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Espinosa prefiere la soberanía de los matones a los DDHH

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Según la política exterior del gobierno de Lenín Moreno, el principio de no intervención está por encima de los derechos de las personas. No importa cuán viles sean las violaciones de los derechos humanos en un país, que el principio de la soberanía estará por encima y nadie podrá hacer algo para impedirlo. Es exactamente la misma tesis que utilizaba uno de los más siniestros y perversos genocidas de la humanidad para que nadie lo distraiga ni le impida cumplir con su macabra voluntad: Slobodan Milosevic, que ahora cumple condena perpetua en una cárcel en Holanda.

Según la doctrina del gobierno ecuatoriano, expuesta una vez más hoy 27 de julio por la canciller María Fernanda Espinosa, la no injerencia es tan sagrada que ningún gobierno puede tomarse la ligereza de hacer, por ejemplo, alguna observación o una declaración en la que se manifieste preocupación alguna por lo que ocurre en un país donde las fuerzas de seguridad de un estado violan sistemática los derechos humanos. Esta ha sido, precisamente, la conducta del Ecuador frente a lo que ocurre en Venezuela.

Hoy miércoles 27 de julio en una entrevista en Teleamazonas, cuando a Espinosa le preguntaron sobre la posición del Ecuador frente al drama venezolano, respondió que según la Constitución, la ley y la política exterior ecuatoriana, “somos fieles a la no injerencia y a la soberanía de los países”.

La doctrina que el gobierno de Moreno sostiene y que se expresa en la conducta de su Ministerio de Relaciones Exteriores fue superada y enterrada por el concierto de las naciones civilizadas luego del conflicto en los Balcanes para ser reemplazada por el principio de que los derechos humanos de las personas deben ser precautelados por otros países en caso de que éstos estén siendo atropellados por un gobierno nacional.  Las intervenciones internacionales para detener las matanzas en la ex Yugoslavia, Somalia, Haití y Timor del Este son algunos ejemplos de la aplicación de este principio. “Nada en la Carta de las Naciones Unidas impide el reconocimiento de que hay derechos tras las fronteras”, dijo en 1999 el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, cuando las potencias occidentales decidieron intervenir (aunque muy tarde para evitar cientos de miles de muertes) en la ex Yugoslavia para detener la voluntad de Milosevic de exterminar a comunidades enteras en Kosovo.

Si bien es cierto que la horrenda magnitud de lo que ocurría con Milosevic no se puede comparar con las atrocidades del gobierno de Maduro, resulta evidente que la posición de la diplomacia ecuatoriana no es sino un pretexto para no contradecir a su amigo el gobierno venezolano ni provocar rechazo en los sectores de la izquierda estalinista instalada en determinados segmentos de la militancia de Alianza País. Si bien el Ecuador ya no ha dado votos a favor del gobierno de Maduro en los foros internacionales, tampoco es menos cierto que con sus abstenciones ha bloqueado las iniciativas de la región para llamar, al menos, la atención de Maduro y su régimen malandro por las violaciones a los derechos humanos.  Ya ocurrió en la última reunión de la OEA en Cancún, México. El 26 de julio, un día antes de la entrevista de Espinosa en Teleamazonas, trece países de la región, sin duda los más importantes, firmaron una declaración pidiendo a Maduro que suspenda la elección de una Asamblea Constituyente prevista para este domingo, 30 de julio, concebida para desconocer definitivamente la Asamblea  de oposición elegida en las urnas y el plebiscito simbólico del 16 de julio. En él, 7.6 millones de venezolanos expresaron su rechazo a la iniciativa madurista. Ecuador no está entre esos países y, muy por el contrario, la Canciller anunció con orgullo en la entrevista, que habrá observadores electorales ecuatorianos en esa elección del domingo 30.

María Fernanda Espinosa, ejecutora de la política internacional de Moreno, es incapaz de recoger en sus declaraciones y en sus decisiones de política exterior al menos parte del espíritu de la llamada doctrina Roldós, quizá una de las pocas contribuciones del Ecuador al derecho internacional. Jaime Roldós logró que los países andinos firmaran una Carta de Conducta en la que, precisamente, se establecía que la promoción y la defensa de los derechos humanos no lesiona la soberanía de un Estado que viola esos derechos.

Pero el problema no se limita únicamente a que Espinosa no incorpore en su racionamiento y en sus decisiones las lecciones de la ex Yugoslavia ni la herencia humanista de Roldós: su cantaleta sobre la no intervención en Venezuela se vuelve absurda y hasta ridícula si se tiene en cuenta que el Ecuador jamás ha dicho esta boca es mía ante las contundentes evidencias de la grosera intervención cubana en Venezuela. En ese país, según el experto Roberto Álvarez Quiñones, actualmente están instalados miles de militares cubanos incluyendo tres generales, doce coroneles y tenientes coroneles, 6 capitanes de fragata y otros 25 oficiales de distintas graduaciones. También intervienen 4 500 soldados de infantería en nueve batallones, uno de ellos acantonado en Fuerte Tiuna, el corazón militar del país, según afirma el sitio venezolano Q’Pasa en Venezuela y la periodista Sebastiana Barráez, especialista en temas militares de Venezuela. No es secreto, además, que Maduro fue prácticamente elegido como sucesor de Chávez por presión de los hermanos Castro y que gran parte del trabajo de la inteligencia en Venezuela la hacen agentes cubanos.  ¿Nunca supo Espinosa sobre la presencia del cubano Ramiro Valdés en Venezuela para articular todo el sistema represivo chavista?

En Venezuela existe una auténtica ocupación militar cubana pero eso no es ni intervención ni injerencia extranjera para Espinosa ni para el estalinismo transnochado que aún sobrevive en ciertos sectores de Alianza País. Para ellos, pensar que Cuba violente la soberanía de algún país en el mundo sería algo imposible de entender. Peor de admitir.

El abrazo de María Fernanda Espinosa al argumento de la soberanía y la no injerencia con relación a Venezuela aparece como un simple pretexto o pueril coartada para evitar tener que reconocer que la utopía chavista terminó en una inmensa infamia colectiva que, en estos días, suma 104 muertos.  Si creyera en verdad que ese principio que enarbola cada vez que le pregunta sobre Venezuela no puede ser transgredido jamás, algo hubiera dicho cuando su antiguo presidente, Rafael Correa intentó abierta y desembozadamente intervenir en Honduras cuando tambaleaba Manuel Zelaya.  ¿No recuerda Espinosa que Correa dijo que Honduras era un buen sitio para ir morir?

La posición del gobierno de Lenín Moreno frente al caso venezolano es vergonzoso y representa una mancha de indignidad en la historia del Ecuador. Cada día que pasa, esa posición enloda aún más cualquier posibilidad de que Lenín Moreno pase a la historia como quien pudo haber hecho los correctivos necesarios para que los ecuatorianos se sientan orgullosos de una actitud humanista y democrática frente a lo que ocurre en un país tan cercano como Venezuela. Mientras Espinosa esté al frente de la política exterior ecuatoriana, el Ecuador solo aumentará su ignominia por la forma en que conduce la política exterior.

Guillaume Long embajador en Ginebra: ¡qué macabro!

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El 13 de julio del 2016 el Ecuador se cubría de indignidad cuando, ese día, concluía el proceso de expulsión de 125 ciudadanos cubanos que fueron devueltos al país del que huían por motivos políticos y humanitarios. Un año más tarde, exactamente el 13 de julio del 2017, el recientemente posesionado gobierno de Lenín Moreno decidió premiar, nombrando como embajador ante la Organización de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, a quien fue el responsable diplomático de aquella inhumana e ilegal expulsión: Guillaume Long.

Que este nombramiento se haya formalizado cuando se cumple el primer aniversario de una de las peores violaciones colectivas de derechos humanos cometidas por el Estado ecuatoriano, parece una broma macabra. O de alguien que quiere burlarse de la imagen internacional del Ecuador. Ese nombramiento no es, en todo caso, un hecho cualquiera: la misión del Ecuador ante la ONU en Ginebra es la encargada de representar al país ante el sistema universal de derechos humanos. Es ahí donde están los organismos de la ONU que tratan los temas de defensa de los derechos ciudadanos; entre ellos el de la libre movilidad y el asilo político. Enviar a Long a Ginebra es algo así como enviar a Orlando Pérez a representar al Ecuador ante un organismo internacional de defensa de los derechos de las mujeres.

Se trata, sin duda, de un gesto impresentable del gobierno. Long se encargó de justificar y defender aquella infamia hace un año. “Hay que seguir desmontando todo este aparataje que de alguna manera es parte del bloqueo a Cuba”, dijo entonces adhiriéndose al discurso de uno de los gobiernos más represivos del mundo -Cuba-, y negando la posibilidad de que esas personas hubieran estado buscando asilo político. Para alguien con ideología mamerta, es imposible imaginar que esas personas pudieran aspirar a vivir en un lugar distinto a donde se impone la utopía comunista. Y si los hay, los tratan como son gusanos traidores . “El gobierno no puede estar participando de esta migración ilegal, a través de la trata de personas, o estar involucrado en  tráfico de personas proporcionando aviones”, sostuvo asimismo en un desborde de cinismo. Long mutó en trata de personas la desesperación de un grupo de cubanos que salieron de su país porque ahí ya no querían vivir. 

Long es responsable, como canciller que fue, de que se haya violado la obligación jurídica internacional que tiene el Ecuador de respetar el principio de non-refoulement, que indica que no pueden devolverse a refugiados al lugar donde sus vidas o libertades se encuentran amenazadas. También es responsable de no haber cumplido con los principios básicos del debido proceso y permitir a los a solicitantes de refugio que sus casos sean justa y debidamente considerados.

El proceso en contra de los cubanos debe ser uno de los mejores ejemplos de violación al debido proceso y Long legitimó internacionalmente aquello. Desde el 7 de julio del 2016, un día después de las detenciones, hubo una serie de audiencias de deportación en las cuales los detenidos tuvieron pocos minutos para presentar su defensa. Abogados defensores de los cubanos aseguraron, entonces, no haber podido hablar con sus defendidos con anterioridad a las audiencias e informaron que algunos cubanos arrestados habían presentado solicitudes de refugio, mientras otros ya tenían estatus migratorio legal o habían solicitado refugio durante la audiencia.

Long fue una figura clave en ese arreglo al que el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa llegó con Raúl Castro. Pocos días antes había venido al Ecuador el canciller cubano para pedir que el Ecuador cierre sus puertas a los cubanos que utilizaban este país como parte de la ruta para llegar hasta los EEUU.

¿Como entender que un gobierno que quiere diferenciarse de su antecesor, precisamente en temas vergonzantes como el del manejo de los medios públicos o el de la tolerancia frente al disenso, premie a Long con una embajada que tiene, además, conexión con temas de derechos humanos? Lo más lógico, si la idea es darle una Embajada dentro del actual proceso de renegociación de lealtades en que está imbuido el correísmo, era enviarlo a Cuba de cuyo régimen ha sido tan entusiasta defensor y panegirista. Imposible olvidar el polémico mensaje que puso en su cuenta de Twitter cuando murió Fidel Castro: “El mundo llora a un gigante”.  También pudo haber sido nombrado como embajador en Venezuela, donde hay otro gobierno por el que Long siente profunda simpatía y adhesión.

Lenín Moreno parece que no ha entendido la dimensión que tienen las relaciones internacionales para la dignidad de un país. El vergonzoso apoyo al régimen represivo y dictatorial de Nicolás Maduro que mantuvo Rafael Correa sigue más o menos intacto. La canciller, María Fernanda Espinosa, repite los argumentos de los más recalcitrantes sectores del madurismo y dice que lo que más le preocupa a ella es la violencia de la oposición mientras el número de protestantes muertos supera los 90. A esa infamia se suma, ahora, el premio a Long.

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