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Juego geopolítico de Almagro

Almagro alaba a Correa porque va tras Maduro

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El secretario General de la OEA se explayó en elogios a Rafael Correa. El 3 de abril, en una actitud inusual el mismo Almagro felicitó a Lenín Moreno como nuevo Presidente. Y cuando le preguntaron por los reclamos de Guillermo Lasso, se escudó tras el informe de los observadores de la OEA que, como se sabe, no observan nada.

¿Qué pasó? ¿Acaso Almagro ignora la línea que unía Caracas, Cuba y todos los países del Alba que, con matices o sin ellos, se identificaron con el Socialismo del Siglo XXI? En absoluto. Ocurre que Almagro está jugando un partido más importante en el plano de la geopolítica regional y que, en su tablero, Ecuador está lejos de ser su prioridad. Correa se gana unos elogios a cambio de no pesar con su voto a favor de Maduro y de no hacer ruido en las plenarias de la OEA. Como sí ocurrió con Bolivia, por ejemplo, el 3 de abril pasado cuando la OEA aprobó por mayoría una declaración en la cual se lee que en Venezuela “hay una “grave alteración inconstitucional del orden democrático” y exige a Nicolás Maduro que restaure “la plena autoridad” de la Asamblea Nacional en la cual la oposición es mayoría. En esa votación se abstuvieron República Dominicana, Bahamas, Belice y El Salvador. Bolivia, Venezuela y Nicaragua abandonaron la sesión.

Esa es la declaración más dura que ha tenido la OEA contra la dictadura venezolana. Con ella se evidenció su aislamiento irreversible en la región y tomó fuerza la posibilidad de ser expulsada de la OEA. Esa posibilidad creció el 27 de abril al ser convocada, con la total oposición de Venezuela, una reunión de cancilleres para debatir sobre la crisis Venezolana. El gobierno de Maduro se adelantó y anunció, en una evidente jugada de victimización, el retiro de su país del organismo regional.

Es evidente que si Maduro llegó a este punto es porque la OEA, y Almagro en particular, se convirtieron en su pesadilla. Almagro no solo se expuso a las críticas de países y observadores que lo acusaron de haberse extralimitado al empujar, con una dedicación personal inocultable, el caso de Venezuela en la OEA. El Secretario General usó los mecanismos institucionales para aplicar la Carta Democrática, abrió su agenda a los opositores venezolanos, se dedicó hasta en sus cuentas sociales a denunciar la dictadura de Maduro, sus violaciones flagrantes a la propia constitución bolivariana, sus triquiñuelas para desconocer la Asamblea Nacional opositora, su maltrato a los prisioneros políticos, el desconocimiento de las agendas electorales… Almagro se convirtió en el peor enemigo de la dictadura chavista.

Esa es la agenda de Almagro. Esa es su prioridad y, se entiende, la de muchos países que hoy saben que Nicolás Maduro y Deosdado Cabello no son políticos adefesiosos y equivocados: son la cara visible de lo que Miguel Henrique Otero, director en el exilio del diario El Nacional, llama una narcodictadura. Mafias armadas que no respetan Constitución ni ley y que, amparándose en la soberanía y el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, se ponen al margen de las reglas, las convenciones de Derechos humanos y los mecanismos de convivencia internacional. Son grupos armados, corruptos y asesinos incrustados en el poder.

Venezuela es un caso que no está previsto en los acuerdos internacionales. Las urgencias que suscita (alimentaria, sanitaria, de seguridad, de amenaza internacional… ) son de tal magnitud que eso explica la actitud de Almagro: construir un frente, lo más amplio, lo más heterogéneo para aislar esa narcodictadura y neutralizarla. Hay adelantos visibles. Tres en especial: Maduro perdió la aureola ideológica: la miseria en Venezuela acabó el mito del Socialismo del Siglo XXI. Dos, el chavismo perdió a sus aliados: la alternancia de poder en Argentina y el cambio de equipos de gobierno en Brasil, pusieron fin, en los hechos, a esos organismos creados por el chavismo para competir con instituciones regionales. Tres, la crisis puso fin a la chequera usada por Chávez para extender su influencia geopolítica: la crisis económica, la corrupción y el pésimo manejo de la economía convirtieron un modelo en un cadáver ideológico, en un caso más judicial que político y en un problema de difícil manejo para la comunidad internacional.

Para lambisquear a Correa, Almagro archiva sus principios

Eso explica los elogios a Correa. Almagro los hace mirando el gran tablero regional. Y Correa, oportunista y en retirada, prefiere el diploma de gran demócrata que le otorga la OEA a cambio de su discreción, silencio o abstención en la OEA sobre ese antiguo aliado, hoy mundialmente impresentable. Basta comparar los comunicados de la Cancillería de ahora y las declaraciones de antaño y la actitud de la delegación ecuatoriana en la OEA para percatarse de que el correísmo negoció ese canje. Almagro se echa encima a muchos demócratas en Ecuador, Nicaragua y otros países, pero apuesta a la derrota definitiva de Maduro y de sus mafias. Ese juego geopolítico es de mayor envergadura y premura e incluye la situación en Cuba.

Correa sacará pecho por esa declaración de Almagro: nunca reconocerá que se la ganó porque, en los hechos, está contribuyendo a sacar del mapa la peor bazofia que parió la bonanza en este continente: el chavismo. Él ayuda a quemar lo que adoró porque, seguramente, ya fantasea con ocupar ese sitio.

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