Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Gabriela Rivadeneira

La caída de Glas está programada

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Muy pocos tienen respuestas a estas tres preguntas: ¿Cuál es el modelo ideológico, político y económico de Lenín Moreno? Fuera del primer anillo que lo rodea, en el que están muy pocos colaboradores, raros son aquellos que saben hacia dónde realmente irá Ecuador en sus manos. Lo único que cercanos suyos transmiten, como certezas, es que Moreno está tranquilo, se ha hecho un poco más pensante y está dichoso de ser tan popular, según dicen las encuestadoras que ahora trabajan para él.

Moreno está contento porque lo primero, en su agenda, era legitimar su Presidencia y generar un ambiente diferente en el país. Son cosas hechas. El resto vendrá, como vendrá la proforma presupuestaria o el plan económico. Pero el resto tiene tiempos, requiere circunstancias y, sobre todo, está supeditado a un protagonista de excepción: el vicepresidente. La convicción que ronda en el gobierno es que él tiene que salir. Y cuanto antes mejor.

Jorge Glas –que no quería ser candidato y cedió, para su desgracia, ante la imposición de Rafael Correa– se convirtió, en esta transición, en el gran divisor de aguas. La guerra que hay en Alianza País, a propósito suyo, no solo concierne su destino personal: en su destino político se juega el futuro inmediato del gobierno de Moreno.

Glas, por la designación que recibió, por el encargo que le hizo Correa, por el cargo que ocupa, encarna –muy a pesar de lo que realmente él es– muchos símbolos para la militancia dura y, al parecer, en decrecimiento del correísmo: la continuidad del proyecto autoritario, la lealtad a Correa, la garantía del statu quo, la impunidad tras diez años de administración opaca. Glas terminó así ostentando el papel de guardián del templo que le disputa Gabriela Rivadeneira.

Quizá por eso pensó que podía  parar la ola que se le vino encima con protección política. La buscó y obtuvo durante más de un año que Correa, la Fiscalía y la Contraloría eludieron el caso Odebrecht. Sin Correa, le tocó agregar una fuerte dosis de cinismo en la Asamblea, que usó para auto-exculparse. Sumó el padrinazgo del aparato político que el Consejo de Administración de la Asamblea, CAL, tradujo evitando que fuera llamado a juicio político. Las cabezas del correísmo también volaron a socorrerlo: Correa, Doris Soliz, Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga…

No obstante, en el oficialismo se sabe que su suerte está echada y que el desenlace es un problema de semanas. Primero, porque esta vez su causa no se juega solamente en la fiscalía ecuatoriana: la información viene de Brasil. Segundo, porque con los días el aparato ha ido haciendo conciencia de que Moreno es el Presidente: el efecto Correa se diluye. Tercero, porque aquellos que nada robaron durante estos diez años, no sienten arrebato alguno por defender a aquellos dedicados a hacer negocios. Glas es –muy a pesar de lo que piense y diga– la línea divisoria entre lo que era Correa –corrupción incluida– y lo que quiere ser Moreno (aunque nadie sepa a ciencia cierta lo que quiere).

La ruptura política de Moreno con Glas no se dará, entonces, en el terreno que quieren los correístas duros: esos supuestos principios y programa político del cual habla Gabriela Rivadeneira con la pasión de una cheerleader con incontinencia verbal. Es inquietante verla recitar, como colegiala, el credo que aprendió de memoria como hizo hoy en Teleamazonas. Su sentido político queda en entredicho cuando se le ve trazar líneas rojas al Presidente de la República y presidente de su partido. Rivadeneira cree que la realidad política se juega en jornadas de catecismo ideológico, programadas para poner en cintura a Moreno. Pues bien: la ruptura Moreno-Glas no se dará en ese terreno. Se dará en el tema de la corrupción. Y así será promocionada por el gobierno. La opinión verá allanamientos de envergadura y acciones de la Fiscalía o de la Contraloría que tornarán insostenible la situación de Glas. Tomilav Topic acaba de producir una: confesó que por cortesía regaló $5,7 millones al tío de Glas. Y Glas volvió a su línea de defensa que, ahora, cuando la plata regalada a su tío ya suma $18,7 millones, luce inconcebible: él no sabía. Él no conocía. El Vicepresidente no explica, y no podrá explicar, por qué ya suman dos empresas que tomaron altos riesgos y delinquieron… solo por regalar plata a su tío.

Ante estas circunstancias, muchos en Alianza País han dejado de creer que la lealtad política incluye defender a JG (como aparece en el teléfono de su tío). O hacer equipo con Marcela Aguiñaga (a quien le endosan, por ejemplo, creerse dueña de la nómina de Corporación Nacional de Electricidad, CNEL). En el fondo, la guerra que se está librando en Alianza País se explica por un arreglo de cuentas que estuvo pendiente durante todo el gobierno de Correa: los ideólogos (muchos de los cuales rodean hoy a Moreno) contra aquellos que usan la política para hacer negocios. Y que los ideólogos perciben no solamente como negociantes sino como corruptos.

Ese arreglo de cuentas se verá –eso se dice– en la lista de casas allanadas y de funcionarios detenidos. Esta es una etapa prevista en el gobierno de Moreno que no responde, hay que subrayarlo, a las tres preguntas iniciales. Pero es una etapa que dividirá, en forma irremediable, su gobierno de la era de Rafael Correa. Y eso está previsto.

Foto: Ecuavisa

Rivadeneira y sus falacias estalinistas para salvar a Lula

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Tal como van las cosas, Gabriela Rivadeneira va a terminar convirtiendo a Alianza País, de la que es su Secretaria Ejecutiva, en un pequeño grupo de rabiosos militantes sin otra referencia ideológica que las manidas frases cliché de la la izquierda de la época de la guerra fría.

Para Rivadeneira, la política se reduce al enfrentamiento que existe entre quienes luchan por los pobres y están alineados con el bien, por un lado, y un complot internacional manejado por el imperialismo y las perversas élites del mundo, por el otro. Con esa mentalidad maniquea de Rivadeneira, Alianza País está condenado al ensimismamiento y al aislamiento político.

Dos hechos recientes ponen el evidencia esta conducta de Rivadeneira: el comunicado en el el cual Alianza País expresa su solidaridad con el ex presidente del Brasil, José Inacio Lula da Silva, condenado a nueve años y seis meses de cárcel y sus más recientes críticas al gobierno de Lenín Moreno por haber dado un viraje completo en la política de comunicación que dejó instalado el gobierno de Rafael Correa.

Rivadeneira, como muchos otros igual que ella entre ellos el ex presidente Rafael Correa, cree a pie juntillas que Lula es víctima de un complot internacional que busca desestabilizar a la izquierda latinoamericana y evitar que vuelva al poder.  Según esta gente este complot tiene dos vértices: la politización de la justicia y el acoso mediático orquestado por las élites. Para Rivadeneira esto es un acto de fe. Para ella no existe posibilidad alguna que Lula haya estado involucrado en actos de corrupción y que los jueces y las investigaciones sobre su vinculación con hechos de corrupción sean ciertos. Este acto no es más que un nuevo capítulo de persecución judicial, comunicacional y política que llevan adelante las élites brasileñas y latinoamericanas, con el único propósito de impedir la participación de Lula como candidato en las elecciones presidenciales del próximo año en Brasil y evitar así una nueva victoria del campo popular en nuestro hermano país”, dice el comunicado de Alianza País que fue redactado bajo el auspicio e inspiración de Rivadeneira. Ribadeneira está convencida (o quiere convencerse) de que la gente de izquierda no puede ser corrupta. Seguramente porque en su simplismo estalinista si un revolucionario como Lula o Correa toman algo que no es debida será por una causa mayor o por el bien común. Para ella, la lucha contra la corrupción, tal y como se la lleva adelante en Brasil es tan solo una maniobra del neoliberalismo que quiere regresar. No hay como doblegarse ha dicho en un blog que tiene en el canal chavista Telesur frente a “quienes hacen de la bandera anticorrupción un caballo de Troya que encierra a oscuros personajes ligados a la corrupción orgánica de las décadas de entrega neoliberal”.

La Secretaria Ejecutiva de Alianza País se cierra a cualquier posible evidencia sobre la corrupción de Lula y otros políticos llamados progresistas. De esa manera no deja espacio para la duda razonable que, incluso simpatizantes de izquierda, puedan tener sobre la honestidad del ex presidente de Brasil y otros líderes regionales. Este manifiesto de Alianza País a favor de Lula se produce, además, cuando en el Ecuador existe una importante expectativa social por el desarrollo de las investigaciones sobre supuestos actos de corrupción que tienen relación con el gobierno de Lula. Así, de un solo tajo, Rivadeneira hace que su movimiento se convierta en sospechoso de complicidad con la corrupción. “Desde el Ecuador, repudiamos enérgicamente la persecución político-judicial motivada por intereses espurios y mezquinos y convocamos a todas las fuerzas progresistas del continente a alzar su voz en defensa de uno de los principales líderes que ha tenido la historia latinoamericana y en defensa de la democracia brasileña”, agrega el comunicado.

Pero para quienes aún entienden la política como lo hace Rivadeneira, no puede haber complot internacional contrarrevolucionario sin la complicidad de los medios de comunicación privados. Precisamente por mantener ese simplismo frente a la política es que Rivadeneira ha decidido criticar a Lenín Moreno por el giro que su gobierno ha tomado frente a los medios de comunicación. Para ella, es inconcebible que Moreno no mire a los medios privados como los principales enemigos de la revolución.  “Todos los gobiernos populares y progresistas de América Latina enfrentaron con mayor o menor éxito un panorama similar de extrema concentración y hostilidad mediáticas. No podemos tomarnos con ligereza una batalla fundamental. No es por capricho que la Revolución Ciudadana dio la batalla comunicacional, como correspondía a un proyecto comprometido con la democratización profunda de la sociedad”, ha escrito en su cuenta de Twitter luego de que se conoció que Moreno había invitado a Carondelet a los dueños de los medios privados y había sacado a las vacas sagradas del correísmo de los medios llamados públicos.

En el blog que mantiene en Telesur, Rivadeneira resume su pensamiento sobre lo que está ocurriendo en la región de esta forma: “sería ingenuo no ver en este asedio mediático-judicial constante a las figuras políticas emblemáticas del gran arco popular y progresista latinoamericano la mano de una derecha que, a nivel continental, opera a través de dos brazos primordiales: los aparatos judiciales y el poder mediático concentrado”.

Con una esa cosmovisión aplicada a Alianza País, lo único que hace Rivadeneira es convertir a ese movimiento en el reducto del correísmo más estalinista, trasnochado y dogmático. ¿No se ha dado cuenta de que las encuestas muestran que el liderazgo conciliador y de tolerancia frente a los medios de Lenín Moreno está teniendo éxito?  ¿No es capaz de darse cuenta que la sociedad estaba hastiada del liderazgo agresivo y de acoso a la prensa de Rafael Correa?

El riesgo de que Gabriela Rivadeneira está el mando de Alianza País es que termine aislando a ese movimiento no solo del gobierno sino de una renovación de idearios indispensable en toda organización política moderna. Bajo un liderazgo que sigue atrapado en la misma paranoia de la izquierda setentera, será muy difícil que el Alianza País pueda convertirse en un laboratorio de pensamiento, como debería ser un partido moderno y, lo más probable, es que termine siendo una central partidista al servicio de los intereses del por ahora ausente Rafael Correa.

Gabriela Rivadeneira está empeñada en convencer a la opinión pública de algo que solo pueden creer los sectores más dogmáticos del correísmo: que la lucha contra la corrupción es una maniobra neoliberal para desestabilizar a los gobiernos progresistas. Se trata de una fórmula forzada y falaz que, para lo único que puede servir, es para curarse en salud.

¿Y vivieron juntos, fueron felices y comieron perdices?

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Los correístas respiran aliviados: les volvió el alma al cuerpo. Se vuelven a decir que están unidos. Que sus dos líderes (Rafael Correa y Lenín Moreno) están juntitos. Que el proyecto revolucionario sigue adelante.
Esta foto, que subió Gabriela Rivadeneira la noche del lunes, en la que aparecen los principales miembros de la nomenclatura correísta con Lenín Moreno (que fue de la nomenclatura pero ahora es Presidente), hizo el efecto de un verdadero exorcismo en los rangos del oficialismo. Si se analizan los comentarios de algunos correístas en las redes sociales, se puede (por contraste) medir la angustia y desazón con que han vivido seguramente desde el mismo 24 de mayo, cuando se posesionó Moreno.

La foto cumple un rol liberador. Y por las características que encierra, por los mensajes que envía, por las lecturas que suscita, evidentemente se trata de una foto montada: es decir, pensada desde las necesidades políticas que tienen aquellos que pidieron la reunión a Lenín Moreno: es una foto estratégica. Primero porque reúne a Moreno con Correa. El expresidente, que sufre de los síndromes de viudez del poder y de abandono, está al lado de Moreno. No está solo. Y no solo está a su lado. Está rodeado de su gente que, a su vez, rodean a Moreno: Jorge Glas, bajo sospecha. Alexis Mera, tan cínico como maquiavélico. Los ñaños Alvarado, tan vivos y tan impresentables. El inefable Ricardo Patiño. Gabriela Rivadeneira, tan inútil y tan grandilocuente. José Serrano, presidente de la Asamblea y un enigma por antonomasia.

La foto está pensada para mostrarlos unidos. Dueños del poder. Parte del mismo equipo. En ese sentido, no es una foto casual. Está pensada estratégicamente por la gente de Correa para ser usada políticamente. En este punto, los correístas de cepa dan siete vueltas a los dos miembros del gabinete que acompañan a Moreno: Paola Pabón y Eduardo Mangas.

Golazo de Correa y de su gente, formadores de este evento político-mediático, si se tiene en cuenta que se publica luego de los tuits de Rafael Correa. Esta foto sirve sus intereses sobre todo en la militancia y el electorado duro que, con perplejidad, empiezan a vislumbrar la doble moral y la corrupción que tuvo lugar en el gobierno de Correa. Rasgos de la revolución que emergen a pesar de la tibieza política de Moreno. Esa foto era necesaria en los rangos correístas, como lo es un dique de emergencia en una inundación. La obtuvieron y la publicaron.

Moreno pierde puntos en la opinión sensata que, por naturaleza, es poco afecta a lecturas semióticas enrevesadas. Esta foto se hizo con su concurso. Y lejos de ayudarle, pone en jaque su voluntad y su decisión de distanciarse de lo peor del correísmo; algunos de cuyos representantes están en esa foto. Los mensajes de fortaleza y unión que allí se leen contravienen su deseo expreso y el de sus estrategas de separar la paja del trigo.
Lunes 12 de junio: Correa 1-Moreno 0.

Es una lectura. Pero obviamente hay más: en el entorno de Moreno se reitera que es un político frío, calculador, que mantiene sus decisiones a pesar y por encima de las eventualidades. Esta reunión –se dice– la pidió Correa y Moreno no podía negarse. Pero se hace hincapié en las rupturas que ha marcado desde el 24 de Mayo y en la que produjo, precisamente, el mismo día de la fotografía: Moreno se reunió con las cúpulas policial y militar y dio un golpe de gracia a un proyecto en el cual Correa invirtió gran capital político: un grupo de protección para personalidades, incluidos el Presidente y el vicepresidente, sin militares y policías. “para mi seguridad personal –les dijo ante Miguel Carvajal, ministro de Defensa– no acudiré a ninguna otra instancia que no sea la de ustedes“. En claro, Moreno sigue su camino y espera que los otros entiendan que ahora es él el Presidente. Él dicta las pautas.

La misma sensación se tiene frente al documento que puso a circular Alianza País anunciando un nuevo proceso de diálogo interno destinado, en última instancia, a “fortalecer la unidad y la lealtad”. Cada bando lo entiende a su manera. La nomenclatura correísta insiste en que Moreno es producto de un proyecto histórico que afronta ahora una nueva etapa. Por eso insisten en la lealtad a lo que hizo Correa y a sus postulados. Del lado de Moreno, se hace hincapié en la nueva etapa definida en el discurso de Moreno del 24 de Mayo en el cual dejó atrás el Socialismo del Siglo XXI y la Revolución Ciudadana. Lealtad con Correa para unos; lealtad a Moreno para los otros. El mano a mano sigue.

En suma, la foto de marras retrata el instante en el cual Correa y los suyos metieron un golazo a Moreno. Los amigos de Moreno no lo creen así e insisten en que hay que seguir viendo el partido. Y evaluarlo en su totalidad.

Correa es el perfecto mamerto latinoamericano

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Rafael Correa siente que el tiempo con poder, ese tiempo de boato monárquico e impunidad total, se escurre irremediablemente entre sus dedos. Le quedan 11 días y es inocultable que macera, como diría Borges, la nostalgia del presente: suspira, se le va la mirada, brega con él, pecho adentro, para evitar que le quiebre la voz cuando evoca que hizo el último gabinete itinerante, el 122, y que esta sabatina, en Jaramijó, es la penúltima, la 522.

Correa sabe que el 24 de Mayo es el fin del reinado. Un anomalía sin duda para él que ha venido trabajando, en forma incansable y sistemática, su entrada en la historia. Con H. No hay sábado que no sume conscientemente páginas, discursos, canciones, videos, viajes, proezas, encuentros, estadísticas, anécdotas a la biografía de ese ser épico –él– del cual habla en tercera persona.
Es dramático ver cómo, sin recato alguno, se pone en escena en videos en los cuales gente sencilla y beneficiada con alguna obra hecha con dinero de los contribuyentes, le agradecen, le dicen cuánto lo admiran, lo ponen en un altar. Es aparatoso ver cada sábado funcionarios del Estado –tipo Gabriela Rivadeneira y Guillaume Long– disfrazados de cheerleaders sumisos y vasallos del jefe. No hay duda: Correa se ama y convirtió el poder en empresa de narcisismo patológico. Ahora se ha hecho un museo y, con grandilocuencia artificiosa, se dice el líder de una leyenda.

Nada ha dejado al azar. Lo hizo entender este sábado al explicar por qué hizo el último viaje, como Presidente, a Cuba. Era la mejor forma –dijo– de terminar estos diez años. Y, claro, si se tratara de un curso de maternal sería hermoso poder creer las maravillas que cuenta sobre Cuba. Dice que Raúl Castro, jefe de la represión interna cuando su hermano reinaba como emperador absoluto, es un ser afable, cariñoso, solidario. Habla de los revolucionarios que lucharon contra Batista, pero nada dice de la dictadura que hay en Cuba desde 1959. Visita la cárcel donde estuvieron los revolucionarios, pero nada dice de los fusilados por los castristas y de sus cárceles.  Y a medida que habla, Correa se pinta solo como el perfecto mamerto latinoamericano. Un caudillo autoritario que no es comunista, pero a quien le resulta cómodo decirse de izquierda y enemigo del imperio: así se otorga un diploma para pasar por demócrata, concentrar todos los poderes, declarar superado a Montesquieu, convertir la salud y la educación en coartada para poder violar los derechos civiles y políticos de aquellos que no piensan como el partido y eternizarse en el poder.

Si ese modelo no hubiera hecho su tiempo, si esas dictaduras no hubieran sido económicamente un fracaso y políticamente una aberración, Correa podría seguir contando a los niños del Ecuador la fábula del buen Fidel y la ternura infinita del Che Guevara. Pero si Correa va a Cuba no es solo para decir que ese es el modelo político de su predilección. Es para decir que él se apoyó –como lo dijo hoy en la sabatina– en los hombros de lo gigantes. ¿De quiénes? Los nombró: Bolívar, Alfaro, José Marti, el Che Guevara, los corruptos Kitchner y Chávez y, por supuesto, Fidel Castro. Y apoyarse en ellos significa hacer parte del club. Es su forma de decirse prócer, gigante de los Andes… un héroe épico y fuera de serie.

Y mientras está en eso, escribiendo con los ojos abiertos su propia biografía en las grandes páginas de la historia, cuenta que en Cuba lo aman. Lo aman tanto que después de ir a almorzar en el Centro Histórico de la Habana, se regó el cuento de que él, Rafael Correa, estaba por ahí y espontáneamente miles de personas salieron a aclamarlo. Como si en la Cuba de Castro esos gestos políticos pudieran ser espontáneos. Como si ese régimen no tuviera todo calculado: incluso que Raúl Castro lo despida en el aeropuerto.

Pero eso es Correa: un narciso que se da cuerda. Que tiene ahí, al lado, a Guillaume Long para decirle que sí, que la dictadura cubana le ama, porque él ha defendido a esa dictadura que convirtió esa isla en cárcel desde hace 58 años. Una dictadura que le otorga un honoris causa, el 14 en la lista, por los servicios prestados a la lucha antiimperialista. Y Correa juega a creer que no es por eso que le dieron ese diploma que recibió con una charla magistral que, según el video que proyectó, fue una sabatina más.

04:10 duró ese penúltimo enlace dedicado a hablar de él y a derramar odio, porque Correa no sabe hacer política de otra forma. 04:10 en las cuales se entendió que su modelo político –el cubano– tuvo una talanquera enorme: la prensa. Correa aún hoy no entiende por qué su verdad no es la verdad de todo el mundo. ¡Eso seguramente hubiera facilitado –y tanto– su biografía! Tener propagandistas como los de los medios oficiales –que ahora convirtió en héroes– es su sueño no cumplido. Por eso cuando dice “gente informada” se entiende “gente adoctrinada”. Por eso dice que la prensa no-dependiente-de-él es el mayor peligro que hay para la democracia como él la entiende.

Correa tiene la razón: hoy, sábado 13 de Mayo, quedó claro que él es el perfecto mamerto latinoamericano.  Tiene razón de decir que, ante esa nostalgia evidente que lo embarga por las dictaduras integrales, él no pudo, en estos diez años, imponer su verdad como única. Tiene razón de odiar a los medios que no pudo controlar y que para él son los causantes de que la mitad del Ecuador no votara por su candidato. Se entiende que entrar así a la historia, que lo obsesiona, al lado de caudillos y dictadores, es menos glamuroso de lo que pensó.

Foto: Presidencia de la República. 

El delirio de ser un gigante mundial tiene jodido al Presidente

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Superávit de autoestima: de eso parece sufrir el Presidente. El deseo de mostrar su superioridad, su ansia de ser visto como un ser excepcional, su afán de tallarse un lugar en la historia son cada vez más ostensibles. Quizá este es el rasgo que mejor caracteriza ahora sus sabatinas.

Cual narciso, Correa vive absorto en la contemplación de sí, de sus palabras, de la década que ha pasado en el poder, de los mitos que ha creado, de la leyenda que quisiera que cuenten los libros de historia. Correa es prisionero de sí mismo.

Nunca como hoy, 26 de noviembre, en Catamayo, Correa había hilvanado tantos hechos con un único objetivo: mostrar a su audiencia que él es un personaje de talla mundial. Por supuesto, no hablaba de él. Hablaba de Ecuador. Hablaba de la revolución ciudadana convertida, a sus ojos, en referente mundial. Hablaba de él, pero mirándose en el espejo.

Todo empezó con una reflexión sobre la muerte de Fidel Castro. Hizo un panegírico que, si no se supiera lo que hizo ese señor en el poder, Correa lo haría pasar por un santo. De hecho eso dijo del hermano, Raúl, “un hombre tan bueno y tan bondadoso que es difícil imaginárselo”. No difícil, imposible.

De Fidel dijo que fue un extraordinario latinoamericano, un líder mundial, un inspirador de procesos liberadores… Correa habla del dictador cubano aludiendo a la historia. Pero lo hace con la típica mirada de los mamertos: no habla de la represión. De los muertos de Fidel y Raúl Castro. De los juicios trucados. De esos miles de personas arrancadas de sus calabozos por intervención de sus amigos (García Márquez) o François Mitterrand (Armando Valladares, por ejemplo). No habla de la persecución contra los homosexuales y de esa isla convertida en cárcel. Una cárcel de donde decenas de miles de personas han tratado de huir incluso arriesgando su vida en altamar.
Correa habla de la historia, pero es evidente que no le interesan las víctimas. Ni las cita. Cual converso de última hora, porque en Lovaina era considerado de extrema derecha, él solo compró el discurso antiimperialista con el cual Castro sedujo a los mamertos de América Latina. Habla del mito –que él nutre– pero lo vacía del contenido real que dice que Castro fue un dictador, un satélite de la URSS durante la guerra fría y un pésimo administrador que sumió a los cubanos en la miseria y a Cuba en la penuria. Correa solo conjuga el discurso hemipléjico que le permite decir que Castro no fue Pinochet, como si entre déspotas y tiranos sanguinarios (los dos lo fueron), los demócratas pudieran escoger.

Ese dictador fue su amigo. Lo dice como si fuera cierto, como si Castro, ese megalómano absolutista, hubiera podido considerarlo su par. Decirse su amigo sin duda le hace creer que eso descresta a los que lo oyen. Sin duda, habla como si no supiera que jamás un solo ecuatoriano, de los millones que han dejado el país, lo hizo para ir a Cuba. Ese delirio en cambio sí da puntos frente a sumisos irredimibles como Gabriela Rivadeneira o Guillaume Long. No solo fue amigo de Castro. También agrega entre sus amigos a Hugo Chávez, –otro inmenso latinoamericano, dice–; héroe sin duda por haber arruinado al país con mayores reservas de petróleo en el mundo. Dinosaurios, dictadores, ineficientes y corruptos: qué grandes amigos tiene el Presidente.

Su autoestima lució fuera de control: enumeró los eventos que se han producido en Ecuador, en los últimos meses, para probar que su talla es de porte mundial. Vino a visitarme, así lo dijo, el secretario General de la OPEP. Por supuesto dijo que esto era impensable antes, en la era de la partidocracia. Se burló de que eso nunca hubiera podido ocurrir con Lucio Gutiérrez. Esto ocurre, dijo, porque hoy, con la revolución ciudadana, Ecuador es respetado en el mundo. Tanto lo es que, si se le cree, Mohammed Barkindo atravesó medio mundo para venir a verlo a él, Rafael Correa.

No dijo que el Secretario General de la OPEP estuvo primero en Venezuela. Etapa fundamental de su visita. Y que si vino a Ecuador no es porque la revolución ciudadana lo inspire sino porque la OPEP, tras años de sofreoferta, tiene un grave problema: los países industrializados tienen reservas por más de 3.000 millones de barriles. Barkindo está negociando, con los catorce países miembros, congelar la producción por la incapacidad que tienen de incrementar los precios. No vino, entonces, desde el otro extremo del mundo a ver a Correa. Se pegó un salto desde Caracas, absolutamente diplomático, antes de la reunión cumbre que tendrá la OPEP en Viena este 30 de noviembre.

Otra señal de la importancia de Correa en el mundo: el Papa empezó su primera visita a su continente en Ecuador. Eso no es gratuito y el mensaje que quiso transmitir –dijo el Presidente– fue claro. No tenía nada que agregar, pues a buenos entendedores con pocas palabras basta. Pero sumó otros tres eventos de alcance mundial: la cumbre de la CELAC, Habitat III y la visita del Presidente chino.

¿Qué decir? Las cumbres regionales se hacen en forma rotativa. Habitat III fue decidida hace 20 años por la ONU. ¡20 años! La visita del Presidente chino sí es un evento. Ocurrió el 17 de noviembre, en la gira que lo llevó a Perú, a la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, y a Chile. Que haya parado en Quito no muestra el interés de la China en Ecuador sino el grado de dependencia económica que ha pactado el correísmo con el gobierno dictatorial chino. Correa se vanagloria de esto y, en un actitud de falsa ingenuidad, declara que todo ese apoyo financiero es totalmente desinteresado…

Ávido de probar que es un ser excepcional, Correa se regodeó en la sabatina diciendo que antes el presidente de Ecuador mandaba una carta a los poderosos del mundo para invitarlos a Ecuador y ellos se preguntaban dónde queda ese país. Hoy vienen apenas él escribe. Lo dice como si no hubiera un mar de informaciones en Internet que ponen coto o contextos a sus exageraciones. O a sus mentiras.

No vienen solamente a verlo. Son sus amigos personales…

Foto: Presidencia de la República 

El berrinche populista de Cynthia Viteri

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¿Vieron la bronca que planteó Rafael Correa a Andrés Carrión? ¿Vieron a Cynthia Viteri emprenderla contra Alfredo Pinoargote? No había una buena esfera pública antes del correísmo, pero diez años después es peor.

Los tres debates entre Hillary Clinton y Donald Trump, moderados por periodistas, mostraron que la relación entre políticos y periodistas puede ser sensata: basta con que cada uno haga su trabajo. Nadie vio a Hillary Clinton en el último debate cuestionar a Chris Wallace de la cadena Fox News, reputada conservadora y pro Trump. Tampoco se vio en el primer debate a Trump agredir a Lester Holt, de la cadena NBC, considerado como un demócrata. Los periodistas fueron incisivos, buscaron respuestas precisas, pusieron a los entrevistados en aprietos, y éstos jugaron el juego. El público se quedó, como debe ser, con la última palabra.

Aquí el correísmo ha enseñado que el periodismo, como oficio independiente del poder, no existe. Los periodistas son sus empleados. O son los empleados de la oposición. Es imposible analizar, criticar, diseccionar discursos o actitudes, evaluar políticas, plantear debates, investigar al poder y fiscalizarlo sin ser la marioneta de alguien. Sicario de tinta, dice el Presidente criminalizando lo que García Márquez llamó “el mejor oficio del mundo”.

Entre el poder y la sociedad, el correísmo autoritario no concibe mediaciones ni mediadores. Hay buenos y malos. Patriotas y vendepatrias. Más grave es comprobar que los ciudadanos han comprado ese discurso y lo aplican en la esfera pública. Por eso las redes son un ecosistema viscoso. Partidarios y adversarios no analizan lo que se escribe. Interpretan. Leen más con el deseo que con ojos de filólogos. Una noticia es una adhesión al protagonista. Una crítica es un favor que se hace al adversario del criticado.

Decir que Rafael Correa, por ser el Presidente, no puede andar curando tuits ajenos… no es una afirmación de sentido común: es una bravata de la sucia oposición. Decir que Lasso es el político que con mayor profesionalismo conduce la campaña, no es un hecho: es una loa posiblemente pagada. Decir que Paco Moncayo arrastra en su coalición fuerzas que no creen en la democracia, tampoco es un hecho: es la prueba de que quien lo escribe es un apóstol de la derecha. Decir que Fernando Villavicencio fue quien sacó a flote la corrupción en Petroecuador no es un hecho; es hacerse cargo de lo que ha hecho, hace y hará el ex sindicalista.

La realidad que se expresa en hechos, el sentido común, la lógica… Nada de todo ello existe, salvo esta pasión obsesiva por tener la razón, por destruir al otro, por arrancarlo de cuajo del espacio social convertido en coliseo romano. Diez años de correísmo nutrieron la esperanza de que la oposición superara esta pedagogía letal aceitada por el Presidente y macabramente copiada por personajes como José Bolívar Castillo en Loja. La entrevista de Cynthia Viteri prueba lo contrario. Y su caso es el ejemplo más reciente; lejos de ser el único.

Hay que ver la entrevista de Ecuavisa. Viteri se hace daño por intentar zafarse de su estatus de política y, por puro afán populista, pretende que la política es una cosa y otra las necesidades de los más desfavorecidos. ¿Imaginan a Hillary Clinton o Trump eludiendo las preguntas porque, a su parecer, hay otros temas más importantes? Fue lo que hizo la candidata a la Presidencia de La Unidad con Alfredo Pinoargote. Como Correa, cazó una bronca con el periodista porque supuestamente sus preguntas, sobre la futura gobernabilidad del país ante el entramado jurídico que deja el correísmo, nada tienen que ver con esos millones de mujeres que se levantan “para ver cómo pagan sus cuentas a fin de mes, la renta, la comida, la pensión de sus hijos…”. Mujeres que suben cuestas, con el viento en contra… Y Viteri, en vez de responder, se refugia en esos terrenos pantanosos de la lírica barata donde es maestra Gabriela Rivadeneira.

https://youtu.be/6wnQS8zrUFU

Todo esto para decir al periodista que lo que a él le gusta es hablar de política (¿de qué se debe hablar con ella?) porque no le interesa la suerte de los más pobres, de las madres desempleadas… como si los periodistas tuvieran que compartir las necesidades electorales de los políticos. Y remató queriendo deslegitimarlo ante su audiencia: su corazón -le dijo- se inclina hacia otro candidato.

Si la campaña revela a los candidatos, Viteri mostró que, frente a los medios, tiende a pensar lo mismo que Correa. Su caso no es único y explica por qué muchos políticos ya no quieren derogar la Ley de Comunicación. Siguen creyendo que un buen periodista, es un militante más de su causa.

Gabriela y la cereza del pastel

en Columnistas/Las Ideas por

Para un gobierno que ha hecho todo lo posible por ahogar las voces disidentes, por conseguir que se publique solo aquello que responde a los dictados de la “Administración Central de Verdades Eternas”, el internet se ha convertido en la piedra en el zapato, el último enemigo por derrotar, la grieta solitaria que afea la pared del pensamiento único. Silenciarlo es todavía una meta inalcanzable, pero cualquier avance que se pueda conseguir en ese campo será tanto como tener la cereza del pastel.

Y Gabriela Rivadeneira parece empeñada en colocar ese adorno en la torta de la intolerancia.

El 12 de julio de 2016, la presidenta de la Asamblea Nacional presentó el proyecto de Ley Orgánica de Protección de los Derechos a la Intimidad y Privacidad sobre los Datos Personales, sobre el cual algo se dijo a raíz de un seminario organizado por el Colegio de Jurisprudencia de la Universidad San Francisco de Quito a inicios de septiembre, pero que se mantiene peligrosamente alejado del debate nacional.

Peor aún: de lo que se dice sobre el tema, no poco tiene que ver con fantasmas inexistentes y no con el problema de fondo. Que el propósito del proyecto es blindar la información de los funcionarios del actual gobierno para impedir que sean fiscalizados, es un argumento que se ha repetido en algunos medios y que, si por un lado pone en evidencia que no se entiende a cabalidad el verdadero alcance de la propuesta, por otro, muestra que la paranoia solo sirve para desgastarse disparando dardos al vacío.

Lo que se busca regular es el uso de datos personales, aquellos cuyo manejo por terceros puede afectar nuestra intimidad como cuando, para poner un ejemplo cotidiano, debemos interrumpir una reunión para atender en el celular una llamada de promoción comercial que no nos interesa en lo más mínimo. Garantías contra esto son, sin duda, necesarias, y si únicamente de eso se tratara, el proyecto Rivadeneira estaría plenamente justificado.

El problema, entonces, no va por ahí, sino que se relaciona con una práctica legislativa a la que el régimen ha recurrido repetidas veces: valerse de un tema que promovería cualquier defensor de los derechos humanos, para introducir de contrabando uno o dos textos que niegan esos derechos.

Me atrevo a decir que las catorce páginas del proyecto tienen una única finalidad, condensada en dos líneas y media, aquellas que aparecen como número 3 del artículo 12.

De aprobarse esas líneas, existiría en el Ecuador una autoridad de control dependiente, como no, de la Función Ejecutiva, que podría (así dice el artículo) “disponer el bloqueo temporal o definitivo de los sistemas de información cuando exista un riesgo cierto de afectación de derechos constitucionales, en caso de incurrir en infracciones contempladas en esta ley”.

Parece que la norma es suficientemente clara. Lo que pretende es crear un cargo desde el que un nuevo Carlos Ochoa decida qué sistemas informáticos pueden funcionar o no en el Ecuador; con estas dos líneas y media, “se cerrará el círculo de limitaciones a la libertad de información y expresión”, como afirma Farith Simon en la columna que publicó el 26 de septiembre en el Comercio, y que les invito a leer.

Que no hay que preocuparse, dice la presidenta de la Asamblea, porque la facultad que se pretende conferir a la autoridad de control solo podrá ejercerse “cuando exista un riesgo de afectación de derechos constitucionales”.

Lo lamento señora presidenta, sigo preocupado. Sigo preocupado porque les he visto en acción, porque soy testigo de la forma en que usted y los suyos entienden la legislación vigente, porque en manos de ustedes un riesgo de afectación de derechos constitucionales puede ser cualquier cosa, desde un acto verdaderamente violatorio de derechos, hasta lo que simplemente les molesta o les cae mal; después de todo, son ustedes los inventores de la curiosa teoría jurídica según la cual el Estado tiene derechos.

Que las dos líneas y media son el verdadero corazón del proyecto, que no se trata de un error ni de un texto que se le chispoteó a alguien, queda claro cuando recordamos que este no es el primer intento de regular la materia.

Ya hace seis años, en marzo de 2010, Vethowen Chica Arévalo, asambleísta del gobierno, presentó un proyecto de Ley de Protección a la Intimidad y a los Datos Personales. Dos años después, en mayo de 2012, ese proyecto fue archivado sobre la base del informe de la Comisión de Justicia y Estructura del Estado de la Asamblea, presidida por Mauro Andino, que la consideró innecesaria porque repetía temas ya regulados por la legislación vigente, y porque creaba un ente de control cuya existencia no se justificaba.

Pues bien, el proyecto Rivadeneira regula los mismos temas que hace cuatro años se consideraron innecesarios, crea un ente de control similar al que entonces pareció injustificado; un poco de coherencia, entonces, debería llevar al archivo de esta nueva propuesta.

Lo que pasa es que sí hay algo nuevo. El proyecto de 2010 y el que hoy promueve la presidenta de la Asamblea son esencialmente similares, pero este último introduce esas esenciales dos líneas y media y, con ellas, el poder de desconexión de sistemas informáticos, que no aparece en parte alguna de la propuesta de Chica.

No caben más comentarios. Solo recuerdo a mi madre que decía que quien se ahoga no quiere perecer solo; así es, por eso quienes carecen de ideas se empeñan en callar a los que las tienen.

Gabriela o Cristina, ¿quién miente más bonito?

en La Info por

Fue, como dijo Gabriela Rivadeneira, un radiante “día peronista”. La expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner recibió de manos de la presidenta de Asamblea Nacional la condecoración Manuela Sáez (así dijo ella: Sáez) en medio del alborozo generalizado de la izquierda populista del continente reunida en Quito. Un homenaje a los logros de lo que llaman “la década ganada” y una manera de ahuyentar los fantasmas que la destitución de Dima Rusel (así dijo Gabriela Rivadeneira: Rusel) ha puesto a circular entre la feligresía.

¿Cómo se justifica una condecoración a una persona imputada, con un mar de evidencias en su contra, en cuatro causas por corrupción y lavado de dinero? Fácil: mintiendo. Mucho. Y con estilo. La presidenta de la Asamblea –con la pirotecnia retórica que le es propia– y la ex presidenta argentina –con el cinismo que la caracteriza– compitieron en su empeño de pasarse la realidad por el forro e inventarse una verdad paralela y soñada. Una verdad llena de superlativos y palabras ampulosas. “Día histórico”. “Ejemplo de trascendencia universal”. “Profunda vocación latinoamericanista”. Una verdad tejida de mutuas alabanzas, en la que los villanos se convierten en héroes; los desastres económicos y sociales, en “ciclos progresistas de inclusión y soberanía”; la justicia, en “nuevo plan cóndor”. Al fin y al cabo los peronistas, como decía Borges, “son gente que se hace pasar por peronista para sacar ventaja”.

Basta con un elemental ejercicio de Fact checking (verificación de hechos: una institución de la prensa anglosajona) para echar por el suelo este entramado de mentiras.

La condecoración a Pinochet

A Gabriela Rivadeneira le parece una excusa válida: si en el pasado el Ecuador condecoró a un asesino, ¿por qué no habría de condecorar en el presente a una ratera? En su discurso, la ex presidenta argentina se mostró sorprendida de que la República del Ecuador haya “condecorado a un genocida” y propuso un concurso para desempolvar lo que dijo la prensa en esa ocasión.

La verdad es que Ecuador nunca condecoró a Pinochet. Nunca un gobierno legítimamente constituido o una institución representativa de la voluntad nacional como la Asamblea, por ejemplo, hicieron semejante cosa. A Pinochet lo condecoraron, en 1995, las Fuerzas Armadas del Ecuador. Y tenían una razón (discutible, tratándose en efecto de un genocida, pero razón al fin y al cabo): durante la guerra del Cenepa, Pinochet, que seguía siendo jefe del Ejército de su país, ordenó un movimiento de tropas chilenas en la frontera con Perú que otorgó una ventaja estratégica decisiva a las fuerzas ecuatorianas. Por eso el Ejército Nacional se lo agradeció con la gran estrella de las FF.AA. No el gobierno. Lo que sí hizo un gobierno ecuatoriano (el de Rodrigo Borja) fue declarar persona non grata al viejo crápula, para evitar que viniera a instalarse en este país donde tenía tantos amigos y hasta exnovias.

Los paraísos fiscales

“Cristina es la denuncia de los paraísos fiscales”, dijo Gabriela Rivadeneira. Cristina es la mujer que “se enfrentó al proceso global del capital contra el ser humano”. Resulta conmovedor contemplar los esfuerzos de la expresidenta argentina por acomodarse a ese papel que le otorga el correísmo. Escucharla hablar, por ejemplo, a favor de un “pacto ético latinoamericano” y clamar en contra de los paraísos fiscales que “han sido creados –dice– para delinquir”. Porque “no hay posibilidad de legalidad y legitimidad en los paraísos fiscales”. Por supuesto, ella sabe perfectamente por qué lo dice. La afición de los esposos Kirchner por los paraísos fiscales es solamente comparable con su amor por las cajas fuertes.

Quedó demostrado (y ella no lo pudo explicar) que en enero de 2013 Cristina desvió el avión presidencial hacia el archipiélago índico de las Seychelles (un paraíso fiscal en toda regla), donde la entonces presidenta pasó dos días. ¿Haciendo qué? En las Seychelles se encuentra una de las sedes de la compañía Aldyne, la firma que su socio, el empresario Lázaro Báez, usó para ocultar lo que se conoce en Argentina como “la ruta del dinero K”. Por cierto que Aldyne, cuya sede central es Panamá (otro paraíso fiscal), administra 148 compañías creadas en Nevada (otro paraíso fiscal) y que son controladas, a su vez, por la empresa Helvetic Service Group, de Suiza (otro paraíso fiscal), dueña también de SGI, la financiera de Federico Elaskar, también socio de Cristina. Ella, Elaskar y Báez están imputados por lavado de dinero.

¿Quién registró a Aldyne en las Seychelles y representa legalmente a las empresas de Nevada? Un viejo conocido: Mossak Fonseca, la firma de los Panama Papers. Una investigación del diario francés Le Monde establece que Néstor y Cristina desviaron y sacaron del país 65 millones de dólares, y que luego los blanquearon en Nevada con la ayuda de Mossak Fonseca.

La década ganada

Gabriela y Cristina compitieron en superlativos para pintar “los logros que hoy pretenden ser invisibilizados” de lo que denominan “el ciclo popular y progresista” en Argentina. La creación de empleos, la disminución de la pobreza, la inclusión social y económica… Gabriela dio unas cifras. Cristina la corrigió y propuso unas mejores. Dijo “pleno empleo”. Dijo “fortalecimiento del mercado interno”. Alabó su política de subsidios y acusó al nuevo gobierno de traicionar esas políticas en contra de las grandes mayorías.

La verdad es que el gobierno de Mauricio Macri heredó una deuda de 207 mil millones por concepto de cuentas impagas de los organismos del Estado: pagos atrasados a proveedores, subsidios retenidos desde 2009, obras de infraestructura a medio hacer (la mayoría de ellas adjudicadas a Austral Construcciones, la compañía de Lázaro Báez), facturas no canceladas…

En diciembre de 2015 Argentina carecía de estadísticas oficiales sobre el desarrollo humano y la situación social de sus habitantes. Los principales indicadores, que Cristina Kirchner cita de forma tan ventajosa para ella, eran en realidad una colección de cifras tan enredadas y contradictorias que resultan inservibles. El informe titulado “Estado del Estado”, realizado en los primeros cien días del nuevo gobierno, echa una luz sobre ese caos y descubre una realidad bastante menos halagadora.

Macri recibió una situación económica insostenible. El tipo de cambio oficial estaba sobrevaluado. El déficit fiscal, la diferencia entre los gastos y los ingresos del Estado, había alcanzado una magnitud histórica, de las más altas de los últimos 30 años, y había sido financiado con emisión monetaria, es decir, imprimiendo billetes. Entre 2013 y 2015 las exportaciones cayeron en un 25%.

El pleno empleo

El “pleno empleo” que celebran Gabriela y Cristina es en realidad un espejismo. El 51% de la población potencialmente activa tiene problemas para encontrar trabajo. Al término del período kirchnerista, 11,7 millones de argentinos se encontraban en situación precaria sobre una población económicamente activa de 23 millones de personas. Más de 4 millones de trabajadores privados se hallaban en situación de informalidad laboral, sin seguridad social ni protección de ningún tipo. El salario real y la productividad se mantuvieron estancados durante los últimos cuatro años. En cambio, la conflictividad laboral medida por el número de huelguistas, creció en un 65%.

La equidad de género

Gabriela Rivadeneira puso a la Argentina de los Kirchner como un ejemplo mundial y una inspiración en lo que se refiere a la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. La verdad es que Argentina se encuentra en el puesto 105 (entre 145) en el índice de brecha de género elaborado por el Foro Económico Mundial. La tasa de actividad de las mujeres es una de las más bajas de la región: 48%. Y su ingreso promedio es 19% menor al de los hombres. En cuanto a violencia de género, el país carece de estadísticas y registros porque… ¡el Estado no hace ningún seguimiento de los casos!

Las nuevas universidades

Gabriela y Cristina alabaron las nuevas universidades creadas en Argentina. Dijeron que con ellas se transformó el panorama educativo de Argentina. La verdad es que la deuda del Estado a las universidades públicas llega casi a los mil millones de pesos. Y la desigualdad en el acceso a la educación superior es enorme: sólo uno de cada diez argentinos obtiene un título universitario; pero en el 20% más pobre de la población ese índice es de uno por cada cien. Esto significa que la posibilidad de los pobres para graduarse en la universidad es diez veces menor que el promedio nacional.

La reducción de la pobreza

Lo de la inclusión social no pasa de ser una cantaleta más que dudosa. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica, en el momento del cambio de gobierno el 29% de la población vivía en situación de pobreza y el 6% en la indigencia. Una de cada tres familias carece de vivienda digna. Una de cada tres viviendas construidas en la supuesta década ganada no cumple con los estándares mínimos de calidad establecidos por el propio gobierno.  En diciembre de 2015, casi la totalidad de los programas de construcción de vivienda estaban paralizados, mientras que un alto porcentaje del presupuesto destinado a ese fin había sido dirigido a otro tipo de gastos. Este tipo de desvíos es común: también el 35% del presupuesto correspondiente a emergencias de salud fue usado, según el informe oficial, en gastos políticos. Como resultado, las metas de vacunación se cumplieron sólo en un 23%.

El nuevo plan cóndor

Nicolás Maduro se lo inventó, Rafael Correa se lo atribuyó, Gabriela Rivadeneira lo resumió y Cristina Kirchner celebró el nombre que le pusieron. El nuevo plan cóndor es la arremetida de la derecha fascista internacional, coordinada por la CIA, contra los gobiernos progresistas del continente. Consta de tres estrategias. En palabras de Gabriela: “concentración de medios de comunicación para imponer una agenda”; “instrumentalización política de los aparatos de justicia” y “cooptación de los parlamentos”. Si eso es cierto, habrá que convenir que el principal agente del nuevo plan cóndor en el continente se llama Rafael Correa.

Lo primero, porque es el máximo concentrador de medios en el país. Con ellos y el uso discrecional de las cadenas, más los mecanismos de presión contemplados en la ley de comunicación, Rafael Correa es la única persona capaz de imponer agendas informativas en el Ecuador. Lo segundo, porque dispone de servidores obsecuentes como Alexis Mera, que escribe cartas a los jueces recordándoles que no deben fallar en contra del Estado, o Gustavo Jalkh, que aplica el criterio de “error inexcusable” para inhabilitar jueces con una facilidad pasmosa (¡250 han sido descalificados de esa manera, según el Comité de Derechos Humanos de la ONU!). Lo tercero, porque dispone de una mayoría en la Asamblea que hace palidecer de envidia a los gestores de las aplanadoras de antaño. La aplicación del método d’Hont, que perjudica la representación de las minorías, hizo que en Azuay, por ejemplo, donde más del 40% de los electores votaron por una alternativa diferente al correísmo, los cinco escaños en disputa fueran adjudicados a esa tienda política.

Hasta aquí este ejercicio elemental de verificación de hechos. Se podría continuar analizando más y más mentiras pronunciadas por Gabriela Rivadeneira y Cristina Kirchner con desparpajo envidiable, pero este artículo no terminaría nunca. La condecoración a la expresidenta argentina es un acto vergonzoso no sólo porque representa un descrédito internacional para la Asamblea, sino porque obliga al país a contemplar un simulacro ofensivo e impúdico. Una mentira sin nombre.  Será porque “los peronistas –también lo decía Borges– no son ni buenos ni malos: son incorregibles”.

Entre condecoraciones y dictadores

en Columnistas/Las Ideas por

No hay evidencia estadística ni fáctica que muestre que en Venezuela hay menos pobres o que hay prosperidad. Por el contrario, la herencia chavista es un desastre monumental para el pueblo, pero ha sido extremadamente rentable para las chicas Chávez que exhiben su opulencia injustificada. Cierto es que no hay aún sentencia que condene a los sobrinos de Maduro por narcotráfico, pero parece indiscutible que tienen culpa de ese delito y además de haber usado recursos estatales en sus correrías. No obstante, Correa y sus parlanchines proclaman que antes de Chávez y obviamente de su engendro, Venezuela no existía.

Es verdad que no se ha demostrado judicialmente la culpa de los Kirchner. Pero es tanta la información que muestra que se robaron mucho dinero, ellos, sus allegados y testaferros que debería producir, por lo menos, una gran duda sobre la honestidad e integridad de todos ellos.

También es cierto que en el caso de Lula no hay sentencia que confirme corrupción. Pero, igualmente, hay harta evidencia y testimonio que debería crear la duda de si, en realidad, conviene poner las manos al fuego por la honradez de este señor. Ministros, legisladores y dirigente del Partido de los Trabajadores están, en masa, indiciados por corrupción. O será que santificar a Lula es una vacuna en caso de que hable Oderbrecht y termine ensacando en la misma corrupción a otros gobernantes amigos de Lula que, por su intermediación, han tenido tratos directos con esa compañía.

Robert Mugabe es un longevo dictador (paradójicamente electo en procesos electorales) que perennizó su mandato y la miseria de uno de los países más pobres y atrasados del mundo. La evidencia estadística así lo muestra. Y en la prensa se informa de los grotescos despilfarros de estilo imperial parecidos a los de sus similares de antaño, Macías, Bokassa, Amín. Ufanado el Canciller ha asistido a una reunión en la que este sujeto fue personaje relevante y eso muestra el desprecio del Gobierno por la información sobre sus execrables defectos.

Sobre estos personajes que encabezan o han encabezado gobiernos, se acumulan severos cuestionamientos éticos. Pero para el correísmo esto resbala. No tienen, por el contrario, ningún asomo de duda ni un ápice de incertidumbre sobre su impulota honradez, sentido de la democracia y arquetipos de modelos de comportamiento de todos ellos. ¿Ven bondad y virtud en donde otros no la ven? ¿Retan infantilmente a la prensa que trae mentiras? ¿Viven en una realidad paralela? O ¿será que lo que son defectos, para el correísmo son virtudes?

Correa decide engalanar con una condecoración a la cuestionada expresidente de Argentina que procesa la presidente de la Asamblea. Presurosa, ella quiere comprometer la soberanía delegada que ejerce y colgar una medalla en el pecho de esa señora, a nombre de la República del Ecuador, en nombre de todos nosotros. Así como una señal de validación, como un certificado de buena conducta despreciando la evidencia que, si no es fuente de confirmación, algún pudor debería provocar para no recurrir a un grado tan alto de exaltación. ¿Ha pensado la señora Rivadeneira, que si se llega a comprobar judicialmente la culpabilidad de la señora Kirschner –y todo apunta a que así será– habrá condecorado a una delincuente?

¿Están pensando en las alturas del poder, en donde parece que la falta de oxígeno produce obnubilación, que festejar con Mugabe la democracia; festejar la honradez con Kirchner, con Lula o con Maduro, compromete internacionalmente al Ecuador, asociado así a episodios oscuros? Esa línea de política internacional es contradictoria y contraproducente si quiere posicionar al Ecuador en la línea de acuerdos de comercio o de invitación a inversionistas en obras de infraestructuras. Salvo que sea un mensaje con una intención: estimular a que quienes asistan a esa invitación sean de la misma calaña de aquellos a los que saludan, condecoran y defienden.

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