la dignidad, en suma. A la de verdad, no a la de paja. Pero los castristas han renunciado a todo eso.

Los horrores de 57 años de castrismo están más que documentados: los campos de concentración para homosexuales y disidentes; la imposición de un pensamiento único con penas de silencio y escarnio público para los inconformes; el caso Padilla; el caso Valladares; el caso Reinaldo Arenas; los fusilamientos; las persecuciones; las prohibiciones; las cárceles repletas de prisioneros políticos; la instauración de una sociedad policial donde el vecino desconfía del vecino, porque lo vigila y lo delata. ¿Hay algo peor que se le pueda hacer a un pueblo? ¿Tiene algo de digno? A estas alturas del siglo XXI ya nadie puede decir que esas barbaridades son mentiras, como se hacía en tiempos de guerra fría. Ya nadie puede atribuírselas a las turbias maquinaciones desestabilizadoras de la CIA. Ahora los castristas hacen algo peor: las justifican. En otras palabras: era una atrocidad y un crimen contra la humanidad que Pinochet y Videla violaran los derechos humanos en el Cono Sur, pero no está del todo mal que los hermanos Castro los violen en Cuba.

Este doble rasero es el peor y más extremo ejemplo de deshonestidad intelectual que pueda encontrarse. ¿Cuál es su argumento? El mismo que sirvió para condenar a Padilla, a Arenas, a Valladares: el ideal sublime de una sociedad sin clases; la historia, cuyo fin último ellos conocen de antemano. ¿Cuántos tuits no circulan en estos días justificando la represión y los fusilamientos en nombre de las ideas y de la historia?

“Matar a un hombre no es defender una idea, es matar a un hombre”, escribió Sebastián Castelio en el primer tratado sobre la tolerancia de la edad moderna. Todavía en pleno siglo XXI hace falta repetir estas lecciones del siglo XVI. Los castristas creen (y esto es lo que fue a decir con toda su jeta el canciller mamerto Guillaume Long ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, nada menos) que mientras ellos edifican (supuestamente) su sociedad equitativa y sin clases, están autorizados para violar los derechos humanos si eso les facilita su noble tarea. Que mientras construyen la igualdad, inspirados en sublimes ideas, la libertad puede quedar indefinidamente postergada. Cuba, precisamente la Cuba de Castro, es una demostración ensordecedora de que la igualdad, en un régimen de privación de derechos, nunca acaba de construirse; al contrario, se aleja cada día más. O sea que la libertad no llega nunca. O tarda más de sesenta años, que para tres generaciones es nunca.

¿Que sus ideales son muy nobles? ¿Que su proyecto es humanista? Alguna vez Raymond Aron, que vivió los tiempos de Hitler y Stalin, se preguntaba sobre la diferencia entre fascismo y comunismo, dos religiones seculares del siglo XX. Y se respondía: la diferencia está en que los crímenes del fascismo ponen en práctica el proyecto fascista, mientras los crímenes del comunismo no ponen en práctica el proyecto comunista, hacen algo peor: lo traicionan. Al final de su vida, Aron corrigió esa tesis: no –dijo–, el proyecto comunista, las sublimes ideas y los nobles propósitos igualitarios, no son sublimes ni son nobles ni son nada. Son puro camuflaje.

Foto: ¿El Guayaquil de Nebot? No, la Cuba de Castro. Barrio El Fanguito, La Habana.

Castro justificó en Guayaquil el asesinato político

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Justificar la muerte de un ser humano en nombre de una causa superior a la vida de una persona es algo común a muchos revolucionarios. Alcanzar la revolución o defenderla siempre fue motivo suficiente para ajusticiar a una persona. Así pensaron Lenin, Stalin, Mao Zedong, Fidel Castro, el Che Guevara o Pol Pot.

Han habido también quienes han formulado exactamente la misma justificación bajo el supuesto de salvar a las sociedades de ciertas amenazas ideológicas. En ese caso están Franco, Hitler, Pinochet, Videla…  Todos han creído por igual que la vida de un ser humano vale menos que sus causas, promocionadas como superiores, y por eso su paso por el poder terminó en genocidios.

Lo que llama la atención es que uno de estos personajes haya hecho la apología del asesinato revolucionario en el Ecuador y que lo haya hecho públicamente durante un discurso. Ocurrió en 1971 en Guayaquil y el personaje fue Fidel Castro, el gigante del siglo XX como lo llamó el presidente Rafael Correa o el hombre que enseñó lo que es la libertad y la soberanía, como dijo Ernesto Samper, secretario de Unasur.

Castro se hallaba de paso en el Ecuador invitado por el entonces presidente José María Velasco Ibarra y de regreso de Santiago, donde Salvador Allende había sido elegido presidente de Chile. Luego de su encuentro con Velasco Ibarra, Castro pronunció un discurso en el que trazó las líneas ideológicas según las cuales se justifica asesinar a una persona. De la lectura del discurso y de las crónicas que se han escrito sobre el encuentro, se colige que Velasco Ibarra pidió a Castro que explique los fusilamientos ocurridos en Cuba desde 1959, año en que triunfó la revolución cubana. Según Castro no se sacrificó la vida de un solo ser humano que valiera la pena. No fusiló a pobres ni a gente honrada. Se fusiló a asesinos y “no nos arrepentimos de nada”, dijo entonces Castro.

Aquí reproducimos la parte del discurso en el que Castro habló de los fusilamientos en Cuba:

“No tenemos ni la más remota intención de negar que en nuestro país los tribunales revolucionarios han fusilado. No tenemos la menor intención siquiera de expresar el menor arrepentimiento, ni rehuir el menor átomo de responsabilidad por lo que nuestro pueblo, en defensa de su soberanía y de su vida, se vio en la necesidad de hacer.

“Se contó la historia de los hombres que fueron pasados por las armas. Pero no eran humildes obreros, no eran campesinos sin tierras, no eran limosneros, no eran santos, no eran sacerdotes, no eran hombres honrados. Eran sencillamente asesinos y asesinos además de la peor especie, que en determinado momento de lucha, durante siete años de combate contra la tiranía batistiana, cometieron las más incalificables fechorías; asesinatos en ocasiones masivos, de 60 y 70 personas; asesinatos de hombres, de mujeres, de niños, de madres; que quemaron decenas y decenas de miles de casas y, en ocasiones, las quemaron con sus moradores dentro de ellas.

“Y no solo eso, no solo fue necesario ajustar cuentas que demandaba el pueblo, porque nosotros dijimos siempre al pueblo:  no queremos venganza, no queremos hombres arrastrados por las calles, no queremos desórdenes, porque los culpables de los desórdenes, los culpables de las vindictas populares son los que preconizan el asesinato y el crimen.  Y nosotros le decíamos al pueblo:  Habrá justicia, por eso no queremos venganza. Y le pedimos al pueblo: cuando la Revolución triunfe, no queremos una casa saqueada, no queremos un hombre ajusticiado por la mano popular, sin juicio, sin pruebas.

“Y desde la guerra ya se establecieron las leyes revolucionarias en virtud de las cuales serían sancionados los asesinos.

“Pero se fusiló no solo a los esbirros de aquella guerra. Nuestro país siguió en guerra durante muchos años. Nuestro país todavía está virtualmente en guerra. Cuando triunfa la Revolución, comenzó entonces otra forma de guerra —experiencias que ha vivido Cuba—:  cientos de infiltraciones de armas y de agentes y espías organizados, entrenados y armados por la CIA; cientos de lanzamientos de armas en paracaídas; organización de bandas armadas contrarrevolucionarias en todas las provincias del país; organización, entrenamiento y planeamiento de ataques exteriores desde bases en Centroamérica, Guatemala, Nicaragua; ataque a nuestra patria con aviones disfrazados con las insignias cubanas, B-26 cargados de bombas que llevaban la bandera cubana pintada en sus alas y en su cola”.

Para ahondar en sus justificativos, Castro entonces recurrió a la historia y puso de ejemplo a Simón Bolívar. Como seguramente Velasco Ibarra habló durante el encuentro del Libertador, Castro dijo: “El Presidente recordaba algunos antecedentes de las luchas por la independencia. Recordaba las luchas de Bolívar. Mientras él hablaba, nosotros recordábamos aquel famoso decreto de guerra a muerte, de guerra total, que llegaba tan lejos como para decir: ‘Españoles, contad con la muerte. Venezolanos, contad con la vida aunque seáis culpable.’ En aquella lucha dura, a muerte, por la independencia, los próceres llegaron mucho más lejos: llegaron prácticamente a sancionar la nacionalidad; era una lucha a muerte”.

Más adelante, Castro empezó a hablar de lo que él consideraba las perversidades del capitalismo, como torturar a una persona que no puede comprar algo con publicidad de determinados productos o alimentar a los niños que mueren de hambre. Para él, esos son los verdaderos crímenes y no los que se cometen en nombre de la revolución cuando se mata a alguien.

“Y eso sí es crimen. De eso es de lo que hay que hablar y no de la justicia revolucionaria que pretende castigar a los que, por defender eso, asesinan y matan sin piedad.  Asesinos despiadados son los responsables de las muertes de ese millón de niños en nuestros pueblos.  Asesinos despiadados son los responsables de las pérdidas de tantas vidas humanas.  Asesinos despiadados son los que reducen la vida del hombre a la mitad:  porque cuando se compara el promedio de vida del país desarrollado, es de 60, 70, y en los otros, 30, 35, 40.  Esos sí son sanguinarios.  Esos sí son asesinos. Esos sí son desalmados”.

Según Cuba Archive, desde el triunfo de Castro 5 600 personas han sido ejecutadas en paredones castristas de fusilamiento y unas 1 200 han sido asesinadas extrajudicialmente. Asesinar a una persona, en nombre de una ideología, no es proteger una causa superior: es asesinar una persona. Lo dijo Castellio a Calvino en el siglo XVI y sigue siendo de una dramática actualidad.

Foto archivo del diario El Universo

Correa rinde homenaje a Castro, aliado del peor genocida de América

en La Info por

La izquierda ecuatoriana, al igual que su matriz latinoamericana, siempre que quiere deslegitimar a sus contradictores políticos los asocia con el imperialismo yanqui o cualquier dictadura de derecha. Nada mejor para el perfecto mamerto latinoamericano que acusar a sus enemigos de agentes yanquis o de haber tenido algún vínculo con las dictadoras militares del cono sur. Hace poco el gobierno ecuatoriano, a través de la cadena venezolana Telesur, difundió un documental en el que se acusaba de agentes de la CIA a periodistas críticos; entre ellos a 4Pelagatos. Rafael Correa en una de sus sabatinas deslegitimó al ex canciller José Ayala Lasso por haber escrito una columna en que lo criticaba: lo acusó de haber recibido una condecoración de la dictadura argentina.

Pero ¿qué pasa si alguien como Fidel Castro hace una alianza con Rafael Videla el mayor genocida de América Latina, como lo calificó Correa en su sabatina? Nada. Silencio absoluto o, a lo más, una justificación apelando al pragmatismo. Pues resulta que Fidel Castro, el gigante del que habló Rafael Correa y el mayor líder del siglo XX como lo han ponderado los jerarcas de la revolución ciudadana, fue un excelente aliado de la dictadura argentina. Sí, el mismo líder inmenso y extraordinario, ensalzado luego de su muerte por Correa y sus funcionarios, hizo lo mismo que hubiera hecho cualquier cerdo derechista: establecer alianzas y acuerdos con las más sanguinarias y repugnantes dictaduras de extrema derecha.

Según documentos desclasificados a finales del 2014 por la Cancillería argentina en la página web Desclasificación, resulta que Castro y Videla mantuvieron una estrecha colaboración. La mayoría de estos documentos están firmados por el embajador argentino Raúl Medina Muñoz y se refieren, sobre todo, al apoyo de Jorge Videla a Fidel Castro en la ONU para que Cuba ingrese al Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A cambio, La Habana apoyó a Argentina para que fuese reelegida en el Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC).

Esta es una de las razones por las cuales Cuba nunca alzó su voz contra la guerra sucia en la cual la dictadura de Videla secuestró y desapareció a opositores de izquierda, arrojándolos vivos al mar. Estas operaciones se conocieron como los ‘vuelos de la muerte’. Los representantes de Castro en el Comité de Derechos Humanos de la ONU, con sede en Ginebra, jamás votaron las resoluciones de denuncia a la dictadura de Videla. Y los argentinos devolvieron la gentileza absteniéndose de votar contra Cuba.

Las relaciones pragmáticas de Castro con otras dictaduras de extrema derecha no se quedan ahí.  Con el español Francisco Franco también tuvo relaciones privilegiadas. Tanto así que cuando falleció el siniestro dictador español, la agencia EFE en La Habana envió un despacho que decía: “Pocas horas después de conocerse la muerte del general Franco, el gobierno revolucionario de Cuba decretó luto oficial por tres días”. Aunque Castro criticó al régimen franquista, nunca se refirió en tono negativo a Franco. Muchos historiadores sostienen que ese vínculo se produjo por la ascendencia gallega de ambos y por el ánimo anti estadounidense que los animaba. En 1985 cuando El País de España entrevistó a Castro, esté dijo: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba“.

De ese pragmatismo castrista fue víctima incluso el gobierno de Rafael Correa.  Ahora  parece haber olvidado la posición que tomó Cuba tras el ataque colombiano en la frontera, en 2008, destinado a dar muerte  al jefe guerrillero Raúl Reyes. Según un cable del Departamento de Estado filtrado por Wikileaks, el gobierno de Cuba nunca quiso solidarizarse con el Ecuador ni tomar partido en contra del gobierno de Álvaro Uribe. Según el cable 150081, la diplomacia de los EEUU elaboró un informe basado en el testimonio de un embajador colombiano en La Habana. En él se explica la negativa del gobierno de Raúl Castro a solidarizarse con el Ecuador y la preferencia que dio a mantener buenas relaciones con el gobierno colombiano de Álvaro Uribe. El documento revela que este comportamiento del gobierno de Cuba se mantuvo a pesar de los insistentes pedido de Ecuador para  que tome una posición a favor de la tesis ecuatoriana. Incluso, asegura que el Embajador ecuatoriano en La Habana pidió explicaciones de a los cubanos siguiendo instrucciones de la Cancillería en Quito.

Rafael Correa y parte del gobierno ofrecieron hoy un minuto de silencio en homenaje al dictador cubano. Rindieron homenaje a un hombre que no tuvo empacho en tejer acuerdos diplomáticos con “el mayor genocida de América Latina”, según los cuales Cuba se comprometía a nunca protestar por las violaciones a los derechos humanos de miles de argentinos. Fidel Castro, a quien Correa calificó de gigante, es el mismo que persiguió inhumanamente a los homosexuales de su isla y encarceló o pasó por las armas a miles de disidentes con su gobierno.

Fidel Castro fue aliado de Videla y sentía gran simpatía por Francisco Franco:  Correa siente gran admiración por Castro. El autoritarismo teje redes de solidaridad indistintamente del signo ideológico y considera que el pragmatismo está por encima de valores democráticos y derechos humanos.

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