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Gabriela Rivadeniera

Los viudos del correísmo son patéticos

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El síndrome de la viudez no solo existe y produce un estado doloroso de ausencia, de vacío y de permanente anestesia emocional. Puede explicar las reacciones que han tenido algunos dirigentes de Alianza País, fanáticos defensores de Rafael Correa. No solo las explica: subraya el grado cero de reflexión y pensamiento político en que dejó sumidos a su partido, sus dirigentes y sus bases el ex presidente.

Basta con leer las declaraciones o los tuits de Marcela Aguiñaga, Gabriela Rivadeneira, Doris Soliz, Pabel Muñoz… para entender lo que políticamente significa para ellos el vacío que dejó Correa. Meses antes del 24 de Mayo, Correa y los suyos hicieron creer que la transición era una mero formalismo. A Moreno le quedaba la mesa servida. No solo en el campo económico. Tenía a su disposición organismos de control, equipo de gobierno, troles, medios gubernamentales, el partido, las cortes y un programa de gobierno. Y un antecesor, su líder, subido sobre un monumento histórico, labrado por él mismo, y digno de ser mostrado como ejemplo. Moreno solo tenía que ganar, lograr mayoría en la Asamblea para que todo siguiera igual. Esto es lo que colige de un tuit como este que posteó Virgilio Hernández en julio, en plena crisis entre Correa y Moreno:

Ningún cambio, ningún mea culpa, ninguna rectificación, ningún corrupto a la vista: Moreno pateó esa lógica desde antes de la campaña porque se percató de que si no lo hacía le era imposible ganar. Aún con el apoyo fraudulento del CNE. Pero el aparato, obnubilado por Correa, amamantado por sus ficciones, sus frases asesinas, sus lemas, sus supuestas genialidades conceptuales y económicas, creyó que el 51% de Moreno confirmaba que el modelo correísta debía continuar. Tal cual. Con ligeros retoques de estilo de Moreno; es decir, con cachos y conferencias de motivación.

No procesaron políticamente nada porque Correa hizo creer que sus votos duros (un 30% entonces) era mayor a los votos de Moreno (21%). En matemáticas, indudablemente es así. Pero no políticamente. Su curva era descendente y mostraba que su momento había pasado. Sin embargo, el aparato se quedó extasiado con el 51%: olvidó las circunstancias cuestionables de ese triunfo. Ignoró la manipulación de las cifras que forjó una economía irreal. Desconoció el hartazgo del “estilo Correa” que, lejos de perfilar su personalidad, se convirtió en la marca de las prácticas institucionales y de su gobierno. Desdeñó el ambiente de la opinión encabritada contra la corrupción y el cinismo encarnados por Jorge Glas y otros funcionarios de Alianza País.

Moreno, por convicción o por necesidad –para el caso es lo mismo– entendió que debía procesar esos cambios. Que de ello dependía su legitimidad y la posibilidad de asumir una transición del correísmo. No su continuidad, como el aparato y Correa pretendían. Y pretenden. En otras palabras, si Moreno hubiera sucumbido a las imposiciones y pedidos del correísmo, su nivel de popularidad no estaría bordeando el 70%: estaría por debajo del 30% que el aparato le entregó cuando proclamó su candidatura.

Los dirigentes correístas, rehenes de su propia ideologización e ensimismamiento, lejos de administrar la realidad que Moreno tiene ante sí, hacen política como cheerleaders: repiten lugares comunes, estereotipos, frases hechas, lemas pronunciados por el líder. Se dicen devastados porque las diferencias entre Correa y Moreno se hicieron públicas. Se dicen que esto podía ser diferente si solo tuvieran canales para ventilar sus desacuerdos. Aguiñaga incluso amenazó con irse (seguramente del grupo parlamentario y del partido) si el gobierno dialoga (cogobierna dijo ella) con los Bucaram. Una amenaza vacua de la cual sonríen los asesores de Moreno.

La lectura de los correístas busca volver simplón lo que es, en realidad, complejo. Lo que quieren es que Moreno pliegue a la lógica autoritaria que tan buenos resultados les dio. Por eso critican sus aperturas, sus llamados al diálogo, sus encuentros con los opositores o con los dueños de los medios. Hay que ver las acotaciones que escriben Doris Soliz o Gabriela Rivadeneira, por ejemplo, sobre el particular, para entender que son apóstoles inconmovibles de la matriz autoritaria y que la reclaman con alma de cheerleaders.

Lo grave, para la política, no es que estos dirigentes critiquen a Moreno. Ese es su problema y el de Moreno. Lo grave para la democracia es que crean que la política es el arte de imponer, a la fuerza si es necesario, como lo hace Maduro en Venezuela, el modelo que en Ecuador perdió vigencia durante el mandato del propio Correa: por eso su candidato no pudo ser Jorge Glas. Lo grave para la política es que sigan abrazando la lógica ovejuna; denominación cuyo copyright puede reclamar el nuevo presidente.

Que Alianza País, versión Rafael Correa, ni siquiera ahora haga política y que haya dejado el partido en manos de una vieja colegiala con alma de cheerleader, muestra que el gran salto político que el correísmo dice haber dado en el país es otra de sus grandes ficciones. Esos dirigentes rehusan procesar el nuevo momento político del Ecuador que Moreno trata de aprehender, por ahora en forma casi simbólica. Pero también eso es de una enorme importancia.

Cheerleaders en vez de políticos: ese correísmo sigue siendo patético.

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