¿Escribir o callar?

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Cuando se produjo el terrible terremoto que destruyó la ciudad de Lisboa la mañana del 1 de noviembre de 1755, Voltaire escribió su famoso poema sobre el desastre de Lisboa. Rousseau, lo recibió y contestó con una célebre carta. Eran tiempos, donde los filósofos trataban de explicar y entender los misterios de la vida, la tragedia y la muerte.  El sábado 16 de abril del 2016, la República del Ecuador fue duramente golpeada por un terremoto que, hasta la fecha en que escribo este artículo, ha dejado más de quinientos muertos, y miles de heridos. Lo primero que advierte Voltaire en su poema, a juicio de Alexis Philonenko, uno de sus intérpretes, es: «..que es fácil buscar la causa del mal cuando se está tranquilo, pero si las cosas cambian, no hay razones que consuelen. Por tanto, el primer deber entre los que sufren no es ser sabio, sino humano y callarse».

Los primeros versos del poema de Voltaire dicen:

¡Oh desdichados mortales, oh tierra deplorable!

¡Oh espantoso conjunto de todos los mortales!

¡Eterna conversación sobre dolores inútiles!

Filósofos errados que gritáis: «Todo está bien»;

Corred, contemplad esas horribles ruinas,

Esos restos, esos despojos, y funestas cenizas,

Esas mujeres, esos niños, unos sobre otros apilados,

Esos miembros dispersos, bajo mármoles rotos;

¡Cien mil desventurados que la tierra devora,

Que sangrantes, desgarrados, y aún palpitantes,

Enterrados bajo los techos, terminan sin auxilio,

En el horror de los tormentos, sus lamentables días!

Al leer todo el poema, Rousseau contestó al autor: «Volviendo a vuestro asunto de Lisboa, admitid, por ejemplo, que la naturaleza no reunió ahí las veinte mil casas de seis a siete pisos, y que si los habitantes de esa gran ciudad se hubieran distribuido de un modo más uniforme, y se hubieran alojado debidamente, la catástrofe hubiera sido menor, e incluso nula».

Mientras releía los versos y la carta, y me planteaba el tema de mi columna de esta semana, la disyuntiva fue: escribir o no.

Resolví hacerlo. Bien podría usted lector dejar este artículo para leerlo más tarde o quizá nunca por inoportuno. En todo caso, asumiendo que nadie lo leerá, voy a desahogarme no con petulante crítica sino en una especie de catarsis.

El temblor me sorprendió en casa, solo. Recostado leyendo los chismes del Twitter. Con teléfono en mano sentí el remezón, por eso ese tuit mío cargado de obviedad: ¡Temblor! Uno escribe a veces simplemente para acompañar el miedo. La cosa no paró y los gritos de los niños y las vecinas hicieron más largo el movimiento. Ventanas, lámparas, todo en vibración como campanas del desastre. Cuando paró el sismo, hice algo que no se debe hacer. Salí. El Instituto Geofísico anunció inicialmente un movimiento telúrico de 6.9 grados pero la BBC anunciaba ese mismo instante que la fuerza era de 7.5 en la escala de Richter. Las noticias circulaban en redes. Se cayeron las comunicaciones por celulares. Una vez que me calmé, subí nuevamente a casa y prendí la televisión para saber qué había pasado realmente. No había nada en la televisión abierta. Nada.  No obstante las cadenas internacionales tenían información e imágenes en tiempo real.

Un par de horas después, la primera intervención del vicepresidente Glas, hablaba de 16 muertos. El alcalde de Manta sostuvo que eran solo daños de mampostería. La noche del sábado 16 de abril, en pleno siglo XXI, el Ecuador, salvo las zonas de desastre, se durmió sin saber exactamente el alcance del terremoto.

Al día siguiente se activó la solidaridad ciudadana. El Ejército no tomó el control de muchas zonas sino después de cuarenta y ocho horas. Pero al final de cuentas lo hizo que es lo que importa.

¿Por qué abrí este artículo con los versos de Voltaire y la respuesta de Rousseau? Porque en ellos está resumido todo lo que pienso sobre este tema, escrito hace doscientos sesenta y un años.

Para finalizar, solo quiero citar lo que me dijo un amigo al que llamé para pedir apoyo para una donación que un grupo de personas llevó a la provincia de Esmeraldas, donde Muisne, Chamanga y otras poblaciones quedaron desoladas y que, lamentablemente, están en segundo plano: «No me des las gracias. Nadie debe dar más las gracias que aquellos que tuvimos la buena fortuna de que nada nos pasó. Dar, es expresar esa gratitud al Dios en el que creas».

Recuerden que en medio de esta tragedia: «debemos ayudarnos a llevar nuestras cargas, en vez de enfrentarnos como presos que combaten con las cadenas que les atan».

Como decía San Agustín: «Es necesario que el alma vaya en pos de algo para que pueda nacer en ella la virtud». Virtud que, dicho sea de paso, estábamos perdiendo todos en medio de odios enfermos.

Un fuerte abrazo.

11 Comments

  1. Excelente doctor!!! Ni miré la fecha, ante semejante artículo.

    Gracias por escribir y no callar, pocas son las voces que siguen elevándose y enfrentándose a la fuerza insostenible del huracán!!!

    • Ecuanimidad y reflexíon válidas en circunstancias de enorme dolor nacional.
      » Virtud que, dicho de paso , estábamos perdiendo todos en medio de odios enfermos »
      Ojalá lo leyera el Sr. José Hernandez

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