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Rafael Correa

Poscorreísmo 2: las deudas de las izquierdas

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Algunos en el entorno de Lenín Moreno sueñan despiertos con volver a 2007, pero sin Rafael Correa. Ese anhelo resume a gran parte de las izquierdas del país que, en su afán de diluir su responsabilidad sobre la década correísta, inventaron una coartada sobre medidas: Rafael Correa les traicionó. Lo demás, todo lo demás, fue casi perfecto al inicio, empezando por la Constitución de Montecristi. Y es precisamente ese texto el que contiene, en un alto porcentaje, la cosmovisión de esas izquierdas que fabricaron buena parte del modelo institucional al que Correa sacó el mayor provecho.

Ese modelo puso al Estado en el centro de la vida pública. Como representante de la sociedad. Alrededor de este concepto, derivado del leninismo, Alianza País configuró un régimen híper presidencialista que concentró todos los poderes. Nada quedó por fuera del control del partido que evitó llamarse vanguardia pero se atribuyó peculiaridades excelsas: seres de manos limpias, corazones ardientes y mentes lúcidas.

Estado tótem y partido único: esas dos características –derivadas del marxismo leninismo– convinieron perfectamente a Correa que, hábilmente, agregó una dosis de nacionalismo que, históricamente, ha sido patrimonio de las derechas. Correa, en su desamparo ideológico, compuso un coctel en el cual la noción de Patria ocupó el puesto central.

En su parte medular, la Constitución de Montecristi recogió el desprecio de las izquierdas tradicionales por la democracia formal. Por la división de poderes. Por el respeto a los opositores. Desprecio por la libertad de expresión. Por el estatus de las minorías y del individuo frente al Estado.
El carácter y la personalidad de Correa no explican –como quisieron hacer creer las izquierdas– el autoritarismo del régimen; la persecución a los opositores, críticos y luchadores sociales. Eso dijeron para evitar hacerse cargo de la naturaleza del Estado que contribuyeron a forjar en la Constitución: el ogro filantrópico. Un Ejecutivo instalado en la cúspide de un poder absolutamente vertical. Una sociedad sometida y cuya representatividad fue totalmente institucionalizada. Una administración pública entregada a un partido que fue protegido por organismos de fiscalización y de control obedientes. Una supremacía política garantizada. Una construcción narrativa que no podía ser discutida… Un poder armado, en definitiva, para acaudillar la sociedad: no para servirla.

Diez años después esas izquierdas no pueden decir –como ya se oye– que ojalá puedan volver, con Lenín Moreno, al proyecto inicial de 2007, pero sin Correa. Es una falacia –y de talla– decir que Correa traicionó los postulados mayores del catecismo de las izquierdas leninistas contenidos en la Constitución. No los traicionó: los aplicó. Concienzuda y sistemáticamente.

Si hubo una fiscalía, una contraloría y una procuraduría ciegas y, por lo que se ve, corruptas; si hubo unas superintendencias inoperantes y discrecionales; si hubo un CNE a sueldo de Alianza País…  es porque para eso fue concebido el quinto poder. Alberto Acosta lo intuía, pero pudo más el prurito ideológico que las advertencias que recibió.

Hoy, esas izquierdas celebran la salida de Correa. Pero están tentadas por el síndrome del chivo expiatorio. Quieren salvar la tina pero botar el agua y al niño. Quieren decir que su proyecto era progresista pero que fue traicionado por este caudillo todopoderoso, dueño del poder y de la vida de los ciudadanos. Y no: ese monstruo llamado Correa fue amamantado por esas izquierdas que, por supuesto, tienen cuentas que ajustar con sus idearios, con sus prejuicios ideológicos. Ahora no tienen cómo negar que Correa experimentó en el país algunas de sus viejas convicciones.

Enrique Ayala Mora inició, en ese sentido, una reflexión sobre la democracia formal y el nuevo perfil de la izquierda ecuatoriana que no parece haber prosperado. El historiador, no obstante, había tomado cita para luego de las elecciones presidenciales: nuestra práctica futura va a demostrar si es que vamos en serio en este replanteamiento de la izquierda, o no”. 

El post correísmo adquiere, entonces, un sentido inmenso para todos aquellos partidos y movimientos identificados con la izquierda que sirvieron de escalera al correísmo y que defendieron las dictaduras de Cuba y de Venezuela. Ya no pueden hacer valer su viejo catecismo. Tienen que reinventarse: el correísmo, lo acepten o no, hace parte de sus pasivos.

¿Por qué Capaya es un cangrejo en la bragueta de Correa?

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Una torpeza de Correa, cometida por su incontinencia verbal en redes sociales a principios de año, ilustra muy bien las razones por las que él y otros personajes muy cercanos deben estar al borde de un colapso nervioso con la noticia de la llegada al Ecuador de Carlos Pareja Yannuzzelli, Capaya.

La metida de pata de Correa ocurrió en febrero y no fue registrado por ninguno de los medios tradicionales.  Sin embargo, ofrece pistas de mucho valor para entender lo que la entrega de Pareja a la justicia significa para algunos y, en especial, para el propio Correa.

Ocurre que el miércoles 8 de febrero el entonces presidente, por enfrascarse en una disputa a través de redes sociales con Carlos Pareja Yannuzzelli, que ya había fugado a Miami, colocó en su cuenta de Twitter tres correos electrónicos que lo autoinculpaban gravemente de haber ayudado a Pareja a que no se sea afectado políticamente por el escándalo de la refinería de Esmeraldas.  Fue tan evidente la torpeza y el error de Correa que éste retiró su tuit de su cuenta pero, al percatarse de que los avispados usuarios empezaron a darse cuenta de lo hecho, lo volvió a colocar en poco tiempo.

En los correos electrónicos que Correa colocó en su cuenta, se observa que el ahora ex presidente interpuso sus buenos oficios para que Pareja salga bien librado de la Asamblea, donde un grupo de legisladores del propio gobierno, motivados por Christian Viteri, querían interpelarlo por su participación en el escándalo de la refinería de Esmeraldas donde se habían firmado contratos con inmensos sobreprecios.  “La Asamblea no te puede meter preso, y no veo por qué.  En eso tienes todo mi respaldo”, aparece diciendo Correa en uno de sus mails. “Gracias por tu respaldo”, le contestó Pareja.

El contenido de ese intercambio perfectamente podría motivar a la Fiscalía (a cualquier Fiscalía decente en el mundo) a que llame al ex presidente a que rinda testimonio sobre las razones por las que estaba ofreciendo ayuda a uno de los principales acusados de actos de corrupción durante el gobierno anterior.  Incluso el hecho de que haya utilizado su correo electrónico podría motivar a que la Fiscalía ordene un peritaje de todos los mensajes que sostuvo durante, incluso, toda su administración.  ¿El Presidente de la República comprometiéndose a ayudar a un acusado de corrupción? El tema es lo suficientemente gordo como para que Correa sienta escalofríos en su departamento en Bélgica.

En el tuit de marras se incluían otros dos correos electrónicos donde aparecen dos temas que también podrían tener implicaciones ahora que Pareja está en manos de la justicia y con evidentes deseos de confesar todo lo que sabe. Uno de esos temas es la urgencia que Correa tenía por entregar el campo petrolero Sacha para cubrir el hueco fiscal y una extraña afirmación de Pareja en la que dice haber dejado ciertos “respaldos de la casa a JG”, iniciales que perfectamente podrían ser del Vicepresidente Jorge Glas. Ahora que Pareja está dispuesto a confesar, la interrogante sobre las iniciales perfectamente podría resolverse con un testimonio suyo. ¿Qué sabía Correa sobre esos respaldos de la casa de JG?  Pareja ahora es la persona indicada para resolver el misterio y esa solo posibilidad debe tener aterrado no solo a Correa sino al propio Glas.

Pero el material que Correa puso en su cuenta traía otros elementos que lo comprometen. En uno de los correos Pareja le decía: “Te suplico que me ayudes, mi familia ya no da más. Me van a llamar otra vez a la Asamblea. Todos dicen que yo no tengo tu respaldo. Hoy le mando todos los respaldos de la casa a JG. El asambleísta Cristian (sic) Viteri es quien maneja todos estos hilos. Si es así, es cuestión de días para que me metan preso. Ayúdame por favor, te lo pido”, le suplicaba Pareja.

El contenido de estos mensajes no solo constituyen una amenaza para Correa porque evidentemente se estaba auto inculpando.  Lo es también para Jorge Glas que podría (o más bien debería) ser interrogado  por la Fiscalía sobre estos correos, al igual que Pareja.

Otro de los afectados por la monumental metedura de pata de Correa es sin duda el actual fiscal Carlos Baca Mancheno. Según testimonio del entonces asambleísta Christian Viteri ,que a la sazón aún estaba en las filas del gobiernista Alianza País, fue Carlos Baca Mancheno, entonces asesor de Correa, quien fue hasta la Asamblea para decirles que era deseo de la Presidencia de que los asambleístas de gobierno se enfoquen más “en los privados que en los públicos”, refiriéndose a los acusados de corrupción. Lo cierto es que poco tiempo luego de esto, Viteri fue expulsado de Alianza País por pedido de Correa y Pareja no tuvo problemas en la asamblea.  “Ojalá lo expulsen rápido por desleal y traidor”,  dijo Correa desde Salinas donde se hallaba reunido con su gabinete los primeros días de enero del 2017.  Aunque Baca Mancheno ha negado haber sido el mensajero de Correa para salvar a Pareja Yannuzzelli, lo lógico sería que la Fiscalía haga la indagación del tema con Baca Mancheno, Viteri, Pareja e incluso con el propio Correa. Sin embargo, el problema en este punto es que Baca Mancheno es el actual Fiscal. ¿Estará dispuesto Baca a ser un alguacil alguacilado? Ocurra lo que ocurra, lo cierto es que a este absurdo se ha llegado por la aberrante decisión del correísmo de haber elegido como Fiscal a una figura tan cercana al ahora ex presidente Rafael Correa.

Carlos Pareja Yannuzzelli aún no ha firmado un acuerdo de cooperación con la Fiscalía pero aquello deberá ocurrir tarde o temprano.  Por todo esto, Pareja es un presencia tan incómoda para Correa como un cangrejo en la bragueta.

Poscorreísmo: ¿no hablar más o hablar más de Correa?

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No son pocas las personas que, en redes sociales o en los comentarios de 4P, piden no volver a hablar de Rafael Correa. No mencionarlo. Se entiende que hablar de él es hacerle publicidad, tomarlo en cuenta, mantener vivo su recuerdo. Y lo que conviene es olvidarlo, virar la página, enterrarlo bajo algunas toneladas de indiferencia. O de desprecio.

Este discurso no es nuevo. Ya se oyó, por ejemplo, cuando Abdalá Bucaram abandonó el poder, tras un golpe de Estado. Con menos pasión, pero con igual acuciosidad, se dio a entender que, con Bucaram fuera, el país podía voltear esa página vergonzosa que duró seis meses. El problema era naturalmente Bucaram; no el país que votó por él.

Con Correa, la situación es más engorrosa. Son diez años en los cuales, los electores votaron, no una vez sino una docena, por él y su partido. ¿En esas circunstancias, conviene no hablar más de él? ¿O por el contrario, es urgente poner la década correísta en observación?  Diseccionarla. Dejar de convertir a Correa en fuente de todos los males y, mejor, verlo como lo que fue: un prototipo que los electores escogieron, hicieron suyo, se reconocieron en él, les representó al punto que le otorgaron todos los poderes. Incluso le permitieron, también en las urnas, meter las manos en la Justicia.

¿No es hora de evitar el síndrome del chivo expiatorio e instalarse ante el correísmo, como quien se sienta ante un espejo?

Correa no engañó a los electores. Pocos mandatarios han dicho, con tanta sinceridad y osadía, lo que pretendía hacer. Ninguno se ha exhibido con tanta naturalidad como él. Ninguno ha hablado tanto. Ninguno ha insultado tanto, ha denigrado tanto a sus opositores y críticos como él. Ninguno se ha puesto tanto en escena como él. Ninguno ha retirado honras ajenas y perseguido en directo a los luchadores de toda índole como él. Ninguno ha mentido tanto. Ninguno se ha atrevido ser tan cínico como él. Y, sin embargo, ninguno ha tenido tanto poder como él. Y todo esto, lo pudo hacer porque obtuvo los votos del electorado. Una y otra vez.

¿Cómo se puede no-hablar de esto? ¿Cómo se puede pedir virar esa página (esa enciclopedia) sin indagar sobre todo aquello que la hizo posible? Correa, y esto es doloroso, impuso su autoritarismo a unos pocos. El resto de la sociedad –esa famosa mayoría que tantos evocan para cerrar la boca a las minorías– lo consideró como su líder. No le importó que concentrara todos poderes, administrara la cosa pública como si fuera de su propiedad y tuviera lista de perseguidos políticos. No se inmutó, durante años, de sus formas y políticas despóticas. No le preocupó la opacidad de su administración, el eco cada vez más creciente de corrupción, la lista de nuevos ricos. No se alteró con el aparato de propaganda dedicado a catequizar, lavar cerebros, imponer una sola verdad, perseguir medios y periodistas, hostigar ciudadanos con opiniones disidentes.

¿No-hablar de todo esto? ¿Y, entonces, sobre qué bases se puede construir el post-correísmo? ¿Y se puede hablar de post-correísmo o “muerto el perro, se acabó la rabia”? Si tras diez años de autoritarismo, lo conveniente es endosar todas las culpas a Correa y tenerlo lejos en Bruselas, pensando que así se da por superada esta experiencia, pues el país volverá a lavarse las manos. Y seguirá sin saber sobre qué valores y principios ancla su convivencia. ¿Ecuador es una República? ¿Tiene sentido hablar de democracia, de separación de poderes, de justicia, de equidad? ¿Tienen los ciudadanos alguna responsabilidad con esos valores? ¿Tienen las elites alguna responsabilidad con el país? ¿Tiene la academia algún deber con la sociedad, por fuera de formar estudiantes? ¿Qué grado de compromiso tienen los intelectuales con la democracia? ¿O da lo mismo que se pongan al servicio del autoritarismo y la tiranía? ¿Da lo mismo a la sociedad tener buena información, plural y anclada en el interés público, que tener propaganda? La retahíla de preguntas puede ser larga.

¿Entonces, no se debe hablar más del correísmo? ¿O por el contrario, es el momento de decantar lo que pasó en el país y de invitar a todos los protagonistas –todos sin excepción– a ponerse ante el correísmo como si fuera un espejo. El efecto catarsis es saludable. Pero ese ejercicio es imprescindible para comprender los enormes vacíos que tiene la sociedad y escudriñar falacias, mentiras y cuentos chinos que administra como si se tratara de culpas ajenas. Si ese ejercicio no se hace, usar al correísmo como espantapájaros solo será otro fraude. Otro autogol que se marque Ecuador.

Moreno y el avión del “financista que lava dinero”

en Columnistas/La Info/Las Ideas por

En un insidioso y envenenado tuit, Correa, agazapado en una buhardilla, ha acusado a Moreno de haber usado en la campaña el avión de un banquero, en cuyo banco se hizo “un multimillonario lavado de dinero”. El propósito de esta descomunal acusación es, como pelea en arrabal, propinar un golpe en la entrepierna a su ahora contendor.

En general las pasiones obnubilan la razón; en el caso de Correa el hígado y su morboso sentido de la revancha la anularon. En la acusación que contiene el tuit, está explícita la confesión de varias infracciones morales, y también podrían ser de aquellas que los fiscales deben investigar y los jueces penales y electorales deben sancionar.

Correa acusa a un banquero de un “millonario lavado”. De haberse producido, debió denunciarlo. Imaginen a un presidente que conoce de un delito y no lo denuncia. Imaginen a un presidente, jefe de fiscales y jueces, en silencio, guardándose la información que el candidato de su partido usa el avión y es financiado por este banquero lavador. ¿Por qué se calló? ¿Será por que ese financista es también su amigo? ¿Será por que sentía obligación de cuidar de la justicia al banquero lavador? Y si Correa tenía información, es acertado suponer que la unidad de análisis financiero y la Superintendencia de Bancos, algo debieron saber. ¿Por qué, entonces, toda la estructura del Estado estuvo y está alineada en el silencio?

Debe presumirse también que el entonces candidato y hoy presidente y su entorno, igualmente conocían de la información que lleva a Correa a involucrar a Moreno con el banquero lavador. Es decir, sabían que un financista de la campaña de Alianza País era un banquero involucrado en negocios turbios y usaron el avión para movilizarse y, luego, para trasladar a los emisarios del pacto con Bucaram. Todo esto se concluye de las afirmaciones de Correa.

Es todo un entramado de corrupción. Políticos asociados con lavadores de dinero. Autoridades usando información delictual como arma de chantaje. Denuncias por retaliación. Encubrimiento. Impunidad.

En 1999 la noticia que el dueño del banco del Progreso aportó una suma importante a la campaña de Mahuad, fue el puntillazo que provocó su caída. Ahora, luego del anestésico período de la revolución corrupta, que un ex presidente denuncie y se auto involucre en un acto penado, es una mancha más al jaguar. Lo que debió ser titular de primera página, no es siquiera mención en la sección de crónica roja. Claro, podría ser que el correísmo es tan prolífico en noticias de corrupción que una supera a la otra en protagonismo.

No sólo el fiscal debe convocar al expresidente Correa a que cuente lo que conoce sobre el millonario lavado, sobre el banquero y sobre el aporte a la campaña de su partido. Si la institucionalidad no estuviere secuestrada por este poder mafioso –palabras de Lenín Moreno– el Consejo Electoral y el Tribunal Contencioso deberían iniciar investigaciones por la infracción electoral que también se desprende de lo que afirma Correa.

En otros tuits, Correa ha dicho que Moreno es cómplice de lo que acusa. Con desparpajo el expresidente, en vez de empujar la intención de investigar, apunta, como francotirador, a sus compañeros de partido –cómplices de su gobierno, delatores y testigos– para desacreditarlos, con el fin de amedrentarlos. En ese frenesí no repara en develar cuál fue el carácter de su gobierno.

Mientras tanto, los cómplices de Alianza País, buscan anular los leves intentos de Moreno por despegarse del carácter mafioso del gobierno precedente. En vez de sumarse a la corriente moralizadora, embarrados por acción u omisión, se adhieren al discurso de Correa. Y en esa proterva intención de encubrimiento, amenazan hundir más al Ecuador en la degradación moral e institucional.

Diego Ordóñez es abogado y político

La vida de Correa en Bélgica es una pesadilla

en La Info por

Es agosto. El mes más caluroso en Europa. Un mes distendido, de días luminosos hasta tarde en la noche, cuerpos ligeros y bares cuyas terrazas se apoderan de plazas y aceras. Un mes de fiestas en los pueblos y bailes populares.

Rafael Correa luce petrificado. Como si no hubiera diferencia entre estar aquí en funciones y estar en Bélgica, de hecho en vacaciones. Cualquiera imagina lo que significa no tener las presiones de su cargo. Poder viajar, pasar tiempo con su familia, vagar por la Plaza central de Bruselas, vagabundear por los museos, descubrir los rincones gastronómicos, tan pequeños como secretos, que hay en Europa. Correa tiene hoy el privilegio de no tener prisa, de tener tiempo y de no sufrir de las servidumbres que impone la estrechez económica.

Pero este hombre sigue aquí. Prisionero de sí. Del poder que cree suyo o de sus secretos inconfesables. Da lo mismo. Cualquiera lo imagina hurgando en las redes sociales. Obsesionado con Lenín Moreno y su gobierno. Ansioso por saber lo que ocurre en la Asamblea. Lo que se dice en Alianza País. Lo que escriben sus defensores y sus críticos. Lo que publica la prensa corrupta. Lo que revela el caso Odebrecht. Lo que ocurre con Jorge Glas. Lo que hace el fiscal. Lo que saca el Contralor. Lo que dirá Carlos Pareja Yannuzzelli… Correa no vive en Bélgica. Ahí está su cuerpo. Él sigue dividido entre el síndrome de Hubris y el síndrome de abstinencia del poder. Entre lo que fue, lo que aspiró a ser en la historia con H, y en lo que se está convirtiendo.

Hay dolor en este hombre. Hay drama. La desintoxicación del poder a la que tenía que someterse para volver en sí, no se ha producido. Correa no solo no vuelve del altar de grandiosidad que se construyó, de ese narcisismo empalagoso que lo asfixia, de ese orgullo que lo ciega; no solo que no vuelve sino ha decidido restituir los límites que él fijó y que Moreno decidió desplazar. Correa no suelta el poder y, ahora, desde su cuenta de Twitter, desde esa cámara que lo graba en Facebook, lucha por nutrir la ficción que lo tiene cautivo. Es tenebrosa la vida de Rafael Correa.

De dos una: o el ex presidente es un enfermo o tiene secretos inconfesables que lo obligan a hacer esta guerra sin tregua. En todo caso, es patético ver lo que hace en Twitter y, ahora, en Facebook. Es impensable que solo las políticas de su sucesor lo pongan en trance. Ni Barack Obama sufre tal quebranto con Donald Trump; un señor al que olvidaron vacunar contra la rabia. Correa no solo no dice nada nuevo sino que lo que dice contra Lenín Moreno ya lo dijo, durante diez años, contra los partidos, las organizaciones sociales, los medios de comunicación, los luchadores sociales, las mujeres, los ecologistas, sus ex compañeros de partido… Correa tiene un problema -además de Odebrecht, Glas, el tío, los decretos de emergencia que firmó, la gente que persiguió, Pareja Yannuzzelli…-: es un ser que necesita odiar. Esa es su poción mágica. Ahora su cabeza de turco se llama Lenín Moreno.

El enlace digital que hizo hoy, 12 de agosto, desde Bélgica, durante 57 minutos, quizá sí sirva puertas adentro de Alianza País: puso los relojes a la hora a todos aquellos que piensan en una reconciliación entre él y Moreno. No habrá acuerdo por más mediación que sueñen Gabriela Rivadeneira y Ricardo Patiño. Los epítetos destinados a Moreno despejan cualquier duda: lo llamó traidor, incompetente, corrupto, bajo, mentiroso, demagogo, politiquero, hombre sin convicciones, falto de liderazgo… A su gobierno lo acusó de repartir el país, de haber detenido la Revolución Ciudadana, de entenderse con las mafias, de institucionalizar la corrupción, de tener nuevamente al hombre del maletín… En definitiva, su gobierno reúne -dijo- a los resentidos de Alianza País con los odiadores de siempre.

Correa no entiende cuánto atosiga. Sigue dando cursos de economía, otorgándose pergaminos, afirmando que la crisis económica es pura politiquería.
Correa finge ignorar cuánto ha mentido. Sigue repitiendo que su gobierno fue de manos limpias, que Glas es un honesto y sacrificado señor, que los que robaron en Petroecuador fueron liderados por un socialcristiano…
Correa no imagina cuánto fastidio causa oírlo transformar cualquier intento de transparencia en persecución política contra él y contra Glas.
Correa no sospecha hasta qué punto se auto incrimina cuando acusa a Moreno de irregularidades que cometió en su gobierno. Con su concurso.
Correa ahora vigilará y auditará la administración Moreno. Las casas que prometió hacer, los bonos que prometió doblar… Y que prometió mentirosamente, dice él, en la campaña. Pero lo dice solo ahora…

La vida de Rafael Correa es una pesadilla. Hasta en agosto, el mes más caluroso y distendido en Europa, este hombre se dedica a perseguir fantasmas o a proteger los cadáveres que tiene en sus armarios. Cualquiera sabe.

¿Quién entiende el gobierno de Lenín Moreno?

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En apariencia, el Presidente luce débil políticamente. Y, claro, la apariencia incluye las movidas inverosímiles de Rafael Correa desde Bélgica. El cinismo –de medalla olímpica– de Jorge Glas. Los ultimátum que prodiga –como propietaria del partido– Gabriela Rivadeneira. El manifiesto supuestamente de los 74 asambleístas oficialistas que entregó José Serrano al presidente de la República para que lime asperezas con Correa. La exigencia del partido a Moreno para que se deshaga del ministro Iván Espinel… Y luego están los tuits con aires de superioridad (le puedo explicar… ) que publican amigos de Correa, como Augusto Espinosa. Bueno, pero tratándose de la oposición correísta a Moreno, todo esto se puede entender.

Aquello que se comprende menos son las cosas que militan contra el gobierno de Moreno y que salen del mismo gobierno. Una clamorosa: las salidas, cada vez más vergonzosas y abyectas, de María Fernanda Espinosa. Ella ha dejado al país solo en el concierto latinoamericano clamando, en nombre de principios que solo ella aquilata, que nadie perturbe a Nicolás Maduro mientras reprime y asesina en Venezuela. Eso hace un daño monumental al gobierno de Moreno, pero no hay alma caritativa alguna en el gobierno que le diga que haga el favor de cerrar la boca. María Fernanda Espinosa ha hecho méritos suficientes para mostrar que es indigna del cargo que, a nombre de la República, le confió Lenín Moreno.

Tan inverosímiles como ella, lucen Ricardo Patiño y Virgilio Hernández. Los dos son asesores presidenciales, pagados con dineros de los contribuyentes para tareas inherentes, se supone, a la función del Ejecutivo. Pero los dos parecen más parte del equipo de mercadeo y propaganda de Rafael Correa. Es curioso ver a Hernández cómo se indigna cuando oye, hablando de Glas y todos los casos que lo vinculan, que aquí hubo un sistema corrupto creado en el gobierno de Correa.
Escucharlos defender las líneas de gobierno del ex presidente pudiera ser normal. Pero lo hacen precisamente en aquellos puntos en los cuales Moreno generó una ruptura. ¿Son asesores de Moreno? ¿O mas bien son militantes que ni siquiera hacen eco a las tesis de fondo que sustenta Moreno y que le han valido una guerra abierta con Correa y con Glas?

Otra curiosidad debieran explicar los estrategas de Moreno a la opinión para ayudarla a entender cuál es su línea de acción: ¿qué sentido tiene que Ricardo Patiño, asesor presidencial, conforme una comisión partidista con Gabriela Rivadeneira para “promover la reconciliación haciendo prevalecer la unidad, la solidaridad y la coherencia ideológica (…)”. ¿Acaso se trata de un enfrentamiento, como lo deja suponer el comunicado, entre el maravilloso modelo de AP y el neoliberalismo? ¿Acaso no es modelo de Correa el que Moreno cuestiona y que, en forma expresa, está en la presentación que hizo sobre las cifras reales de la economía? ¿Acaso no es el modelo político de Correa el que encara cuando, en forma lírica, habla del aire nuevo de libertad que recorre el país? ¿Cómo puede un asesor de Moreno desconocer ese fondo (que requiere muchas más acciones concretas) y esconderlo tras una movida partidista destinada a ignorar lo que Moreno plantea, sus motivos y las acciones que ya produjo?

Si Patiño es asesor de Moreno, el gobierno debiera explicar qué sentido tiene su gestión que se podría presentar de esta manera: un funcionario, pagado con dineros públicos, trabaja para que el Presidente al cual sirve, haga las paces con un funcionario que se quedó sin funciones  porque, precisamente, la opinión está convencida de sus enormes responsabilidades políticas en la ola de corrupción que hubo en los sectores estratégicos. Y porque hay presunciones penales en curso que lo inhabilitan para ocupar su cargo. ¿No es eso claro para Patiño?

Curioso: cuando Moreno parece acompañado por la opinión (es lo que dicen los sondeos), luce solo, de gran soledad, en su gobierno. Los correístas lo atacan, su partido lo asedia, sus asesores trabajan para el ex y para Glas y, por último, Gustavo Larrea, que es su amigo, fue públicamente enterrado por Eduardo Mangas en un comunicado. Comunicado hecho, al parecer, para dar gusto al partido… No hay voceros. No hay ministro de la política. No hay, aparentemente, estrategas. Y el Presidente, en este campo, solo pronuncia unas frases de vez en cuando…

Antes tocó preguntar, ante su enigma, quién es realmente Lenín Moreno. Ahora, hay que sumar otra pregunta: ¿quién entiende el gobierno de Lenín Moreno?

Foto: Presidencia de la República

Se viene la consulta popular

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Consulta Popular: en el entorno gubernamental se oía que iba ser convocada en noviembre. Pero puede ser antes. Hay muchos motivos para adelantarla. Aún no se conocen todos los temas que serán consultados, pero miembros del gobierno evocan tres: desaparición del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. El transferimiento de sus funciones a la Asamblea Nacional. Y reelección indefinida.

La consulta popular es la vía constitucional más rápida para que el gobierno marque sus grandes derroteros políticos. Moreno, prevalido de más de 70% de popularidad, puede, mediante este mecanismo de democracia directa, escapar a la presión o al chantaje al que algunos, del bloque correísta, quieren someterlo en la Asamblea. La consulta, que se cocina, le permitiría reequilibrar, a su favor, la ecuación de fuerzas políticas. No solo en la Asamblea. También en el partido Alianza País cuyo destino le es ajeno. No solo por no haberse nunca entrometido en su manejo sino porque Moreno es un político convencido, casi ontológicamente, de que puede gobernar valiéndose de consultas populares.

Y luego está el caso de Rafael Correa. Sus chantajes y amenazas para desestabilizar su gobierno. Es evidente que si Moreno quiere poner fin al autoritarismo, tiene que deshacer los mecanismos que Correa creó para poder eternizarse en el poder. Tiene que acabar con la reelección indefinida cuya filosofía niega el relevo político; tan esencial para la democracia. Y tan fundamental para evitar la formación de castas y nomenclaturas que secuestran el poder y canjean los valores de justicia, igualdad y equidad por la lealtad. Por ahí empieza la corrupción.

Moreno conoce que prohibir la reelección indefinida es capital y, al mismo tiempo, es popular: los ecuatorianos se opusieron a ella y Correa, para evitar perder en un referendo, recurrió, para imponerla, a su grupo parlamentario. Hoy Moreno sabe, además dos cosas. Una: Correa quiso usarlo para gobernar desde Bélgica. Dos: si quiere gobernar y singularizar su período, tiene que jubilar al ex presidente.

Otro punto fundamental para Moreno es desaparecer al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social; el famoso quinto poder del correísmo. Algunos oficialistas todavía se frotan los ojos: no entienden cómo ese ente nombró contralor a Carlos Polit con excelentes notas. Tarde descubren que sobre Polit pesaban amplios cuestionamientos que el Consejo de Participación Ciudadana nunca procesó. Les parece inaudito que ahora ese mismo consejo se apreste a organizar un concurso para nombrar nuevo Contralor. A propósito de renovaciones de miembros del CNE, también les parece oprobioso que esté en manos de un solo partido, Alianza País. Y  que esto haya sido aupado y organizado por el quinto poder. ¿Acaso el CNE no se promociona como un juez electoral imparcial y dotado de un sistema informático avanzado y supuestamente a prueba de fraude?
¿Por qué, entonces, sus miembros son del mismo partido? Apenas ahora les luce evidente que el quinto poder es sencillamente una extensión política absurda de Alianza País. Una herramienta perversa que hoy, cuando Moreno habla de democratizar al país, debe desaparecer. Es más: endosan la corrupción, la opacidad administrativa, la ausencia de control y fiscalización a ese ente que ha amañado concursos para ubicar en las funciones de control a individuos más pendientes de sus lealtades políticas que de sus atribuciones constitucionales. Tan evidente es esto que Rafael Correa ha urgido a que ese ente nombre, con los mecanismos de siempre, al nuevo Contralor en reemplazo de Pablo Celi que es contralor subrogante… Un pedido que, al parecer, caerá en el vacío.

Es evidente que el entorno de Moreno considera que ya no hay ambiente político para que ese Consejo de Participación nombre al Contralor; ni siquiera para que se mantenga ese quinto poder. Además, Moreno es favorable a que sus funciones sean trasladas, por mandato popular, a la Asamblea Nacional. Que ella nombre las autoridades de control.

No se sabe, por ahora, qué otros temas podrían ser incluidos en la consulta popular. Pero es seguro que si Moreno acaba con el quinto poder y con la reelección indefinida, marcará un hito histórico en la tarea que tiene el país para volver a la democracia. Para eso solo hace falta que Moreno recuerde un proverbio latino: golpear el metal cuando está todavía caliente…

¿Por qué Correa anunció hace 6 meses lo que iba a salir en el caso Odebrecht?

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Hace exactamente seis meses Rafael Correa hizo un extraño vaticinio que, a la luz de los más recientes acontecimientos, se convierte en una verdadera joya testimonial en la historia del escándalo Odebrecht. Ocurrió a inicios de de febrero del 2017, durante uno de sus shows mediáticos de los sábados.

Ese día, Correa anunció que en las próximas semanas iba a aparecer una “bomba” que, según él, consistía en que su nombre iba a salir, en la llamada lista Odebrecht. El vaticinio la hizo mientras defendía con vehemencia a su vicepresidente Jorge Glas, que para entonces era candidato a la relección y sobre quien ya circulaban versiones que hablaban sobre su presunta participación en los actos de corrupción que en esos días se mencionaban públicamente y que tenían que ver con Odebrecht y las denuncias sobre estrafalarios contratos en los trabajos de repotenciación de la refinería de Esmeraldas.

Correa, era evidente, ese día estaba tratando de curarse en salud. Es decir, trataba de anticiparse a una noticia que él pensaba que lo afectaría y así tratar de disminuir su posible efecto negativo. Cuando se mira el segmento del video de aquella sabatina se hace inevitable pensar que el entonces Presidente ya tenía conocimiento sobre la existencia de videos o grabaciones que se han hecho públicos en los últimos días y que han salpicado al vicepresidente Glas.  Es más, se podría pensar que Correa incluso conocía o al menos tenía noticia de un video, grabación o delación en la que él aparece. “La próxima semana yo sospecho va lo de Odebrecht y van a decir que yo he recibido plata, dinero de Odebrecht . Que digan lo que les de la gana”, aparece Correa diciendo en el video.

Si bien en aquel entonces no apareció nada que lo involucrara a él personalmente con el caso Odebrecht, su afirmación es lo suficientemente firme y contundente como para pensar, sobre todo tras las delaciones de José Conceicao Filho, que algo le empujó a hacer tal afirmación.

Como en aquel entonces estaba en pleno desarrollo la campaña electoral, Correa sostuvo en aquella sabatina que la revelación que estaba haciendo se debía a la necesidad de que la sociedad estuviera preparada para un escándalo. Si bien es cierto que esos días el tema que dominaba la conversación eran las denuncias que Carlos Pareja Yannuzzelli hacía desde Miami a través de redes sociales, asimismo es cierto que esos mismos días también se hablaba mucho de la lista Odebrecht. “El problema es ese: si no estamos preparados nos sorprenden y hasta que expliquemos todo pasa el 19 de febrero”, dice Correa en el video refiriéndose a las elecciones de la primera vuelta. Y remata: “Entonces a no creer nada”.

¿Cómo le llegó la información a Correa que lo iban a embarrar en el caso Odebrecht? La única explicación está en Galo Chiriboga, en aquel entonces Fiscal que ya había estado en Brasil y recabado información.  El video confirma lo que muchos ya comentan: que el Fiscal de aquella época tenía la información y que la mantenía oculta hasta que pasen las elecciones, lo que finalmente ocurrió.  Eso explica también el viaje que hizo Alexis Mera, asesor jurídico de Correa, hasta Brasil donde contrató un equipo de abogados. ¿Si no para qué?  Lo único que Correa y Chiriboga no podían controlar en ese entonces es el flanco internacional; es decir, que la información se filtre desde Brasil a través de la prensa (como ha ocurrido en estos días) o por otro medio.  El video, en todo caso, es una excelente evidencia de que en el alto gobierno, donde estaba Chiriboga, existía una inmensa angustia por llegar a las elecciones antes de que se filtre la información de Odebrecht.

Mera contrató abogados en Brasil y se quedó calladito

Sin embargo, lo más sorprendente de este testimonio es lo que Correa dice sobre Jorge Glas. Primero asegura que se trata de una persona de honestidad acrisolada y que es incapaz de llevarse un solo dólar ilegalmente pero luego, en una suerte de propuesta a la sociedad, dice que si esas “bombas” llegan a aparecer esas semanas no se las procese sino hasta luego de las elecciones. Y en ese contexto dice que, si alguno de los entonces candidatos sale salpicado en algún escándalo, lo más sencillo es que renuncie cuando ya esté ejerciendo el cargo. “Cualquier cosa la discutimos después del 19 de febrero y la condición: si alguno de nuestros candidatos está involucrado en algo chueco renuncia”, exclamó para luego rematar con un “¿qué les parece?”.

Correa, sin embargo, seis meses más tarde, parece haber olvidado su propuesta y, por el contrario, desde Bruselas ha ratificado su absoluta confianza en Glas y no ha hecho ningún gesto que permita pensar que está de acuerdo en que el Vicepresidente renuncie. Es más, ahora Correa sostiene que las denuncias son parte de un complot para desplazar a Glas y traicionar a la revolución ciudadana.

La propuesta que Correa hace en el video era evidentemente impresentable y escandalosa. En su razonamiento estaba proponiendo que no se haga ninguna investigación para saber si esas denuncias eran falsas o verdaderas hasta que pase el día de las elecciones. Lo que le interesaba, era evidente, ganar las elecciones a pesar de cualquier indicio de corrupción para luego ver qué pasaba con los funcionarios  ya instalados en sus despachos.  El video es, sin duda, una auténtica joya que deja el desnudo los valores éticos de Correa y su conducta frente al poder. Además, puede ser una excelente pista para sacar conclusiones sobre las razones por las que Correa ha sido incondicional con Glas. ¿Lo que es con Glas es con Correa Sí, no cabe duda.

Glas cae y Moreno prueba ser un animal político de sangre fría

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Lenín Moreno retiró las funciones a su Vicepresidente: es la respuesta al parte de guerra de ayer en la cual Jorge Glas rompió con su gobierno. De esta manera, se consagra la fractura entre las dos vertientes del oficialismo: Correa, Glas y sus seguidores por un lado, y, por otro, lo que puede pasar a llamarse el morenismo.

La noticia no es nueva para aquellos que, desde antes de posesión de Lenín Moreno, anunciaron que la pugna era irreversible. Correa, desde antes de 24 de Mayo, se esmeró en separar el estilo de Moreno (sus formas cordiales) de las políticas de fondo. Con ello entendía que Moreno debía someterse al partido (a él), asumir sin chistar el balance del correísmo y seguir la ruta trazada por él y que le entregó impresa en tres libros.
Pocos días después de dejar el cargo, tras amplios y vanos muñequeos internos, Correa hizo públicas sus críticas a Moreno y lo acusó de estar siguiendo los discursos de la oposición. En su cuenta de twitter consignó su decepción y luego la verbalizó palanqueándose entrevistas en los medios gubernamentales. En su despedida, el 10 de julio, tras 47 días tratando de entrometerse en todo, llamó a los suyos a cuidar la mal llamada Revolución Ciudadana. No de la oposición… de Lenín Moreno.

Pues bien: tan solo 23 días después de haberse instalado en Bélgica, autorizó a Glas a hacer pública la carta en la cual rompió políticamente con el gobierno de Moreno. Y hoy amaneció llamando a sus asambleístas, a su partido a oponerse a la destitución de Glas y a la traición de Moreno que ha señalado en abundantes tuits.

Correa situó así la guerra con Moreno en, por lo menos, tres frentes: el Ejecutivo, la Asamblea y Alianza País. Los ajedrecistas hablan de partidas simultáneas. De eso se trata. Y por eso hay que mirar en esas tres direcciones sin entreverar las movidas para entenderlas, pues cada campo tiene protagonistas y lógicas específicas. Por ejemplo: el mensaje de anoche de Moreno a la militancia de su partido, tras la carta de Glas, fue leído por algunos como una capitulación. Pues no lo era: Moreno plantó el escenario como presidente de Alianza País ante su gente, antes de responder en forma fulminante a Glas: retirarle todas las funciones.

Durante 70 días, ha habido, en forma pública, dos estrategias en juego. La de Correa y Glas ha sido sumamente predecible. Y sus movidas revelan que sin el aparato propaganda ni son genios ni son creativos. Son linealmente reactivos. Correa es rehén de la victimización. Es lo único que conoce. Pero para simular un destino histórico, habla del “libreto de Brasil”. Eso suena bien y hasta podrá ser entendido por una parte de los militantes. Pero para la opinión pública es tan etéreo como hablar de Champollion y la gramática egipcia. Correa no sale, aún a 9.527 kilómetros de distancia de Quito, de su ensimismamiento. Con cinismo llama “a los que amamos al país, la democracia, los derechos humanos”… para que opongan al gobierno de Moreno.

La estrategia de Moreno, en cambio, es mucho más sofisticada, subterránea y compartimentada. En su equipo se mueven estrategas y operadores que cooperan en unos puntos y se oponen vehementemente en otros. Gustavo Larrea trabaja sin sacar la cabeza. La estrategia, ganadora por ahora, habla de Lenín Moreno como un animal político de sangre fría. Un atributo que Maquiavelo recomienda a los líderes. Moreno es un hombre de una paciencia china y de una astucia también maquiavélica que parece haber domesticado en esas largas horas que, como decía Rilke, ha pasado en la múltiple compañía de sí mismo.

Moreno se volvió inasible para Correa. Sin inmutarse, marcó los tiempos para distanciarse de él. Y mientras Correa, ya como ex, sacudía sus demonios de odio y guerra por el país, Moreno hábilmente tendió las manos. Es evidente que leyó el momento político del país al rehusar ser leal a un modelo totalmente superado. Siguiendo a Maquiavelo, Moreno entendió que para gobernar no podía ser condescendiente con su antecesor. Su sobrevivencia y legitimidad dependían de su alianza con la mayoría del país; una mayoría harta de autoritarismo.

Maquiávelico fue Moreno con el aparato de la administración correísta. A unos los llevó al gobierno. A otros les prometió embajadas. El mensaje para todos fue que un nuevo presidente estaba al mando. Ya no Correa. Dividió las aguas sutilmente. Maquiávelico fue pedir al equipo económico que se quede, que saque a la luz las cifras que escondieron, que hagan los consolidados de la deuda prohibidos bajo Correa… Y logró que lo hicieran.

Glas era un caso perdido. Moreno lo sabía desde la primera vez que se opuso a que lo acompañara en la papeleta presidencial. Glas era un polvorín insalvable con Correa por razones diametralmente opuestas: mientras la caída de Glas puede salpicar al ex presidente, su supervivencia en el gobierno iba a salpicar a Moreno. La estrategia de Correa consistía en salvarlo. La de Moreno, en esperar su salida sin intervenir en ella. Aparentemente. Como aconseja Maquiavelo.

Ese juego ya se cerró: Correa que sabía que el resultado le sería adverso, se adelantó: convirtió a Glas en ícono de una ruptura supuestamente ideológica con Moreno. Esa maniobra no le será útil: Glas encarna ante la opinión lo peor del correísmo y puede incluso arrastrarlo en su caída. Además, la defensa de Glas es tan postiza que difícilmente encontrará apóstoles para cargarlo en andas.

La partida de Glas, obliga a mirar lo que ocurre en Alianza País. Lenín Moreno necesita el partido. Su intervención de anoche ante sus militantes perseguía, precisamente, cortocircuitar la disyuntiva esgrimida por Correa: o el partido sigue su línea y condena lo que hace Moreno o él se sale del partido para formar otro. Moreno quiso evitar una posible desbandada.

La guerra por el control de AP es más difusa. Correa puede decir que piensa volver pero esa amenaza está supeditada a que no resulte directamente relacionado con alguna investigación y prefiera quedarse en Bélgica en vez de exponerse en Quito. También él requiere el partido para convertirse en el mayor opositor de Moreno, eventualmente negociar su futuro y pesar en las elecciones seccionales de 2019. Esa maquinaria ha probado sus bondades. Pero también en ese campo, Moreno tiene algunas ventajas. Es el presidente de AP y, en este momento, él administra los nuevos factores de poder. La misma reflexión cabe en el campo de la Asamblea en la cual Correa dice, y con razón, que trabajan los operadores de Moreno. Es pronto para saber cuánto incidirá en la Asamblea la caída política de Glas. Pero los políticos, políticos son: en ese punto, la posibilidad de sumar parece estar, de nuevo, en el campo de Moreno. Correa promete revocatoria del mandato para asambleístas vendidos… Pero aún no se sabe de cuántas divisiones dispondrá.

No hay jaque mate pero los tableros de ajedrez dicen que Moreno va ganando en las tres partidas políticas con Rafael Correa… Moreno lo está logrando porque no sabía que era imposible.

Glas declara la guerra a Moreno

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La pequeña historia dirá que el 2 de agosto de 2017, Jorge Glas escribió un parte de guerra contra Lenín Moreno. Una carta en la cual, además de rechazar las definiciones políticas esenciales de Moreno, hace graves acusaciones. Una de ellas, que el Presidente admitió haber entregado CNEL a la familia Bucaram como parte de un pacto político.

Glas recurre en esta carta a la opinión pública a una vieja táctica conocida: defenderse atacando. Ayer, 1 de agosto, con el audio publicado en Brasil, en el cual su nombre aparece como beneficiario de dinero entregado por Odebrecht, Glas entendió que su suerte estaba echada. En esa consideración seguramente cupo otra: nada hizo Moreno para protegerlo. Como sí lo había hecho Rafael Correa, Galo Chiriboga y Carlos Polit que, resguardándolos, garantizaba su cargo. Y su parte en las coimas.

Glas no solo perdió a Correa en la Presidencia. Su segunda vicepresidencia coincide con otro momento del caso Odebrecht que no depende del fiscal Carlos Baca Mancheno: es al revés. Baca Mancheno depende ahora de lo que saque la fiscalía en Brasil que, por supuesto, da a conocer a la prensa sus avances. Si Baca Mancheno no procede, se sabrá y tendrá que responder por eso.

Glas tiene otro problema: su caso se enmarca en otro momento político en el país. Un asco creciente por toda la corrupción que se dio en la década de Correa. Y él encarna ese momento. Lo encarna con creces porque basó su estrategia de defensa en protección política y esto, en vez de favorecerlo, volteó la opinión pública en su contra. Negar, desafiar, pretender ser tan pobre como San Francisco de Asis y tan honesto como la madre Teresa de Calcuta…; todo esto enervó a una opinión que no solo no lo creyó sino que se sintió burlada por la arrogancia de Alianza País que, contra todas las evidencias políticas, lo exculpó hasta el punto de considerar que ni siquiera debía explicaciones al país. Glas, por mérito propio, se volvió, entonces, un peso muerto para el gobierno de Lenín Moreno y un blanco obligado para la Fiscalía General de la Nación.

Su carta contra Moreno está atravesada por el desencanto de un hombre que se siente abandonado y sin protecciones. El tono y el texto muestran que Glas es consciente de estar cerrando un capítulo político al lado de Lenín Moreno. Maniatado e impotente, opta por el arma que ha venido usando Correa y sus más fanáticos seguidores contra Moreno: el ataque.

Su carta contiene pistas que permiten mostrar que su decisión está perfectamente concertada con Correa. Los argumentos son los mismos que usa el ex presidente en sus cuentas sociales. Que a su vez son los que utilizan Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga… y la parte del aparato que le es leal.
El mecanismo de defensa es inconfundible: victimizarse. Nunca nadie ha sido tan atacado, tan perseguido, tan calumniado. Glas vuelve a intentar el truco tan usado en esta década: convertirse en un ícono, tan histórico como etéreo, que supuestamente representa un destino superior ante el cual está dispuesto al sacrificio, a la cárcel, a la persecución. Él no es corrupto: si lo atacan es por una razón tan histórica como su propia existencia: quieren dar al traste con “la transformación histórica que llevó a cabo la Revolución Ciudadana”.

El no escribe como el funcionario que tiene que dar explicaciones y darlas, ahora, frente a evidencias políticas y de tipo penal que lo relacionan con un tío coimado y una empresa que, si lo coimó a él, porque la mafia no entrega un dólar sin registrarlo, seguramente tendrá cómo probarlo. No es ante ese juicio, ahora probable, que él se sitúa. Él juega, con la misma osadía que ha mostrado un Alexis Mera, a decirse revolucionario. Y como se otorga esa categoría, se describe imbuido de esos valores con los que se describía Correa. Como si el Ecuador político de hoy fuese el del 2006. Por eso, en vez de admitir que es él quien está forzado, en este momento, a responder por actos de corrupción, invierte la ecuación. Y pone por delante, como Correa lo ha hecho, un escenario político destinado, a sus ojos, a mover la opinión a su favor: acusa a Moreno de preparar un paquetazo económico, de construir un escenario propicio para una corrupción institucionalizada, de entregar servicios e instituciones de la vieja partidocracia… Nada prueba. Son las mismas suposiciones que antaño el aparato de propaganda endosaba a la oposición para causar pánico en el electorado. Es tan deleznable el mecanismo que el propio Ricardo Patiño, presuroso de crear puentes entre Moreno y Correa, dijo en la mañana en Teleamazonas que no había tal paquete económico.

La segunda línea de ataque no deja duda alguna sobre la decisión de romper con el gobierno de Moreno. Es una critica frontal contra las políticas emprendidas por él desde el 24 de Mayo. No son nuevas porque Correa las ha hecho y Gabriela Rivadeneira, Marcela Aguiñaga, Doris Soliz… las han repetido. Pero provienen del segundo mandatario; lo cual crea una cohabitación imposible con Lenín Moreno: el diálogo con sectores no afines al oficialismo. La llegada de un periodista que no es del oficialismo a El Telégrafo, que Correa y los suyos consideran de su propiedad. Las cifras dadas por Moreno sobre el estado real en que recibió la economía. La instrucción hecha por Moreno, este lunes a los funcionarios, para que denuncien todas las irregularidades en sus dependencias. Que son muchas, dijo Moreno.

Glas juzga todo esto inaceptable. Lo hace en nombre de la retahíla, desgastada desde hace rato, según la cual el gobierno Correa fue más blanco que la nieve. Lo nuevo no es eso. Es esta pregunta asesina para Moreno: ¿“está preparando el terreno para perseguir a sus antiguos compañeros para saciar la sed de venganza de sus nuevos compañeros”?

Glas no olvidó la factura que la nomenclatura esgrime contra Moreno: fue elegido por la confianza de su partido. No fue elegido solo sino con él. Fue parte del gobierno de Correa. Lo defendieron cuando estuvo en Ginebra. Y conocía las cifras reales de la economía antes de ser elegido…

La defensa de Glas se antoja encajar perfectamente en la estrategia que Moreno, al parecer, trazó: dejarlo que se cocine en su propia salsa. El vicepresidente se revela desesperado, al igual que Correa. E impotente, lo cual muestra que la relacón política de fuerzas en el partido y en la Asamblea ya no les es favorable. Y, al declarar la ruptura, no solo toma esa responsabilidad ante el país: deja instalado a Moreno en una verdad que él se encargará de tornar seguramente a su favor: durante esta crisis, nada ha hecho contra Glas. Salvo, pedirle que deje de defenderse y se consagre al trabajo.

Correa y Glas tomaron una decisión desesperada para tratar de ocultar el verdadero problema de fondo: su responsabilidad real y su connivencia, personal o institucional, con la ola de corrupción más grande que ha conocido el país. En ese sentido, y frente al nivel de popularidad que conoce Moreno, esta carta más parece un testamento que un manifiesto político destinado a entusiasmar a las bases que, hasta hace poco, los consideraban casi próceres.

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