Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

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Martin Pallares

En este juicio ganamos todos

en La Info por

Para escribir este texto voy a recurrir a la primera persona. Nunca lo había hecho en 4Pelagatos pero esta vez las circunstancias me imponen un tono personal. Resulta imposible despersonalizar esto: han sido casi diez años de angustias y zozobras cuyo feliz colofón, al menos aparentemente, ha llegado el lunes 3 de julio.

Cuando la mañana siguiente al juicio, en el que fui declarado inocente de haber afectado la honra del ex presidente Correa, un periodista me llamó y me pidió que dijera al aire cómo arrancaría una crónica sobre lo ocurrido, lo primero que se me vino a la mente fue la imagen de mis colegas acercándose para entrevistarme luego de la audiencia. Venían por la calle, casi corriendo, hasta la puerta por donde los funcionarios de la judicatura me habían pedido que salga para no exponerme a las enfurecidas turbas correístas. Fue el ánimo con el que llegaron lo que me impactó.  Aunque venían casi corriendo y jadeantes era claro que estaban tranquilos y ciertamente contentos. Cuando arrancaron las preguntas fue evidente que una alegría sosegada los acompañaba; algo que no había visto entre mis colegas durante muchos años. Ese momento sentí que algo muy poderoso me unía a esa tropa de reporteros y ahí tuve verdadera conciencia de que había ganado una pelea. Una pelea que había valido la pena dar.

Esa imagen me llevó a recordar uno de los momentos más siniestros que me ha tocado cubrir como periodista. Ocurrió ya hace 6 años y fue la audiencia final del juicio que Correa le siguió a diario El Universo. Ese día, el Presidente estaba montado en la cresta del más absoluto poder y había convertido a la Corte Nacional en un espacio donde todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en función suya. Aunque había presentado su demanda a título de un ciudadano cualquiera, cosa que de por sí es absurda que lo haga quien ejerce un cargo público, había ordenado que se acondicione en el lugar una suit para su uso personal, de tal forma que si quería ir al baño no tenía que cruzarse con nadie que no fuera de su agrado. Lo acompañaba un séquito de funcionarios públicos, incluidos los de más alto rango, que no tuvieron empacho en abandonar sus sitios de trabajo para lambisconear al jefe y en las afueras flotas de vehículos de Estado los esperaban para llevarlos a festejar. Ese día, el mismo Rafael Correa, que el 5 de junio del 2017 pidió que me encarcelen por 30 días porque disque había afectado su honra, pidió a los esbirros de la Corte que me saquen de la sala. No había ningún respaldo legal para que me expulsaran, solo el capricho de Correa que no quería sentirse incómodo en aquella sesión donde, sabía, se iba a condenar a El Universo y a Emilio Palacio. Nada debía perturbar su goce y disfrute de ese ajuste de cuentas y mi presencia, seguramente, le resultaba perturbadora. Para entonces, Correa ya no me toleraba.  Ya se había aprovechado de sus sabatinas para insultarme y desacreditarme. Incluso había proyectado una fotografía mía en uno de esos espectáculos como para asegurarse, tan valiente y macanudo él, que sus seguidores me identifiquen y me agredan si se cruzaban conmigo en la calle.

La antipatía que Correa sentía por mi y que lo llevó a insultarme y a descalificarme nació en julio del 2009. Luego de que escribí un pequeño comentario sobre su presencia en un desfile de conmemoración por los 200 años de la batalla de Carabobo, en Venezuela, y al que lo  acompañé como miembro de una delegación de periodistas ecuatorianos. En aquellos tiempos la prensa, que no pertenecía al aparato de propaganda y adoctrinamiento del gobierno, aún tenía cabida en los viajes presidenciales. 

En el comentario aquel me preguntaba cómo es que un joven político, supuestamente educado y de ideas modernas, podía haber lucido radiante de felicidad junto a Hugo Chávez durante una ceremonia militar en la que el tono de los larguísimos discursos eran de un nacionalista y de una exaltación militarista dignos de una película sobre la Italia de Benito Mussolini. ¿Quién conoce realmente a Rafael Correa?, preguntaba en la columna. Me parecía inexplicable que alguien que se llenaba la boca sobre modernización y sociedad civil podía haber estado tan a gusto y a sus anchas en un tétrico espectáculo lleno de discursos e imágenes cargados de nacionalismo fascista. Para alguien formado con una educación humanista, como pretendo serlo, un espectáculo así no podía ser sino abismalmente deprimente. Pero Correa estuvo, durante esas cinco o seis horas de apabullante despliegue de militarismo y nacionalismo ramplón, dicharachero y festivo. Pocas veces se lo había visto en público tan alegre como ese día, sentado junto a Chávez.

El sábado que siguió a la publicación de mi columna, Correa se burló diciendo que yo era un bobo que seguramente esperaba que en un desfile militar aparezcan cheerleaders y cosas por el estilo. Tuvo el descaro de insinuar que yo había actuado como traidor por haberlo criticado luego de haber volado en un avión del Estado. Desde entonces ya se evidenciaba que, como político y funcionario en el poder, Correa asumiría que los bienes públicos eran suyos. El avión, por ejemplo. Cada día me convenzo más de que mi pregunta sobre ¿quién conoce realmente a Rafael Correa? era perfectamente pertinente.

Vinieron otros episodios. Para agosto del 2013, Fundamedios había contabilizado al menos diez ocasiones en las que Correa se aprovechó de las sabatinas, espectáculo pagado con fondos públicos, para insultarme y descalificarme. El inventario hecho por Fundamedios incluye los apelativos de “enfermo”, “sicario de tinta”, “chiflado”, “inmoral”, “falto de ética”, “cobarde”, “desquiciado”, “pobre hombre” y “malcriado”. Luego vino una serie de ocasiones en las que, obsesivamente, dijo que yo estaba enfermo o enfermito, como si tener una enfermedad fuera motivo de descrédito. Fueron tantas las ocasiones en que me dijo “enfermo” que llegué a pensar que lo hacía perfectamente consciente de la condición que sufro, y que trató de humillarme con eso. Muy humano y valiente el señor Correa.

Correa jamás perdonó que se le cuestione su verdad. Si era dueño de los bienes públicos lo normal era que sea dueño, también, de la verdad. El sistema político que él montó, con la anuencia de una inmensa mayoría de ecuatorianos y de ideólogos de ocasión, necesitaba de un poder absoluto para funcionar. Convertir a las funciones del Estado como secretarías o brazos del ejecutivo, cosa que logró con la constitución de Montecristo, no bastaba. Era necesario también eliminar, como se elimina a los piojos, a cualquier forma de disenso. Por eso construyó, desde el principio, un sistema mediante el cual la amenaza y el insulto servían para mantener reprimida y acobardada a cualquier forma de crítica. Hubo algunos, entre los que me incluyo, que nos atrevimos a desafiar ese sistema y decir lo que el poder no quería escuchar. Muchas veces lo hicimos por un profundo miedo a callar, que es el más tenebroso de los miedos.

Hubo un período, que no fue corto, en el que quienes nos lanzamos al vacío diciendo las cosas que el poder no quería que se digan, fuimos abominados por un inmenso sector de la opinión pública. Resistirse a las reglas del jefe, durante los primeros cinco o seis años del correato,  no fue bien visto ni fue popular. No era fácil ejercer la libertad de expresión, no solo por las agresiones que venían desde el poder sino por el desprecio y el repudio de un importante sector de la sociedad que alcahueteó, unas veces con gran entusiasmo y otras por simple desidia, la instalación de un régimen autoritario. Un autoritarismo que, con el tiempo, la mayoría ha llegado a aborrecer.

El acoso se prolongó con el aparecimiento de 4Pelagatos. Correa no solo que utilizó todos los recursos del Estado para demandar que se baje la página usando fraudulentamente leyes de autoría intelectual o mediante ataques cibernéticos.  Se nos advirtió con un juicio por un artículo sobre los aviones militares donados por Hugo Chávez y se nos amenazó de muerte por un artículo en el que se criticaba que se haya utilizado al diario estatal El Telégrafo para que la hija de Correa publique una columna de opinión.

La demanda que me puso Correa por un artículo en el que utilizo el mismo razonamiento que él usó para proteger a Alecksey Mosquera, por haber recibido un millón de dólares de Odebrecht, no es sino la culminación de un viejo y metódico acoso en mi contra que incluye la presión que se ejerció desde el poder para que me dejaran en el desempleo. Un acoso que no fue exclusivamente en mi contra pero que llegó a ser mucho más perverso y violento contra colegas míos como Jorge Ortiz, Juan Carlos Calderón, Cristian Zurita o Fernando Villavicencio, entre otros.

¿Pero por qué Correa pidió mi prisión por el artículo en el que expongo, haciendo un símil, su lógica para defender a Mosquera y no por otros mucho más duros? Creo que mi colega Cristian Zurita tuvo la mejor respuesta a esta pregunta. “Correa al defender a Mosquera se está defendiendo él mismo”, me dijo en una conversación. Es por eso que estoy convencido de que la demanda que presentó en mi contra es parte del caso Odebrecht. Si lograban encarcelarme o hacerme pagar una multa por lo que escribí, entonces no era difícil imaginarse el temor que cualquier periodista o ciudadano hubiera sentido al redactar una nota sobre ese tema. Uno de mis abogados Juan Pablo Albán, en su extraordinaria argumentación a mi favor, lo hizo notar y estoy convencido de que esa fue una de las argumentaciones que más impactó en el juez.

En el proceso que se siguió en mi contra, la idea era que yo llevara un mensaje a todos quienes pueden opinar sobre el tema de Odebrecht: o se callan o les pasa algo parecido. Por todo esto pienso que los beneficiarios más inmediatos de la decisión del juez fuimos muchos periodistas y personas que están haciendo opinión en el tema Odebrecht.

A diferencia de lo que ocurrió durante el juicio en contra de El Universo en el 2011, en esta audiencia fue visible el deterioro del poder de Correa.  Su abogado, acostumbrado a ganar con solo presentarse en los juzgados respaldado en el poder de su defendido, hizo un argumentación tan pobre que a momentos producía lástima. Su asistente llegó atrasado y de los tres testigos que llevaron solo testificó una. Es más, su testimonio fue más útil para mi causa que para la de Correa. Hubo un perito informático llevado por Ochoa y su equipo que a todas luces lo único que sabía era googlear. Ni siquiera sabía qué es una IP ni el “back office” de una página web. Ni siquiera  pudo sostener la tesis Caupolicán Ochoa de que habían sido 80 mil personas las que habían leído la nota que, supuestamente, acabó con la autoestima de Correa. Nada tenía que ver lo que ocurrió este pasado 3 de julio, con aquel despliegue de poder y control que hubo en el juicio contra El Universo.

Cuando sentí que los colegas que me entrevistaban estaban tranquilos y hasta alegres, supe que todo esto ha valido la pena. Quizá por eso, fue su imagen la que primero se me vino a la mente cuando desde una radio me pidieron que les contará cómo comenzaría una crónica.

Espero que todo lo ocurrido signifique que ya no será necesario recurrir, otra vez, a la primera persona. Es de esperar que, como periodista, ya no tenga otro tema personal que contar.

Foto cortesía El Universo

No más abusos de Rafael Correa

en Caricaturas/El Humor/La Info por

Rafael Correa quiere meter preso al pelagato Martín Pallares porque usó su lógica absurda para defender a Alecksey Mosquera. Resultado de ese ejercicio: IMAGINÓ a Correa robando y diciendo que estaba cuidando las joyas. El pelagato Chamorro pone en escena lo que se juega el lunes próximo en un juzgado de Quito durante el juicio: ¿la justicia es tiempos de Lenín Moreno será independiente? Si fuera ese el caso, el  juez debe archivar el absurdo juicio entablado por Correa. ¿O esa justicia seguirá obedeciendo consignas políticas, metiendo presos a ciudadanos, atentado contra la libertad de expresión y aupando una de las mayores sinvergüencerías del correísmo: que Correa aumente su patrimonio metiendo la mano en el bolsillo de los ciudadanos?

Este lunes 3 de Julio los esperamos numerosos para rechazar los abusos que Correa quiere proseguir, ahora como ex presidente.
Judicial Norte: Av. Amazonas y Villalengua. 10:00. Este lunes acompañemos al pelagato Martín Pallares: este lunes sea un Pelagato más.

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‘Sean valientes, no agachen la cabeza y sean blasfemos si es necesario’

en La Info por
4Pelagatos publica aquí el texto del discurso que Martín Pallares, uno de sus miembros fundadores de 4pelagatos.com, dio durante la ceremonia de graduación de la clase del 2015 de la Universidad San Francisco de Quito. Pallares fue invitado por  Carlos Montúfar, rector de la Universidad San Francisco de Quito, a dar el discurso de orden. Al final del texto está el video.

Quiero comenzar felicitándolos por esta graduación. No solo por haber superado con éxito todas las dificultades que significa llegar a este momento, sin duda una de las más bellas cumbres que conquistarán en sus vidas.

Quiero felicitarlos también por haberse graduado en una Universidad única y valiente. Única porque se ha atrevido a educar en artes liberales en una sociedad acostumbrada a la enseñanza vertical y valiente porque hacer eso en un país como éste, donde los dogmas y los fetiches están a la vuelta de la esquina, no es cosa fácil.

Pero no solo es a ustedes a quienes quiero felicitar. Con su permiso y su perdón quiero felicitarme a mi mismo. Créanme, estar invitado como orador de este acto supone para mi un honor que me tiene al borde de la embriaguez emocional.

Estos no han sido tiempos fáciles para mí. No hace mucho perdí lo que para las personas de mi edad se supone que es uno de los patrimonios más valiosos: su seguridad laboral. Un día no hace mucho, en el lugar donde trabajaba como periodista, me dijeron que tenía que escoger entre mi libertad de decir lo que pensaba o la tranquilidad de tener un buen empleo y un sueldo al final de cada quincena. No escogí porque pronto me di cuenta de que no había nada que escoger, de que la opción que me habían dado era una no-opción, porque silenciarse es para mi, como para muchos periodistas, renunciar a lo esencial, a la existencia.

Y seguí diciendo lo que pensaba… y aquí me tienen: sin sueldo cada quincena y ejerciendo orgullosamente mi condición de pelagato.

Quiero también felicitar a Manuela, mi esposa y compañera, a mis hijos Antonio y Rosario y a mi mamá que están felices de verme en este lugar porque saben que esta invitación es un reconocimiento de esta Universidad, su Universidad, al hecho de haberme negado a que la tiranía del silencio gobierne mi vida y la de mi familia.

Y es precisamente porque para esta universidad y para mi la razón de toda existencia civilizada es la resistencia frente a las tiranías y los absolutismos, que quiero compartirles algunas reflexiones sobre la más noble y humana de las libertades: la de expresión y de pensamiento.

Estoy convencido de que les esperan días luminosos. De que por delante tienen la mejor parte de sus vidas. Pero creo que la construcción de ese futuro depende del compromiso que ustedes tengan con la defensa de la libertad de expresión.

Es verdad que, como nunca antes en la historia, las posibilidades de expresarse se han multiplicado tanto como ahora. Estoy seguro de que cada uno de ustedes tiene alguna cuenta en redes sociales: casi seguramente en Facebook, probablemente en Twitter, Instagram o hasta quizá en Google plus. Eso los convierte en propietarios, gerentes y periodistas de, al menos, un medio de comunicación público; cosa que cuando yo tenía la edad de ustedes era impensable. Este maravilloso eco sistema también permite que ustedes estén expuestos a una variedad extraordinaria de ideas e información, algo sin precedentes en la historia de la humanidad

Pero este entorno maravilloso está bajo amenaza, porque tanta libertad de expresión y de pensamiento no conviene a todos. Preocupa e incomoda en especial a los poderosos y a los intolerantes. Para quienes se aferran a la posibilidad de controlar la vida de los otros, nunca será conveniente mucha libertad flotando a su alrededor.

Ha sido precisamente durante los años en los que ustedes estuvieron en esta Universidad cuando estas amenazas se hicieron más tangibles.  Si hacen un examen de la situación de estas libertades en el mundo se darán cuenta que la situación se ha hecho dramática, especialmente en los últimos cinco años. Durante estos años el espacio para el pensamiento libre en Rusia se ha reducido. En China, el estado monopoliza la libertad de expresarse en proporciones industriales.  Solo para censurar el internet, el gobierno chino emplea 50 mil burócratas, en lo que constituye un nivel de represión sin precedente en la historia de la humanidad.

Nuestro pedazo de América no es la excepción: los totalitarismos fantoches en Venezuela, Bolivia, Ecuador y hasta hace poco en Argentina, también se propusieron robarle la palabra a sus sociedades para imponer una única verdad. Lo de México es trágico: 64 periodistas fueron asesinados en el 2015 por voluntad de los mafiosos.

El afán totalitario de los fanáticos religiosos ha sido durante estos últimos tiempos otro de los enemigos para la libertad de expresión.

Quizá uno de los ejemplos más hermosos y heroicos de esta resistencia contra la tiranía del silencio es el de la revista francesa Charlie Hebdo. Sus oficinas fueron bombardeadas en el 2011 por haber publicado caricaturas consideradas blasfemas al Islam. Sin embargo, sus periodistas no pararon. Recibieron amenazas de muerte y no pararon. En enero del 2015, nueve de sus colegas fueron asesinados con disparos en sus oficinas y el personal de la revista no paró. A los pocos días sacaron una portada en la que perdonaban a sus atacantes. “Tout est pardonné”, todo está perdonado, dijeron. Si ellos hubieran cedido ante la amenaza, el veto asesino de los fanáticos se hubiera salido con las suyas. Luchas como la de los periodistas de Charlie Hebdo son las que nos permiten tener esperanza en el futuro de Occidente.

La batalla frente a esta amenaza tiene que ser frontal y sin condiciones. Cuán decepcionante fue ver cómo medios como el The New York Times, The Washington Post, Los Ángeles Times y nuestra prensa nacional prefirieron describir las caricaturas de Charlie Hebdo y no publicarlas bajo argumentos como el de la sensibilidad y el respeto, que lo único que hacían era esconder el miedo. Esa fue una triste claudicación.

Estas ansias por controlar a los individuos no es exclusiva de los fanatismos religiosos. NO. Eduard Snowden nos ha mostrado que hay estados, que se jactan de respetar la libertad de expresión pero que en nombre de la seguridad, están violando uno de los pilares que sostienen la natural inclinación de los seres humanos a hablar. Me refiero a la privacidad. Si permitimos que violen nuestra privacidad, bajo cualquier pretexto, tendremos tanto miedo de lo que decimos que terminaremos por callarnos.

Ahora que han terminados sus estudios saldrán al mundo para tratar de construir un futuro, quizá una familia. Ahí afuera, y me refiero al Ecuador hay un enorme trabajo por hacer para recomponer el derecho que tenemos a un ejercicio pleno de nuestras libertades.

Un grupo, al que los ciudadanos encargaron el poder, ha terminado secuestrándolo y abusando de él desde hace 9 años. Su herramienta más poderosa para consolidar ese fraudulento monopolio del poder fue quitarle a la sociedad ecuatoriana su capacidad plena de decir lo que siente y lo que piensa.

Fueron mucho más sofisticados y eficientes que los fanáticos religiosos que asesinaron a los periodistas de Charlie Hebdo.

Para legitimar su cerco a la libre expresión, construyeron un sistema legal que ha hecho que expresar nuestro pensamiento sea un acto de alto riesgo.

La prensa ecuatoriana ha sido desbaratada y los jefes de redacción hoy en día son los abogados. El periodismo de investigación, que en otros tiempos destapó escándalos y abusos, ha sido acallado por temor a multas extorsivas y posibles demandas judiciales por calumnia. Se vive en el reino del terror y la autocensura se ha convertido en la mordaza ideal. Aquí no necesitaron ni las bombas ni las balas de los lunáticos yihadistas.

Quienes hemos dicho cosas que no han sido del gusto del caudillo, hemos sido insultados, descalificados y hasta expuestos al peligro de agresiones físicas. Nuestra profesión ha sido perversamente criminalizada. El que no alaba al poderoso, es acusado de vendepatrias, desestabilizador, corrupto y pelagato.

Hoy en día prácticamente no quedan programas de opinión en los canales de televisión que no pertenezca al gobierno. Más de 300 radios tiemblan ante la posibilidad de que los tinterillos del caudillo les reviertan las frecuencias y prefieren reproducir exclusivamente las versiones oficiales para no fastidiar al Gobierno. Mientras estos ocurre, oscuros empresarios obtienen frecuencias para canales de televisión en poquísimo tiempo y sin los requisitos que se les exige a otros.

Desde el 2008 hasta el 2015 se han reportado 1409 agresiones a periodistas y solo en el 2015, que fue el peor de todos los años, 377.

Además, no olviden que todo esto nos cuesta y mucho. Solamente entre la Secom, la Supercom y el Cordicom, que son los organismos encargados de regular y acosar a los medios, trabajan 749 personas.

Pero lo más grave es que estos infames han logrado que ciertos sectores de la sociedad terminen pensando como ellos. Hay gente que se escandaliza más porque un niño le dedica un yucazo al caudillo a que ese niño sea castigado sin siquiera un proceso justo por un hecho que, a lo sumo, era de mal gusto. Han logrado que muchos compartan con uno de los razonamientos más retrógado posible: que la afectación a la majestad de la autoridad merece ser un crimen.

Vale la pena tener esto en mente para que comprendan que este tema les incumbe: la libertad de expresión sostiene todas las otras libertades que disfrutamos. Sin la libertad de expresión, la democracia es un mito.  Cada derecho que tenemos o aspiramos tener (de hábeas corpus, de un proceso justo, de libre asociación, igualdad sexual, derechos de los niños o de los animales) tienen que ser libremente pensados, expresados y escritos para darles existencia. No existe un individuo que pueda generar esos derechos por sí solo.

Salman Rushdie, el escritor inglés de los versos satánicos, sostiene que el derecho a contar nuestra propia historia y la de los otros es parte de la naturaleza humana. Cualquier intento de impedir que esas historias sean narradas no es una simple restricción de la libertad de expresión es un asalto a la naturaleza humana, sostiene Rushdie.

Es por todo esto que el Ecuador necesita ya jóvenes que estén dispuestos a dar la pelea.

Yo les pido que nunca olviden aquella frase asociada a Voltaire: “Puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirla”.

Cuando los fanáticos en Francia habían bombardeado las oficinas de Charlie Hebdo su editor, Philippe Val, publicó un libro titulado “Reviens Voltaire, ils ont devenus fous”, regresa Voltaire que se han vuelto locos. No dejen de recurrir, como lo hizo Val, al sabio Voltaire cuando alguien pretenda callarlos.

Llévense también con ustedes esta frase de George Washington: “si la libertad de expresión nos es arrebatada, silenciosos y mudos, seremos llevados como borregos al matadero”.

Sean valientes, no agachen la cabeza y sean blasfemos si es necesario. Buena suerte y como dice un ilustre pensador ecuatoriano: jueguen muchachos.

Gracias

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