Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Lenín Moreno candidato

Rafael Correa, un terrorista en campaña

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Lo único que hace falta es que Lenín Moreno pierda en la segunda vuelta para que el libreto kirchnerista sea completo. Por ahora, Rafael Correa lo sigue en forma literal. ¿Qué hizo Daniel Scioli contra Mauricio Macri? Lo que Moreno y Correa hacen contra Lasso: una enorme campaña de terror en su contra. La sabatina 517, hecha desde Cotogchoa, Ruminahui, podría ser considerada emblemática en ese sentido. Correa se lució: mostró una capacidad inaudita para mentir, alterar la historia, atribuir intenciones malévolas a sus opositores y usar a la gente.

Con esa seguridad que otorga la desvergüenza, el presidente se dedicó hoy, 25 de marzo, en esta última sabatina antes de la segunda vuelta, a fabricar una visión terrorífica sobre lo que significaría el triunfo de Lasso. Al estilo Scioli. Mintiendo: Lasso acabará con todos los beneficios sociales. Mintiendo en grande: Lasso privatizará todo. La salud, la educación, la seguridad pública… el Estado todo. Sus mentiras no son meras aseveraciones. Su equipo de propaganda monta videos de los años ochenta donde se muestra miseria en cualquiera de esos temas. No había pupitres. O medicinas. O patrulleros. Y exhibe escuelas del milenio. U hospitales equipados. O patrulleros flamantes. Sus ministros, que no están lejos, intervienen. La de salud, Verónica Espinosa, tan agenciosa ella, cuenta que ahora aquí se hacen hasta trasplantes de riñón y que su costo, unos 40 mil dólares, son pagados por el gobierno. Y adjunta que hay otras operaciones –se entiende más sofisticadas y más caras– cuyos usuarios son enviados al exterior. Con todo pagado. Se entiende que es la revolución ciudadana la que paga. No el país, no los contribuyentes. Y Correa, visiblemente emocionado, dice que comparen pasado con presente. Pasado con Lenín. Y que Lasso quiere volver a ese pasado en el cual quien no tenía plata, moría. Porque Lasso concibe la salud como una limosna. Como una mercancía.

Ya en ese punto, habla de implantes cocleares que cuestan 20 mil dólares. Y lo hace acariciando a los pobres y a la clase media en las cuales siempre encuentran algún beneficiario que, ante sus cámaras, le dan las gracias, muchas gracias, por su generosidad y su bondad. Todo en este guión híper preparado parece casual. Por ejemplo, ese niño que aparece con un implante en su oído derecho. Eso lleva a Correa a recordar el caso de otro niño que nada oía, pero fue beneficiado por la revolución ciudadana y volvió a la vida. De hecho, él lo escuchó decir “te quiero mamá”. Un momento inolvidable, recuerda. Todos lloraron, él incluido que, por lo que dijo, tiene la lágrima fácil.

La secuencia es la misma en educación, en empleo, en agricultura… en todo. Se le oye decir, sin pestañear, que aquí los pobres no podían ir a la universidad. De hecho, nada había hace 20 años en este país. O era deficiente. O limitado a los ricos. Ahora Ecuador, con él, es ejemplo en el mundo. Lo dice con una naturalidad que siempre sorprende. Sin frío en los ojos como debe decir su esposa en su casa, para hablar de desfachatez y descaro. No suelta a Lasso y, claro, el CNE dirá que esas cuatro horas no son puro proselitismo. Lo maltrata hasta llamarlo cavernícola. Lo hace todo el tiempo y por cualquier cosa. Incluso cuando habla del invierno. Porque si Ecuador no sufre lo que sufre Perú es porque existen los multipropósitos. Una buena inversión, un ahorro. Pero eso, evidentemente, lo entiende él, un estadista (así dice); no Lasso, un simple banquero.

Sembrar el terror es la consigna de Correa. Y cuando no encuentra elementos en la candidatura de Lasso no teme importarlos y endosárselos al banquero a quien pidió plata para su candidatura en 2006 y del cual hoy habla con desprecio. Su jercicio no se limita a tratar de pulverizar al contrincante de Moreno. También tiende los brazos a diestra y siniestra en busca de votos. A los profesores pidió perdón por no haber podido aumentarles más los salarios… Igual a los policías. A los católicos les hizo un curso exprés sobre teología de la liberación. Para eso tuvo a mano a Frei Betto, teólogo brasileño a quien condecoró en el Palacio. En ese capítulo incluyó a los arzobispo Hélder Câmara, del Brasil, y Óscar Arnulfo Romero, del Salvador, y al cura guerrillero Camilo Torres de Colombia. Esto le sirvió para revivir los años setenta, años de oscuras dictaduras y, en forma ruin, hacer creer que quienes aspiran hoy a un cambio en Ecuador y luchan por los derechos humanos son aquellos que aplaudieron a Pinochet y a los otros dictadores de esa calaña. El mismo paralelismo estableció con aquellos ciudadanos progresistas que hoy en Ecuador, queriendo restablecer la democracia, llaman a votar por Lasso. Vil.

Correa ha hecho gala en estos diez años de sicología proyectiva. Eso permite decir que está terriblemente preocupado. Dijo que la candidatura de Lasso se desmorona, pero no dijo nada de la forma indecorosa en que Moreno huyó del debate con Lasso. Dijo en cambio (y eso es una confesión) que el buró político le pidió suspender los enlaces y cambiar de estilo. Con gesto altivo indicó que los rechazó. Una forma de revelar que él manda en la campaña de Moreno. Como mandó el kirchnerismo en la de Scioli. Por eso Macri es presidente.

Foto: Presidencia de la República. 

¡Adivina quién es el banquero!

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La pela por el título al mayor banquero está pactada. El árbitro, Juan Pablo Pozo, ya explicó las reglas, aunque no admitió la desigualdad que se observa en el ring. El público luce cabreado… Chamorro está presente (reportando para 4Pelagatos).
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Moreno cayó en la trampa que dizque quiso evitar

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Todos creen que Lenín Moreno es lo mismo que Rafael Correa. Cara y sello de la misma moneda. Obvio: fue siete años vicepresidente. Siete años jugó a ser el policía bueno, al lado del policía malo cuyos métodos, estilo y (algunas) políticas supuestamente no compartía. Moreno, no obstante, decía que era diferente. Y a su alrededor se decía que él, como aspirante a la presidencia, no iba a ser lo mismo, no iba a estar con los mismos, no iba a decir lo mismo, no iba a someterse al mismo. Para ello se daba como prueba el discurso diferente que pronunció cuando llegó de Ginebra. De manos abiertas. De diálogo. De gente decente. De acuerdos. Esa diferencia, se dijo, se evidenciaba hasta en la camisa. Ya no verde. Blanca. No quiso y desechó las que le mandó el aparato. Tampoco quería a Jorge Glas. Ni las encuestadoras del gobierno. Ni a los impresentables hermanos Alvarado…

Ese ímpetu diferenciador, expuesto en una tarima en el sur de Quito, el 28 de septiembre pasado cuando volvió al país, duró horas. Correa lo llamó al orden. Le dijo que el programa lo hacía el partido. Que él era parte del proceso. Que podía haber un estilo, un temperamento diferente pero que la senda ya estaba trazada. La disputa alrededor de la candidatura de Jorge Glas duró unas semanas más, pero Moreno plegó. Alvarado también está en su campaña. Y Correa, convertido en ancla, no solo está presente: marca la ruta; opera la estrategia. Es tal su peso que ya dijo que si gana Guillermo Lasso, él regresará. Lo cual significa que, además de pensar con el deseo, considera a Lenín Moreno como candidato desechable.

De dos cosas una. O Moreno fingió siempre que no aspiraba a ser como Correa (eso se llama falsario). O es un hombre sin recurso alguno para hacer valer su visión y su temperamento (eso lo vuelve veleta). El hecho cierto es que, por decisión o por circunstancia, él hace en esta campaña, o deja hacer sin chistar, exactamente lo contrario de lo afirma. O dice.

Con una bonhomía que cualquiera da por cierta, Moreno habla de caballerosidad, de buenas maneras, de diálogo, de aversión a la guerra sucia. Lo dice con ese tono condescendiente capaz de franquear cualquier resistencia. Con el mismo tono riega en el camino de su contrincante minas letales: acusó, por jemplo, a Lasso de haber contratado expertos extranjeros en guerra sucia. Dice que son dos y que si se quiere él da los nombres. Pero no los da. Todo es tan natural en él: decir, por ejemplo, que entregaría las cuentas, para muchos chuecas, de su fundación. Tampoco lo ha hecho. Moreno actúa como si fuese experto en pasar de agache y dejar que otros tiren la piedra, limitándose a agravar el efecto de la pedrada. Ejemplo: el gobierno endosa a Guillermo Lasso la actitud de unos ciudadanos que insultan a Manabí. Moreno no desautoriza el montaje del gobierno ni condena a los grupos que violentan sedes de CREO o del Banco de Guayaquil. Se une une al coro: “Manabí se respeta, carajo!”

La misma actitud adoptó frente al CNE, a sabiendas de que las cifras no le daban para ser presidente en la primera vuelta. Nada caballeroso, como reclama que sean sus contrincantes, se adhirió a la estrategia torcida del gobierno y escribió en su cuenta de Twitter: “la posibilidad de ganar en la primera vuelta sigue intacta”. Igual a Correa.

¿Moreno es diferente en algo de fondo a su líder y al modelo que instauró? No se sabrá en esta campaña. No hay diferencias y hay que concluir que fue asimilado totalmente. O que siempre fue el espejo de la Revolución Ciudadana. Qué más da. Usa toda la logística del Estado, pero finge no hacerlo. Tiene juez propio, pero recita el discurso del fraude al revés inventado por el aparato de propaganda. Sabe que hay corrupción y que Jorge Glas está empantanado, pero se dedica a lavarle la cara. Habla de diálogo y concertación, pero acepta y participa en el operativo de odio del gobierno para que Manabí y Esmeraldas abominen a CREO y al banco de Lasso. Sabe que hay graves problemas económicos y que las cifras del gobierno están trucadas, pero él habla de la Misión Manuela Espejo. Sabe que el presupuesto del Estado que deja su gobierno es insostenible, pero ofrece más dádivas y bonos populistas…

¿Quién es realmente Lenín Moreno? Ya no importa. Moreno desapareció –como ocurrió con Augusto Barrera– ante el tutelaje y la hiperactividad de Rafael Correa. A tal punto que le ha tocado decir –y reiterar– que si llega a la presidencia, él le hará respetar su mandato, como él ha respetado el suyo. Su candidatura, lejos de ser la promesa de un cambio, causa hoy la sensación de mandado, de pieza de un mecanismo manejado por otro, de instrumento. La candidatura de Moreno termina confirmando lo que, desde el inicio, quiso negar: que es más de lo mismo, con los mismos, para hacer lo mismo con el mismo.

Los empresarios enchufados del correísmo

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Hay empresarios y empresarios. Hay los enchufados y los otros entre los cuales están los perseguidos o acosados por el correísmo. Ahora, no todos los enchufados son iguales. Algunos no aparecen. Dan plata para la campaña y no piden ni recibo. Otros prestan aviones o pagan el alquiler de aquellos que transportan al candidato. Otros hacen cenas en sus casas en las que los invitados tendrán como plato fuerte un encuentro cercano con el candidato. O recogen plata que hacen llegar en efectivo. Pablo Campana, famoso como empresario por ser el yerno de Isabel Noboa, es de otro tipo: se promociona como cercano a Lenín Moreno (su suegra lo hizo con Rafael Correa) y pone su cuenta de Twitter al servicio de la revolución ciudadana. Él es lo que se puede llamar un empresario enchufado y orgulloso de serlo.

Pablo Campana es un empresario “con conciencia social”: así se describe en el video en el cual invitó a los empresarios a un encuentro, el pasado 10 de febrero, con Lenín Moreno. ¿Objetivo? Firmar, en Milagro, en la planta de Adelca, “el pacto empresarial y acuerdo por la inversión, producción y empleo”. La invitación en sí misma da una idea de lo que Campana entiende por política pública: una promesa hecha por un candidato, en plena campaña electoral, en un planta de una empresa privada, con los invitados que asistan al mítin. Campana hace campaña por Lenín Moreno. Y hace méritos ante él, que va primero en los sondeos, con la idea obvia de que todo ello redunde en sus negocios. De hecho, él ya tiene contratos con el Estado y lo contó, al diario gobiernista El Telégrafo, en junio del año pasado. Entonces habló de proyecto icónico en Manta que estaba trabajando con el Estado en los dos últimos años. Su suegra también se apuntó a los proyectos a dedo entregados a dedo por el gobierno y vendidos a la opinión bajo la denominación “Alianzas público-privadas”. El puerto de Posorja es uno de ellos y su participación con la empresa dubaití DP World se firmó en Carondelet en junio pasado.

Ser un empresario enchufado es eso: gozar de privilegiados ante la autoridad política de turno. En este gobierno, hay grupos económicos conocidos por haber reforzado su posición de predominio, o abierto monopolio, en el mercado: Wright, Eljuri, Nobis, Herdoiza Crespo, Hidalgo Hidalgo, Grupo Ortiz, Avellan, Deller, Familia Jácome, Grupo Pharmacys… O grupos mucho menores como Marcovici y Abedrabbo, los hermanos Correa-Delgado…

Sus representantes se defienden pero la realidad es que el correísmo, lejos de democratizar el capitalismo en el país, lo han concentrado. No hay evolución mayor en el empresariado que, mirando lo que hacen los grandes grupos económicos, no piensan en reglas y en condiciones favorables a la competencia sino en buenas relaciones con el poder de turno. Ese es el ejercicio al que invitó Pablo Campana a los empresarios. A apoyar a Moreno, a hacer méritos políticos y económicos durante su campaña, para que él los tenga en cuenta si llega a ser gobierno. En esa visión, el empresario está convidado a hacer una inversión que cualquier neófito en finanzas calificaría de rentable. Campana conoce la fórmula de Nobis donde trabajó con su suegra.

Las elites empresariales (con las debidas y escasas excepciones) tenían enormes deudas con el país antes del correísmo. Se entiende que tras una década, casi por entero de bonanza por los precios de los commodities, pero una década de un gobierno autoritario y concentrador, esas elites iban a reconciliarse -en algún grado y de alguna manera- con las políticas públicas. Con los valores democráticos. Con la escuálida democracia tan tradicional en el país. Se pensó que se iban a reconciliar sobre todo con su rol de elites que no han entendido y que no han practicado. No: en la mayoría de casos se dedicaron a hacer dinero y cerraron los ojos ante las infamias que cometió el régimen incluso contra empresarios, amigos suyos, que no plegaron ante la aplanadora oficial. Esos empresarios dedicados a hacer dinero siguen hablando, como Campana, de tener conciencia social porque apoyan programas caritativos o dan cursos a sus empleados. Y si se les pregunta por su responsabilidad política (de políticas públicas no de proselitismo) ante la sociedad, siguen diciendo que su papel se limita a dar empleo.

Parece obvio que un candidato deba tener planes para atraer inversión, proteger e incentivar la producción y generar empleo. Pero no puede negociarlos solamente con los empresarios y, peor, en la explanada de una empresa. Campana promocionó precisamente el mecanismo que cualquier ciudadano demócrata, del bando político que sea, debe rechazar. Porque ese mecanismo perpetúa este tipo de empresariado que solo aspira a capturar el Estado para sus beneficios particulares.

Diez años de correísmo debió mover a los empresarios a sacar conclusiones. ¿A qué tipo de Estado se enfrentaron? ¿Con qué reglas jugaron? ¿Qué entorno tuvieron? ¿Qué pasó con la sociedad? ¿El sistema político favoreció o no su integración en el mundo contemporáneo? ¿Qué ocurre a una sociedad sin libertad de expresión? ¿Cómo concilian mayor crecimiento empresarial y responsabilidades sociales? Etc… No se ve ese trabajo y, peor aún, no se ve que esas inquietudes sean reales problemas para el empresariado en general y sus gremios. Hay un vacío conceptual que se tapa con diagnósticos, encuestas y gráficos macroeconómicos.

En ese vacío -que concierne el rol fundamental que tiene el empresario en una sociedad contemporánea- navegan cómodos y orondos los empresarios enchufados. Su única desazón es olvidarse de la sociedad que los rodea y, de paso, afinar la estrategia para que el poder político los tenga bien presentes… en los contratos y en los beneficios para su grupos. Los verdaderos empresarios tienen problemas en sus presupuestos y están defendiéndose ante las cortes correístas.

Foto: video de Pablo Campana

¿Lenín Moreno es Cantinflas o se hace?

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Lenín Moreno ha vendido una imagen de cuentachistes y aficionado a la ciencia. No es raro oírlo citar a Newton, Einstein o Stephen Hawking. La impresión que causa es la de un sereno consumidor de textos de divulgación científica sobre teorías astrofísicas y cosmológicas. Así se perfila como un político diferente, de otro nivel existencial e intelectual, pleno de humor y extraviado en terrenos familiares a Carl Sagan o Neil deGrasse Tyson.

Lenín Moreno cultiva esta fama. La usa. El 12 de enero en Quito, por ejemplo, en la Universidad Tecnológica Equinoccial, el candidato de Alianza País dio una conferencia que dividió en dos: un acercamiento a su visión holística, atada se supone a la ciencia, y su propuesta política. Por la forma como se ha promocionado, cualquiera espera de su parte una exposición apasionada sobre la evolución estelar o la astronomía galáctica. O un paseo por la singularidad espaciotemporal o la radiación de Hawking, con quien dice haber charlado hace algunos años. Pues no. Moreno cita frases, autores, eventos históricos… Un torrente de palabras absolutamente deshilvanado. Su auditorio, tetanizado ante la supuesta erudición y conocimiento del expositor, luce alelado; deseoso de encontrar un cable a tierra, una frase, una conclusión. En minutos, Moreno destruye la imagen de aficionado a la ciencia. Su ejercicio se vuelve altisonante, estruendosamente cantinflesco.

El viaje al cosmos empieza por él. Por el hecho de haber vuelto a la política cuando se había despedido de ella. No fue su culpa. Dice que fue la de sus compañeros, la de Correa, la de la ciudadanía. Le pidieron volver. Y luego está el azar. Esas cosas que suceden y que él –lo dice con un aire esotérico irreprimible– no cree que se den por simple coincidencia. Da un ejemplo: el día que la duda lo avasalló, él cogió un libro donde encontró una frase de Epitecto –filósofo griego, nacido en Hierápolis de Frigia– que, según él dijo: “Si una persona tiene la oportunidad de servir a la colectividad mediante un cargo público, es una falta de ética no hacerlo”En realidad, Epicteto de Frigia dijo: “El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos.”

No importa si trastoca el pensamiento y se equipara con un sabio. Le importa legitimar su decisión. No dice que volvió a la política a pesar de su promesa de no hacerlo, porque estaba previsto que volviera. Para eso fue enviado a Ginebra. Dice, amparándose en un filósofo que nació en el año 55, que volvió por deber ético. Eso no solo suena mejor, lo coloca en un nivel inaccesible. El de un ser que está más allá del bien y del mal. Un gurú. Un oráculo. Y desde ese territorio pide a su auditorio que piense diferente porque estamos en la era –dice– de la resonancia magnética, de la visión holística, de la teletransportación…

Dice Teletransportación, como si de pronto él y su auditorio estuvieran embarcados en la serie Star Trek. Para él es un hecho. Lo dice aludiendo al Dr. “Anton Selinger en Austria… al principio lo hizo de un lado al otro del río Danubio, ahora lo hace en Tenerife a 17 Km de distancia”. No hay rastros de ese fenómeno. Hay evidencias de teletransportación de paquetes de ondas no clásicas de luz de un sitio a otro, en un distancia relativamente corta. Los científicos también han dicho que pueden transportar un átomo, pero a tres metros. Eso no importa. Moreno da por sentado que hay teletransportación humana. Lo dice para incitar a “pensar en forma diferente”. Lo dice recordando que él vivió en Suiza, cerca del Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN), donde se detectaron indicios de una partícula seis veces más masiva que el bosón de Higgs.

Decir que vivió al lado del CERN significa, en este caso, que sabe lo que dice. Acto seguido, introduce a Stephen Hawking quien le dijo –eso cuenta– que los estudiosos de las ciencias sociales y los políticos se han alejado de la ciencia y de la tecnología. Hawking le hizo descubrir que no es la física clásica la que determina el comportamiento social del ser humano sino la física cuántica. “A partir de la cuántica –agrega– y la relatividad debemos vivir de una forma diferente”. Lo dice como si hablara con astrofísicos y como si eso significara algo para su auditorio. Y esas frases sueltas, esos consejos del sabio que lo sitúan en los confines del cosmos, los redondea citando en forma incompleta al neoyorquino, fallecido el año pasado, Alvin Toffler: “Los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

El turno de frases lanzadas al aire es para Albert Einstein quien afirmó –eso dice– que el sentido común “es el conjunto de idioteces que se acumulan hasta los 18 años”. En realidad Einstein dijo que “El sentido común no es más que un depósito de prejuicios establecidos en la mente antes de cumplir los 18 años”. No importa citarlo mal. Lo hace por una causa noble: invitar a vivir en forma diferente a partir de “la cuántica y la relatividad”. Y agrega: “es posible que la materia y el tiempo sean un punto de vista del observador. Eso significa que todos somos una hermosa y maravillosa unidad que solo se diferencia por el ego. ¿Es malo el ego? No porque eso es la maravillosa diversidad de la que podemos disfrutar”.

Es hora de volver a él. Moreno se pregunta si ha aplicado “el concepto cuántico”. Se responde: “Claro que apliqué conceptos cuánticos en la misión Manuela Espejo y mientras más aplicaba conceptos cuánticos, mejor me iba”. Se anima, entonces, a trasladar el concepto cuántico al mundo terrenal de los jóvenes que lo oyen: cuando un estudiante sale de la universidad, lo debe hacer con el deseo de servir. Lejos de él –dice– el deseo de enriquecerse, de hacer dinero. Eso vendrá por añadidura. La catarata de ejemplos que cita, está destinada a probar lo que dice: Henry Ford (cuando decidió hacer autos para los pobres), la compañía Hershey (cuando decidió que comer chocolates no debía ser un lujo), Harley-Davidson (cuando decidió poner un motor a la bicicleta), Avon (cuando decidió que las mujeres pobres tenían derecho a los cosméticos)… ¡Ese concepto holístico, es cuántico!

 Liquidada esta parte, la segunda, destinada a la política, suena terriblemente aburrida. Y lo es: clichés del infierno de país que existía hace diez años. La aparición de un líder que tiene grandes defectos, pero todos los grandes líderes son así. Lo que ha hecho el gobierno de Correa y lo que él piensa continuar: un gobierno que ofrezca a los ciudadanos todo lo imaginable para que sean felices. Ya no es teletransportación cuántica; es cuento chino.

Correa ató de pies y manos a Lenín Moreno

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Lenín Moreno hace una campaña totalmente inodora, incolora e insabora. Esa es su estrategia. Es lo que conviene a su jefe de campaña Vinicio Alvarado, quien no ha renunciado a su cargo oficial. Al candidato le conviene no crear olas. Decir generalidades. Evitar los debates. Exponerse en los medios donde no es confrontado; incluido Teleamazonas. Ser sosegado para diferenciarse de Rafael Correa (el estilo), pero asumir todo lo hecho por su gobierno (el modelo). Eludir todos los temas espinosos, empezando por el de Jorge Glas, su binomio.

Moreno sabe que mientras las cifras le favorezcan, lo mejor es evitar que se muevan las frutas. Y explotar los activos que atesoró durante los seis años que estuvo, al lado de Correa, mirando para otro lado: cordialidad, buen humor, cercanía con los discapacitados y una liviandad tan atroz que lo convirtió en motivador pagado. No sale de ahí. Mejor aún: ese estilo es el  punto fuerte de su campaña. Si gana –dice– se acabará la confrontación y se inaugurará una etapa de respeto y tolerancia. El resto va de sí: hacer acto de presencia en las tarimas y activar esos clichés que hicieron de él el policía bueno de esta década correísta.

La campaña de Lenín Moreno está perfilada para que él sea un producto-light tras diez años de una guerra de la cual están cansados los propios correístas. Él pretende ser una suerte de poción mágica para desintoxicar al país; un bálsamo reparador para esa franja de electores que, cebados por el populismo correísta, quieren que esto no termine. Más de lo mismo, pero con cortesía: ese podría ser su lema.

Tras una entrada turbulenta (a su regreso de Ginebra) en la que quiso marcar diferencias con Correa, Moreno se calmó. Ya no formula crítica alguna contra el gobierno. Plegó ante el supuesto gigante, como él lo llamó, y ante el aparato oficialista que lo pusieron en cintura. Y si mantiene la estrategia de no decir nada sustancial, ser buena persona, sonreír,  fotografiarse con la gente y exhibirse en las tarimas es porque sus estrategas consideran que, a pesar del desgaste, las cifras aún le son favorables. Si la curva descendente se acelerara, la estrategia seguramente cambiará. En esa dinámica no hay que descartar nada, incluso un distanciamiento con Jorge Glas o una abierta oposición a Rafael Correa.

Ser un producto-light tiene sus restricciones. Y estas son visibles en las redes sociales de la campaña de Moreno. Se nota el énfasis puesto en la elaboración de videos. Parece evidente el ánimo de paliar su ausencia física en muchas partes (por el cuidado que tiene que tener con su salud) con la sobreexposición en redes.

Moreno sobrevuela los temas. Como si bastara evocarlos para que los electores supieran lo que piensa hacer con ellos. Dice cambio, se instala en el sustantivo o en el verbo y gira y gira a su alrededor en pos de una añoranza bucólica. En un video (El cambio verdadero), Moreno se dirige a los electores: les hablan de cambio, de la necesidad de cambiar, en mi gobierno habrá cambios, pero no los cambios de aquellos que quieren regresar al pasado, el cambio verdadero es avanzar hacia el futuro… ¿Qué cambios propone? Lo que se ha hecho, pero más grande. Combatir toda forma de corrupción, hasta erradicarla. El cambio verdadero es avanzar, nunca retroceder… Es mejorar lo que ya tenemos, nunca destruirlo. El cambio verdadero es contigo, aún tenemos muchos sueños por alcanzar… Una proeza: la mayor colección de obviedades en muy pocos segundos.
Moreno habla con la misma ligereza del empleo, transformado en segundos en “empleo, cero” gracias a los créditos que se darán en su gobierno para el sector turístico. Y pide a los electores que acudan en su gobierno por esos créditos. Así liquida otro problema. Y además crítica a aquellos que han dado fórmulas para crear empleo. Moreno en campaña es una colección de alegorías.

El mismo paseo dio en Teleamazonas en la mañana de ayer (4 enero): ¿Glas responsable de la corrupción en los sectores estratégicos? Él ha respondido -dice-, ha dado la cara, colabora con la investigación. ¿Estado de la economía? Estamos mejorando -dice-. ¿Y los prestamos, la plata cogida al Banco Central, los pozos petroleros empeñados? Es dinero para inversión -dice-… Así Moreno huye de la realidad. Miente conscientemente. Lava la cara del gobierno y sus cuentas. Se compra una herencia envenenada. Se convierte también conscientemente en rehén y cómplice de un balance mentiroso, con cuentas trucadas, deudas monumentales, lista de corruptos y contratos secretos. Moreno hipoteca desde ahora su posible Presidencia porque plegó ante la estrategia de Correa. Aceptó como candidato a la vicepresidencia a Jorge Glas y toda la nube oscura de sospechas que lo envuelve. Aceptó a Vinicio Alvarado como jefe de campaña cuando pensaba en un equipo nuevo, suyo. Aceptó defender en bloque toda la gestión correísta y asumir el costo que eso conlleva.

Lenín Moreno hace una campaña inodora, incolora e insabora porque la realidad por la cual tiene que responder y que, de ganar, tendrá que administrar, es penosamente abrumadora. Sobrevolarla es la mejor forma de ocultarla. Y ocultarla es la única obsesión de Correa. Moreno compró como estrategia electoral lo que es, en realidad, la estrategia de disimulo de Rafael Correa que, conociendo el estado de quiebra en que deja la economía, apuesta por el fracaso del próximo presidente. Sea Moreno, Lasso, Viteri o Moncayo. Solo así puede acariciar, desde ahora, la idea de volver en 2021.

Foto: Presidencia de la República

Próximo artículo: la estrategia de Cynthia Viteri

La Ley de plusvalía es el gran biombo de Correa

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Más allá de los detalles técnicos, que habrá que analizar cuando sea aprobada, en la ley de plusvalía hay que ver el contexto político y el momento escogidos por el Presidente para enviarla –otra vez– a la Asamblea Nacional. Tres movidas aparecen claramente.

1. Limitar el costo político y sacar el máximo provecho político: Correa anunció el 17 de octubre pasado, en la inauguración de Habitat III, que volvería a enviar la ley. Lo hizo ayer, 1 de diciembre, y su proyecto tiene carácter de urgente en materia económica. La Asamblea tiene, entonces, 30 días para aprobarlo. Correa, consciente que este proyecto sacó los ciudadanos a la calle, escoge un período de fiestas y encuentros familiares para pasar la ley. Si la quiere aprobar es porque quiere sacar provecho político; si la aprueba en diciembre es porque quiere limitar el costo político.

2. Explotar el valor político de la ley: Los especialistas dirán, cuando la ley salga, cuánto puede recoger el fisco. Poco, comparado con el desgaste que esto produce para el correísmo. Por ende, esta ley solo busca réditos políticos cuyo valor es mayor para el poder. Hay tres frentes, entre muchos otros, en que puede sacarle partido:
a) Usarla para mostrar que este gobierno ataca a los ricos, a aquellos que tienen patrimonio y pueden heredar. Los “especuladores de suelos urbanos”. Correa acaricia la base electoral más relegada buscando sumar votos que ayuden a Moreno a ganar en la primera vuelta. Esta es la versión criolla de la tradicional lucha de clases que sirvió, muchas veces, a Hugo Chávez a ganar los votos necesarios para seguir en el poder.
b) Usarla, eventualmente, como motivo de enfrentamiento con Lenín Moreno. Los dos necesitan causas para generar esta suerte de distanciamiento-acordado, un tongo programado, tan útil en momentos en que los dos pretenden lo imposible: mostrar lealtad al balance gubernamental y, al mismo tiempo, prometer cambios para aparentar que Correa es una cosa y Lenín Moreno es otra. No el statu quo.
c) Usarla para apalancar la consulta popular en un momento en que al gobierno se le vino al piso la fachada de manos limpias en que pretendía fundamentar el tan cacareado pacto ético. La corrupción en Petroecuador, los otros escándalos en los cuales figura el nombre de Jorge Glas, han corrido la alfombra bajo los pies del oficialismo. Correa, sin margen de maniobra financiero, busca golpear los imaginarios de una base social que no tiene nada qué perder.

3. Optar por el mal menor: La ley tiene un costo político innegable. Pero los escándalos de corrupción pueden representar una factura más costosa para el régimen. De hecho, la corrupción que estaba en los últimos lugares de las preocupaciones de los electores, ya figura, en algunos estudios, entre los temas medulares.
El oficialismo sabe que los Panama Papers, el divorcio de Tomislav Topic, algunas filtraciones que provienen de la Contraloría, documentos que sacan sus propios funcionarios… han generado la percepción de que hay grandes negociados y grandes corruptos en su gobierno. Esa percepción está minando al propio binomio correísta: Ya hubo un viento gélido entre Moreno y Glas a causa de las presunciones que pesan sobre el actual vicepresidente porque su nombre ha saltado en casi todos los últimos escándalos de corrupción. Moreno y Glas se volvieron a dividir ante el caso de Pedro Merizalde puesto en pésimo predicamento por la Contraloría y por figurar en los Panama Papers. Merizalde está en Tailandia. Moreno le pidió renunciar; Glas lo defendió.
No solo es esta ola de denuncias de corrupción lo que preocupa al oficialismo. Es la falta de plata. Es la obra infame que cumple con el Banco Central. Es el desempleo que se agrava. Es la Refinería del Pacífico para la cual no encuentran el financiamiento que les permita tapar el derroche y la corrupción en ese movimiento millonario de tierras. Son muchos otros temas.
Por supuesto que frente a todo esto, que lo afecta ante el electorado en su conjunto, el correísmo encuentra menos costoso hacer explotar la bomba de la plusvalía. Sus estrategas deben estar pensando en la tesis del mal menor. Además esto permite al Presidente seguir activo en la campaña, señalando a los ricos. Lo hace mientras elude el caso de los millonarios de su gobierno que con empresas en Panamá o con prestanombres, en Hong Kong u otras ciudades, hablan de los pobres mientras rinden homenaje al dictador Castro.
La ley de plusvalía es en este momento un gran biombo.

Foto: El Universo

¿Tendrá Moreno que traicionar a Correa para ganar?

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Lo inevitable ocurre y ocurre en directo: Rafael Correa y Lenín Moreno reanudan el cruce de frases que patenta públicamente que, en ciertos temas, están en desacuerdo. Van algunos desde que el líder de Alianza País se resignó a que Moreno fuera el candidato oficialista. Su ex vice puso distancias, primero, con el mal llamado estilo de Correa en el discurso que pronunció en el sur de Quito, la noche que regresó de Ginebra. Esas muestras de disidencia las diluyó en el Estadio de Aucas al ser anunciado, con Jorge Glas, como el binomio oficial.

Sus críticas a las escuelas del Milenio jugaron el papel de ensayo complementario en este ejercicio de publicitar sus disensiones con Correa. Sin embargo reculó (como lo había hecho cuando declaró su oposición a la reelección) y para hacerlo usó la coartada más frecuente entre político: me sacaron de contexto. Luego resignificó lo que dijo y acomodó las cosas para poner punto final a la bronca.

El mano a mano sobre el anticipo del impuesto a la renta marca otra etapa. Primero: Moreno dice jamás haber entendido la medida del anticipo del impuesto a la renta. No dice que va a estudiar si lo revisa. Anuncia que lo va a cambiar. Segundo: Correa responde que esa medida está en el programa de Alianza País que Moreno, Glas y los otros candidatos firmaron. No solo excluye que se cambie sino que dice que no hay motivo para hacerlo. Y concluye, refiriéndose a Moreno, pero sin citarlo: “es puro cuento”.

Tercero: esta vez, Moreno no retrocede. Responde en dos tuits destinados a situarlo en el único espacio posible en su caso: “El Presidente tiene derecho a pensar diferente. Cada quien decide en su gobierno”. En claro, él es él; yo soy yo.

Moreno partió aguas. ¿Movida pactada o improvisada? No importa. Moreno y Correa necesitaban dividir en dos el territorio correísta. Real o ficticia, esa fragmentación les beneficia. Les es imprescindible para asegurar, hasta donde sea posible, el triunfo de Moreno. Puede que Correa no haya aprendido nada de sus metidas de pata en la derrota de Augusto Barrera. Puede que no le resulte concebible que Moreno, su subalterno, le contradiga públicamente. Pero es el juego al cual tendrá que plegar si quiere que Moreno gane y lo haga, como él espera, en la primera vuelta.

Que Moreno y Correa; Correa y Moreno estén ya en ese juego (concertado o improvisado), muestra que el escenario que el presidente descartó en una sabatina –el del caso Scioli en Argentina– es hoy una realidad. Scioli pretendía suceder a Cristina Fernández y en la campaña trató de poner serias distancias con ella y la herencia que dejaba el kirchnerismo. Finalmente, perdió.

Correa dedicó tiempo a este caso en la sabatina 494. Su mensaje fue claro: poner distancia con el gobierno es un error. Desechó que Lenín Moreno tuviera que seguir el ejemplo argentino. Los hechos empiezan a probar que Moreno será el Scioli ecuatoriano. O no podrá soñar ni remotamente con ganar. Las distancias que ahora puso, están llamadas a crecer.

Moreno está circulando por el país. Y lo que está comprobando es que el gobierno de Rafael Correa, lejos representar el futuro, es hoy el statu quo. Moreno no puede hablar de la partidocracia, como lo hizo y lo hace Correa. Para él, como para la mayor parte del electorado, el pasado es Rafael Correa. Las encuestas, por cuestionables que resulten, muestran que el número de personas que creen que el país debe ir en la misma dirección de la década correísta, no suma hoy 15%.

El grueso del electorado quiere cambios. Y Moreno tiene claro que si quiere ganar, tiene que mostrar que él no es Correa: tiene que diferenciarse, cuestionar formas, anunciar cambios. No sería raro que ahora que el tema de la corrupción caló en la opinión, a raíz del escándalo de la repotenciación de la refinería de Esmeraldas, se sume a aquellos que piden fiscalización y castigo para los culpables. Claro, salvando a Jorge Glas, responsable político (si los hechos no lo involucran más) de esos robos.

Los dos tuis de Moreno, contrariando a Correa, inauguran una nueva etapa en esa relación tumultuosa entre ellos y un nuevo horizonte en la candidatura oficialista: Moreno no será –no forzosamente– el guardián del templo. En su carrera hacia Carondelet, él tiene que distanciarse de Correa. No importa si es una movida real o simulada. No importa si es un tongo o si la guerra con Correa y parte de sus jerarcas es real. Tiene que aparecer como un producto diferente sin negar su marca de fábrica. Y en esa empresa no puede descartar ningún escenario: incluso su traición –parcial o total, velada o explícita– al proyecto que contribuyó a armar.

Los nuevos actores del circo de Lenín Moreno

en Caricaturas/El Humor/La Info por
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Lenín Moreno inauguró, en marzo de 2013, cuando era vicepresidente, el primer circo social en el país. Con niños de la calle. Chamorro lo encontró en plena campaña, entrenando su nueva obra. Con los actores que le deja su amigo, el Presidente.
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Correa se ha vuelto un estorbo para reinventar el país

en La Info por
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Rafael Correa acelera: ahora sin tapujos y aludiendo a todos los candidatos, convirtió la sabatina en tarima de proselitismo a favor del binomio de Alianza País. No es nuevo. Tampoco lo es que mienta en directo y mirando a los ojos a los televidentes. Pero siempre sorprende la frialdad y la audacia con que lo hace.

Hoy, 8 de octubre, en el enlace 495 hecho en el sur de Quito, el Presidente hilvanó mentira tras mentira: dijo que La V Convención de Alianza País, realizada el sábado pasado, fue enteramente financiada por Alianza País. Para hacer digerible aldaba de tan respetable proporción, dijo otra mentira: si los medios públicos lo transmitieron es porque en ese evento estaban el Presidente y el Vicepresidente en actividades oficiales. No dijo que estuvo en un evento de su partido y, peor, que Jorge Glas asistió como candidato a la vicepresidencia con Lenín Moreno. Antes de que los televidentes cayeran en cuenta del sofisma, inventó otra mentira. Imagínense, dijo, si fuera Obama. Los medios cubrirían la convención y nadie en Estados Unidos diría nada. Impresionante cómo manipula la realidad. Impresionante cómo osa llevar a un subalterno suyo, el Secretario Nacional de Comunicación, para que legitime con más mentiras, las suyas.

Patricio Barriga procede sin despeinarse. Con aire solemne, certifica que ese evento tenía todas las características de un hecho noticiable. Eso dijo. Aunque ese no es el debate: es el uso de medios públicos pagados con dinero de los contribuyentes para uso exclusivo de Alianza País. Segunda mentira de Barriga: los medios públicos decidieron transmitir porque son libres de tomar esa decisión. Dos mentiras en una: no son libres y esta vez, como las anteriores, el gobierno dispuso la transmisión. A sus mentiras, Barriga suma sofisma tras sofisma para demostrar que el evento reunía todos los requisitos para que Alianza País use el dinero público como se le antoja. Conclusión suya: fue lícito y legítimo. Conclusión de Correa: “pura tontería, puro lamento porque saben que serán derrotados. No hemos utilizado ni un centavo”. Caso cerrado. Aplausos de los fans.

Correa minutos antes, había invocado el interés público y el cuidado que merece el dinero de los contribuyentes para defender sus decisiones en el caso del Issfa. Y en eso tiene razón. Hay que inquietarse, entonces, de que los militares usen mal los fondos públicos pero no hacerlo cuando el que los malgasta es él. “Nuestro derecho y nuestro deber –dijo Correa- es pedir cuentas de cómo se maneja la plata del pueblo ecuatoriano”. Pero no a él.

Esta es una muestra de cómo piensa usar al Estado en la campaña electoral: Correa pone toda la maquinaria al servicio de Lenín Moreno. Éste, como lo hizo este jueves 6 en Teleamazonas, se muestra conciliador: preconiza que los canales deben hacer lo mismo con los otros candidatos. Es un lavado de manos pues sabe que eso no va a ocurrir. En las sabatinas Correa cierra el círculo llamando a un desvergonzado, como el señor Barriga para decir, con cara de circunstancia y aire de autoridad, que todo está en regla.

Correa ya no se oye mentir. Lo hace con una naturalidad que se antoja ser su segunda naturaleza. Su sistema incluye vuelta al ruedo, aplausos y risitas mordaces. Para la campaña estrena un nuevo libreto que le atribuye el papel de profesor relajado que superpone argumentos sencillos para ser repetidos. La catequesis no parece vacua y Lenin Moreno –principal destinatario de este ejercicio– dio muestras en la charla con Janet Hinostroza, de seguirlo a pie juntillas: en economía repite torpemente los argumentos de Correa.

Correa hace una encerrona para todos los suyos. Sigue el libreto de Cristina de Kirchner en Argentina. Se hincha de autoelogios, maltrata la memoria para deformar el pasado, niega hechos… Dice, hasta el extremo que ya nadie puede saber a ciencia cierta –como en Macondo– dónde están los límites de la realidad, que su gobierno es un ejemplo para la región. Para el mundo. Se dio por tarea acondicionar a sus fans a un discurso simplón, maniqueo y ficticio. Un discurso que destruye, de antemano, la posibilidad que abrió el propio Moreno de volver a hablar de lo que ocurre en la realidad y no de lo que dicen Correa, sus pajes y su aparato de propaganda.

Hay que ver lo que dice de la oposición: “les van a quitar todo”. Hay que verlo comparando a la clase media con el síndrome de doña Florinda: “apenas dejan de ser pobres, le caen a los pobres”. Hay que verlo defendiendo por honesta a Cristina Fernández y diciendo, contra las evidencias, que no encontraron cajas fuertes ni kilos de billetes en el departamento de su hija. Hay que verlo tratando de enemendar las mentiras de Gabriela Rivadeneira cuando afirmó que el Congreso había condecorado a Pinochet. Ni siquiera respeta los hechos históricos que atañen en este caso solamente a los militares ecuatorianos.

Hay que verlo caricaturizar hasta el delirio –en vez de debatir– propuestas de la oposición. Hay que verlo hablar del encuentro de viejos movimientos revolucionarios en Quito que incluyeron el discurso de un personaje que encarna la inmoralidad en la política: el expresidente colombiano Ernesto Samper Pizano. En su campaña entraron millones de dólares del narcotráfico. Él habla hoy del peligro que implica para la gobernabilidad la prensa, los fiscales y jueces que luchan contra la corrupción. En su gobierno –dijo un obispo en Colombia– “entró un elefante a su casa y él no se dio cuenta”. No obstante, Samper da lecciones de moral pública. Y el líder de Alianza País lo alaba.

Correa se dice experto en economía y pudiera ser premio Nobel de química: vuelve bagatela lo que es extremadamente complejo. Y también reduce la necesidad de debatir sobre el futuro del país al hecho de adherir a un discurso que, tras diez años de propaganda, luce mezquino, irresponsable y nefasto.
Correa se ha vuelto un estorbo ante la exigencia que tiene la política de reinventar al país.

Foto: Presidencia de la República

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