Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

3. Chernóbil: la vida después del punto final

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1997: Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil, Editorial Debate, Bogotá, 2015, 408 páginas.

La explosión de la central atómica de Chernóbil, en el norte de Ucrania, ocurrida el 26 de abril de 1986, tuvo efectos más devastadores que la Segunda Guerra Mundial. En Bielorrusia, una de cada cinco personas vive en zonas contaminadas por la radiación. Ellas son actores y testigos de una historia que concierne a toda la humanidad.

Los testimonios recogidos en el libro La guerra no tiene rostro de mujer son ciertamente dolorosos y conmovedores: hablan de una realidad, la guerra, en la que toda experiencia está atravesada por la proximidad de la muerte. Pero la guerra, por monstruosa que sea, tiene un final. Y cuando la guerra acaba, el sufrimiento que trajo consigo cobra sentido: las mujeres soldado que salieron con vida de ese infierno, aun las que lo perdieron todo, quieren recomenzar y ser felices, quieren amar y tener hijos, quieren vivir. Los protagonistas de Voces de Chernóbil no tienen esa suerte. Para ellos, simplemente, no hay futuro. Sólo hay esterilidad y muerte, muerte que se adhiere a todo lo que toca. Para ellos el amor es un castigo y cada hijo, una maldición. Para ellos y para su improbable descendencia hasta el fin de los tiempos.

Voces de Chernóbil, escrito diez años después del mayor desastre nuclear de la historia, es el libro más devastador de nuestro tiempo. Acaso el más importante. Es el primer gran relato del post apocalipsis: la era de las catástrofes globales irreversibles. Nuestra era. “Chernóbil –dice la autora en el único capítulo en que habla con voz propia– ha ido más allá que Auschwitz y Kolimá. Más allá que el Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada”. Y también: “Ahora ya no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso. ¡La vida será maravillosa! Hemos perdido ese futuro”.

Medio centenar de testimonios ponen al lector en contacto con lo inimaginable. Un mundo donde la naturaleza se ha vuelto mortalmente tóxica (“tengo miedo de la lluvia”, dice un sobreviviente) y lo seguirá siendo por los próximos 300 mil años, que en escala humana es como decir: por toda la eternidad. Un abismo metafísico. La cultura, los conocimientos acumulados a lo largo de la historia caducaron de la noche a la mañana. Una profesora de literatura lo experimenta como una derrota: Homero, Shakespeare, Cervantes…, sobrevivieron a las guerras, a los desastres y a las revoluciones a través de los siglos. No a esto. Después de Chernóbil, dice, los clásicos no tienen nada que decirnos, no sirven para nada. ¿Tengo que seguir enseñando Tolstoi –se pregunta– a la generación del fin del mundo? ¿Para qué? Y una maestra rural constata: había una cultura antes de Chernóbil pero no hay una cultura después de Chernóbil; no tenemos ideas, no tenemos pensamientos que sirvan para entender esto.

Soldados que fueron enviados a limpiar y a sellar la central nuclear a días de producida la explosión y se expusieron a dosis masivas de radiación; viudas, huérfanos, personas evacuadas y otras que eligieron quedarse; ingenieros, técnicos, científicos; campesinos, maestros, intelectuales, políticos y artistas; amantes, activistas, personas ordinarias… Alexiévich pone ante el lector un coro de voces desgarradoras que representa a la humanidad ante la tragedia de un futuro para el cual nadie está preparado. Y para hacer aún más abismal el contraste entre un siglo de utopías políticas y sociales (el siglo XX) y la contemporaneidad sin futuro ni esperanza que inaugura Chernóbil, se encuentra la farsa soviética como trasfondo de la historia. Ese modelo totalitario que uno de los testigos describe como una mezcla de cárcel y jardín de infantes. El torpe espejismo de un Estado criminalmente convencido de su capacidad para controlarlo todo, incluso al átomo; que prohíbe la difusión de la información científica y envía a miles de personas a la muerte; que juega con el señuelo del heroísmo y manipula voluntades; que valora más los procedimientos burocráticos que las vidas humanas; que hace la vista gorda ante la corrupción y permite el reciclaje de alimentos radioactivos; que cree que lo puede tapar todo.

Un escenario surrealista e incomprensible, una borrachera permanente de alcohol y miedo, una desesperanza sin remedio. Y la muerte por todos lados, en cada brizna de hierba, en cada gota de leche, en cada fruta. En cada juguete, en cada niño. En tiempos de calentamiento global y catástrofes ecológicas irreversibles, la historia de los hombres y mujeres de Chernóbil es, como reza el subtítulo de este libro, una crónica del futuro. De nuestro futuro.

Svetlana Alexiévich, la documentalista del terror

La verdad oficial desmontada con voz de mujer, por Martín Pallares

Biografía de la ruindad humana, por José Hernández

1 Comment

  1. «Ese modelo totalitario que uno de los testigos describe como una mezcla de cárcel y jardín de infantes. El torpe espejismo de un Estado criminalmente convencido de su capacidad para controlarlo todo.»
    No hay mejor epitafio para los criminales aparatos socialistas.

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