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Lenin Moreno

Por incendiar Manabí se les puede quemar toda la casa

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Captura de pantalla 2017-02-24 a las 3.54.42 p.m.

Cuando se produjo el terremoto en Manabí, el gobierno pensó que esa era la oportunidad perfecta para aliviar las angustias fiscales del Estado, mediante la aprobación de leyes que recaudarían fondos para la reconstrucción pero que, en realidad, irían a otros menesteres. Y funcionó.

Cerca de un año más tarde, el terremoto nuevamente se cruza por la mente de los estrategas del gobierno, pero para un salvataje distinto. Esta vez para sacar de apuros a la candidatura de Lenín Moreno que jamás se imaginaron tendría que sortear una segunda vuelta. ¿Cómo? Sencillo: explotando el odio y el resentimiento en Manabí y Esmeraldas. La idea surgió de un manojo de mensajes que, tras las elecciones, circularon en redes sociales escritos por personas que se sentían defraudados por los manabitas, en cuya provincia Lenín Moreno ganó con cierta holgura.

Si el Ecuador entero entregó tanto de sí a Manabí, era inconcebible que esa provincia devolviera el favor votando por el Gobierno: esa fue la lectura infantil y simplista de ese grupo de personas. ¡Bingo! Los estrategas del correísmo pensaron entonces que, a partir de esos mensajes, lo perfecto sería fabricar un escenario en el que esas personas actuaban a nombre de la candidatura de Lasso y de los sectores que lo apoyan. Así que se pusieron mano a la obra.

Para construir la ilusión de que la gente que apoya a Lasso piensa que hay que retirar las donaciones hechas durante el terremoto, se hacía necesario montar un operativo. En él se incluyeron redes sociales y medios gobiernistas para publicar falsos mensajes. La misión: resentir a los manabitas.

Ahí estuvo la asambleísta María Augusta Calle quien desde su cuenta de Twitter convocó a acto en el patio de la Flacso en el que se devolverían las latas de atún a Lasso. Estuvo Roberto Wolgemuth, operador de odio digital del Gobierno, quien también posteó mensajes dirigidos a exacerbar el resentimiento de los manabitas y una inmensa cantidad de cuentas de correístas se dedicaron a la tarea. En redes circuló mucha información falsa que evidentemente trataba de caldear los ánimos. Por ejemplo un audio con la supuesta voz de César Monge, de Creo, en el que se escuchaba maldecir a Manabí por la forma en que había votado. Hubo también un supuesto texto atribuido a Andrés Páez en el que se leía cosas similares.

Por otro lado, los operadores políticos del correísmo organizaron marchas en las que supuestos manabitas llegaban hasta la sede de CREO, el movimiento de Lasso, para lanzar las latas de atún y hasta colchones en gesto de devolver la ayuda recibida en el sismo. Los medios controlados por el correísmo también estuvieron a las órdenes del operativo. El Telégrafo reseñó generosamente los hechos. “Habitantes de Manabí y Esmeraldas devuelven donaciones en la sede de Creo en Quito”, tituló en su versión digital mientras que la agencia Andes hacía lo propio con la nota  “Jóvenes indignados devolverán los atunes donados a Manabí para liberarla de chantajes electorales”. Los canales incautados hicieron lo mismo. Claro, ninguno se dio el trabajo de verificar si las personas que estaban ahí en efecto habían salido de Manabí y Esmeraldas con los atunes y nos colchones que habían recibido hace un año.

En Manabí la estrategia, al menos hasta hoy viernes 24, parecía haber funcionado a la perfección. La exacerbación del odio estaba operando. Leonardo Viteri, político de Bahía de Caráquez, dijo a 4Pelagatos que la campaña estaba “calando” y que él había visto cómo amigos suyos, personas bien educadas y no correístas, se hallaban indignadas con los perversos opositores que estaban ofendiendo a los manabitas. Otras fuentes consultadas coinciden: “la cosa está heavy”, ponía en su muro de Facebook un quiteño que se hallaba en Manta y que estaba impresionado por todo lo que había escuchado y sentido en esa ciudad.

Pero la pregunta es si la estrategia de encender el resentimiento y el odio entre los manabitas pueda tener éxito perjudicando a la candidatura de Lasso hasta el 2 de abril en que se realiza la segunda vuelta. Lo que se vio ayer en Quito , al menos, despertó inmensas antipatías. El recurso de los piquetes de personas acercándose a la sede de Creo para lanzar latas de atún no parece haber convencido mucho. Lo mismo ocurrió durante la marcha del jueves 23 de la llamada Red de Maestros al servicio del gobierno de Correa. Cuando la marcha pasó frente al Banco de Guayaquil, de propiedad de la familia de Guillermo Lasso, algunos maestros se detuvieron a lanzar improperios y objetos al edificio. Roberto Wolgemuth puso en sus redes que eran manabitas que habían ido con la intención de cerrar sus cuentas en el Banco de Guayaquil. “El banquero no les abre las puertas”, dijo. La reacción en redes, al menos entre usuarios quiteños y guayaquileños, no fue muy buena. Al fin de cuentas se estaba exacerbando incluso un sentimiento que podía terminar en pánico financiero. La estrategia del correísmo burdo y rudimentario ha logrado inflamar la indignación en Manabí pero tiene, al mismo tiempo, una debilidad: exacerba a la vez el rechazo de las poblaciones que no son Manabí ni Esmeraldas que ven que la estrategia fue burdamente armada y que, además, deja al desnudo una realidad que difícilmente será aceptada: el dinero que se destinó y se usó en la reconstrucción, que pertenece a todos los ecuatorianos, está siendo utilizado finalmente para la campaña electoral de Lenín Moreno.

Esta percepción de lo que ocurría con Manabí también lo tuvo el buró de campaña de Guillermo Lasso. Un asesor dijo a 4Pelagatos que lo que estaban haciendo era “tan torpe” que lo único que estaba produciendo es más simpatizantes en otros lugares. Lo único que va a quedar de esto, sostiene el asesor, es la sensación de que se divide violenta y grotescamente a los ecuatorianos basándose en  una manipulación de los hechos.

Manabí es, gracias al dinero que todos los ecuatorianos pusieron para su reconstrucción, un bastión del correísmo. Con esta burda y peligrosa maniobra, Moreno, que se trepó en ella, seguramente obtendrá unos votos más. Pero puede haber un efecto bumerán en otros lugares donde los electores juzguen duramente al gobierno por jugar con la violencia y la unidad del país.

Correa ya se ve como titiritero desde Bélgica

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Finalmente habrá segunda vuelta. La noticia no era aún algo oficial pero operó como si lo fuera. Que el CNE lo confirme era cosa de esperar unas horas más. Lo cierto es que la gente asumió desde el mediodía del miércoles 22 que habrá segunda vuelta porque el presidente Rafael Correa había aceptado, ante un grupo de periodistas extranjeros, que finalmente la candidatura gobiernista no alcanzó el 40% que exige la ley para ganar en primera vuelta. “Nos quedamos a medio punto de ganar en una sola vuelta”, ha dicho Correa y la noticia de su declaración recorrió como un rayo por Whatsapp, Twitter, Facebook y cualquier otro canal de comunicación imaginable. Si lo dijo Correa es porque ya no hay nada que hacer y Alianza País, por más que lo intentó, no llegará al 40% que exige la ley.

La declaración de Correa hizo, sin embargo, que el foco de la atención colectiva cambie completamente. De la elección presidencial, ahora el tema que está en la mente de los electores es la conformación de la Asamblea. Y al igual que con la presidencial, en este también parece que lo que dice Correa es el punto de partida. Hace dos días, puso en sus cuentas de redes sociales que Alianza País tendrá 75 asambleístas. “Mayoría absoluta”, dijo. Bastó eso para que la conversación girara alrededor del tema de la Asamblea y ahora, incluso en las concentraciones frente al CNE, de lo que más habla la gente es de cuidar las votaciones para asambleístas.

Correa está convencido de que con Lenín Moreno o con Lasso en el poder, él va a seguir gobernando. Ni más faltara. No le cabe en su imaginación un mundo donde él no lo controle todo y donde su palabra no sea, como lo ha sido estos años, el principio y el final de todo. Correa no oculta su satisfacción de que su movimiento controlará a través de la Asamblea nuevamente a casi todos los poderes. En su visión, ahora el Ejecutivo será un espacio reducido y con muy pocas atribuciones. Como lo es el cargo de los reyes en las monarquías constitucionales: un adorno.

Correa olvida, o finge olvidar, cómo funciona el poder. Cuando ponga un pie en el avión que lo llevará a Bélgica se le acabarán muchas de las lealtades que ha ido cultivando a punta de carajazos y golpes de mesa. Lo más probable es que esa mayoría de 75, como él ha establecido, seguramente se desmoronará como castillo de naipes. Él, que ha perdido al menos cinco asambleístas estando en el poder y controlando todos los poderes, debería saber que sin tener el poder Ejecutivo (desde donde se festinó los fondos públicos) sostener una mayoría control remoto es un sueño imposible. Lo debería saber no solo por su experiencia en la Presidencia sino en historia moderna de la política ecuatoriana. Las mayorías de construyen y se desbaratan de un día a otro y, generalmente, según las calenturas políticas. Correa puede ahora presumir que él tendrá el control de las instituciones, a través de la Asamblea, porque cree que gobernará desde Bélgica. La realidad está muy lejos de eso. El señor Presidente ha empezado a ver el post correísmo como una prolongación del correísmo y eso es tener sueños de perros.

Cuando Correa aceptó frente a los corresponsales extranjeros que Lenín Moreno no ganará en una sola vuelta dijo que si Lasso gana él regresará pronto al Ecuador. Incluso aseguró que la Asamblea, bajo su control se supone, podría aplicar el mecanismo de la muerte cruzada para sacar del Ejecutivo a la oposición.  Lo dice, evidentemente, desde el deseo porque se nota que aún antes de dejar el poder ya lo está extrañando.

Correa es dado a posicionar deseos como verdades. Pretendió hacerlo cuando dijo que Moreno había ganado en primera vuelta basado en encuestas hechas por empresas, como la de Santiago Pérez, que siempre dicen lo que a él le gusta escuchar. Cuando vio que eso no empataba con la realidad empezó a lloriquear afirmando que había habido fraude en contra de Moreno. Cuando se le acabó ese argumentó comenzó a fanfarronear con el poder que su movimiento tendrá en la Asamblea. Ayer miércoles, durante el encuentro con periodistas extranjeros, distribuyó una hojita con el registro del pago del impuesto a la renta de Guillermo Lasso. ¿Para probar que no había pagado impuestos? Todo lo contrario, para demostrar que Lasso es muy rico porque en la hoja se ve que Lasso ha pagado 12 millones de dólares en los últimos 10 años. Curioso ejercicio de Correa que muestra los impuestos pagados por Lasso para estigmatizarlo de rico mientras que su candidato Lenín Moreno, en cambio, no paga impuestos.

Correa se está mirando a sí mismo como el titiritero que manejará todo desde un apartamento o casa en Bruselas. Una ilusión muy apegada a la imagen de ex dictador centroamericano que solía aparecer en las malas películas de Hollywood en los años 70. Pero el Ecuador ni es Hollywood ni él está viviendo en los 70.

Correa se sabe perdedor y no lo disimula

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Hay dos hechos que prueban que Rafael Correa sabe que él es uno de los grandes derrotados del 19F: ni bailó ni cantó. Que Correa no se haya trepado a la tarima, cosa que además estaba previsto luego de las elecciones para hacer lo que no ha parado de hacer durante 10 años -bailar y cantar- es muy elocuente.

Lo que evidencia la certeza de derrota que lleva encima Correa no es solo que no haya bailado ni cantado. Su comportamiento público, el domingo 19 y la mañana siguiente, también permite ver que se siente y se sabe perdedor. Con el agravante de que es un pésimo perdedor al que sus heridas le hacen actuar como camorrero y agitador antes que como estadista.

Hoy en la mañana, por ejemplo, hablaba de la posibilidad de que hubiera segunda vuelta cuando un día antes daba por hecho los resultados de la encuesta a boca de urna hecha por Santiago Pérez según los cuales Lenín Moreno triunfó en primera vuelta. “‘!Otro triunfo del pueblo ecuatoriano¡”, dijo en un mensaje que colocó el 19F en sus redes sociales apenas se cerraron las urna. En ese momento, Correa quería convencer a la audiencia de que Moreno había ganado en primera vuelta con un 42,9%.



El tono triunfalista fue bajando y Correa no apareció en redes sino cinco horas más tarde. Su silencio fue notorio a partir de las encuestas de Cedatos y el conteo rápido de Participación Ciudadana que dejaban descolgados a los hiper optimistas datos de Pérez, que se multiplicaban en los medios del gobierno y fueron considerados durante horas como verdad absoluta por el oficialismo. Solo hacia las 10 de la noche colocó otro mensaje, con una fotografía en la que él aparecía con los candidatos Moreno y Jorge Glas. Ahí dijo que Moreno ya tenía más de 10% de diferencia sobre Lasso y que pronto alcanzaría el 40% necesario para ganar en primera vuelta. Para entonces, en redes ya se comentaba que Correa no había salido a la tarima, a las ocho de la noche, como estaba previsto. No salió a bailar, anotó algún avispado usuario de Twitter.  “Ya tenemos más de 10 puntos de diferencia con Lasso y sigue aumentando -escribió Correa-. Tenemos 38,84%, y aún falta por ingresar 20% de votos, incluyendo gran parte de Manabí y migrantes, donde arrasamos. ¡Venceremos!”.

Este mensaje atravesó como cuchillo las redes que, a esa hora, eran la única fuente constante de información pero también de rumores, incertidumbres y temores. Con esa declaración la sospecha de que se se estaba fraguando un fraude tomó un brío inusitado. La incertidumbre se instaló hasta más allá de la medianoche. Cientos de personas ya estaban, para entonces, de vigilia en los alrededores del CNE.

Hoy Correa puso una serie de tuits hacia las diez de la mañana; en dos de ellos no se muestra tan seguro del triunfo de Lenín Moreno: “Hay que contar voto a voto para ver si esto se define en una sola vuelta. Si no, a prepararnos para una nueva victoria en abril”.  El otro escribe: en “Si hay 2da vuelta, prepárense a la campaña sucia que hicieron los de siempre. La mejor respuesta: la victoria”.

La evolución en el tono de Correa evidenciaba que el único escenario con que contaba era el del triunfo en primera vuelta. Sus apariciones, sumadas a la encuesta de Pérez, tenían claramente como objetivo fijar un patrón de opinión en la sociedad. Ricardo Patiño ya había aparecido incluso antes de las cinco de la tarde con los datos de Pérez y otros encuestadores que ponían a Moreno por encima del 40%, seguramente con el mismo ánimo. Pero las cosas no funcionaron y de improviso se les apareció el tema de la segunda vuelta.

Pero una segunda vuelta no es, ni de lejos, un escenario que convenga a Moreno y a Glas. Si Moreno venía bajando en las encuestas no hay motivo para pensar que deje de hacerlo. Además, se les vienen otros problemas: en las próximas semanas la presencia de Glas en la papeleta podría tornarse insoportable por la gran cantidad de escándalos de corrupción en los que él es visto como responsable y protagonista. Llevar a Glas casi dos meses más en la papeleta es, sin duda, un crucifijo para Moreno. Correa lo sabe y, por la forma en que se comportó durante el 19F y las horas siguientes, parecería que nunca se preparó para la idea de la segunda vuelta.

Correa es un pésimo perdedor. Dijo cosas que solo un mal perdedor podía decir. Por ejemplo que Moreno tuvo un millón y medio de votos más que Guillermo Lasso: ignoró el hecho de que si se suman los votos de Lasso y los otros candidatos de la oposición resulta que 6 de cada 10 ecuatorianos no quieren que el correísmo siga en el poder.

Al Presidente, además, se le escapó que durante todo este tiempo había contado con que la candidatura de Cynthia Viteri reste posibilidades a la de Lasso. En su tuits dijo que se esperaba que la diferencia entre Lasso y Cynthia fuere solo de 5 a 6 puntos pero no 12 como finalmente ocurrió. Esto lo disfrazó con una salida supuestamente ideológica: “La derecha no tiene lealtades, tan sólo tiene intereses”.

Sucede a menudo. Rafael Correa olvida que es Presidente y actúa como agitador social.  La paz social del país es su responsabilidad y es evidente que no está haciendo su trabajo.  Su deseo de aferrarse al poder hace que se ponga en peligro la concordia nacional. Si ocurre una desgracia, él tendrá que hacerse cargo de ella.

Correa y el CNE juegan a incendiar el país

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Juan Pablo Pozo va camino de ser considerado un delincuente: está cometiendo un delito contra la fe pública. ¿Acaso no dijo que presentaría resultados en la noche del domingo? ¿Acaso no dijo que había modernizado de tal forma el Consejo Nacional Electoral que estos retrasos, que se prolongarán durante tres días más, eran cosas del pasado?

Juan Pablo Pozo (como antaño Omar Simon) nunca inspiró confianza. Él es un devoto correísta, como Simon, y está en ese cargo por sus méritos partidistas (como Simon), no por su lealtad al cargo que lo obliga a ser imparcial e íntegro. El acuerdo con Telconet, empresa de un amigo de Jorge Glas, puso en alerta a muchos sobre la posibilidad de un fraude. El padrón electoral, no solo no depurado sino abultado, nutrió las peores sospechas. La actualización de la normativa electoral, en la cual el CNE eludió normas superiores de obligatorio cumplimiento, convencieron hasta los más reticentes de que este gobierno no estaba dispuesto a aceptar la voluntad de los electores.

Comenzada la soirée electoral, este domingo, el CNE sorprendió: el conteo de actas iba tan rápido que se llegó a pensar que estaba compitiendo con Participación Ciudadana que, a esa hora, sufría el bloqueo… del CNE. Sus voluntarios empezaron a ser sacados de los recintos, sus carnés retirados, impedidos de transmitir el acta para que Ruth Hidalgo y los suyos pudieran efectuar el conteo rápido. Pensando mal y con Juan Pablo Pozo y sus patrones no hay cómo evitarlo, la estrategia correísta tomaba pleno sentido: el poder tenía empresas, como la de Santiago Pérez, destinadas a dar cifras de exit poll. Él se apuró a anclar una cifras que favorecían y de largo a Lenín Moreno. Rafael Correa la retuiteó y anotó: ¡Otro triunfo contundente del pueblo ecuatoriano! El holding mediático más grande del país, el del gobierno, se hizo eco del triunfo anunciado. Y los jerarcas correístas salieron a la tribuna de la Shyris. La verdad oficial se instalaba al lado del exit poll de Cedatos; la única empresa que mostraba otra cifra. Su principal, Ángel Polibio Córdova, no solo la sostenía en Ecuavisa sino que la desdoblaba mostrando lo que había pasado en las provincias. Muy profesionalmente.

Tarde, pasadas las nueve de la noche, Ruth Hidalgo mostraba su conteo rápido y sostenía, cotejando sus cifras, que con esos resultados había segunda vuelta. A partir de esos dos cifras (la de Cedatos y la de Participación Ciudadana -que no estaban lejos de coincidir- imprevistos como los que ocurrieron en Venezuela en circunstancias similares empezaron a ocurrir: se cayó la página de Participacion Ciudadana. Se cayó la página del CNE. Y el conteo de actas, que había empezado como caballo desbocado, tuvo inexplicables paradas de tortuga. No se movía y cuando lo hacía curiosamente Lenín Moreno se acercaba al umbral del 40% y Guillermo Lasso, el candidato segundo, bajaba… Inexorablemente.

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Resultado del Conteo Rápido de Participación Ciudadana

Tarde en la noche, Pozo explicó que no habría más información sino hasta este lunes. Y no explicó los retrasos que hoy se mantienen y se prolongarán durante tres días. El correísmo se da así tiempo para tratar de construir una ficción: hacer creer que las actas que faltan por escrutar pueden cambiar porcentualmente la muestra. Lenín Moreno se apuntó en ese capítulo y no ha cesado de hacer creer que en dos días su derrota en esta primera vuelta puede mutar en triunfo.

Ganar tiempo es una necesidad para Rafael Correa que, si se mira su actitud y sus tuits, es evidente que sabe que habrá segunda vuelta. El régimen aún no sabe cómo hacer digerible esta derrota en sus electores y, peor, no tiene estrategia para encarar la segunda vuelta. Ganar tiempo le permite tener claro todo el panorama electoral del domingo para perfilar algún triunfo: el número de asambleístas, por ejemplo. El dilema de Correa y los suyos es que las actuales cifras comparadas con las de su patrimonio político traducen un fiasco electoral sin nombre, que no sabe aún cómo administrar.

Pensar que Correa se paga una revuelta social (y eso habrá si el CNE no admite la realidad) es un escenario posible pero nada ideal para un hombre que está a tres meses de irse a Europa. Los veedores internacionales deben estar tan perplejos como los electores, de la cantidad de triquiñuelas, intentos de fraude que circulan en las redes, caídas del sistema, bloqueo de la información, sistema detenido y cambios casi imperceptibles que empujan el porcentaje de Moreno hacia el 40%… El fraude es visible, es latente.

El correísmo juega con el fuego. Y Juan Pablo Pozo con la posibilidad de ser acusado formalmente por delincuente. Formalmente porque en la calle, ahí frente a su oficina, miles de personas ya saben que él ni es juez ni es imparcial. Es una pieza en el aparato tramposo de un partido que no atina a entender que 65% de los electores votaron en su contra. Y aspira a sentar tramposamente a su candidato en Carondelet como si esos millones de electores fueran pendejos consumados.

Foto: miles de personas manifiestan ante la sede del CNE en Quito

La derrota aplastante del correísmo

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El gobierno perdió la máxima apuesta de esta campaña: ganar en la primera vuelta. El resultado electoral es un desmentido incuestionable al optimismo marquetero del gobierno que nunca dudó en afirmar que ganaría de largo en la primera vuelta. El aparato compró ese discurso que Rafael Correa recitó desde antes de admitir que no sería candidato en esta elección.

Perder en la primera vuelta es un revés político inmenso para Rafael Correa. Él puso el aparato del Estado y la Presidencia de la República al servicio de la campaña de Lenín Moreno. Presupuestos, agendas, programas de inauguraciones, logísticas burocráticas, sabatinas, discursos… Todo hizo el gobierno de Correa por Lenín Moreno confirmando, una vez más que el correísmo es un Estado-partido sin equivalente en la historia del país.

Esto da mayor relieve al traspié electoral de Lenín Moreno. Tiene el mayor número de votos en la primera vuelta, pero sabe que 65% del país votó en su contra. Políticamente, esto sella la pérdida de convocatoria de Rafael Correa y el desgaste de un aparato que se constituyó, se articuló y funcionó alrededor de un caudillo. Un aparato concebido para un periodo de bonanza económico, que acalló las diferencias en sus propias filas y siguió ciegamente al líder. Ese aparato no fue preparado para cambios de liderazgo, disensiones políticas y ejercicio ético del poder. Lo prueba la miserable actitud asumida ante casos evidentes de corrupción en los cuales están involucrados Jorge Glas y otros jerarcas del correísmo. Los resultados adversos para el gobierno, a la luz de sus expectativas, prueba que una franja de electores también castigó la actitud encubridora que el propio Rafael Correa expresó ante la corrupción en cuatro formas: buscar chivos expiatorios, dorar la píldora, patear la pelota hacia delante y victimizarse.

Moreno es  consciente del hastío que genera el correísmo. Sabía que el voto duro y clientelar de ese partido no le alcanzaba para ganar, aún teniendo de su lado a un árbitro comprado. Eso explica su decisión de vestir camisa blanca en vez de verde, declarar el fin de la guerra que Correa hizo a la sociedad durante diez años y proponer un gobierno de mano tendida y diálogo. Ese discurso le ayudó a mantener sus cifras por encima de las del correísmo, pero no le alcanzó para ser percibido –como sus estrategas pretendían– como un candidato diferente y ajeno a este gobierno. Moreno contaba con el voto duro del correísmo y pretendía superar la barrera del 40% con votos suyos, provenientes de los indecisos. Ese cálculo le falló. Y este será una de las talanqueras más difíciles de circunvalar en la segunda vuelta.

Moreno jugó a no crear olas, evitar las conexiones públicas con el régimen (pero aceptando todo el apoyo logístico e institucional), esconder a Jorge Glas (el mayor peso muerto que arrastra), eludir a los otros candidatos y a los medios… En una palabra, quiso ganar de un solo golpe exhibiendo los atributos de policía bueno que atesoró durante los siete años que estuvo al lado de Rafael Correa. Atributos que pretendió conservar refugiándose en Ginebra gracias a la beca ilegal que le otorgó el gobierno. Esa estrategia en la cual pesó más su persona que sus ideas lo llevó incluso a explotar, queriendo suscitar conmiseración, el vil ataque que lo tiene en una silla de ruedas. Eso no le alcanzó. Como tampoco le funcionó la campaña populista desenfrenada en la que ofreció casa, empleo y bonos como si fueran confetis. Todo pagado naturalmente por el Estado.

Moreno quemó todas las naves en esta etapa de la elección. Al punto de que si quiere ganar en la segunda vuelta, tendrá que reinventarse en forma total. Su problema es que todo milita en su contra: la presencia de Correa en este momento que ya no aporta votos: quita. Glas es otro peso muerto y puede convertirse en un insumo letal si aparece en alguna lista de aquellas que causan pánico en Carondelet. Esos escándalos de corrupción hacen de Lenín Moreno un compañero de ruta poco apetecido por aquellos que, en la izquierda tradicional o en otros partidos, quisieran subirse a su camioneta. Su falta de densidad política será un problema ahora que Guillermo Lasso lo reta a tener un debate por semana para cotejar sus propuestas ante la opinión sobre los principales problemas del país. Escabullirse, como lo hizo en la primera vuelta aduciendo que quería conversar y no debatir, le será más difícil ahora que las cámaras están puestas en dos candidatos; ya no en ocho. Aceptar puede desnudar sobremanera sus inconsistencias.

En cualquier caso, Moreno tiene la presión de la segunda vuelta y esta mañana ya develó en un canal gobiernista, TC Tv., parte de su estrategia: atacar a Lasso por banquero y por ser rico. Parece poco si quiere revertir el voto de parte del 65% del electorado que este domingo dijo no al continuismo. Al no haber ganado en la primera vuelta, como lo tenía previsto y promocionado, el correísmo produjo, además, un mensaje que funciona en detrimento suyo: su tiempo terminó. Correa, Moreno, Glas y los otros, juegan ahora en terreno adverso. Y se sabe que, acostumbrados al confort del poder, son pésimos remando a contracorriente.

Foto: los jerarcas del correísmo la noche del domingo. 

… Y llegó el 19 de febrero

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El dinero fluía a borbotones por los oleoductos. Los abusos, represión y pisoteo de libertades se soslayaban por la sensación de bienestar económico. Era la época en que se fraguaba el colapso de la economía y que la propaganda -la perversa propaganda obra de dos mequetrefes sin moral- cínicamente calificó del “milagro ecuatoriano”. Lo obvio sucedió. Se robaron el futuro despilfarrando en el presente y cuando la cresta de la ola se vino abajo, dejó ver los latrocinios, las coimas, la corrupción.

Este colapso moral y de la economía han tenido efectos políticos contundentes. El correísmo ya no navega en un océano de un gran apoyo electoral. La credibilidad de Correa y de Moreno, que siempre fue superior, han caído sustancialmente. Y la intención de voto, mas allá de las inverosímiles cifras que a propósito filtran desde la campaña correísta, no bordea los porcentajes con los que Correa fue electo y reelecto.

El error de Glas en la fórmula presidencial fue subsanado escondiendo a tan cuestionado personaje, al punto de no aparecer en la tarima del cierre de la campaña de Moreno en Quito. Lo que se explica porque se siente el cabreo de la clase media que durante mucho tiempo fue puntal político del correísmo. Quisiera ver a cualquiera de los jerarcas del gobierno, caminar por la calles sin resguardos, sin tonton macoutes, para que sientan “las encuestas de carne y hueso” en su carne y en sus huesos.

Han sido diez años de pesadilla. De ronquidos y gruñidos sabatinos. De inundar de odio. De una incesante publicidad mórbida. De imposiciones atrabiliarias. Diez años con la sensación de que una mafia se apoderó de todas las instituciones para su servicio y su sevicia.

No hay mal que dure tanto ni cuerpo que lo resista. Y llegó el momento en el que la suma de las crisis política, económica y moral, han creado condiciones favorables para derrotar en las urnas al populismo chavista y desalojar del poder a una ralea de aprovechados, sin talante ético para dirigir un país.

En medio de la angustia del deterioro electoral, Moreno recurrió al ofertismo en nivel de supina irresponsabilidad. Se negó a debatir, a exponerse a medios o periodistas que podrían ponerle en riesgo por su limitada retórica y pereza neuronal. Probablemente muchos de aquellos a los que el correísmo aventó al desempleo se dejen nuevamente engañar por las ofertas falsas dichas por un buenoide de apariencia afable. Tengo la certeza de que este domingo 19 de febrero los engañados o fanáticos no serán suficientes para perennizar la pesadilla y que tendremos la opción de votar por el cambio y lograr ese cambio.

Para muchos, ojalá la mayoría, el estatismo político y económico les ha movilizado a apreciar y demandar un sistema de libertades. Un sistema en el que el Estado no sea el que se apropia de los recursos porque tampoco los redistribuye, mas bien los digiere en ineficiencia y corrupción. Un sistema que respete la iniciativa individual y permita competencia sin prebendas ni protecciones. Llegó el día en el que podemos optar por esa alternativa.

Luz gratis, aumentar el valor del bono, aumentar sueldos, perdonar deudas e intereses, casas gratis, y ofertas de esta laya, que se escucharon desde los populismos de derecha y de izquierda son fraudulentas. Reproducen los elementos propicios para nuevas aventuras populistas. Llegó el día en el que también permitamos el surgimiento de opciones políticas que se no se construyan sobre el carisma tarimero e histriónico y en el clientelismo. Al fin ese día llegó.

Diego Ordóñez es abogado y político.

¡Qué mal que la pasó Lenin!

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Para el ex tenista argentino Gastón Gaudio jugar profesionalmente ese deporte llegó a convertirse casi en un suplicio. “¿Qué hago aquí? Me quiero ir a mi casa”, se lo escuchó decir en un partido contra el ruso Mikhail Youzhny. En otra ocasión, pese a que estaba ganando, dijo: “El problema no es el pasto, ni nada. El problema es que no quiero jugar más”. Pero tal vez su frase más celebre sea ese “¡Qué mal que la estoy pasando!” que, acuclillado y con la mirada clavada en el polvo de ladrillo, gritó en 2006, en pleno torneo de Roland Garros, el mismo torneo que había ganado un par de años antes. Cuando finalmente se retiró, en 2011, había caído por debajo del puesto 700 del ranking mundial.

Para cualquiera que haya visto el “diálogo presidencial” de ayer, Lenín Moreno tampoco la pasó demasiado bien. Al igual que Gaudio, el candidato oficialista a la Presidencia daba toda la impresión de querer irse a su casa. No eran sólo sus frecuentes titubeos, o esos silencios incómodos en los que parecía un estudiante de primaria esforzándose por recordar algo que le habían obligado a aprenderse de memoria, era sobre todo su expresión: una expresión rígida, casi desencajada, muy lejos de esa sonrisa de buen tipo que muestra en los afiches de campaña y que, a estas alturas –con la crítica situación económica que deja su partido, con las redes sociales explotando por las acusaciones de Carlos Pareja Yannuzzelli contra Jorge Glas, con sus propias inconsistencias sobre su estadía en Ginebra o sus onerosas charlas a entidades públicas–, parecía ser su principal activo.

La tensión de Moreno resaltó aún más en un evento que difícilmente podía haber sido más inofensivo para el candidato oficial: si con ese formato, que buscó impedir el contrapunto y en el que los candidatos prácticamente se limitaron a decir lo mismo que en sus spots de campaña, Moreno lució tan nervioso, es posible imaginar cómo le habría ido en un debate en el que, como representante y miembro del gobierno saliente, hubiera tenido que responder por todo lo que ese gobierno deja y por todo de lo que se le acusa. Tan pobre fue su desempeño, que dio lugar a brillantes tuits, como este:

Y, a propósito de Twitter, la intensa actividad del Presidente Correa en esa red social para comentar el debate tampoco favoreció a su candidato. Por el contrario, parecía que el mismo Presidente no estaba conforme con sus intervenciones y quería darle una mano criticando a los demás candidatos antes que resaltando los supuestos aciertos de Moreno, si es que los hubo. (En su edición de hoy, El Telégrafo busca darle otra manito con este desvergonzado titular de primera plana: “Un diálogo de siete contra uno deja mejor posicionado a Moreno”. Una muestra de la objetividad y el profesionalismo de nuestro diario público).

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En realidad, fueron muchos más los errores de Moreno, como el de ofrecer “casa para todos” (justamente él, que se presentaba como alguien opuesto a la demagogia y que había dicho que “el candidato que sabe que va a perder puede ofrecer cualquier cosa”) o ese autogolazo que se metió al preguntarse: “¿Cómo puede haber desempleo en un país que hay tanta riqueza (sic)? ¿Cómo puede haber desempleo en un país que hay tanto por hacer (sic)?”. Pero, ¿cómo? ¿No es Moreno justamente el candidato del gobierno que manejó la mayor bonanza en la historia del Ecuador y que ahora deja al país con una economía en franca contracción y un mercado laboral en el que apenas cuatro de cada diez personas que quieren trabajar lo hacen en condiciones adecuadas? ¿No había dicho Moreno hace poco, en una entrevista en Teleamazonas, que la economía había sido bien manejada en estos diez años?

Pese a sus limitaciones, el “diálogo presidencial” sirvió para mostrarnos un Moreno dubitativo, tenso, por momentos incluso agresivo, que tenía que acudir constantemente a sus apuntes (o los apuntes que le pasaron) para exponer sus ideas. El mismo Moreno que dice estar preparado para un cargo donde las vacilaciones y los errores no quedan simplemente en la anécdota, sino que pueden tener graves consecuencias para todos los ciudadanos. En ese caso, ya no será sólo Moreno el que la esté pasando mal, sino todos nosotros.

Lenín Moreno nos niega un derecho

en Columnistas/Las Ideas por
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Lenín Moreno no fue al debate en la Cámara de Comercio de Guayaquil. No es de sorprenderse, considerando que ahora él representa al partido cuyos máximos exponentes son conocidos por romper periódicos en televisión nacional, brillar por su ausencia en las audiencias públicas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y evitar las entrevistas con la prensa independiente sin el menor desparpajo. Todo parece indicar que Moreno continuará con el legado despótico de Correa, de no dirigir la palabra a quienes se atreven a cuestionarlo.

No obstante, es importante recordarle al candidato oficialista que, de llegar a ocupar el sillón presidencial, estaría -al menos en teoría- representándonos a todos. Es decir, deberá, atender y tomar en cuenta las cuestiones que son de interés tanto para las minorías como para las mayorías, de quienes apoyen a su gestión y de quienes le critiquen. La futura gestión presidencial, (de la cual la ciudadanía puede tener algunas luces durante las exposiciones públicas de los candidatos), debería ser inclusiva frente a las necesidades de todos los ecuatorianos y no solo de los que comulgan con el gobierno de turno y su candidato.

Moreno justifica el desplante a la ciudadanía bajo el argumento de que, en el debate, no se incluyeron temas sociales. Esta excusa no solo es paupérrima sino falsa. Si revisan la información dada por la CCG, podrán constatar que la agenda para el debate del miércoles buscaba que los candidatos hablaran sobre varios temas relativos al ejercicio de derechos fundamentales, como el de la libre expresión y el trabajo. Además, se incluyeron otros que tienen incidencia directa en la posibilidad del Estado de garantizar los derechos económicos y sociales: la corrupción, la seguridad, las drogas, entre otros. A menos de que Lenín piense que la posibilidad de expresarnos, trabajar y acceder a servicios médicos gratuitos provistos por el Estado no son temas sociales, me atrevo a decir que sus razones para no ir no fueron más que pretextos sin fundamento alguno.

Aún en el supuesto no consentido de que el debate no incluyera temas sociales, esta no era una justificación suficiente para no asistir. Porque es una obligación cívica y moral de todos los candidatos manifestarse sobre cualquier tema de interés público que les plantee la ciudadanía. De esto depende nuestra posibilidad de evaluar, contrastar y comparar las distintas propuestas electorales, y tomar decisiones informadas al momento de emitir nuestro voto. Aparentemente, para Lenín los ecuatorianos solo tenemos derecho a conocer su postura sobre los temas que él –desde su conveniencia y criterio subjetivo- considera que son importantes o urgentes.

Más bien parece que Lenin temiera ir a debatir con sus oponentes políticos. ¿Por qué? Porque tendría que hacerlo en un espacio donde no va a tener el control, donde no va a imponer a nadie su agenda.  Deberá debatir, en igualdad de condiciones con los otros candidatos, en un espacio que no podrá ser llenado con funcionarios públicos traídos en buses desde diferentes puntos del Ecuador para aplaudirle y vitorearle. Donde no podrá manipular las emociones de los espectadores con pasillos o canciones protesta. Un espacio donde deberá explicar ante un público crítico y cuestionador todas las cifras económicas que lance al aire. Porque tendrá que responder a las preguntas sobre supuestos actos de corrupción y nepotismo de sus “compañeritos” y parientes. Porque deberá dar la cara por las múltiples violaciones a derechos humanos y de la naturaleza de las que se acusan a aquellos que hoy le quieren heredar el poder.

La ausencia de Lenín viola el derecho de la ciudadanía a recibir información clara y precisa sobre su oferta presidencial, y entorpece el debate democrático que debe primar en el marco de un proceso electoral. Como bien decían los miembros de la CCG, la ausencia de Lenín es una “pérdida para el país, porque los electores no pueden conocer las propuestas del candidato”.  En todo caso, algo sí nos quedó bien claro: un eventual gobierno de Lenín Moreno no será más que la continuación de un correísmo que no dialoga, que no acepta la disidencia, que crea divisiones entre ecuatorianos y que se convierte, en cada una de sus gestiones, en un atentado contra el ejercicio del derecho ciudadano de buscar y recibir información de interés nacional.

Fundación Eventa, otro agujero negro de Lenín Moreno

en La Info por
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Lenín Moreno anunció que ha pedido al contador de la Fundación Eventa, de propiedad de su familia, que recopile toda la información para hacerla pública, aunque no dijo cuándo lo hará.

No faltaba más. Moreno, quien hizo el anuncio en Teleamazonas más presionado por las circunstancias que por iniciativa propia, está en la obligación ética de esclarecer todas las interrogantes que se han suscitado desde que se publicaron en redes sociales noticias sobre los ingresos que esa fundación ha recibido, de entidades públicas y privadas, por las charlas motivacionales que el ex vicepresidente, y ahora candidato presidencial, ha dado en los últimos años.

“Estoy preparando la información”, dijo Moreno cuando la periodista Janeth Hinostroza planteó el tema, que atribuyó a una campaña sucia en su contra. Tema que se hizo tendencia en redes sociales luego de la publicación de un documento que ponía en evidencia el pago por 10 mil dólares hecho por el Cuerpo de Bomberos de Quito en el 2013, por una conferencia que Moreno dio bajo el título de “Ser amable es fácil, divertido y productivo”.

El candidato oficialista ha dado varias conferencias o charlas motivacionales en instituciones públicas administradas por funcionarios de su misma filiación política. Por un mínimo sentido de responsabilidad y ética, al que debería someterse todo candidato, Moreno debe informar al público sobre cómo se manejaron esos dineros. En la entrevista, sin embargo, dejó más interrogantes que certezas. Según dijo, no ha recibido ni un solo centavo por esas conferencias. Todo el dinero, según dijo, fue directamente a la Fundación para que sea invertido en obra social. Moreno en un momento aseguró que esa fundación no era suya pero en otro dijo que era de su familia. ¿Si el dinero no entra a su bolsillo entonces entra a una fundación que también es suya? Para comenzar, Moreno debería esclarecer ese tema puesto que, incluso en su declaración juramentada de bienes que presentó en septiembre del 2009, aparece como accionista de la Fundación.

Hay evidencias de varias conferencias o charlas a instituciones públicas, especialmente en el 2013. Por ejemplo la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas, EPMMOP, contrató a la Fundación Eventa para dos charlas en septiembre de ese año y canceló 20 mil dólares en virtud de una resolución firmada por Germánico Pinto, entonces gerente de esa empresa. Pinto actualmente es un entusiasta partidario de la candidatura de Moreno, como se desprende de su cuenta en Twitter. También aparecen al menos otras dos conferencias contratadas por el Consejo de la Judicatura y varias más en el Consejo Nacional Electoral, la Dirección Nacional de Registro de Datos Públicos (DINARDAP), la Empresa Pública Yachay, ANT Quito, IESS, entre otras.

¿Cuántas charlas ha dado Moreno? ¿Cuánto dinero recibió la Fundación Eventa en total y cuánto invirtió en las obras sociales que Moreno asegura que realiza? El candidato de Alianza País sostuvo también que a más de las conferencias que ha dado a entidades públicas están las que brindó a empresas privadas y que sobre esas no cree necesario dar explicación alguna. Moreno se equivoca: lo que haya recibido de las empresas privadas por sus charlas también es un asunto de interés público, pues demás está decir que el electorado tiene derecho a saber qué empresario o empresarios lo han auspiciado. Y él tiene la obligación de facilitar esa información. Al fin de cuentas podría llegar a ser Presidente.

En la entrevista con Hinostroza, Moreno habló sobre lo que hace Eventa. Dijo, por ejemplo, que protege a niños abandonados con HIV y que tiene incluso vehículos para que “los ancianitos” puedan recoger donaciones de comida que algunas empresas les dan. ¿A qué niños y qué “ancianitos” ayuda? ¿Cuántos son y cómo los asiste?

De lo dicho no solo se revela que Moreno se ha dedicado a las obras de caridad pública. Esto resulta curioso porque la caridad pública, ejercida por privados, ha sido condenada por asistencialista y por estar al margen del Estado por el presidente Correa sino que plantea la necesidad de conocer exactamente qué hace Eventa. Al ser candidato y estar opcionado a ser presidente de la República está obligado a esclarecer, no solo lo que hace su fundación, sino qué fondos recibe y cómo los administra. Una fundación podría ser una herramienta para ocultar movimientos financieros irregulares. No sería la primera ocasión que una fundación sirve para recoger dinero para campañas electorales.

No transparentar detalladamente cómo se financia, cómo gasta y qué hace la Fundación Eventa podría crear una figura similar a la que en otros países ha motivado auténticos escándalos políticos. Ahí está el caso de la fundación Bill Clinton en los EEUU, la fundación Lula da Silva en Brasil y también el caso de Podemos, el movimiento político español que surgió de la Fundación Ceps que recibía de forma irregular fondos de los gobiernos de Venezuela y Ecuador.

Entre los datos que soltó Moreno también está que su hija Carina ha manejado la fundación. No ha recibido un solo centavo por su trabajo, dijo a Hinostroza. Entonces si ni él ni su hija ganan sueldos en la fundación, ¿quién lo hace? Aunque se trata de datos que seguramente no tuvieran relevancia si Moreno fuera un ciudadano común y corriente, es evidente que en el caso de un candidato presidencial la cosa es muy distinta. Es importante tener toda la información del caso: por ejemplo, conocer cada uno de los contratos que firmó la fundación y los honorarios que recibió. Cómo ha gastado el dinero (con facturas de respaldo), los nombres de sus proveedores, de sus empleados y los sueldos de aquellos vinculados con la Fundación…

La información que se entregue es parte inseparable de las credenciales éticas del candidato. No solo por ser candidato y posible presidente sino porque, además, hay un documento de la Contraloría del Estado que dicen que la Fundación Eventa es una entidad de derecho privado que se beneficiaria de fondos públicos; es decir, recibe dinero del presupuesto del Estado. De ser ese el caso, lo que haga o deje de hacer la fundación de la familia Moreno es un asunto que incumbe a todos y cada uno de los contribuyentes, independientemente de las aspiraciones públicas que tenga Lenín Moreno.

Es evidente que el tema de las fundaciones vinculadas con políticos y aspirantes a presidentes ha aterrizado en el Ecuador. Está en manos de Moreno desvanecer hasta la más mínima de las dudas.

Foto de la cuenta de Flickr de la campaña de Lenin Moreno

 

Gracias señor Moreno, la cosa quedó clara

en Columnistas/La Info/Las Ideas por
jose-hidalgo

“Este próximo año, en contra de lo que dicen tantos agoreros del desastre, vamos a crecer al 1,4%”. Esa es la previsión que usted, señor Moreno, maneja para 2017. La mencionó esta mañana en una entrevista con Jeanette Hinostroza, y lo hizo con tanta seguridad que pareciera que se trata de un pronóstico de consenso entre los economistas, una cifra bien fundamentada, casi irrefutable, y no de lo que en realidad es: una proyección mucho más política que técnica, carente de sustento y calculada con tan poco rigor que genera preocupación por el modo en que el Banco Central, que es la institución que la generó, maneja el resto de sus estadísticas. ¿Sabe usted, señor Moreno, que incluso el Banco Central cree que este año seguirán cayendo el consumo de los hogares y la inversión y que para llegar a ese 1,4% de crecimiento de la economía en su conjunto pronostica un aumento de 12% (DOCE POR CIENTO) en las exportaciones? Tal vez usted nos pueda explicar cómo se llega a semejante número (en dolarización, el crecimiento anual promedio de las exportaciones ha sido menor al 4%), porque por lo pronto las explicaciones oficiales se limitan a mencionar los beneficios del acuerdo comercial con la Unión Europea (cuando, en realidad, la ventaja inmediata de haber firmado ese acuerdo no es que las exportaciones nacionales a ese bloque se disparen, sino que no pierdan participación de mercado) y el aumento en el precio del petróleo (cuando los técnicos del Gobierno deberían saber que para calcular el PIB no se toman en cuenta las exportaciones medidas en valor, sino en volumen). Dado que usted menciona con tanta soltura la proyección oficial de crecimiento, ¿nos podría explicar cómo piensa hacer para aumentar las exportaciones petroleras (medidas en barriles) y, a la vez, cumplir el acuerdo de los miembros de la OPEP de recortar la producción? ¿O qué mecanismo piensa aplicar para que la previsible apreciación del dólar, por efecto del aumento de las tasas referenciales en EE.UU., no afecte a la competitividad de las exportaciones nacionales y éstas alcancen el enorme crecimiento que prevé el Banco Central?

Es comprensible, señor Moreno, que usted se acoja al discurso de la supuesta recuperación económica que maneja el Gobierno del que forma parte. Después de todo, está en campaña electoral y no le conviene hablar de la crisis causada no sólo por factores externos, sino principalmente por el insostenible modelo implementado en los últimos diez años. Lo preocupante es que usted se muestre tan seguro de que la economía va a crecer en 2017 (“yo digo la verdad y la ciudadanía tiene bastante razón para confiar en mí, no le he mentido nunca”, dijo para tratar de convencernos), cuando entre los economistas no alineados con el Gobierno (de “oposición”, según el Presidente Correa) existe, ahí sí, un consenso sobre la necesidad de ajustar el gasto público a niveles sostenibles y sobre los impactos adversos que ese ajuste va a provocar sobre la economía en su conjunto, que en los últimos años ha generado una enorme dependencia hacia el gasto fiscal. Si usted cree que “estamos saliendo adelante”, que “se ha manejado bastante bien la economía”, entonces no habría que esperar de su parte ninguna corrección al modelo económico vigente. Y lo cierto, señor Moreno, es que ese modelo simplemente no es sostenible. ¿Sabe usted, por ejemplo, que en 2016 su Gobierno contrató nueva deuda por cerca de $14.000 millones para cubrir sus gastos y amortizaciones? ¿Sabe que al 31 de diciembre los créditos del Banco Central al Gobierno ya suman $4.305 millones, es decir, $357 millones más que el total de los depósitos públicos en el mismo Banco Central que son los recursos que supuestamente financian esos créditos? Al respecto, usted avaló esos préstamos si son usados para inversión (cuando el mismo ex gerente del BCE reconoció que han sido usados para pagar atrasos) y comparó el manejo del Banco Central del Ecuador con el del Banco Nacional de Panamá (lo llamó Banco de Desarrollo de Panamá), desconociendo que este último, si bien es depositario oficial de los fondos públicos, no se define a sí mismo como un banco central y, sobre todo, NO MANEJA LAS RESERVAS DE LOS BANCOS PRIVADOS PANAMEÑOS (si una persona quiere abrir una cuenta en ese banco, que también funciona como banco privado, lo hace por voluntad propia).

Para respaldar la supuesta recuperación de la economía usted mencionó también el crecimiento del PIB en el tercer trimestre. Según el cuestionado Banco Central, en efecto en el tercer trimestre la economía creció 0,5% frente al segundo. ¡Cómo no lo iba a hacer si sólo entre julio y septiembre, según datos del Observatorio de la Política Fiscal, el Gobierno contrajo deuda por casi $4.000 millones para inyectar esos recursos a la economía! No obstante, usted evitó mencionar que, pese a ese enorme endeudamiento, frente al tercer trimestre de 2015 la economía se contrajo (“crecimiento negativo”, dirían en su Gobierno) 1,6%, la quinta caída interanual consecutiva. De hecho, preguntó “¿cuáles son las cifras negativas?”.

Para justificar los atrasos con proveedores del Gobierno, usted dijo que “durante un año y medio no se ha recibido un solo centavo por concepto de ingresos petroleros”. Eso es cierto, como también lo es que su Gobierno nunca se preparó para esa eventualidad, (“contingencialidad”, diría usted). Lo llamativo es que el Ministerio de Finanzas, acaso con el objetivo de ocultar la verdadera magnitud del déficit fiscal, registra para 2016 ingresos petroleros por más de $2.100 millones. En ese sentido, ¿está usted al tanto del tamaño real del hueco fiscal que le tocaría enfrentar en caso de llegar a la Presidencia? ¿O en ese aspecto prefiere quedarse con las alegres cifras del Ministerio?

Hace un poco más de un mes, en este mismo espacio se publicó una columna titulada “Háblenos de economía, señor Moreno”. Después de escuchar la entrevista de hoy, en la que incluso se negó a revelar el nombre de quien encabezaría su equipo económico y metió frases tan incomprensibles como aquella de que “los aumentos del sector público han aumentado inclusive a niveles muchísimo más altos de los que teníamos en el año 2014”, la cosa parece haber quedado clara: si usted llega a ser presidente no podemos esperar una pronta recuperación de la economía.

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