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Pacayacu: el rabo de paja del correísmo

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Los discursos del correísmo son camaleónicos. Se mimetizan al momento. Se acomodan a la propaganda. Se divorcian de la consistencia y de la integridad.

Sucedió con la eliminación de la tercerización laboral. La consigna fue que esta forma de contratación, reconocida como válida por la OIT, precarizaba la relación de trabajo de los crueles empleadores privados. Pero se mantuvo vigente para el benévolo y cándido empleador público.

Sucede con la abundante deuda. En los albores del gobierno se trajeron un prontuariado argentino para que denuncie la deuda ilegítima. Enfilaron a la fiscalía a expresidentes y exministros. En peores condiciones de plazo y tasa de interés se ha endeudado al Ecuador, al nivel de tener, en valor absoluto, la deuda más alta de la historia. En el doble estándar, en la doble moral del correísmo esta deuda inmoral, no es ilegítima.

Sucede con el discurso ambientalista. Sirve para la promoción externa y la propaganda. Sirve para traer famosillos a que se enloden la mano en una piscina de brea. El montaje publicitario es en apoyo a una jugosa pretensión indemnizatoria de 9 mil millones de dólares. Enfrentarse mediáticamente a Chevron es rentable por el lado que se lo mire. La “mano sucia”, que alude a los daños ambientales de la explotación petrolera del Consorcio Cepe-Texaco, engaña, sobre todo en el exterior, para mostrar al correísmo en epopéyica lucha por el medio ambiente contra un Goliat transnacional.

Sucede con Pacayacu. Con los pobladores de la cooperativa Cristóbal Colón, Golondrinas, San Rafael que peregrinan ya por diez años, procurando que PetroAmazonas repare daños ambientales y los indemnice reparando los perjuicios patrimoniales y humanos derivados de derrames y otros fallos contra el medio ambiente. Aquí no hay montaje publicitario de mano enlodada. No es tema de sabatina.

Hace poco una sentencia de la Corte Constitucional,de cuya dependencia hay evidencia abundante, dio fin judicial a un recorrido por cortes y tribunales que ha resultado infructuoso para los pobladores de esas zonas. El daño existe. Al ambiente y a las personas. La obligación de reparar existe. La diferencia es que el contaminador es una entidad estatal. No es privada. No es transnacional. Y los reclamantes no sirven como material de propaganda.

Hasta aquí debe quedar claro que hay una ética maleable de burócratas y políticos con largos rabos de paja que han quemado su credibilidad. Si la contaminación ambiental es producida por una empresa privada, mala empresa privada. Si el contaminador es la empresa estatal; pobretean al Estado y lo eximen de sus responsabilidades.

Si los daños existen, ¿por qué esperar una larga lucha judicial para convenir en formas de reparación e indemnización? ¿Cuánto ha costado a los pobladores en tiempo, en dinero, en vida, la búsqueda de una reparación? ¿Es moralmente justificable que el gobierno de Correa, que en diez años en los que ha gastado mucho dinero en mostrarse implacable contra Chevron, no haya promovido alguna solución al drama de Pacayacu?

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