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Odebrecht

Correa no quiso quedarse atrás del ‘yo sí sé’ de Galo Chiriboga

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¿Saben quiénes no recibieron coimas de Odebrecht? ¿Saben quienes no son corruptos? Ustedes no saben pero yo sí sé. Los corruptos son todos, menos nosotros los honestos.

Aunque no con las mismas palabras pero sí con ese mismo razonamiento, el presidente Rafael Correa confirmó en su enlace 507 en Cuenca que la celebérrima declaración de Galo Chiriboga, sobre las investigaciones en el caso Odebrecht, no es únicamente una desafortunada frase del Fiscal, sino una especie de coartada o mantra que el correísmo ha desarrollado para defenderse de las evidencias de la corrupción que aparecen como hongos tras la lluvia. Algo así como un si ustedes llegan a saber algo que no es lo que yo sé, entonces todo es falso y montado.

Según Correa, los que recibieron las coimas de Odebrecht están ya identificados: es cualquiera que no es  parte de su gobierno. Y si se llegara a decir que alguien de su gobierno está en las listas de quienes recibieron coimas de la empresa brasileña, entonces todo es una mentira y un montaje que hace parte de una conspiración nacional e internacional. Una conspiración en la que se han confabulado los intereses geopolíticos de los EEUU  y la agenda de la familia Isaías en Miami.

La poca corrupción que existe en el Ecuador, sostuvo Correa desde Cuenca, se produce únicamente porque es imposible de detectar, porque hay funcionarios que no han sido nombrados en su gobierno y porque existen paraísos fiscales en los que se puede ocultar el resultado de los robos. “Hemos sido muy cuidadosos. Tenemos el sistema de compras públicas más moderno de la región”, aseguró Correa para quien es imposible pensar que la corrupción se produce sobre todo en países que, como el Ecuador, carecen de un sistema de pesos y contrapesos que garanticen una fiscalización correcta y que no permitan el abuso de poder de los funcionarios.

En la lógica de Correa, como se vio en la sabatina, los casos de corrupción de los que se habla estos días en el país es una conspiración que los sufridores han montado porque no se cumplió su pronóstico de que la economía iba a colapsar antes de que el 2016 acabara. “Como no colapsó la economía entonces ahora viene el cuento de la corrupción”, dijo sin empacho alguno Correa muy al inicio de su sabatina, en la que si hubo alguna sorpresa fue únicamente la reaparición de dos emblemas del correísmo que habían desaparecido del radar y que estuvieron entre los espectadores: Fernando “Corcho” Cordero y Carlos Marx Carrasco.

En efecto, en la mente del Presidente el tema de corrupción es un invento creado por quienes están frustrados porque la economía del país no colapsó. ¿Algún esfuerzo por pedir información internacional sobre las revelaciones hechas por la propia constructora brasileña? No. ¿Algún anuncio de que hará algo parecido al gobierno del Perú que está tratando incluso que Odebrecht colabore devolviendo las ganancias ilegítimas y entregando más datos sobre los coimas? Tampoco. A Correa lo único que le interesa es preparar el terreno por si acaso alguien llega a señalarle a él o alguien de su gobierno como beneficiario de las coimas de Odebrecht o de la corrupción en general.

En ese esfuerzo, si el fiscal Galo Chiriboga creó la obra maestra de la historia del cinismo criollo el jueves con su inolvidable “¿saben qué sabemos del caso Odebrecht?”, Correa no pudo quedarse atrás y lanzó la afirmación de que si había algún cabecilla de toda la corrupción tenía que ser un socialcristiano y que fue Dios que ayudó en encontrarlo. “Como diosito es de la 35, resulta que el principal corrupto resultó ser un socialcristiano”, dijo refiriéndose a Charly Pareja quien, según el Presidente, logró corromper a mucha gente que ha trabajado en Petroecuador pero que, claro está, no fue nombrada durante su Gobierno. La corrupción es, en la cabeza de Correa, una creación diabólica concebida por unas fuerzas oscuras que quieren perjudicarlo. Nada que valiera, en todo caso, una auténtica investigación internacional.

Correa es, empero, un mentiroso compulsivo. Por un lado sostiene que su gobierno está empeñado en capturar y castigar a todos los implicados en la corrupción de Petroecuador, pero por otro no dice nada sobre la afirmación del gobierno peruano en el sentido de que no ha recibido un solo pedido oficial del gobierno ecuatoriano para capturar a Carlos Pareja Yanuzzelli, el arquitecto de los sobreprecios en los trabajos de repotenciación de la refinería de Esmeraldas. En efecto, en la sabatina no hubo una sola alusión al contundente y engorroso “el Ministerio del Interior de Ecuador no me mandó un oficio a mí, pero yo sí a él diciéndole queremos apoyar en esto, pero para poder detener a las personas se necesita una orden de captura internacional. No la había en ese momento”, del ministro peruano Carlos Basombrío.

El tema de Odebrecht es, para el Presidente, algo con lo que “hay que tener mucho cuidado”. Pero no por lo serio y verosímil que puedan resultar las denuncias sino por que ahí existe una conspiración ya que resulta demasiado extraño que una congresista republicana de La Florida haya pedido a la Fiscal de los EEUU los nombres de los posibles coimados del Ecuador y no de los otros 10 países mencionados en la lista. “Huele feo y no hay que dejarse sorprender”, dijo refiriéndose al pedido de la congresista Ileana Ros-Lehtinen a la fiscal Loretta Lynch.

Según el Presidente, si esta legisladora estadounidense hace el pedido es únicamente porque los Isaías financiaron su campaña. “Resulta que esta señora es congresista republicana de Florida, sus campañas fueron financiadas por los Isaías. Como les dije hace algunos días, algo tan sagrado como la lucha contra la corrupción se politiza y se trata de utilizar geopolíticamente y electoralmente. Por ahí van los tiros”. Lo que no menciona, obviamente Correa, es que si Ros-Lehtimen hace el pedido sobre el caso ecuatoriano exclusivamente es porque el Ecuador es el único país de los once mencionados en la lista de Odebrecht que no ha pedido la colaboración del Departamento de Justicia de los EEUU o de la propia Odebrecht.

El Presidente, además, teje cualquier argumento para convencer a quienes lo escuchan de que es absurdo pensar en que sea cierto que Odebrecht sobornó a funcionarios de su gobierno. Esa empresa, dijo, “no necesitaba pagar para ganar un contrato, lo ganó por concurso. ¿Ustedes han escuchado un reclamo de los que perdieron? Nunca, porque eran concursos abiertos, transparentes. Pero la mala costumbre de coimar es una práctica. ¿Cómo se detecta?”. Cuando dijo esto, llegó a parecer que trataba de defender a la constructora brasileña.

Fue en el contexto de su tesis de que si hay culpables de corrupción jamás serán funcionarios de su gobierno que se refirió, aparentemente, a la detención de Mauro Terán, asesor del alcalde Mauricio Rodas, la noche del viernes. “Ya están avanzando las investigaciones” dijo y agregó que en esas investigaciones se han encontrado cuentas bancarias donde hay funcionarios, que no son del gobierno central obviamente, que han incrementado sus depósito de 200 mil dólares a cerca de 2 millones. “Pronto lo sabrán no son del gobierno nacional”, dijo todo satisfecho como anticipando algo que vendrá. Solo le faltó levantar las cejas como lo hizo el fiscal Chiriboga cuando lanzó su afirmación de que investigaciones avanzan porque él ya sabe que el que ofrecía las coimas es Odebrecht.

El que vio y escuchó la sabatina 507 seguramente va a quedarse con la impresión de que lo más siente Correa cuando habla del tema es miedo.  Y ahí también se parece a su fiscal y ex abogado personal Galo Chiriboga.

Caso Odebrecht: la reacción inteligente y la reacción bruta

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Había dos formas de reaccionar frente a las revelaciones sobre la corrupción de Odebrecht en el informe del Departamento de Justicia de los EEUU. Una era con inteligencia, honestidad y responsabilidad; la otra sin lo uno ni lo otro. La primera fórmula es la del gobierno peruano de Pedro Pablo Kuczynski; la segunda es la que Rafael Correa exhibió en su más reciente sabatina.

El gobierno peruano, en efecto, asume que en las denuncias sobre las coimas de Odebrecht existe un problema real que tiene que ser procesado y, de ser posible, solucionado. Por eso no solo que ha iniciado una investigación para dar con los nombres de los funcionarios corruptos sino que exigirá a la empresa que pague por lo que ha perjudicado al Estado peruano a través de sus actos de corrupción. En esa dirección ya ha iniciado una negociación con la empresa para que devuelva las ganancias ilícitas obtenidas con los sobornos entregados a funcionarios. De no encontrar una respuesta favorable, el gobierno peruano no descarta ir a los tribunales para exigir a Odebrecht que devuelva al Perú esas ganancias ilícitas. En resumen, el gobierno de Kuczynsky frente a la denuncia reacciona no solo dándole crédito e importancia sino en función de la responsabilidad que tiene y busca que el Estado recupere lo que Odebrecht se embolsicó deshonestamente.

Muy distinta es la reacción que Correa mostró sobre el tema en el enlace que se hizo desde Salinas. Por un lado, el Presidente ecuatoriano trata de desconocer la realidad y negar los hechos buscando por todos los medios afirmar que si hay beneficiados de las coimas hay que buscarlos por cualquier lado que no sea en su Gobierno. Es tan burdo en ese intento que cuando trata de echar todo el bulto del escándalo al alcalde Mauricio Rodas lo único que hace es caer en la contradicción de dar crédito a la denuncia. ¿El informe es bueno para sembrar dudas sobre Rodas pero falso cuando las dudas son sobre su gobierno o funcionarios? “El Gobierno no tiene contratos vigentes con Odebrecht, ya todos los contratos han terminado o están en fase de cierre. Solo hay un contrato en vigencia que es el del Metro de Quito, que es con el Municipio, y de eso no dice nada la prensa. Y solo ese contrato es prácticamente el mismo monto que todos los contratos que ha tenido el Gobierno con Odebrecht”. Correa quiere pasarse de listo, pues no repara que el informe del escándalo habla sobre hechos ocurridos en el Ecuador entre el 2007 y el 2016; es decir, cuando había contratos con el Gobierno.

Correa llegó a sugerir, en esa misma sabatina, la alucinante tesis de que tras el informe del Departamento de Justicia de los EEUU se esconde la intención de perjudicar y desestabilizar al gobierno ecuatoriano y sus opciones electorales para este año. “Ya sabemos más o menos por dónde van los tiros. Mañana dicen ‘es Correa, es (el vicepresidente Jorge) Glas’ y hasta que demostremos que es mentira se nos pasó el 19 de febrero, y eso es lo que buscan: enturbiar las elecciones (generales, previstas para esa fecha)”. Y agregó en lo que parece una reacción en el estilo de Nicolás Maduro: “Cuidado que no es la primera vez que el Departamento de Justicia hace estas investigaciones, pero no en función de la justicia sino en función de los intereses geopolíticos de Washington”.

Correa pretende hacer creer algo absurdo: que los EEUU decidieron fabricar un caso que involucra a 12 países y por el cual cobra miles de millones de dólares a Odebrecht, con el único propósito de afectar electoralmente a su movimiento. Hay que imaginar a los funcionarios del Departamento de Justicia inventándose uno de los casos más sonados de corrupción de la historia de ese país con el exclusivo fin de afectar a Lenín Moreno y Jorge Glas. Como si en el la posibilidad de que ese binomio llegue al poder se jugara la existencia misma de Washington. ¿A alguien se le ocurre una insensatez mayor?

En esta teoría de la conspiración, Correa también incluye a Carlos ‘Charly’ Pareja Cordero, a quien acusó de ser la cabeza del escándalo de corrupción en el caso de Petroecuador. Según Correa, Pareja Cordero también está tras las acusaciones en el tema de Odebrecth pues es abogado de esa empresa. Es decir, el Departamento de Justicia de los EEUU habría incluso coordinado con ‘Charly’ Pareja la fabricación del caso Odebrecht para perjudicar a su gobierno.

El contraste entre la reacción de Kuczynski y Correa es inmenso. El primero no rehuye ni niega al problema y más bien piensa que Odebrecht debe resarcir a su país por haber actuado corruptamente. El segundo, en cambio, patalea en un sospechoso estado de negación. Correa no se contenta siquiera con negar tercamente cualquier posibilidad de corrupción durante su gobierno sino que llega a elaborar fantásticas y alucinantes teorías que no hacen sino ponerlo en ridículo al punto de fabricar una caricatura de sí mismo. Eso despierta sospechas tan grandes como el patetismo con el que intenta defenderse.

Foto Presidencia de la República

Los cañonazos no bailables de fin de año

en Columnistas/Las Ideas por
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Asistimos al fin de la fiesta más tóxico de la gran década. Quién habría imaginado que tras la bambalina revolucionaria se tapara tanta putrefacción. Los escándalos de corrupción en el área petrolera junto con lo que era un secreto a voces –que Odebrecht había pagado a funcionarios ecuatorianos para conseguir sus jugosos contratos, así como lo hizo en el resto del mundo– son solo la punta apenas visible de una gran montaña todavía oculta de mal manejo de los mayores recursos públicos que el país ha recibido en años.

Nos prometieron manos limpias, corazones ardientes y mentes lúcidas. Se hinchieron de una superioridad moral nunca vista. Rafael Correa, el iluminado absoluto, había llegado a salvar al país. Era una suerte de mesías dueño de la verdad revelada. Luego vinieron los petrodólares en cantidades inimaginables y se acabó el socialismo idealizado, si es que alguna vez lo hubo. Llegó el desenfreno total acompañado de lo que usualmente incluye: altísimas dosis de cinismo y desvergüenza.

Dice el repetido Dictum de Acton que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Una década vivida por los ecuatorianos para constatar el proceso de transfiguración de las intenciones. A la revolución ciudadana se le puede acusar de varias cosas, pero ciertamente tenía un proyecto de país claro, estemos de acuerdo o no con él. Ese proyecto, esas ideas, ese objetivo de transformación fue quedándose, sin embargo, en el camino. En el trayecto aparecieron los megacontratos, las macro obras y, con ellas, las gigantescas coimas y la posibilidad de los grandes negociados para beneficio personal. ¡Qué carajo importaba si se perjudicaba al país en unos dólares más o unos dólares menos; ellos eran los dueños del país! Así, poco a poco, los revolucionarios de las manos limpias se convirtieron en los nuevos ricos del día. Los tecnócratas que pretendían volver eficiente al Estado, lo convirtieron en un Leviatán endeudado de por vida. Abandonaron su proyecto ideológico y en ese trance, digámoslo con todas sus letras, acabaron al país.

En estos días el chuchaqui se vuelve agrio, de pésimo sabor como ocurre luego de una tremenda borrachera con todo tipo de excesos. Imagino que tras bastidores el malestar es aún mayor, pues ya dejaron de ser los titiriteros dueños del show. Su suerte se decide demasiado lejos y, por eso, empiezan a temblarles las extremidades. Se nota la desesperación en sus declaraciones. Algunas de ellas risibles, como la de que no se admitirá el testimonio de Odebrecht.

Al mismo tiempo siguen repitiéndose los absurdos cotidianos, como ese del fiscal de la nación emitiendo certificados de honorabilidad a personajes dudosos o aquel de encarcelar a los denunciantes de los atracos. Vivimos los momentos que ningún comensal quiere vivir: la fiesta se acabó, solo quedan vasos a medio tomar y puchos tirados por el suelo. Se barre el desastre de la noche que acaba bajo las alfombras que quedan. Sin embargo, poco se puede hacer con el olor fétido del ambiente.

El anfitrión, Rafael Correa, sabe ya que su reputación está manchada para siempre, así Alvarado dedique el resto de sus días a tratar de transformarlo en una celebridad impoluta. Él y nosotros sabemos la clase de desmanes ocurridos en la larga noche de fiesta revolucionaria.

Los Alvarado: otros que tienen vela en el entierro Odebrecth

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Vinicio y Fernando Alvarado están pasando de agache en el horripilante enredo de Odebrecht con el Estado ecuatoriano. Y la verdad es que no deberían, porque también tienen vela en ese entierro.

Los hermanos Alvarado, zares de los millonarios contratos de propaganda y publicidad durante la #décadaganada del correísmo, tienen que explicar, tarde o temprano, cómo y en qué consistió el auspicio que dio la constructura brasileña, esa sí corrupta y corruptora, en la realización del documental The Royal Tour, donde el presidente Rafael Correa hacía de guía turístico al periodista y productor Peter Greenberg, en una gira alrededor del Ecuador.

Cuando en marzo del 2016 diario El Universo le pidió a Fernando Alvarado, ministro de Turismo, explicaciones sobre si había gasto público en la realización del Royal Tour , el funcionario respondió afirmando que “esa información no la podemos dar nosotros, dado que es un proyecto privado con acuerdo económico entre privados”. Alvarado, chabacano y prepotente como el que más, hizo entonces más o menos lo mismo que su subordinado Orlando Pérez hizo cuando se publicaron las noticias sobre sus agresiones físicas a una mujer: se pasó de vivo diciendo que esa información era privada y que no era de interés público. Par de caretucos: en el caso de Alvarado porque los gastos por dos millones de dólares en el Royal Tour, según datos jamás negados por el gobierno, habían sido cubiertos por empresas privadas. ¿Cómo pretender que lo que hace un Presidente, peor aún si es pagado por empresas privadas, no es de interés público? ¿Dónde acababa lo privado y comenzaba lo público en este tema?

Lo ocurrido con Odebrecht hace pocos días, cuando la empresa confesó formalmente haber sobornado a funcionarios de casi todos los gobiernos del continente, es la demostración más clara y evidente que respuestas como las de Fernando Alvarado son de absoluta perversión ética. El escándalo Odebrecht, por fortuna, deja en evidencia la mañosería de Alvarado y demuestra que ese financiamiento era un asunto público y que por tanto era de interés de la sociedad. también confirma que es absolutamente necesario el que Alvarado asuma su responsabilidad de funcionario y no solo entregue las explicaciones que le debe al país sino que sea examinado por una autoridad fiscalizadora. Claro, en el supuesto de que en el Ecuador volverán a existir instituciones fiscalizadoras.

La participación en el financiamiento hecho por Odebrecht en la producción del Royal Tour puede ser pequeña o incluso mínima, pero eso no la hace menos significativa desde el punto de vista de la ética pública. ¿Por qué financió Odebrecht la promoción de la figura de Rafael Correa en un documental hecho por una empresa privada que fue transmitida luego en la televisión de los EEUU? ¿Se le dio algo a cambio? ¿Ganaba puntas la empresa constructura frente al Gobierno con el simpático gesto de poner dinero en el documental? ¿Cómo es posible que Alvarado no haya transparentado esos datos si lo que estaba en juego, evidentemente, es un tema de interés público? En un país donde la rendición de cuentas y la ética en la administración pública es algo normal, la actitud con la que Alvarado respondió a El Universo en marzo hubiera sido no solo anormal, sino brutalmente escandalosa.

Tampoco se puede dejar de tomar en cuenta que la filmación del documental, según información de El Universo que no ha sido negada por el gobierno, se realizó entre el 15 y el 21 de agosto cuando los escándalos de corrupción de Odebrecht en Brasil ya habían estallado. En ese entonces ya se sabía que la constructora acostumbraba sobornar a funcionarios públicos para conseguir contratos, no solo en Brasil sino en toda la región. Según información de operadores de relaciones públicas contratados por el gobierno ecuatoriano en EEUU, la luz verde para la realización del Royal Tour la dio Vinicio Alvarado, el hermano mayor, cuando aún hacía de ministro de Turismo. Por eso, Vinicio Alvarado también tiene vela en ese entierro.

Pero el tema de la participación de Odebrecht en el Royal Tour no es el único por el que los hermanos Alvarado deberían ser procesados por las autoridades fiscalizadoras, que si bien por ahora no existen, algún día es probable que las haya. Fernando Alvarado, a más de ocultar lo que Odebrecht y las otras empresas hicieron en el tema, mintió. Sí, mintió porque no es cierto que el Royal Tour no le costó nada al país. Existen documentos que prueban que varios funcionarios cobraron viáticos y viajaron a EEUU en la coordinación del lanzamiento del documental al menos en Chicago y Nueva York. Por ejemplo un pasaje comercial para Fernando Alvarado de Chicago a Nueva York. A más de eso está la utilización de bienes públicos como el avión presidencial que, como se ve en la cinta, fue utilizado para la filmación del documental así como en el desplazamiento de Correa a los EEUU para los actos de presentación que, además, aparentemente fueron costeados con fondos públicos.

Podrán decir que el Royal Tour era un excelente instrumento de promoción turística para el país y pueden tener perfecta razón. Dentro de esta lógica podría ser perfectamente normal e incluso positivo que empresas nacionales o extranjeras vinculadas al turismo financien programas que van a estimular el flujo de turistas. Pero si ese es el caso, entonces la información sobre la participación de esas empresas privadas debería ser tratada como si se fuera información pública.

Durante diez años, funcionarios como los hermanos Alvarado han dispuesto, cual gamonalillos del siglo 19, de los bienes y los temas públicos como si el Estado fuera una hacienda privada y la sociedad una peonada ignorante y bruta.

Si de algo puede servir el caso del Royal Tour y su vinculación con Odebrecht es en que ya no deberían haber pretextos, ni siquiera los groseramente tramposos como los que Fernando Alvarado le dio a El Universo, para que los privado sea utilizado como coartada para ocultar lo público.

Lo normal sería que alguna autoridad, ya sea un juez, un fiscal o un contralor, llamen a los hermanos Alvarado a dar las explicaciones sobre este tema que, evidentemente, le deben a sus verdaderos jefes: los ciudadanos. Pero claro, eso es lo normal.

Foto de El Ciudadano

Corrupción de nueva generación

en Columnistas/La Info/Las Ideas por
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Una de las viejas discusiones alrededor de la corrupción fue imputársela al Estado. De esa premisa, que entonces rebatimos como esencialmente mal formulada, se derivó una conclusión política, más torcida. Dado que la corrupción se origina en el Estado, el engrandecimiento del Estado conlleva mayor corrupción. Luego, era preciso que el Estado tuviera dimensiones mínimas, pues así habría asegurado que la corrupción fuera mínima.

Aquella discusión fue precedida por otro planteamiento. Determinadas cosmovisiones y contextos culturales habrían permitido/legitimado formas y dimensiones mayores de la corrupción. Obviamente se trataba de una modalidad de segregación cultural y de ratificación de formas civilizatorias superiores o, en todo caso, más honradas y transparentes. Más aún si coincidían con la división mundial del trabajo entonces vigente. En los países pobres habría más corrupción y en los países ricos menor corrupción, cuando no en los anglosajones del norte versus los latinos en el sur.

La discusión sobre la corrupción originada en el Estado fue sucedida por otra relativa a imputarle la responsabilidad de la corrupción a la empresa privada, que habría generado los estímulos o las formas concretas de la corrupción estatal. No pasó mucho tiempo antes de que surgiese la impresión/constatación de que la mayor corrupción se habría localizado en las relaciones sociales, que estimularían a la corrupción pública.

Pero, fundamentalmente, la corrupción se integró al patrón de acumulación mundial. Fue un factor más para determinar los costos. Y los costos tenían un componente de corrupción, que encarecía a los productos y los servicios. Entonces, incluso se pudo calcular índices de corrupción y la participación en los costos y los precios. Hubo estudios y surgieron estudiosos del tema.

Ciertamente impactó mucho conocer que ciertos países, más aun que las políticas públicas de ciertos países oferentes de bienes y servicios, con su correspondiente financiamiento, vivían sumergidos en una doble moral. Exacerban la transparencia casa adentro pero oficialmente usan la corrupción para sus negocios en ultramar. Luego se divulgó que no eran tan transparentes en su casa. Sino consecuentes afuera y adentro.

En la última década el mundo se ha sacudido con la corrupción financiera de los desarrollados y de algunos retoños –no todos- en desarrollo. Nuestro país la ha soportado, en modalidades específicas que se prolongan hasta la actualidad. Desde la colonia, que vino del brazo de los conquistadores, hasta sus formas mestizas. Analizarlas va mucho más allá de los alcances de estas notas.

Pero no puedo dejar de recordar que soportamos, duramente en la crisis de fines del siglo pasado, una modalidad más avanzada, en el contexto nacional, de corrupción financiera, de secuelas inhumanas. Derivó en la crisis, hasta entonces, la más profunda de nuestra historia republicana. Crisis que tuvo esencia financiera, digámoslo, que afectó a la circulación sanguínea en el cuerpo social, a la asignación de los ahorros y los excedentes. (Aquella crisis, sin embargo, ayudó a la depuración del sector financiero. Ventajas marginales de un gran mal).

Las sociedades muestran distintas sensibilidades frente a la corrupción. Entre diversas sociedades, pero fundamentalmente en distintos momentos y períodos de su historia. En Ecuador, la ola de corrupción previa a la guerra con el Perú, tuvo dos derivaciones.

Sensibilizó a la sociedad que reaccionó con movimientos sociales incipientes y débiles pero renovadores de orientación anti-corrupción, los que llevaron hacia formas más escrupulosas de control social e institucional. Pero también se produjo una distorsión. Asimiló toda la corrupción como corrupción política. Entonces todos los populismos de corte anti-institucional se regodearon contra los partidos, como sede de la corrupción.

Fue evidente que había corrupción en algunos partidos, especialmente en la asignación de tronchas y cuotas de poder, en la utilización de las políticas públicas para la obtención de ganancias privadas o en la contratación pública. Pero los populismos de distinto tipo focalizaron a la corrupción en la política. Y ellos se erigieron como los líderes de la anti-política. Desde allí hasta hoy.

El llamado retorno del Estado no ha correspondido a un buen Estado. Es un Estado sin atributos de estatalidad y peor aún de estatalidad democrática. Es decir, no es representativo, ni está sometido al control de la sociedad. Peor aún enmarcado por las instituciones. Es, más bien, el Estado retornado, un Estado de viejo cuño. Lejano de los atributos estatales modernos. Y repleto de viejas mañas, contexto de la emergencia de nuevas, renovadas e innovadoras formas de corrupción.

La corrupción que ha aparecido en nuestras sociedades, especialmente en América Latina, Ecuador incluido, es una nueva generación de corrupción.

Se trata de una corrupción que surge en las relaciones Estado-Estado. Se suponía, o lo que nos vendieron, es que la contratación intra-estatal o entre Estados era limpia, justamente porque era pública. Pero no ha sido. No sólo por la intervención de agentes privados que instrumentalizan al Estado y a la autoridad pública, sino porque el principal agente de estímulo es un Estado y el susceptible de corromperse es otro Estado. O fracciones del mismo Estado.

Los ejemplos son muchos. Sospecho que ligados a la diplomacia presidencial personalizada, pues involucran a las autoridades más altas de los países. No a los burócratas intermedios. Brasil, el país emergente de la región, de la mano de Petrobras-Odebrecht, son los prestamistas/prestadores cuestionados y son otros Estados los prestatarios/beneficiarios, con las manos sucias. China, o más bien empresas estatales chinas, que parecen instrumentar a la vida privada del presidente boliviano. Morales de pronto es el protagonista de varios culebrones, no solo de cariño paternal interrupto –carta de presentación para la contratación pública corrupta fast track- sino de manifiesta pornografía, del brazo de …. también se pasean por la región, Ecuador incluido.

El tema de la corrupción nunca me pareció atractivo, especialmente por sus orígenes arriba reseñados. Pero, debo reconocer, pasa agua bajo el puente y que más aún ahora es un tema de conocimiento necesario en las ciencias sociales y en la política pública. Y de la Política, con mayúscula. La única vacuna contra la corrupción son las instituciones. ¡Qué pena por nosotros!

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