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Correa sin público es un actor mediocre

lectura de 7 minutos

Si alguien tenía duda de que la sabatina es un show, lo mejor es que mire la versión 476. La de hoy 21 de mayo, transmitida desde Quito. Correa sin público es un actor mediocre. Se le siente tan aburrido como cajero de peaje. Se le ve ausente, perdido en un libreto que, de por sí, es una fanesca. Este sábado estuvo tan incoherente, tan reiterativo que él mismo reconoció haber “saltado de un lado para otro”.

No solo le hace falta el público. También las canciones. Las cortinas con veneno que prepara la Secom. Esas voces ponzoñosas que cada sábado arreglan cuentas con sus enemigos supuestos. Su Mashi-traductor. Correa sin público es un actor castigado. Un comediante huérfano. Un star que extraña el set de cámaras, la consola de edición, el espectáculo. Lo extraña tanto que se siente tentado de acortar el monólogo. Y lo dice. Pero la tarima lo vence: 201 minutos hoy.

Con las cámaras fijas siempre sobre él, se le siente incómodo, escrutado, estático. Ladrilludo. Obligado a ser actor y presentador de sí mismo. Constreñido, sin aderezo alguno, a verse desfilar por albergues oficiales para los damnificados (la misma toma, en el mismo marco), abrazando niños, besuqueando abuelas y chicas, apretando manos, entrando y saliendo de carpas y containers, deambulando por terrenos baldíos… Se ve en cámara, se imagina en otra parte y muta en director de producción: pide las fotografías que contrastan el antes y el después, ciertas tomas… que nadie encuentra.

El enlace de hoy debía ponerlo de nuevo en su salsa. Pero las réplicas del terremoto –dice él– alteraron los planes. Y helo ahí, cual busto parlante, deconstruyendo su show, mostrando la insustancialidad pública de un evento que necesita para autolegitimarse. Y lo reconoce. “Sin las sabatinas –dice– no estaríamos aquí”. Sabatina como sinónimo de mala fe. Porque el Presidente no dice –decencia política obliga– lo que el país está haciendo con los damnificados Eso lo hace su gobierno. Lo hace él.

Él, ellos, están haciendo magníficos albergues oficiales. Y las voces ponzoñosas desgranan la lista de servicios de estos albergues cinco estrellas. Ellos harán casas de diez mil dólares para los damnificados que estén debidamente censados. Ellos han creado incentivos para los damnificados y las familias que los acojan. Esos planes suenan razonables. Pero Correa y las voces ponzoñosas que acompañan los videos, son tan infieles a la realidad que diluyen hasta sus logros. Dicen sin empacho que eso lo hace su gobierno, como si fuera su plata, como si de por medio no hubiera impuestos que sumarán –según el cálculo presidencial– $1.100 millones y empréstitos que el país tendrá que pagar. El país, no Rafael Correa. Ni sus voces ponzoñosas. Ni Alianza País.

Sin público ni parafernalia, Correa no solo es fiel a sí mismo: es peor. Porque en vez de aceptar –el terremoto debía haberle abierto los ojos– que este país es pequeño y vulnerable y no tiene plata para todo; en vez de eso, restriega en la cara de sus enemigos supuestos cada obra hecha (con la plata del país, no la suya), con una arrogancia tan pueril como aterradora. Lo hizo a propósito del tramo de agua potable que tendrá Durán. Lo hizo al hablar de obras en Cojimíes. O en Pedernales. Lo hace a propósito de la reconstrucción de un Mercado de Mariscos. Y pide que le muestren cómo era y cómo quedó. Todo hecho por su gobierno, en tiempo récord. Como si la plata de los impuestos y las deudas contraídas no fueran para eso.

No solo hay arrogancia y apropiación indebida para su partido de obras que el país paga con la plata de todos. Hay una dosis de falsa candidez, pésimamente administrada, cuando se refiere, por ejemplo, al Cerro Las Cabras: asegura que ganará la guerra al microtráfico y al narcotráfico. De hecho, ya da por desmontada esa realidad en ese cantón de Durán. En México o Colombia podrían contarle qué tan lejos pueden estar sus declaraciones de la realidad.

La misma actitud ditirámbica caracteriza lo que dice de Yachay que ya “se encamina –dice– a ser la mejor universidad de Ecuador y una de las mejores del mundo”. Y trae al rector, un ciduadano que no habla español y que dice que Yachay ha reclutado líderes académicos, brillante estudiantes y que tiene 94 proyectos de investigación y 40 artículos publicados. Correa lo corrige. Y bueno, tras una cosa y otra, quedan en 48. Todo esto porque Yachay figura en la revista Nature. Y nunca mostró la prueba de esta vacua y mentirosa ostentación. Porque es inmoral engañar al país de esa forma, haciéndole creer que Yachay ya hace parte de las grandes universidades del mundo.

Es tan inmoral como desnaturalizar el debate sobre el gasto público, que es un cosa, y sobre el despilfarro de este gobierno, que es otra cosa. Es indecente intelectualmente el Presidente cuando dice que aquellos que lo critican por el derroche, no quieren agua potable en Durán. Lo dijo en la sabatina. También dijo que aquellos que lo tildan de dictador lo hacen porque no quieren que combata el microtráfico. También dijo –y eso también es retahíla– que aquellos que critican la sabatina por su costo, consideran que esos miles de dólares son los que causan la crisis económica del país.

La sabatina no solo es costosa. Es la tarima donde mejor se exhibe lo que puede llegar a ser la política cuando se desvincula del sentido común, la ética pública y la decencia intelectual. Es la tarima donde el Presidente inventa hasta palabras (optimalidad, dijo) y comete errores cuando habla: dice “En base a”, en vez de “Con base en”… Detalles, pero conciernen al presidente obsesionado por la ortografía… y por la lengua.
Esta versión de la sabatina, con un Presidente castigado y más envenenado que nunca, parece que acabará en quince días. Hoy mostró la cancelación del contrato con el productor del show, le prometió trabajo en la campaña electoral y pasó la tarima al terreno de los nuevos sponsors… 

Foto: Presidencia de la República.

28 Comments

  1. Lo ha desctito tal cual es, con elegancia, respeto pero con la verdad. Hay un versícul bíblico en Eclesistés 3 que dice: «todo tiene su tiempo» de allí, pienso yo, viene el dicho popular: no hay mal que dure 100 años. Siga adelante. Felicitaciones. Dios lo bendiga.

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