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Segunda vuelta Ecuador

Correa ya destrozó a Lenín Moreno

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Captura de pantalla 2017-04-10 a las 3.53.23 p.m.

El correísmo ha encerrado al país en una espiral devastadora. Ni ganó con la transparencia que debía, ni otorgó el triunfo a la oposición y sus argucias permiten suponer que debió haberlo hecho. Ni tiene un presidente legítimo, aceptado como tal, ni da paso a un proceso que ponga a los dos candidatos en la situación de reconocer, ante evidencias contundentes, el resultado. Cualquiera que este sea.

El correísmo piensa lineal: el CNE dio el triunfo a Lenín Moreno, Lasso debe reconocerlo y el país con él. No importa si ese juez es correísta, como el Tribunal Contencioso Electoral. Esos son detalles. Juan Pablo Pozo hace odas a Correa. Debe ser su libre ejercicio a la libertad de expresión. Hay evidencias y pruebas de fraude: las niega. Y cuando acepta las impugnaciones, las reduce al mínimo: en Pichincha se debían examinar 500 actas;  se abrieron 39. Experto en estos menesteres, el correísmo sabe que si mantiene una ventaja, cualquiera que sea sobre Guillermo Lasso, Moreno podrá mutar de Licenciado a Presidente.

En esa lógica se incluye, entonces, decir cualquier cosa:
Que el sistema se cayó, que el sistema no se cayó, que el sistema es híper seguro, que el sistema fue hackeado…
Amedrentar y amenazar con juicios y cárcel medios, organizaciones y personas para imponer sus resultados.
Presentar a Moreno en sociedad como Presidente: ante el cuerpo diplomático, ante la prensa extranjera o mandarlo de gira…

Legitimar a Moreno no es, no obstante, el único problema que tiene Rafael Correa por delante. Le quedan 43 días en Carondelet. Un tiempo suficiente para incidir, peor aún para fraguar, los escenarios ante los cuales se encontrará el país. Pero, en cualquier caso, esta vez los astros no están alineados a su favor. Quizá lo sepa.

Es verdad que Correa ha dado muestras de querer exacerbar todos los factores de la disputa. Para él, de hecho, no hay disputa. Aquellos que impugnan los resultados son malos perdedores y promete juicios y cárcel para aquellos que publicaron resultados diferentes a los suyos. Los allanamientos no solo muestran que usa la policía en un asunto estrictamente partidista: transmite su voluntad de imponer esa decisión por la fuerza. Si se suma su lenguaje marcial, su actitud guerrera y el uso de la Fiscalía, es obvio concluir que el país está frente a un hombre y un gobierno decididos a avivar el fuego.

Sin embargo, jugar al caso cerrado y al cansancio de la gente en la calle, no parece haber producido el resultado esperado. En cambio, Correa está destrozando el capital político de Moreno y llevando al Ecuador a un punto de conflagración que no se compadecen con el poco tiempo que le queda en la Presidencia. A menos de que Moreno dé muestras de querer ser el presidente de todos los electores, si su triunfo es refrendado en forma transparente. En ese caso tendría que imponer, desde ahora, condiciones diferentes a Alianza País.

En ese punto, Correa está ante dos escenarios: cambiar de estrategia y considerar seriamente mecanismos para saldar democrática y legítimamente la disputa. O aplastar el acelerador y hundir el país en el enfrentamiento. Profundizar el conflicto le permitiría incidir en el caos callejero y forzar a los militares, que nunca aceptarán un baño de sangre entre ecuatorianos, a mediar como lo hicieron en el pasado. Eso le daría rédito político a él. Le permitiría cambiar de perfil ante la comunidad internacional: de político tramposo a víctima.

Si su intención no es esa, victimizarse, (como siempre lo ha intentado), Correa tendría que pensar que la vía escogida (imponer cínicamente a Moreno aprovechándose de ser el patrón de Juan Pablo Pozo y del CNE), es la peor para un posible gobierno de Moreno. Le bastaría con echar un ojo a la gente que, en las redes sociales, no lo alaban: encontrará que sus actos, sus palabras, sus amenazas, sus allanamientos han dejado el discurso de Moreno y su figura en soletas.

Si aún así quiere imponerlo por la fuerza, arriesga una conflagración nacional de consecuencias impredecibles. De sentarse Moreno en Carondelet, lo haría en condiciones de debilidad política tan extremas que su gobierno no solo sería ilegítimo: sería inviable. Basta con imaginar un Presidente con esas características encarando la lista de Odebrecht o de cualquiera de los otros casos de corrupción.  O procesando las facturas del mal manejo económico, las deudas, la división de su frente interno…
Esas circunstancias hacen pensar que Correa, lejos de ayudar a resolver la disputa con visión de futuro, solo visualiza los 43 días que le restan en la Presidencia. Por eso cree que esta disputa de legitimidad se arregla incendiando el país y, de paso, atentando en todas las formas posibles contra Lenín Moreno. Quizá con su consentimiento.

Foto: Presidencia de la República

El correísmo ahora sí galopa hacia su ocaso

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Captura de pantalla 2017-04-07 a las 2.23.15 p.m.

Cedatos atacado, allanadas sus oficinas, perseguidos sus responsables. ¿Por qué Rafael Correa también ataca, en forma despiadada, y amenaza abiertamente a la organización Participación Ciudadana? ¿Por qué la acusa de hacer parte de un montaje de la derecha cuando el juez de la contienda, Juan Pablo Pozo, es suyo, el sistema informático es suyo, el sistema de propaganda es suyo y solo lo suyo es oficial?

¿Por qué miente diciendo que el conteo rápido de Participación Ciudadana no daba para declarar un empate técnico cuando esa medición tiene un margen de error de 1% para arriba y para abajo? ¿Por qué dice que Participación Ciudadana no dio a conocer sus datos cuando él sabe que los entregó al CNE? ¿Por qué lo hace cuando sabe que responsables de AP hicieron circular un supuesto 51% de Participación Ciudadana a favor de Moreno (lo saben José Serrano y Omar Simon) antes de que esa organización firme el acta de  entrega al CNE?

La respuesta es sencilla: Correa amenaza, Correa miente, porque lo que esperaba era que Cedatos y Participación Ciudadana legitimaran el triunfo de Lenín Moreno. Y como no lo hicieron, porque sus datos no les daban, pues ahora los denigra, los acusa sin pruebas y para forjarlas manda a las fuerzas del orden a allanar las oficinas de Polibio Cordova. Es escalofriante leer en la orden de la Fiscalía que interviene manu militari por “la presunta información falsa emitida”.

Obviamente, esas organizaciones tienen obligaciones legales. Pero en un Estado de derecho, hay vías legales y mecanismos jurídicos para que las autoridades pidan pruebas y descargos. Correa y su gobierno (con el concurso cómplice y silencioso de Lenín Moreno) han decidido pasar a las vías de hecho. Ahora allanan a la fuerza, como en Venezuela. Usan encapuchados, como en Venezuela. Detienen a manifestantes en moto, como en Venezuela. Importan extranjeros para dirigir la represión, como en Venezuela. Aplican la fuerza a las organizaciones que no legitiman su voluntad. O su intento, cada vez más plausible por las evidencias que ellos mismos crean, de fraude. Como en Venezuela.

Es inaudito que el propio Presidente aúpe estas acciones desde su cuenta de Twitter. Que acuse sin pruebas. Que interprete resultados a su acomodo. Que haga linchamiento mediático. Que cree un clima de violencia contra organizaciones y personas solamente porque sus deseos no coinciden con los resultados de un exit poll y de un conteo rápido.

La lógica con la que procede el gobierno es condenable y es insostenible. ¿Pretende zanjar las diferencias numéricas que hay con los datos de su CNE, allanando y persiguiendo? Si eso fuera razonable y legal, la oposición podría pedir que hagan lo mismo la encuestadora oficial (Perfiles de Opinión) y con la empresa de la Politécnica Nacional porque sus datos no coinciden con los deseos de Guillermo Lasso.

En el país es obvio que hay un problema alrededor de las cifras de la segunda vuelta. Pero el gobierno ha decidido zanjarlas sin respetar siquiera sus propios protocolos institucionales. Correa, Omar Simon, Rossana Alvarado, el aparato de propaganda y hasta el propio Presidente del Consejo Nacional Electoral están desesperados por legitimar a Lenín Moreno. Se han dedicado a crear un estado de opinión denostando y deslegitimando a Cedatos y a Participación Ciudadana cuyas cifras no son de su gusto. Ahora pasan a la fuerza, usando el fiscal que estuvo elegido meses antes de empezar el concurso. Un asesor de Correa. Les sirve, como les sirve Juan Pablo Pozo.

Imponer por la fuerza a Moreno es el peor suicidio político que el correísmo pudo imaginar: así solo echa leña al fuego que corre por las calles del país. Ratifica todas las peores sospechas de que Moreno está reclamando el título de presidente porque no lo obtuvo limpiamente en las urnas. Acaba con su propia farsa institucional pues el juez de este dilema, Juan Pablo Pozo, en vez de liderar el procesamiento de las impugnaciones de CREO, se reúne con el cuerpo diplomático para prevaricar. Para declarar cosa juzgada un tema que está en disputa.

El correísmo ya no trota, galopa hacia su ocaso.

El regalo envenenado del CNE a Lenín Moreno

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Captura de pantalla 2017-04-03 a las 9.47.10 a.m.

Menudo regalo hizo el Consejo Nacional Electoral a Lenín Moreno: la Presidencia de la República. Es un regalo envenenado. Moreno gana de la única forma que no debió hacerlo: suscitando todas las dudas, dando cuerpo a todas las sospechas de fraude que rondaban en el ambiente y que el CNE se había encargado de sembrar. En ese punto, ese organismo dirigido por Juan Pablo Pozo hizo un recorrido perfecto: desde cambiar el reglamento hasta pretender obligar a Participación Ciudadana a entregar el resultado del conteo rápido con antelación. Pozo iguala a su maestro en cinismo, Omar Simón, que lo antecedió en el cargo.

Moreno quería la Presidencia. Pero requería limpidez en esas horas tan críticas situadas entre el momento que cierran las urnas y el instante que se anuncia al ganador. Esas horas, emocionalmente agotadoras para los electores, resultan densas para la memoria colectiva. Moreno necesitaba pasar la página, hacer olvidar la campaña asquerosa que hizo su gobierno para ayudarle a ganar, crear un compas de espera para probar, ante la opinión pública, que es diferente a Correa… En definitiva, necesitaba generar un nuevo aliento en el país que ahora está dividido en dos mitades y que él debe liderar. Pues bien: todo eso quedó sumergido bajo capas espesas de dudas que convierten su presidencia, desde ahora, en un déjà vu: más de lo mismo. Cinismo, arrogancia, trampa, fraude…

Lenín Moreno dirá que ganó con todas las de ley. Por eso el regalo del CNE está envenenado. Anoche le jodió el triunfo. Y se lo jodió para siempre. Que se haya ido el sistema del CNE luego de concluir la elección, que mientras tanto las encuestadoras y los medios incautados y serviles del gobierno hayan posicionado su triunfo en la opinión, que Correa -en vez de esgrimir el martillo de Thor habitual- saliera a pedir que se acepten los resultados, que apareciera la Politécnica Nacional -que no tiene estructura para ese ejercicio- con un conteo rápido cuyos datos coinciden con el escrutinio, que Juan Pablo Pozo haya proclamado el resultado con el 94% de votos escrutados… Todo esto configuró un operativo planificado para que Moreno fuera, con los votos o sin ellos, el Presidente. El CNE, esa dependencia indigna de Carondelet, hizo demasiado. Y lo hizo en forma burda, desembozada y cínica porque ese es el estilo de este gobierno y del ya casi expresidente que se va, supuestamente, a Bélgica.

Por obra del CNE, el triunfo de Moreno no es reconocido ni siquiera por su contendor. Magro servicio se hacen sus amigos diciéndose que es lógico porque los perdedores siempre reclaman. Moreno no solo quería ganar. Requería que su triunfo fuera incontestable porque, aunque el casi-expresidente siga burlándose, como enfermo, de la oposición y de sus críticos, él tiene que unir el país. Tiene que pagar las facturas de esta década y eso no lo podrá hacer manteniendo la polarización, producto del liderazgo esquizofrénico de Correa.

Moreno no necesitaba que Lasso estuviera en la calle impugnando su triunfo. Lo precisa no muy lejos y esto hubiera sido similar si el elegido por el CNE hubiera sido Lasso. Ahora Moreno tendrá serios problemas de legitimidad y eso solo lo podrá medir mirando los resultados que publica Juan Pablo Pozo: no hay dos millones de votos de diferencia con su contendor, como mentirosamente dijo el casi-expresidente. Moreno tiene que ser consciente de que el país está partido por la mitad y de que su espacio político se redujo. Pretender, en esas condiciones, mantener el modelo sería sucumbir ante la tentación de un espejismo. El presidente ungido por el CNE ha prometido cambios. Y si los hace chocará, irremediablemente, con los fanáticos correístas que sueñan con seguir prohibiendo, regulando y censurando al tiempo que defienden esa economía ficticia que Correa fabricó para solazarse en su ego.

Si Moreno quiere una presidencia exitosa tendrá, paradójicamente, que desmontar, en buena medida el aparato y los sueños de perro correístas, que tanto odio y división han creado en el país.

La trampa mortal que Correa creó para su sucesor

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Captura de pantalla 2017-03-15 a las 3.00.42 p.m.

¿Cómo se contrarresta una verdad religiosa? No hay cómo. La fe es la convicción de lo que no se ve. Pues bien: en economía no se ven las deudas con China, el desfinanciamiento del IESS, el déficit fiscal, la falta de inversión extranjera… etcétera. No se ve la crisis porque el gobierno la ha socapado hábilmente. Como cuando se tapan los gastos de una tarjeta con otra. Y como no se ven desequilibrios y deudas, para los corrreístas no existen.

En esa trampa está metida la oposición. E incluso Lenín Moreno que, a título personal, sabe que las cifras que le enviaban a Ginebra o las que le han entregado en Quito son falsas. Y sabe que las diferencias que ha comprobado en esas estadísticas tienen que ver con quiénes las suministra: entre más alto es el funcionario, más mentirosas son.

Correa y su gente son una maquinaria a producir falacias. Cuando tenían dinero, lo gastaban y se mofaban –hasta volverlas ridículas– de las fórmulas de los economistas ortodoxos. Ahora que se acabó la bonanza, se cogieron la plata de instituciones que eran privadas, dejaron de pagar al IESS, convirtieron al Biess y al Banco Central en caja suya, dispararon la deuda externa, no pagan a los proveedores… Se convirtieron en una maquinaria para disimular la crisis y patearla hacia delante: no quieren que les explote a ellos. Sus triquiñuelas no se ven y como no se ven, no hay crisis. Ni facturas pendientes. Ni cuentas por estabilizar.

Las elites (o lo que se puede denominar como tal) nunca se ocuparon, durante estos diez años, de hacer una pedagogía de esta montaña de mentiras. Los medios tradicionales, puestos contra la pared, se han dedicado a equilibrar el discurso oficialista. Nunca a de-construirlo como era su deber. Y mientras tanto, el gobierno, el presidente en particular, pudo seguir mintiendo mientras sumaba, a su favor, lemas que anidó en la opinión. Uno, quizá el más popular, es decir que con Rafael Correa no ha habido paquetazo. Ni ajuste. Es parcialmente cierto: Correa, con un maquiavelismo que se ha convertido en su segunda naturaleza, jugó con muchos mecanismos para disimular la ficción de ser un gobierno con recursos infinitos, de libre disposición y de cero costo para sus beneficiarios.
Su aparato de propaganda, con ese aire arrogante y estúpido que le caracteriza, repite hasta la saciedad ese mensaje. Y es posible que haya hecho creer que esas facturas y esos desequilibrios, esos despilfarros y corruptelas, no se pagan. No se puede esperar, en esa dinámica, que un estudio –como el hecho por Cordes y escrito por Augusto De la Torre y José Hidalgo– pueda ser recibido por los amigos de Lenín Moreno como un documento de trabajo que se basa en la realidad. Para ellos, ahítos de propaganda, siempre será una proclama para preparar el terreno “del ajuste tradicional de la larga noche neoliberal“. Ese es el mayor daño que Correa ha hecho al Ecuador: canjear la realidad por actos de fe. Y en esa línea, Venezuela ha probado que se puede incluso negar que hay colas y hambre. O que se pueden endosar todas las culpas a Estados Unidos o a la oposición.

El sucesor de Correa –sea Moreno o Lasso– tiene un enorme problema por delante: no solo se topará con esa adiposa ración de propaganda convertida en discurso legitimador de una ficción política. Se enfrentarán a una sociedad cebada durante casi diez años de bonanza y despreocupada en su mayoría de la cosa pública. Y encontrarán unas elites que nada, o casi nada, aprendieron de la década correísta. En ese contexto tendrán que proponer un plan para encarar esa crisis escondida, para pagar esas deudas que muchos desconocen, para equilibrar esas cifras mentirosas que hablan del país inventado por un grupo de mitómanos. Cifras mentirosas que hipotecan el crecimiento, la inversión, la creación de trabajo y el mantenimiento de beneficios sociales tan necesarios en sociedades tan inequitativas como la ecuatoriana.

Moreno si gana y no quiere hundir al Ecuador, tendrá que volver a la realidad. ¿Qué hará con el discurso oficial en el cual no hay crisis, deficits, deudas, bonos por pagar, proveedores morosos, petróleo prendado, equilibrios macroeconómicos? Si gana Lasso, tendrá el peor de los escenarios. El aparato religioso del correísmo lo acusará de hacer el ajuste no porque es necesario sino porque él es banquero y neoliberal, amigo del imperio y esclavo del FMI.
Ese es el contexto ideal para que Correa, perdido en Bélgica, sueñe con volver ante la evidencia de que él puede hacerlo sobre las cenizas de aquel que cobra las facturas de sus desvaríos.

Foto: Teleamazonas

El karma de Moreno no es Lasso; es Correa

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Captura de pantalla 2017-02-28 a las 9.52.24 a.m.

Por primera vez, en diez años, el correísmo está a la defensiva. Por supuesto, nada está jugado pero la segunda vuelta no será el paseo que prometieron Rafael Correa y Lenín Moreno al afirmar que ya no ganarán con un millón de votos de diferencia sino con dos millones.
La presion está, esta vez, en el terreno del oficialismo y se nota: hay nerviosismo, muestras de desesperación, actores que actúan por su cuenta, arreglos de cuenta, grupos que se echan la culpa. Lenín Moreno tiene cinco semanas para revertir la tendencia y su problema es que, por no haber previsto una segunda vuelta, no parece tener muchas herramientas a su disposición para reinventarse. En los hechos Moreno tiene, además, dos frentes que atender: el interno y el de Guillermo Lasso. En ese frente interno tiene serios problemas. Cinco en particular:

  1. No tiene imaginario propio: Lasso tiene dos: la alternancia (el cambio) y la generación de empleo. Moreno jugó a reivindicar los logros de la Revolución Ciudadana y prometió agregar lo suyo. Pero fuera de ofertas populistas no logró personalizar la elección.
  1. Correa lo dejó sin espacio: Moreno tiene a Rafael Correa dando vueltas por el país para construirse un monumento. Inaugura obras creyendo que eso ayuda a Moreno. Pero, ¿qué ve la gente? Al líder (ahora impopular) de un movimiento que se va y que mientras más habla de él, más vuelve intrascendente a Moreno. Hace saber, además, que si pierde, él regresará… Huelga cualquier discurso: ya sembró una idea letal para Moreno: si gana, gobernará Correa. El karma de Moreno no es Lasso; es Correa.
  1. La sombra de la corrupción: Moreno también jugó mal en este capítulo y, en vez de deshacerse de las cacerolas, se declaró voluntario para cargarlas. Su campaña tiene ruido de corrupción. En vez de distanciarse de Jorge Glas y de los otros casos evidentes de corrupción en su gobierno, asumió el discurso oficial que es mentiroso (nosotros descubrimos a los corruptos) y ficticio (nos infiltraron). Su binomio está hoy pegado con babas y porta el virus de la inestabilidad institucional: Glas puede ser acusado en cualquier momento.
  2. Una campaña sin densidad: Moreno apostó a la liviandad: subirse a las tarimas, hacer gala de buen humor, satanizar los debates para no tener que confrontarse con sus contrincantes y hacerse selfies con los electors. Ese cálculo falló porque hay segunda vuelta. Ahora tiene a Lasso pidiéndole un debate por semana. Y se antoja obvio que alguien que aspira a gobernar el país deba tener respuestas para cualquier pregunta. Moreno hasta ahora no ha dado muestras de cómo piensa densificar su campaña, pues parece que la liviandad no le alcanza para ganar.
  1. Las Alianzas: Moreno está más cerca del 50% que Lasso. Pero en el sistema de alianzas que necesita no tiene muchas puertas abiertas. Se reunió con Iván Espinel, primo de los Alvarado y cercano al correísmo; un verdadero invento para quitar votos a los otros candidatos, que ahora necesitan. Suman pero ni son suficientes ni son seguros. Paco Moncayo reconsideró la posición anunciada tras el resultado de la primera vuelta. No votará por Moreno aunque no puede responder por ese caudal de votos (casi 7%). Parte del electorado de Dalo Bucaram puede ser sensible a las ofertas populistas del oficialismo; al igual que parte del electorado socialcristiano. Pero no puede aspirar a tener acuerdos orgánicos y públicos con esos partidos.

Ante Lasso no hay, hasta ahora, novedad alguna. Moreno cuenta con la obra del gobierno y con la adhesión que suscita su figura y lo que hizo en la vicepresidencia. No aspira a que los electores comparen entre sus propuestas y las de su contrincante. Por eso su campaña está volcada a desacreditar a Lasso.

  1. La descalificación: Lasso es, en su discurso, el banquero, el rico, el portavoz del pasado, el responsable del feriado bancario, el político responsable de la guerra sucia.
  2. Encuestas trucadas: El 25 de febrero apareció una encuesta de Cedatos según la cual Guillermo Lasso gana en la segunda vuelta. Un inexistente Centro de Investigación Social publicó ese mismo día otro sondeo según el cual Lenín Moreno va a adelante. No con cuatro puntos de ventaja como anotó Cedatos (52%-48%) sino con 18 puntos (59%-41%). El Telégrafo lo reprodujo, al igual que Telesur, El Ciudadano y todo el aparato de propaganda del régimen. Publicar sondeos fabricados es un engaño público. Pero es, sobre todo, una muestra de desesperación que seguramente se repetirá.
  1. Más y más populismo: Moreno se convirtió, en la primera vuelta, en el mayor populista de la campaña: planes para jóvenes, mujeres y abuelos, subir el bono de la pobreza, duplicar la pensión, casa propia… Seguramente habrá nuevas ofertas en esta verdadera feria del reparto con plata del erario nacional.
  1. Suscitar miedo: la fórmula está probada , aunque en Argentina no dio el resultado esperado. Pero las acusaciones que surgen contra Lasso son las mismas que usó Cristina Fernández contra Mauricio Macri: querer privatizar la educación y la salud. Querer acabar con todos los planes y beneficios sociales. Querer implantar un capitalismo salvaje sin precedentes. Querer acuerdos comerciales que arruinarán la agricultura, la industria nacional…
  1. Multiplicar la guerra sucia: lo que acaba de ocurrir con Manabí es la prueba. Ya salen grafitis en los que supuestamente Lasso insulta a los estudiantes de la Universidad Católica… La guerra sucia es una caja de pandora en la cual seguramente los Alvarado, Patiño y compañía seguirán hurgando.
    Foto: Vicepresidencia de la República.

Moreno cayó en la trampa que dizque quiso evitar

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Captura de pantalla 2017-02-27 a las 8.58.16 a.m.

Todos creen que Lenín Moreno es lo mismo que Rafael Correa. Cara y sello de la misma moneda. Obvio: fue siete años vicepresidente. Siete años jugó a ser el policía bueno, al lado del policía malo cuyos métodos, estilo y (algunas) políticas supuestamente no compartía. Moreno, no obstante, decía que era diferente. Y a su alrededor se decía que él, como aspirante a la presidencia, no iba a ser lo mismo, no iba a estar con los mismos, no iba a decir lo mismo, no iba a someterse al mismo. Para ello se daba como prueba el discurso diferente que pronunció cuando llegó de Ginebra. De manos abiertas. De diálogo. De gente decente. De acuerdos. Esa diferencia, se dijo, se evidenciaba hasta en la camisa. Ya no verde. Blanca. No quiso y desechó las que le mandó el aparato. Tampoco quería a Jorge Glas. Ni las encuestadoras del gobierno. Ni a los impresentables hermanos Alvarado…

Ese ímpetu diferenciador, expuesto en una tarima en el sur de Quito, el 28 de septiembre pasado cuando volvió al país, duró horas. Correa lo llamó al orden. Le dijo que el programa lo hacía el partido. Que él era parte del proceso. Que podía haber un estilo, un temperamento diferente pero que la senda ya estaba trazada. La disputa alrededor de la candidatura de Jorge Glas duró unas semanas más, pero Moreno plegó. Alvarado también está en su campaña. Y Correa, convertido en ancla, no solo está presente: marca la ruta; opera la estrategia. Es tal su peso que ya dijo que si gana Guillermo Lasso, él regresará. Lo cual significa que, además de pensar con el deseo, considera a Lenín Moreno como candidato desechable.

De dos cosas una. O Moreno fingió siempre que no aspiraba a ser como Correa (eso se llama falsario). O es un hombre sin recurso alguno para hacer valer su visión y su temperamento (eso lo vuelve veleta). El hecho cierto es que, por decisión o por circunstancia, él hace en esta campaña, o deja hacer sin chistar, exactamente lo contrario de lo afirma. O dice.

Con una bonhomía que cualquiera da por cierta, Moreno habla de caballerosidad, de buenas maneras, de diálogo, de aversión a la guerra sucia. Lo dice con ese tono condescendiente capaz de franquear cualquier resistencia. Con el mismo tono riega en el camino de su contrincante minas letales: acusó, por jemplo, a Lasso de haber contratado expertos extranjeros en guerra sucia. Dice que son dos y que si se quiere él da los nombres. Pero no los da. Todo es tan natural en él: decir, por ejemplo, que entregaría las cuentas, para muchos chuecas, de su fundación. Tampoco lo ha hecho. Moreno actúa como si fuese experto en pasar de agache y dejar que otros tiren la piedra, limitándose a agravar el efecto de la pedrada. Ejemplo: el gobierno endosa a Guillermo Lasso la actitud de unos ciudadanos que insultan a Manabí. Moreno no desautoriza el montaje del gobierno ni condena a los grupos que violentan sedes de CREO o del Banco de Guayaquil. Se une une al coro: “Manabí se respeta, carajo!”

La misma actitud adoptó frente al CNE, a sabiendas de que las cifras no le daban para ser presidente en la primera vuelta. Nada caballeroso, como reclama que sean sus contrincantes, se adhirió a la estrategia torcida del gobierno y escribió en su cuenta de Twitter: “la posibilidad de ganar en la primera vuelta sigue intacta”. Igual a Correa.

¿Moreno es diferente en algo de fondo a su líder y al modelo que instauró? No se sabrá en esta campaña. No hay diferencias y hay que concluir que fue asimilado totalmente. O que siempre fue el espejo de la Revolución Ciudadana. Qué más da. Usa toda la logística del Estado, pero finge no hacerlo. Tiene juez propio, pero recita el discurso del fraude al revés inventado por el aparato de propaganda. Sabe que hay corrupción y que Jorge Glas está empantanado, pero se dedica a lavarle la cara. Habla de diálogo y concertación, pero acepta y participa en el operativo de odio del gobierno para que Manabí y Esmeraldas abominen a CREO y al banco de Lasso. Sabe que hay graves problemas económicos y que las cifras del gobierno están trucadas, pero él habla de la Misión Manuela Espejo. Sabe que el presupuesto del Estado que deja su gobierno es insostenible, pero ofrece más dádivas y bonos populistas…

¿Quién es realmente Lenín Moreno? Ya no importa. Moreno desapareció –como ocurrió con Augusto Barrera– ante el tutelaje y la hiperactividad de Rafael Correa. A tal punto que le ha tocado decir –y reiterar– que si llega a la presidencia, él le hará respetar su mandato, como él ha respetado el suyo. Su candidatura, lejos de ser la promesa de un cambio, causa hoy la sensación de mandado, de pieza de un mecanismo manejado por otro, de instrumento. La candidatura de Moreno termina confirmando lo que, desde el inicio, quiso negar: que es más de lo mismo, con los mismos, para hacer lo mismo con el mismo.

Los revolucionarios que aman más su billetera que a los pobres

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Captura de pantalla 2017-02-24 a las 9.30.01 a.m.

La estrategia del correísmo para la segunda vuelta ya está definida: el odio a los ricos. Por supuesto, el régimen lo enfoca en Guillermo Lasso, atacado por ser banquero, firmar un voluminoso cheque de impuestos, tener avión y, ya mismo, vivir en Samborondóm. A ese perfil, Correa, Moreno, Glas, Serrano, Aguiñaga y los otros agregan una retahíla que va a cumplir 18 años: el feriado bancario. Lasso, según la prédica oficial, participó y se benefició del congelamiento de depósito que Jamil Mahuad decretó el 8 de marzo de 1999.

Todo esto compone, por ahora, el discurso que el poder cocina a fuego lento contra el candidato de CREO. Ese panorama se antoja reiterativo y, en parte, conforme al catecismo que Hugo Chávez usó en las barriadas para salvar la presidencia. Se trata, como hace el barrefondo bronceado que limpia el fondo de los ríos, de pescar los votos de los descamisados (en el argot peronista); aquellos ciudadanos que nada esperan del sistema.

Apostar al odio de los ricos, aquellos que usan Chanel como dijo Marcela Aguinaga, es una arma de doble filo. Es verdad que hay franjas inmensas de pobres y una explotación política de esa chusma, como la llamó Velasco Ibarra. También es verdad que el oficialismo ha puesto el ojo en Manabí y Esmeraldas donde gracias a los impuestos votados tras el terremoto, ha hecho una labor populista sin precedentes. Pero también es cierto que Ecuador tiene millones de emigrantes que han ido a Estados Unidos y Europa. Ellos y sus familias aquí saben que es el trabajo y no el odio social lo que saca a los países adelante. Además, más del 90% de la composición empresarial del país tiene origen familiar y el 51% de la mano de obra empleada trabaja en esas empresas. El propio correísmo, que gozó de largos años de bonanza, aupó la llegada de nuevos segmentos a las clases medias.

No se conoce, por supuesto, a ciencia cierta, qué efectos tendrá esta campaña de acusar a Lasso de ser rico, pues es un hecho que lo es. Parece más rentable ligarlo al feriado bancario, aunque ya empiezan a aparecer las fallas de esa acusación: León Roldós dijo ayer, en Radio Democracia, que si eso fuese verdad, ¿por qué nada hizo este gobierno que estuvo diez años en el poder? ¿Y por qué Banco de Guayaquil tiene una de las más altas calificaciones, triple A, dadas a los bancos en el sistema financiero? Lo que es cierto, como lo probó Marcela Aguiñaga en su intervención registrada en este video, es que llamarlo rico no es un insulto personal: es un mensaje envolvente (contra los ricos) destinado a viajar en el imaginario de un electorado que –según los cálculos del oficialismo– ya archivó toda expectativa en el campo económico. ¿Eso basta para ganar? ¿O el correísmo puede estar produciendo un choque de trenes en su propio electorado?

Los señalamientos de banquero y de rico no han impedido que Lasso sume 23% en su primera candidatura presidencial y 28% ahora. Acusarlo de pagar millones de dólares de impuestos, le permitió revertir el argumento, pues mostró que Lenín Moreno no ha pagado impuestos durante algunos años. El feriado bancario no es una acusación nueva: Lasso recordó que renunció al cargo de ministro, tras haberlo ocupado apenas 38 días, porque Jamil Mahuad no acogió su propuesta de recomprar la deuda externa al 7% a su valor nominal. Eduardo Valencia de la comisión creada, en este gobierno, para investigar responsables del feriado bancario ha sido enfático en que Lasso nada tuvo que ver. En cuanto a Lasso pelucón es un cuento que ya se ventiló en la campaña de 2013: Lasso contó que Correa conoce incluso su casa porque dos veces fue a pedirle dinero para su campaña en 2006.

¿Ser rico y banquero jugará sobre manera en la campaña o mas bien muestra la indigencia argumental y la miseria política a la que ha llegado el correísmo? Sebastián Piñera llegó a la Presidencia de Chile y los chilenos sabían que, en ese momento, su fortuna bordeaba $1200 millones. Mauricio Macri tiene menos (hizo hace poco un fideicomiso ciego de $53 millones) y sin embargo ganó en Argentina al Kirchnerismo. Pedro Pablo Kuczynski , en Perú, también confesó ser millonario. Y hoy es Presidente.

No parece, entonces, que ser rico sea castigado por estas sociedades. Peor aún cuando esas fortunas, fruto del trabajo de décadas, se comparan con la voracidad de gobernantes como Chávez, los Kitchner o algunos aquí que empiezan a aparecer con dinero hasta en los techos de sus casas. Paradójicamente, Lasso pudiera encarnar, en ese campo, el perfecto sueño ecuatoriano. Un hombre que ha trabajado desde su adolescencia, no pudo, por ello, ir a la universidad y logró un éxito económico. Si el modelo que cubre el sueño correísta es la Venezuela miserable de Chávez, es posible que la propaganda correísta tenga el efecto de un bumeran. Kirchner amaba a los pobres, pero más amaba las cajas fuertes. Chávez decía que ser rico era malo, pero en 2013 el cálculo de su fortuna sumaba $530 millones de dólares. Un cálculo que estaba lejos de la realidad, pues en 2015 se supo que María Gabriela Chávez, su hija, tiene $4.197 millones de dólares en cuentas en Andorra y Estados Unidos. La hija del hombre que amaba a los pobres es hoy la mujer más millonaria de Venezuela.

Alianza País erige en tesis política el odio a los ricos como si durante diez años muchos de sus jerarcas no hubieran dado pruebas de enriquecimientos inexplicables. Y como si esos mismos jerarcas, convertido en nuevos ricos, no hubieran sido pescados de shopping en Estados Unidos o en Europa, durmiendo plácidamente en primera clase, exhibiendo sus casas y yates y mostrando sus vestidos, cadenas y relojes de marca. Esos son los revolucionarios que aman a los pobres.

Foto: diario El Universo

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