Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Guillermo Lasso

Lasso es el cambio, pero no es integral ni incluyente

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En los libros de Guillermo Lasso, hay una constante: lo que se ha propuesto, lo ha logrado. Desde hace unos años se propuso ser Presidente de Ecuador. Hasta ahora nada asegura que lo consiga este año, pero esa ambición marca una estrategia de largo aliento, pensada para él y que, por circunstancias que son intransferibles en su caso, lo convierte en el candidato más profesional de la campaña. Es obvio: Lasso es banquero, tiene contactos y trabaja su campaña con la entereza de un empresario. Además lleva 2565 días (escribió en sus cuentas) caminando por Ecuador, creando comités de CREO, midiendo su popularidad, reuniendo equipos que han preparado a su lado el plan de gobierno y, desde hace unos meses, las medidas que tomará si gana las elecciones. En siete años, su partido se ha erigido en el mayor representante de la centro derecha en el país y él es, según la mayoría de las encuestadoras, el aspirante de la oposición con mayores posibilidades de llegar a Carondelet. Market señala en ese papel a Cynthia Viteri.

Lasso no hizo alianzas con otros presidenciables porque, en la realidad, él quiere el trabajo de la Presidencia de la República. A todos aquellos que le pidieron deponer su candidatura, siempre les respondió, con los resultados electorales en la mano, que en 2013 dos millones de electores votaron por él. Ninguno de los precandidatos podía mostrar esas cifras. Deponer la candidatura era, además, contrario al itinerario presidencial que tiene programado en su computadora.

Desde que escogió la política como su nuevo oficio, Lasso se situó en el lado opuesto del péndulo. Como la alternativa. Hizo incluso campaña contra la reelección indefinida. Buscó que el electorado lo identificara con el anticorreísmo de tal forma que incluso escogió a Andrés Páez como compañero de fórmula; un asambleísta que hizo presencia en las manifestaciones en las calles de Quito. Esa estrategia de confrontación la fue morigerando en el camino: Además de la alternativa a Correa, Lasso quiere ser el candidato que lucha contra la pobreza, la injusticia y, sobre todo el desempleo. Últimamente, también ha hecho aperturas hacia el diálogo y la concertación en un gobierno que quisiera suyo porque sabe que en la próxima Asamblea Nacional habrá dispersión. No excluye al correísmo de ese acuerdo. La movida tiene, por supuesto, una connotación electoral: el voto duro anticorreísta, que ya capitalizó, no le alcanza y está claramente hablándole a los indecisos. Él tiene la ventaja, entre los presidenciables, de haber ocupado primero el terreno de la oposición y de haber sido reconocido por el oficialismo como el contrincante de mayor peso. Pero tiene la desventaja de haber estado mucho tiempo en campaña sin conocer una explosión visible en los sondeos.

Su campaña baraja factores que aparecen como ventajas ciertas sobre sus competidores, pero que solo las urnas dirán si son reales y si son efectivos: partido propio, implantación nacional, alto nivel de conocimiento, varios recorridos por Ecuador, años de cotejarse con el electorado… En su contra Lasso tiene un amplio voto duro y el hecho de haber fabricado anticuerpos en algunos sectores del electorado. Es verdad que se ha esforzado en anclar su propuesta económica y social, basada en mejorar las condiciones para crear un millón de empleos en 4 años. Es verdad que con tantos años en campaña, ha expandido su programa político, ha visitado a los ecuatorianos del exterior y ha armado una red de contactos internacionales de alto nivel. Pero también es verdad que solo es un liberal en economía. Su proyecto político deja por fuera, de lo que será el postcorreísmo, minorías que retan la pacatería y el conservadurismo criollos y que hablan de una sociedad en plena mutación. De ganar, la visión opusdeisiana de Lasso tendrá gran incidencia –a pesar de que ha dicho que no piensa regentar la moral de los ciudadanos–en temas de salud pública, como el aborto. No es el único caso. Pero en temas como ese, Lasso es tan conservador o más que Rafael Correa.

Otro talón de Aquiles es su alianza con Mauricio Rodas y el movimiento SUMA. Los coletazos de los sobornos de Odebrecht, cuyas responsabilidades y beneficiarios se echan en cara el gobierno y el alcalde de Quito, van a salpicar su candidatura. CREO privilegió esa alianza con un político que, como el correísmo, ama la opacidad. Lo hizo pensando en los beneficios electorales en Quito y algunas provincias donde SUMA tiene representantes. En CREO se dice que fue César Monge, presidente nacional, quien incidió en ese acuerdo pragmático y chato, con factura incluida.

Lasso, como Mauricio Macri en Argentina, basa su estrategia en la propuesta de un cambio. “Vamos por el cambio” es su lema. Pero ese cambio, aunque se antoja esencial, no es integral. Ni totalmente incluyente.

Próximo artículo: la estrategia de Paco Moncayo
Artículos anteriores: 
http://4pelagatos.com/2017/01/05/correa-ato-de-pies-y-manos-a-lenin-moreno/
http://4pelagatos.com/2017/01/06/cynthia-viteri-dobla-la-dosis-de-populismo/

La receta de Lasso para salir del colapso

en Columnistas/Las Ideas por
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Las economías de los países latinoamericanos crecerán, excepto las de Ecuador y Venezuela que dieron un salto al pasado. Las tasas de crecimiento serán menores, pero no negativas. Correa y sus obsesiones refundacionales nos devolvieron cuarenta años hacia atrás al modelo de gasto público, planificación de los mercados, dirigismo estatal y altos impuestos, mercados cerrados y proteccionismo. Fernando Henrique Cardoso, quien fue el teórico de este modelo, lo archivó decentemente cuando fue presidente de Brasil y apostó por las ideas liberales durante su gestión.

Los izquierdistas novatos o emotivos tozudamente forzaron estos diez años a reducir la importancia de la inversión privada y a extraer recursos por vía de impuestos, para, según ellos, realizar la ¨justicia social¨ entendida como papanoelismo. Papanoelista es Correa, que se encontró con el socialismo en la adultez no obstante la evidencia empírica sobre el agotamiento del estatismo y el impuesterismo. Fracasaron, pues lo que alcanzaron a repartir en diez años, los más pobres lo están devolviendo en desempleo, precios altos y desesperanza.

Estuvo anticipado Correa. Estuvo anticipado el país. Sin plata ese modelo colapsó. La pobreza disminuyó a menor ritmo. En realidad, hay más pobres que en 2007 y más desempleados. La tasa promedio de crecimiento es mayor antes del gobierno socialista. La tasa de crecimiento será negativa en estos años. Por eso, es fundamental acabar con este experimento que en lo económico y en lo político deja daños profundos cuya reparación requerirá una gran dosis de sentido común y la comprensión de la izquierda adulta sobre los caminos de salida.

Para encontrar las rutas por la que debemos llevar la economía y la política, no hace falta enfrascarse en debates ideológicos. Hay que recoger las experiencias exitosas de las economías que han crecido y siguen creciendo y en ese proceso, reducen pobreza y brechas de desigualdad; de forma sostenida y no por dos o tres años (esto para responder la falsaria consigna de que en este gobierno se han reducido la desigualdad, simplemente porque no sirve nada que sea efímero).

Guillermo Lasso ha propuesto crear un millón de empleos en 4 años de gobierno. Es posible si se revierte a valores positivos la tasa de crecimiento que Correa mantiene en valores negativos. Cuando la economía crece, la oferta de empleo se expande y así el logro de la que llaman “justicia social” se cumple. Porque a las personas no hay que ofrecerles regalos cuya duración dependa de los recursos escasos. Hay que ofrecerles la posibilidad de tener un trabajo que perdure para que pueda pagar sus cuentas, luego ahorrar, educar y sanar a sus hijos. Y la economía que crece, cuando una actividad fracasa y se pierden empleos, puede ofrecer otras oportunidades.

Lasso sostiene que ese crecimiento es posible haciendo lo contrario del modelo correísta. Logrando que la inversión privada sea mayor. La clave para lograr ese propósito es confianza. Nada hay más temeroso que un millón de dólares. Temeroso de los sucesivos y abusivos cambios en los impuestos. Temeroso de los cambios románticos e irresponsables en las reglas laborales.  De la sobrecarga de tramitología; controles absurdos que destruyen valor y del control político de la justicia. Y sobre todo temeroso del irrespeto a la propiedad privada.

Estos diez años son antológicos en leyes, medidas, políticas y discurso agresivo contra la inversión privada. Todo lo cual sirve para ahuyentar la competencia y para afianzar a los empresarios que aprovechan del arribismo de funcionarios que, tras bambalinas, legislan las excepciones a favor de los enchufados.

Súbitamente, 340 mil ecuatorianos pasaron al desempleo. Se reduce el número de empleados y aumentan los que llaman “empleos inadecuados”. Correa no ha podido esquivar estas lapidarias cifras. Aunque cambie directo del INEC y se intente maquillar los datos, la percepción de más del 60% de personas es que el desempleo avanza y ni siquiera el incremento brutal de la deuda en condiciones draconianas podrá revertir el daño.

Lasso propone un gobierno en el que se recupere la confianza. Se elimine las amenazas a la propiedad y la inestabilidad e incertidumbre para que la inversión privada cree un millón de puestos de trabajo y ojalá muchos más. Y se creen las condiciones para que los perjudicados del correísmo recuperen un empleo y los nuevos demandantes de trabajo tengan oportunidad.

En el fragor electoral, los mismos opositores encontrarán motivos -o los fraguarán- para intentar desacreditar la propuesta de Lasso. Lo fundamental es, sin embargo, no detener el debate en el número. Sino en las decisiones que deben tomarse para que la economía se recupere y se enrumbe fuera del destructivo modelo correísta, cuyo estadio más adelantado lo muestra el drama en Venezuela.

Lasso propone que el Estado concentre sus tareas en brindar servicios de calidad  en las áreas de educación, salud, salubridad. En la primera, ofrecer a los padres la oportunidad para escoger dónde educar a sus hijos, percibiendo la subvención estatal. En la segunda, potenciar la infraestructura que se ha construido en estos años pero abrir la posibilidad de que, por vía de zonas francas, el sector privado aumente la cobertura de salud.

Mientras el Estado redistribuye para equiparar oportunidades y crea el mejor ambiente de confianza para que el dinero se quede o venga desde el exterior, para producir. Hay que abrir mercados, hay que promover competencia para que los precios bajen. Así el sueldo alcanza para más.

Así como Correa nos llevó al colapso, repitiendo los errores de teorías que incluso sus defensores repudiaron, la propuesta de Lasso es revertir el colapso e inducir al crecimiento sostenido tomando lecciones de las ideas y decisiones correctas que se han aplicado durante años en Chile y en Perú, por ejemplo. Nada nuevo bajo el sol, que no sea la sabiduría de escoger la vía correcta. De eso se trata la elección presidencial siguiente.

Diego Ordóñez es político.

Lasso se carga con Quito en su campaña

en La Info por
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Con este artículo 4pelagatos arranca una serie de análisis sobre los temas políticos de la campaña electoral.

Mauricio Rodas es la viva imagen del “distinguido joven” quiteño, “escurridizo y amable”, que retrató el gran Raúl Andrade en una columna de prensa de inquietante actualidad publicada en 1944. Es el clásico político que busca medrar sin comprometerse. En la Sesión Solemne del Concejo Metropolitano se sienta con el presidente de la República a la derecha y su vicealcalde a la izquierda y es incapaz de decir una palabra sobre la persecución judicial que el primero ejerce sobre el segundo. Con el presidente delante habla durante dos horas y media palabras muy bonitas sobre lo mucho que le importa la ciudad pero tampoco dice ni pío sobre la Ley de Plusvalía que tanto la perjudica. En su lugar, prefiere contar historias de canchas sintéticas y contenedores de basura. Porque el “distinguido joven”, tal y como lo describe Andrade, es tan hábil para pronunciar discursos de “abrumadora vaciedad” como para evadirse “con jabonosa soltura de toda situación arriesgada y difícil”. Rodas se acomoda a las circunstancias y evita tomar posiciones. Hasta que no le queda más remedio y ya es muy tarde. Sólo entonces se define: tibiamente. Es el alcalde que baila con Rafael Correa tanto en el sentido literal como en el figurado. A todos los efectos prácticos, es un alcalde correísta más. Hasta en su manera de gobernar la ciudad.

¿Quién se compró este angelito? Guillermo Lasso lo hizo. Paradójicamente, el más anticorreísta de los candidatos a la Presidencia. Más que comprárselo, lo cultivó. Lo viene haciendo desde 2013, exactamente, cuando el movimiento CREO declinó correr por la alcaldía de Quito para despejar el camino del candidato de SUMA. Juan Carlos Solines quedó colgado de la brocha y Rodas comprometió, ya entonces, su apoyo para las presidenciales. Cuando SUMA obtuvo resultados satisfactorios en varias provincias, incluyendo las alcaldías de Manta, Portoviejo y Santo Domingo, Lasso supo que había hecho un buen negocio. Ahora puede incorporar ese aparato y esos votos a su capital político pero le toca cosechar al angelito. Le va a quedar difícil no apoyarlo cuando Rodas se presente para la reelección en 2019, si es que no se ha comprometido ya a hacerlo. Lo importante, para Lasso, es sumar apoyos a su campaña.

En esta estrategia bien concebida, ¿qué pito toca Quito? Porque se trata aquí de la Alcaldía de Quito, nada menos. ¿Dónde entra la ciudad en esta historia? La respuesta es simple: no entra. Porque no está en los cálculos de Lasso. Él, de aquí, sólo quiere sacar votos. En cuanto a la suerte de Quito en general y a la política quiteña en particular, está claro que no le interesan. Pero no es sólo que no le interesen. Todo lo que ha hecho desde 2013 para acá deja suponer que tampoco le importan. O, simplemente, que no se ha parado a reflexionar sobre las consecuencias que su estrategia política acarrea para la ciudad.

Sin embargo, Lasso sabe perfectamente quién es Rodas. Un alcalde sin visión de ciudad ni políticas públicas definidas. Un alcalde cuya concepción de la obra pública en nada se diferencia de las carreteras de los correístas. Que aprovecha al máximo el mecanismo de las alianzas público-privadas patentado por los mismos correístas para mantener en la opacidad los procesos de contratación. Que se embarca en obras millonarias (la vía Guayasamín, los Quitocables) sin disponer de estudios definitivos, sin fórmulas de transparencia y valiéndose de mentiras para promocionarlas. Un alcalde que reparte las administraciones zonales como cuotas políticas entre los concejales cuyos votos necesita asegurar y crea, de esta forma, pequeños feudos urbanos con sus propias clientelas, irreductibles a cualquier esquema  de administración pública coherente. Un alcalde, en fin, que reproduce en todos sus detalles las prácticas de la vieja política a la que dice oponerse.

Lasso lo sabe de sobra, información no le falta. Sin embargo, él, que también dice oponerse a esa vieja política y pretende representar de alguna forma el rostro de una nueva derecha ecuatoriana, ha decidido, aun conociéndolo, apoyar a ese alcalde. Más aún: fortalecerlo. O fortalecer a su movimiento, que es lo mismo. Entregarle en bandeja algunos de los escaños parlamentarios más apetecidos de la capital. Por ejemplo los del Distrito Sur. Lasso no le hace feos a incluir en su lista de candidatos a la Asamblea a un representante del gremio de taxistas, Carlos Brunnis, cuya capacidad de presión y bloqueo ha hecho imposible durante años la adopción de políticas públicas sobre movilidad que no privilegien sus intereses por encima de los de la ciudad. Otros políticos se habían contentado con tranzar con los taxistas. Lasso (la nueva política, la nueva derecha) los pone en el camino hacia la Asamblea. Él quiere votos. Ya solucionarán los quiteños sus problemas de movilidad como bien puedan.

Todo lo hace en función de su estrategia para ganar las elecciones. Ya que su candidatura precisa de los votos y del aparato de SUMA, Quito bien puede seguir con el alcalde que tiene, aunque mal lo represente. Así, Guillermo Lasso está tomando decisiones que comprometen el futuro político de la capital no en función de los intereses de la capital, que ni siquiera se plantea, sino en función de su campaña para la presidencia, que es lo que le importa. ¿Es esa la nueva política de la nueva derecha ecuatoriana? ¿Desentenderse de las consecuencias políticas de las estrategias electorales? ¿Sacrificar una ciudad a cambio de votos? ¿Es esa una manera respetuosa, por decir lo menos, de intervenir en los asuntos de Quito? Cualquiera pensaría que la tarea de reconstruir la democracia en el país pasa necesariamente por suprimir esas prácticas. Cualquiera apostaría a que la nueva política implica un cierto nivel de coherencia ética a la hora de seleccionar aliados y repartir cuotas de poder. Lasso, claro, no es cualquiera.

Durante la alcaldía de Augusto Barrera, los quiteños se malacostumbraron a que la política de la ciudad se subordinara a las estrategias nacionales de Carondelet y, por tanto, terminara jugándose por fuera del ámbito local. El resultado de ese proceso está a la vista: una crisis de liderazgo y de participación acaso sin precedentes en la ciudad. Crisis de liderazgo y participación que se expresó en el triunfo de Rodas, a quien le cayó la alcaldía en suerte sólo por estar parado en la baldosa adecuada en el momento preciso pero que no dispone de otro talento que el de “saber sonreír y saber escurrirse”, como diría Raúl Andrade.

Rodas representa, para la capital, la muerte de la política. Al entrar en alianza con él, aupar a su movimiento, entregarle cuotas de poder y proyectarlo hacia la reelección, Guillermo Lasso no sólo reproduce el esquema correísta de decidir por Quito desde afuera de Quito (esquema por el que los quiteños habrán de cobrarle un día) sino que contribuye con su granito de arena (en realidad con un camión de ripio) a ahondar el vacío político que tanto daño produce a la capital. ¿Alcanza a percibir la dimensión de lo que está haciendo? En el afán de satisfacer sus necesidades electorales, el candidato de CREO actúa de forma absolutamente irresponsable con una ciudad que no es la suya, que apenas conoce y, con toda seguridad, no entiende.

Foto: El Telégrafo

2017: los tres factores que condicionan su voto

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En la X Cumbre X Mundial de Comunicación Política, que se celebró en Cumbayá, cerca de Quito, hace unos días, un asesor político dijo: es mejor una encuesta deficiente que una buena intuición. ¿Qué pasa si se asume esa premisa para analizar, mirando las encuestas que circulan, las características generales de la campaña electoral? Tres factores parecen singularizarla:

  1. Una elección regida por la ley del péndulo: Hay una coincidencia en los resultados de esos sondeos: la Presidencia se juega entre el representante del oficialismo y el del centro-derecha. Lenín Moreno va primero, seguido de Guillermo Lasso y, en tercer lugar, Cynthia Viteri. Esa polarización luce lógica tras diez años de correísmo. Algo parecido sucedió hace un año entre Mauricio Macri y Daniel Scioli en Argentina.
    Moreno compite con las ventajas acumuladas por Alianza País; verdadero partido-Estado que ha concentrado poderes, logística, presupuesto e institucionalidad a su favor.
    Lasso se ha situado como el contradictor por antonomasia del gobierno y lo ha hecho desde hace años.
    Viteri está en el mismo andarivel que Lasso, pero parece haber enfocado su campaña más contra CREO que contra el oficialismo. Si la ley del péndulo interviene, como al parecer lo está haciendo, esta estrategia podría pasarle factura. De paso, delata que en este momento ella no ocupa el segundo lugar a pesar de que algunas encuestas la han situado ahí prácticamente desde que Jaime Nebot anunció su candidatura.
    Si la elección se juega entre extremos, Paco Moncayo, que se reivindica del centro-izquierda, no encontrará espacio para anclar su candidatura. De hecho, no despega. Sus estrategas cometieron el error de escoger un binomio que no aporta absolutamente nada en la costa donde Moncayo es hoy un desconocido para el grueso de electores. Jimmy Jairala era su otra ancla en esa región. Si se juzga por el recorrido de esta semana en Durán, en el que estuvo al lado de Moncayo, no parece que su presencia asegurará una votación respetable para el ex general ni siquiera en Guayas.
  1. El factor desconocido del voto vergonzante: ¿Por qué no aciertan las encuestas? Entre otros factores, porque no todos los consultados revelan sus intenciones. En Ecuador, con este gobierno, ya hubo voto vergonzante en la consulta de 2011 y, sobre todo, en las elecciones seccionales de 2014.
    Los sondeos en España, Hungría, Estados Unidos, Colombia… no parecen haber medido el grado de rebelión (miedo, ruptura generacional, distanciamiento con modelo de turno, desafío al establecimiento…) latente en la población. Esos nuevos estados emocionales en que se mueven los ciudadanos tienden a favorecer en los sondeos al gobierno en el poder. Pero no en las urnas. De ahí la desconexión que se observa entre las previsiones de las encuestas y los resultados electorales.
    Los factores cuantitativos que publican y publicitan las encuestadoras o sus clientes, no muestran esas tendencias de fondo del electorado que se agudizan en una elección. Y que se reflejan, la mayor parte del tiempo, en los estudios cualitativos que también hacen las encuestadoras pero que, en general, no dan a conocer. Pues bien: ¿cuánto están incidiendo esos factores en esta campaña? ¿Están originando datos y contextos inexplicables? Por ejemplo: el nivel inhabitual de indecisión que no baja del 50%. Por ejemplo, el hecho de que Lenín Moreno siga siendo la opción mejor situada, a pesar de que cerca del 80% del electorado pide cambios. Y que un enorme porcentaje de electores considere culpable al gobierno de la crisis, el desempleo, la inseguridad, la corrupción… ¿Estos factores, que por motivos metodológicos pudieran cobijarse bajo la denominación “voto vergonzante”, están incidiendo en los sondeos? ¿Están esos sondeos desconociendo, al igual que los que no acertaron en los países señalados, las nuevas realidades que provocan actitudes solapadas por parte del electorado que favorecen al poder de turno en las encuestas pero no en las urnas?
  1. El voto útil manda: el correísmo no ha escatimado esfuerzo para que sus partidarios crean que la elección se juega en una sola vuelta. No solo hay un interés político en lograrlo, sino una urgencia electoral: existe la percepción, bien anclada en la opinión, de que si hay segunda vuelta, el oficialismo pierde.
    La misma urgencia se impone a los aspirantes mejor situados de la oposición: tras la dispersión que se concretó en la inscripción de siete binomios alternativos, cada uno de los siete está obligado –si quiere ganar– a sumar el máximo de votos y a pedir a cada elector que no desperdicie el suyo. La elección-2017 se convierte así, para oficialistas y para la oposición y por motivos diametralmente opuestos, en una final desde la primera vuelta. En el caso de Moreno para alcanzar 40% de los votos válidos y una diferencia mayor de 10% sobre la votación del segundo binomio. En el caso del primer binomio de la oposición, para impedir que ese escenario cuaje y forzar una segunda vuelta.
    Las cifras de los sondeos parecen indicar que el electorado percibe esta urgencia del voto útil, pues premian a cuatro rostros conocidos y establecidos. Si se confirmara esa tendencia, se afianzaría la ley del péndulo. Pero esto es una incógnita más que los sondeos que circulan no contribuyen por ahora a resolver.

2017: ¿hay binomios que chimban al país?

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Ocho binomios se inscribieron para la Presidencia de la República: el número todavía es amplio si se juzga el tamaño del Ecuador y el reducido margen que tiene cualquier gobierno para maniobrar. No hay espacio para ocho programas presidenciales. A esta condicion estructural del país y de su economía, se suma una situación coyuntural que milita aún más en contra de esta dispersión: la década correísta. Esa circunstancia impone una disyuntiva que la política no puede eludir: continuar con la llamada revolución ciudadana o salir de ella. Continuar es el reto para el binomio Lenin Moreno-Jorge Glas. Los otros binomios se han dado por misión (en teoría) salir de ella.

Y salir de la revolución ciudadana es, de por sí, un programa para algunos gobiernos. ¿Requiere el país siete binomios para ejecutar el mismo programa? Algunos dirán que ese es el drama del sistema electoral que obliga a los partidos, para no desaparecer, a presentarse en las elecciones y a tener candidatos electos. Eso explicaría por qué hay binomios presidenciales que no pueden soñar con Carondelet ni por casualidad, pero que usan la locomotora presidencial para aupar sus listas de asambleístas.

La proliferación de etiquetas partidistas no solo contamina la campaña electoral: algunos binomios, torciéndole el cuello a la lógica y al sentido común, inventan diferencias abismales con sus contrincantes para justificar su presencia. ¿Qué separa a Patricio Zuquilanda, de Sociedad Patriótica, de Cynthia Viteri o de Guillermo Lasso? ¿Qué diferencias programáticas o de visión política sustentan esa candidatura? ¿Todo se reduce a la necesidad para los hermanos Gutiérrez de tener algunos diputados y seguir así activos políticamente?
¿Qué posibilidades tienen Iván Espinel o Dalo Bucaram? Si tras diez años de correísmo prima la lógica del continuismo versus el más opcionado (o la más opcionada) de la oposición, ¿cómo coligen esos binomios que tienen condiciones para ser los más votados por el electorado? Si se empuja el corcho un poco más lejos, se llega a otro tipo de inconsistencias: ¿Hay espacio en esta elección para un programa de partido? ¿Acaso la urgencia para los electores que no están con el gobierno no es salir del correísmo limitando los costos?

Ese dilema (salir o continuar con el correísmo) muestra en forma fehaciente que la próxima elección no se realiza en una situación de normalidad democrática. Es iluso, entonces, el juego de algunos binomios dedicados a fabricar diferencias con sus contrincantes en vez de enfocarse en la urgencia visible para todos: el estado en el cual deja el correísmo al país. ¿Puede haber otro programa para los candidatos que no sea decir qué harán ante esa herencia de la “década ganada”?

¿Hay algo más urgente e imprescindible que volver a la democracia, a la división de poderes, a autoridades de control independientes, a jueces y fiscales dignos de su cargo, a la libertad de expresión? ¿Hay algo más apremiante que desmontar el correísmo? ¿Lo van a hacer? ¿Cómo? ¿Qué harán con ese bodrio de Constitución parido en Montecristi? ¿Qué harán con ese esperpento llamado quinto poder?

¿Qué harán con el gasto público? ¿Con este Estado-monstruo creado por la revolución ciudadana? ¿Con esa nube de militantes que Alianza País metió al Estado? ¿Con la deuda gigantesca a la China? ¿Con el presupuesto del Estado amputado de parte de los ingresos petroleros ya hipotecados? ¿Con la catarata de subsidios que sirvió a este gobierno a cebar parte de su base social? ¿Cómo van a generar empleo con leyes que penalizan la inversión y convierten al empleador en enemigo de sus trabajadores y en objeto de persecución por parte del Estado? ¿Qué harán con el IESS y todos aquellos jubilados, maestros… a quienes el gobierno confiscó fondos? ¿Qué harán con los perseguidos por este gobierno (encarcelados, expatriados, enjuiciados, multados, acosados…)? ¿Qué harán con los medios que el gobierno hizo suyos y con la Ley de Comunicación?

¿Hay espacio para siete binomios (por fuera del oficialista) ante un programa de gobierno acuciante que impone la realidad que deja el correísmo? Y ese programa incluye preguntas de fondo que ningún candidato quiere tratar pero que los ciudadanos deben saber. Por ejemplo: ¿cuál es el monto de la factura de esta década ganada (para los correístas) que el país tendrá que pagar? Y sobre todo, ¿cómo la piensan repartir para proteger a los más débiles? Ni siquiera Lenín Moreno puede eludir la herencia que deja el gobierno del cual hace parte.

Ocho binomios inscritos solo muestran que tras una década de correísmo, la sociedad política no maduró. Sigue barajando falacias. Como si el país fuera tan diverso. Como si un modelo autoritario no dominara todas las instituciones y concentrara todos los poderes. Como si tras esta fiesta de derroche y corrupción correísta, el país no tuviera que pagar la factura. Como si hubiera tiempo y espacio para inventar diferencias con el único fin de justificar su presencia en la arena electoral…

Foto: La Hora 

Correa: no empujen, Lenín ya es presidente

en Caricaturas/El Humor por
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Para qué encuestas si hay sabatinas: el Presidente ya dijo que su sucesor es el hombre en quien menos confianza tiene: Lenín Moreno. Y Chamorro muestra que lo que se dice en las sabatinas es ley… hasta que la realidad pruebe lo contrario.
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Lasso también adhiere a la política del lagrimeo

en La Info por
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Guillermo Lasso está al día en teorías de mercadeo político. Ahora dice –como dice Lenín Moreno, como dice Cynthia Viteri, como dice Jaime Nebot, como dice Mauricio Rodas– que él se ocupa de la gente. De doña Marujita o de don Juanchito. De aquellos que le hablan de sus necesidades. Y que los políticos, bueno… que los políticos se ocupen de los políticos. De otras cosas. De las cosas que solo interesan a los analistas políticos. A los vagos, hubiera dicho León Febres Cordero.

Lasso también entró en esa onda que consiste en lagrimear sobre los padres sin trabajo, las madres solteras, los pequeños industriales en ruinas, los jóvenes ecuatorianos que no pueden estudiar lo que quieren, las mujeres que se levantan al alba y que van a su trabajo con el viento en contra… En esa onda aparecen Marujas o Juanchitos que en los mercados, La Bahía de Guayaquil, un puesto artesanal en Otavalo, una tienda en Los Ríos le piden que no hablen de política, que no hablen con los políticos. Que hable de cómo tendrían que vender más ponchos o más abarrotes. Y él, como los otros candidatos, debe creer que eso es lo que debe decir en campaña para generar un nexo emocional con los electores. Y al hacerlo, milita por convertir la esfera pública en un concurso sensiblero en el cual, ellos, los políticos, se dedican a estremecer el alma nacional con las anécdotas de lo que les dice la gente en sus recorridos por el país.

Los candidatos, en esa nueva moda erigida en religión por los estrategas políticos, pretenden no ser políticos. Mutan en bienhechores que pugnan por hacer el bien y compiten para ver quién se conduele con mayor intensidad de la suerte de los más pobres. Este discurso, tan compartido en este momento, está diciendo que la vida cotidiana de los ciudadanos –más cruda, más dura para los más pobres– no hace parte del universo de la política. Y que los pobres –por tener que llenar la olla cada día– no merecen siquiera frotarse, así sea tangencialmente, con los discursos y debates que tienen que ver con los otros temas de lo público. Con que puedan vender más ponchos basta.

La nueva moda de la política –otro invento de los estrategas políticos para ganar votos– está convirtiendo la política en concurso de lagrimeo. En torneo de anécdotas en el cual los políticos, que hablan desde un estatus etéreo, bregan por mostrar sus dotes humanitarias. Y lo hacen firmemente convencidos de que los otros, ciudadanos y periodistas, no saben lo mal que lo pasa la gente; en particular los más pobres.

– A usted le interesa la política, no los problemas de la gente, dijo Cynthia Viteri a Alfredo Pinoargote cuando le preguntó cómo haría para lograr gobernabilidad en un supuesto gobierno suyo. Lasso evadió largo tiempo hablar de la unidad con fuerzas políticas este miércoles en Radio Democracia. Y en vez de respuestas concretas buscó las lianas más largas por donde treparse a otro espacio donde la unidad que hizo con Rodas y Paúl Carrasco dio paso a la unidad con la familia ecuatoriana, los padres sin trabajo, las madres solteras, los pequeños industriales en ruinas… ¿Acaso hablar de con quién se junta, eventualmente de la contextura ética de con quién se junta y para qué, no es tan importante como hablar de los problemas básicos?

En consecuencia, el país real en un momento tan álgido como este y tan especial como una campaña electoral, solo debe ocuparse de cómo comer y vender más ponchos. El resto lo resolverán los políticos cuando, ganadas o perdidas las elecciones, los otros problemas los avasallen. Escenario soñado para Lenín Moreno que ya está ofreciendo más subsidios (pensiones para todos los abuelos) sin tener que hablar de la inviabilidad del modelo que él representa y que deja deuda, despilfarro, inflación de funcionarios, petróleo empeñado, un aparato industrial semiparalizado, millones (sí millones) de desempleados, vacías las cajas del erario nacional… Escenario soñado restringido a las cosas básicas que lo facultan a no tener que hablar del modelo autoritario que está armado, funciona, es imposible de desmontar legalmente y ha convertido las libertades en productos de lujo.

Es obvio –¿quién diría lo contrario?– que hay que hablar de los problemas básicos de los ciudadanos. Eso es hacer política, no filantropía. Pero el arte de la política consiste en tener una nación (o buena parte de ella) mirando más allá de sus nichos privados. Por no hacerlo, Correa se erigió en el alma más caritativa que ha tenido el país (con fondos públicos). El éxito del correísmo fue precisamente poner en práctica lo que ahora pretenden hacer los candidatos presidenciales: hablar de lo básico (tuvo los fondos para operar y crear redes clientelares) mientras los ciudadanos le firmaban una chequera en blanco para que él resolviera los demás problemas. Lo hizo. Incluso le dieron permiso para meter las manos en la Justicia. Lo hizo con creces. Así el país desertó de lo público y se dedicó a consumir y muchas elites empresariales a hacer negocios. Gracias a ese canje, el académico Correa terminó siendo un populista autoritario y rabioso.

La nueva onda de mercadeo político reduce al ciudadano a ese modelo asistencialista que centra el debate en saber cuán mal están los pobres. ¡Es obvio que están muy mal!. La urgencia no es saberlo sino resolverlo. Por eso el postcorreísmo, si hay postcorreísmo, está condenado a mirar en todas las direcciones para volver a la democracia y concertar fórmulas para producir, atraer inversión y luchar contra la pobreza en el contexto que deja el correísmo al país: catástrofe ética, económica, institucional y política.
No es le momento, entonces, de reducir la política a temas de supervivencia sino de dotarla de su sentido más genuino y más ético: “la disposición a obrar en una sociedad utilizando el poder público organizado para lograr objetivos provechosos para todos”. Es hora de sacar la política de los concursos de lagrimeo.

Es muy probable que el vice de Lasso sea Andrés Páez

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Captura de pantalla 2016-10-23 a las 7.17.21 p.m.

Andrés Páez es el “muy probable” candidato a acompañar en la papeleta a Guillermo Lasso. ¿Tan probable que se puede dar por hecho?, preguntó 4Pelagatos a una fuente muy cercana a Lasso. Repuesta lacónica: “Así es”.

Andrés Páez está fuera del país, pero mantuvo hace unos minutos un intercambio de mensajes por WhatsApp con este medio. No negó que está conversando con el candidato presidencial de CREO. Hace dos semanas tuvieron “charlas preliminares” y el viernes pasado lo hicieron en forma detallada.

andrés páez y monge
Andrés Páez y César Monge, director del movimiento CREO, en el hotel Marriot de Quito, el 18 de octubre.

Lasso dijo, semanas atrás, estar pensando en Juan Carlos Holguin, un joven empresario quiteño, para candidato a la vicepresidencia. Ese nombre lo soltó en una cena con empresarios y sin que Holguín hubiera sido consultado. Otros nombres han circulado en la mesa de estrategia política que tiene Lasso con sus colaboradores en Guayaquil. Siempre han hablado del mismo perfil: joven, de Quito y, en principio, sin mayor pasado político.

Al parecer hay un cambio aupado por el pragmatismo electoral que encarna César Monge, como presidente de CREO.  Esto ha llevado a reconsiderar alianzas y perfiles. De ahí surge el acuerdo con Mauricio Rodas y su movimiento SUMA y la pre candidatura de Andrés Páez con el pasado político que se le conoce. Él es ex dirigente de la Izquierda Democrática y tuvo, en particular, un enfrentamiento rudo con Ramiro González que dura hasta hoy.

Páez ha sido uno de los políticos más visibles en las manifestaciones callejeras en Quito. Algunas las promocionó él. Pero en otras, que surgieron como producto de los autoconvocados y sin partido, quedó fuera de lugar al pretender dirigirlas. Seguidores suyos quisieron lanzarlo a la presidencia de la República y hasta hicieron afiches suyos que circularon en las redes. Finalmente, ese propósito no cuajó. Su nombre ya sonó como compañero de fórmula de CREO y hubo incluso afiches donde se lo veía al lado de Lasso, que salió a desmentir esa información por infundada.

Pero ahora sí hay hechos que van en ese sentido. El mismo Páez reconoce que en #luchaenlascalles, “hay consenso de apoyar una candidatura fuerte para librarnos de la dictadura. Eso es irreversible”. Él hace especial hincapié en la fiscalización al régimen, el empleo, la dolarización, la agroindustria, el fraude informático, los recursos frescos que requerirá el próximo gobierno… Y en esos temas, según él, ya han avanzado las conversaciones con Lasso. Sin embargo,  se abstuvo de confirmar un acuerdo definitivo sobre su nombre para ir en la papeleta presidencial. Para él las conversaciones van por buen camino. Pero “esto es Ecuador y no es Suiza y todo puede pasar hasta el minuto 93 y descuentos”.

Este ciclo de charlas que deberían sellar su acuerdo con Guillermo Lasso debe concluir esta semana, seguramente el martes. “Preferimos algo en detalle para que no haya contratiempos futuros –dijo Páez–. Ya somos toros lidiados”.

Los sondeos siguen siendo un asalto a la buena fe

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Captura de pantalla 2016-10-21 a las 6.00.43 p.m.

Rafael Correa dijo el lunes en la entrevista con Andrés Carrión que el gobierno, es decir él, tiene 63% de apoyo. No dio el nombre de la encuestadora. Jaime Nebot dijo en su enlace radial del miércoles, aludiendo a otro sondeo, que Cynthia Viteri, en un promedio Quito-Guayaquil, está segunda con 16% después de Lenín Moreno que tiene 29%; según dijo, Guillermo Lasso tiene 14%. No dijo de qué encuestadora son esos datos. Lasso dice que su porcentaje sube y sigue de segundo y otros candidatos -aludiendo a encuestas- dicen que él ya no tiene 24% como consecuencia de la llegada de Viteri y de Paco Moncayo a la carrera presidencial. Los amigos de Moncayo dicen que su candidatura se disparó espectacularmente, según las encuestas, pero no las muestran…

¿A quién creerle? Los electores van a estar sometidos, otra vez, a un ejercicio de fe o de olfato. El hecho cierto es que las encuestadoras que debieran producir esas fotografías instantáneas de lo que la gente piensa y decide, pues no sirven. No son confiables. Se dirá que siempre ha sido así. Sí, pero todo el mundo tiene el deber de mejorar.

Para ser exactos habría que decir que las encuestas no sirven a los ciudadanos. Pero sirven al gobierno y a los políticos que, con ellas, arman su estrategia de comunicación. A la medida de sus intereses. Cuando el presidente dice que su gobierno tiene el 63% de apoyo posiblemente repite lo que le dijo la encuestadora que le dio los datos, que trabaja para el gobierno, que solo mide Quito y Guayaquil, que dice encuestar alrededor de 900 personas y que nunca tendrá que justificar sus resultados. Puede publicar ese resultado que no coincide con el de ninguna otra encuestadora. Nadie tiene que justificar los suyos.

No hay ciudadanos organizados para monitorear estas empresas (que trabajan con la fe pública) y obligarlas a dar cuenta de esas diferencias abismales que son tan evidentes como las viejas coartadas para explicarlas: metodología, formas de hacer las preguntas, universos, ciudades que entran en la muestra, margen de error…

Perfiles de Opinión mide la gestión del Presidente de la República. En octubre dijo que era “muy buena” para 9,79% y “buena” para 49.53%. Dice haber encuestado a 920 personas en Quito, Guayaquil y Cuenca. Imposible comparar estos datos con otros de otra encuestadora. Pero ese ejercicio se puede hacer con la gestión de la Asamblea Nacional. Perfiles de Opinión y Cedatos publican cifras ese mes sobre el mismo tema. La curva de Perfiles de Opinión se encuentra por encima del 45% de aprobación (buena y muy buena). Para Cedatos apenas llega al 27% aprobación y 61% desaprueba. Cedatos dice haber entrevistado 2.122 personas en 15 ciudades y su margen de error es parecido al de Perfiles de Opinión, más o menos 3.4%. ¿Cómo se explica esa gigantesca diferencia?

Con las encuestas no solo fallan las cifras. También la lógica y el sentido común. En la medición de Perfiles de Opinión, Correa obtiene 59.32% por buena gestión. Un hecho paralelo: Cedatos preguntó si “el país debe seguir por el mismo camino o necesita cambios”. 84% dijo que necesita cambios y 13% seguir por el mismo camino. Si la gente está tan feliz mayoritariamente con la gestión de Correa, ¿por qué quiere mayoritariamente cambios? ¿Y si está mayoritariamente satisfecha con su gestión, ¿por qué en las mediciones que hizo Cedatos en julio pasado, apenas el 28% de los entrevistados dijo querer votar por Rafael Correa, seguido de Lasso por el 21%?

Disparidades como éstas, atentados a la lógica como esos pueden ser multiplicados al infinito. Generan tantas dudas las encuestas que exhiben los candidatos, que Lenin Moreno, según una fuente cercana, está siendo asesorado por encuestadoras de afuera. No obstante, las encuestas siguen cumpliendo, para los candidatos, el mismo papel que jugó el Oráculo de Delfos para que los griegos. Las encuestas decidieron que sea Lenín Moreno y no Jorge Glas el candidato de Alianza País. Decidieron que Guillermo Lasso se aliara con Mauricio Rodas. Decidieron que Paco Moncayo fuera el candidato de la ID y del Acuerdo Nacional por el cambio… Con encuestas los políticos hacen todo.

El único problema es que les llegan amañadas y manipuladas a los ciudadanos. Son, en general, un atentado a su buena fe y a la fe pública. Se prueba oyendo las cifras que dan Correa y demás políticos extraídas de supuestas encuestas que nunca identifican. Y que nunca muestran. Así se está haciendo la campaña.

Lasso se quedó con la fanesca

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Captura de pantalla 2016-10-19 a las 1.14.43 p.m.

El enroque se hizo en directo: en la primera fotografía aparecía Jaime Nebot, Mauricio Rodas a su derecha y Paúl Carrasco a su izquierda. En la segunda, Guillermo Lasso preside la mesa, con Mauricio Rodas a su derecha y Paúl Carrasco a su izquierda. Por supuesto, la segunda versión de la fanesca es un montaje que circula, pero resulta políticamente exacto. Rodas y Carrasco ahora están con Lasso, después de haber concluido una alianza con Nebot llamada La Unidad.

Captura de pantalla 2016-10-19 a las 1.19.20 p.m.

Las dos imágenes resumen muchas de las cosas que pasan alrededor de los dos líderes de la centro derecha en el país, Guillermo Lasso y Jaime Nebot. Primero, los límites elásticos que tiene la política para dirigentes como Rodas y Carrasco. Un día explican por qué están en una foto y uno de ellos despotrica contra Lasso; semanas después Rodas desaparece, rompe sin explicaciones con Nebot y anuncia un acuerdo con Lasso. César Montúfar se dedicó al mismo ejercicio en el mismo lapso.

Rodas, como si la política fuera la bolsa de valores, juega a que sus acciones suban. Durante la negociación con CREO, su organización echó a rodar el rumor de que estaba negociando con Paco Moncayo. Volvió a probar así, el sentido elástico que tiene la política para el Alcalde de Quito. ¿SUMA con Alberto Acosta, Unidad Popular (ex MPD), Pachakutiks… etc.? Un verdadero bluff político. Pero para CREO resultaba fundamental que los aliados anunciados por Nebot engrosaran sus filas. Un golpe letal para Nebot que afecta simbólica y políticamente la candidatura de Cynthia Viteri. Y, mediante la misma carambola, un intento calculado de cortocircuitar el relativo crecimiento que tuvo en Quito Paco Moncayo tras el anuncio de su candidatura. CREO actuó con dos alarmas encendidas.

Lasso no quiere que su caudal de votos en Quito, donde es fuerte, disminuya. Es verdad que Moncayo puede restar votos a Lenín Moreno (evitando que gane en la primera vuelta), pero también es cierto que Moncayo puede restar votos a Lasso y mermar las posibilidades de forzar una segunda vuelta. Por esto funcionó el bluff político de Rodas. Lasso puso el discurso político a esa alianza al afirmar que SUMA fortalece la propuesta de cambio. Eso dijo. Y para dar realce a la decisión, otorgó méritos políticos que Rodas no tiene. Decir, por ejemplo, que logró vencer a Augusto Barrera, candidato del oficialismo, reiterando de esa manera la mayor perla del mercadeo político del alcalde de la capital. En Quito, todo el mundo sabe que Rodas ganó por hastío, no por adhesión a un programa de cambio inexistente en el papel: SUMA no tiene programa político y menos una propuesta de cambio para la capital. Tras dos años de Alcaldía, Quito sigue sin norte.

Lasso no solo puso el discurso, también el costo: Guillermo Cely, de SUMA encabezará la lista nacional de asambleístas y su organización encabezará la lista de asambleístas, según confirmó César Monge a 4Pelagatos, en dos de los cuatro distritos de la capital. ¿Eso quiere decir que Cely, en caso de que Lasso pudiera forjar una mayoría, presidiría la Asamblea Nacional? En off se dice que hay un compromiso para que no sea así. Oficialmente, Monge dijo que ese tema “no ha sido debatido y se definirá no en función de posiciones sino de los resultados de las elecciones”. SUMA encabezará la lista de asambleístas en algunas provincias; Pastaza por ejemplo. El reparto se hizo basado en encuestas, cargos y popularidad de los candidatos. Ese cruce dio, por ejemplo, prelación absoluta a CREO en Loja.

La campaña entra, entonces, en esa zona de pragmatismo chato en que partidos y movimientos hacen alianza con quien creen que pone votos. Sean éstos payasos, ex futbolistas, animadores de Tv. o bailarines de la política. CREO también entró en esa dinámica en que las fanescas cambian de mesa.

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