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Juicio político a Glas

Si Jorge Glas no es ratero es inepto

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Robos hubo en los sectores estratégicos. En las hidroeléctricas, en la refinería de Esmeraldas y la del Pacífico que Jorge Glas es el único en ver, allí donde todo el mundo ve un terreno baldío.
Jorge Glas fue el responsable de todos los sectores estratégicos. Responsable del control y la supervisión de todo lo que allí ocurriese.

Un señor, Ricardo Rivera, recibió $13 millones de dólares de la empresa Odebrecht, especializada en repartir coimas a funcionarios de Gobierno. Rivera, que está preso en su domicilio, no es funcionario pero es pariente de un alto funcionario del gobierno de Rafael Correa. ¿Qué funcionario? El único conocido es Jorge Glas.

Pero Jorge Glas tiene un partido, Alianza País, que ayer, en la Asamblea Nacional, reiteró lo que es su prioridad: protegerlo. Esconderlo. Facilitarle todas las coartadas –inventándose minucias formales o prevaricando– para que no tenga que responder por aquello que no hizo (cuidar la plata del erario público) y dejó hacer (que se la robaran).

Salvarlo sin que tenga que explicar cómo pudo su tío, con quien está atado desde siempre, que es como su segundo padre, que él metió a la función pública apenas llegó al poder; cómo pudo ese tío recibir tantos millones de una empresa que solo paga por favores recibidos sin que él –único pariente situado en un alto cargo del Estado– esté, de cerca o de lejos, involucrado.

Alianza País es una empresa política hoy dedicada a tapar. Diez años sin fiscalización, produjeron secretos, realidades impronunciables, carpetas que no conviene abrir. Ese partido parece sellado por el mismo código, no escrito pero real, que rige el comportamiento de la mafia italiana: la omertà. La ley del silencio. Si cae uno, caen todos. Luego, todos se protegen. Los cadáveres en los armarios garantizan el hermetismo leal y férreo de la hermandad.

Alianza País ya no sabe lo que es el bien público. Ni la responsabilidad política. Ni la rendición de cuentas. Ni la fiscalización. Ni el poder con pesos y contrapesos. En ese mundo unívoco y hegemónico, hecho de lealtades y complicidades compartidas, ese partido creó una institucionalidad –redes de poderes concatenados, obedientes y cómplices– para ser impunes.

Todo esto es lo que se activó de nuevo en el caso de Glas. El Vicepresidente ni siquiera tiene que explicar lo que ocurrió en sus áreas donde se ha robado a manos llenas. En su defensa, el aparato ni siquiera usa el sentido común: si Glas no robó, pero dejó robar, no es responsable por acción, pero lo es por omisión. Bueno, y si no es responsable por acción ni omisión –lo que se antoja imposible– pero si así lo quieren ver, tienen que concluir: el vicepresidente es un inepto. Un peligro en la función pública. No deben confiarle ni la administración de una tienda rural. Debe renunciar.

No hay lógica política en Alianza País, preocupado por salvar a Glas como sea. Como si su movida se jugara en el mismo tablero de ajedrez del apogeo correísta. Como si no hubiera una opinión que ve sus coartadas miserables por ocultar la mugre bajo las alfombras. Y como si Moreno, que los amigos de Glas tratan abiertamente de traidor, no fuera beneficiario de un hecho político coyuntural que, con alrededor de 70% de popularidad, recompone la relación de fuerzas políticas a su favor. En ese esquema, sobra Glas. La reacción del aparato de Alianza País, al cerrar la posibilidad del juicio político, es tan ciega que, más que una muestra de fuerza, prueba su insoslayable desesperación.

Glas dio por cerrado este capítulo. Irrisoria conclusión. La opinión no lo olvidará. Y Moreno, aunque quisiera protegerlo, tendrá que seguir la dinámica de una sociedad que ahora ve el juego miserable de un colectivo que, hipnotizado por la ilusión del partido único capaz de controlarlo todo, confunde sociedad con militancia, triquiñuelas con institucionalidad y transparencia con ley del silencio.

Alianza País cree que Ecuador es un país de ciegos.

Foto: Vicepresidencia de la República

Glas es un hombre atrapado y sin salida

en La Info por

La bancada oficialista en la Asamblea Nacional está como carne sobre la parrilla. Terriblemente incómoda. Visiblemente disgregada. Consciente de que ahí se juega, en estas horas, un capítulo excepcional del postcorreísmo: la protección a Jorge Glas. O la posibilidad de que vaya a un juicio político que lo pone al borde de la destitución.

Glas fue convertido en piedra de toque por Rafael Correa y sus seguidores. Defenderlo a ojo cerrado es para ellos muestra de lealtad al líder y de fidelidad a su mal llamada Revolución Ciudadana. Paradójicamente con Lenín Moreno ocurre exactamente lo contrario: Glas se convirtió en divisor de aguas. Su presencia en el gobierno lo afecta y apartarlo se volvió, políticamente, una necesidad apremiante. Moreno no ha dado pasos decisivos en esa dirección, pero tampoco ha salido en su defensa. Y por su puesto sus operadores en la Asamblea no están sumando votos para evitar el juicio político que le plantea la oposición y cuyo interpelante es Roberto Gómez de CREO.

Hasta ahora Glas ha sido protegido por los asambleístas de la 35. Ya votaron para que no comparezca. La Comisión de Fiscalización le tendió alfombra roja para que, en vez de ser obligado a dar explicaciones, concurriera en calidad de invitado y se hiciera un monumento en una suerte de show-sabatino. Y ahora, cuando hay un pedido de la oposición con 60 firmas para llamarlo a juicio político, el oficialismo juega a ganar tiempo para seguirlo protegiendo: en el Consejo de Administración Legislativa (CAL), cinco miembros de Alianza País, de los siete que lo componen, interpretaron a favor de Glas la ley y no dieron paso al pedido de juicio político. Otorgaron tres días más a sus interpelantes para supuestamente completar los requisitos exigidos. En realidad, multiplicaron los formalismos para estirar los tiempos; una prueba fehaciente de que Glas ha perdido terreno entre los asambleístas de su propia bancada que no saben qué hacer con la papa caliente que tienen en sus manos. Es obvio que están divididos como lo muestra la posición de Jorge Yunda, entre las presiones de Correa y Glas –que transmiten voces como la de Marcela Aguiñaga– y el nuevo momento político que expresa Moreno, cuya popularidad –alrededor del 70%– es un sensor de altísima sensibilidad para cualquier político.

El caso de Glas no solo mide la lealtad hacia Correa. Se convierte en una antena a tierra para los asambleístas de la 35 impelidos hoy a tener en cuenta los nuevos factores del momento político: una opinión que clama y pide responsables de la corrupción. La defensa impresentable que ha hecho de su caso Jorge Glas. El peso específico que representa tener un tío preso por haber recibido $13 millones en coimas; y haberlas recibido por su relación con “un alto funcionario” del gobierno anterior que no puede ser otro que Glas. El costo político que significa protegerlo y, a través suyo proteger políticamente a aquellos que hicieron negocios non-sanctos en el gobierno de Correa.

El escenario, como se ve, se ha tornado disuasivo para muchos asambleístas de la 35 que, más que disciplina partidista, obedecen, como piensa Luis Fernando Torres, a sus realidades locales. Y esas realidades las tienen que administrar con el gobierno de Moreno; ya no con Correa. Todos saben –también los defensores de Glas– que el tiempo, por más que enreden el juicio político, juega contra ellos. El Vicepresidente es un hombre atrapado y sin salida. Y su caso puede demorarse en reventar, pero lo hará en cualquier momento. Basta con que hable su tío, el Fiscal reciba nuevos documentos o los jueces metan mano en el caso Caminosca. Glas puede subirse a la tarima con Correa o hacer almuerzos populares. Su realidad no cambia: ante sí tiene dos abismos y le será imposible evitarlos: uno político, otro penal.

Por supuesto hay mecanismos, todos controlados por el aparato que montó Rafael Correa, que pueden sacar a Glas provisionalmente del atolladero político: si el CAL da paso a la demanda de juicio, ese expediente irá a la Corte Constitucional y de allí –si la Corte califica la admisibilidad de la demanda– a la Comisión de Fiscalización que, con María José Carrión a la cabeza– ya mostró lo que es capaz de hacer…

Glas, ya se dijo, es el gran divisor de aguas. Los electores están invitados a ver de qué lado se ponen estos días sus asambleístas. Y Moreno podrá de nuevo evaluar cómo va su mano a mano con Rafael Correa. Porque si se cae Glas, la estantería que se derrumba estropeará sin duda al nuevo habitante de Bruselas.

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