Cómo recordar u olvidar el correato

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La memoria es una parte integral de la política, aunque no estemos muy conscientes de ello. Para un actor político, la existencia de una memoria positiva de sus cualidades y gestión cumplida constituye un capital político. Claro, que este capital político puede erosionarse tan rápido como se construye, porque sus adversarios no tardarán en formular memorias que contradicen aquellas que este cultivó cuidadosamente.

El correato, por ejemplo, construyó, desde un inicio, un relato histórico que lo legitimaba; y al final de sus diez años hizo todo lo posible para que se lo recuerde como un régimen singularmente exitoso que transformó al país. No obstante, no logró fijar en la mayoría de los ecuatorianos esa memoria positiva. Lenín Moreno, en su intento de diferenciarse de Correa y des-correizar el Estado, propuso una contra-memoria del decenio correísta, que presenta la década correísta como un momento tan oscuro como supuestamente lo había sido la “larga noche neo-liberal”.

Desde 2007, el correato se presentó a sí mismo como el heredero de la revolución alfarista. Correa, como los reyes de la Edad Media, armó una genealogía familiar que lo conectaba biológicamente con su modelo: Alfaro. El mamotreto de la nueva constitución, asimismo, se produjo en Montecristi, “la cuna de Alfaro”. Ahí el correísmo construyó un monumento, Ciudad Alfaro, que asimilaba la “refundación” del país en 2008 a la fundación del Ecuador moderno en 1895.  No importaba si en sus contenidos el correísmo tuviera poco o mucho que ver ideológicamente con el alfarismo. Lo importante era envolverse en el mito de una revolución consagrada en la memoria nacional para justificar una nueva revolución.

A vísperas de concluir su último periodo presidencial, Correa buscó fijar una vez por todas, una memoria positiva de la década correísta; memoria en la que él aparecía como un estadista e único intérprete de la voluntad popular. El museo que él mismo hizo armar en Carondelet servía este propósito. Representaba a un timonel sabio y enérgico a quien llovían reconocimientos de todo el planeta, como también agradecimientos de su pueblo.  Asimismo, la consigna de la “década ganada” intentó grabar en nuestras memorias la imagen resplandeciente de una época de “bien vivir”. Esta memoria era estratégica: obligaba, en teoría, al renuente Lenín Moreno a mantener el curso establecido por Correa y allanaba el terreno para el pronto retorno del “sabio economista” en caso de que Lenín Moreno se desviara del sendero correcto.

Lenín Moreno, al asumir el poder, reconoció el imperativo estratégico de desmantelar esta memoria celebratoria. El museo rápidamente fue consignado a quién sabe qué bodega. Luego, a través de pronunciamientos y mediante la campaña anti-corrupción, Moreno labró una contra-memoria de la década correísta en que esta aparecía como una época de corrupción, despilfarro y represión. Esta memoria no fue difícil construir: había abundante materia prima para alimentarla. Luego, en estos días, Lenín Moreno declaró como la “historia oficial” del país a la “Nueva Historia” editada por Enrique Ayala Mora. Escritos en los años 80, sus quince volúmenes, elogian la lucha social, pero evidentemente no hacen referencia a Correa. No obstante, al consagrar este relato histórico como la “historia oficial” del país, Lenín Moreno reveló sus propios orígenes políticos en la extrema izquierda: solo los regímenes totalitarios tienen historias oficiales.

Pero vale preguntar ¿ha calado la memoria negativa u olvido del correato en todos los segmentos de la población?  Como indican las encuestas, sigue habiendo un porcentaje importante del electorado, aunque minoritario, que mantiene una nostalgia del decenio correísta. Para que la memoria positiva del correato se desvanezca completamente no hace falta solo criticar el mito correísta, sino reemplazarlo con un proyecto que genere esperanzas en un futuro mejor.  Cuatro años es muy largo para un mero gobierno de transición. Si Lenín Moreno no logra fijar un curso claro, especialmente en el manejo económico, que es la preocupación principal de la población, las consecuencias pueden ser graves. O se profundizará la desesperación nihilista o una proporción mayor de los ecuatorianos añorará la prosperidad (ilusoria) y el liderazgo (autoritario) de la “revolución ciudadana”. Qué Correa esté impedido legalmente de regresar, desafortunadamente, no lo anula políticamente. El fenómeno del “gran ausente” es recurrente en la historia política.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

4 Comments

  1. Creo que las obras hablaran por Correa mientras duren y en el hanbiente flotara la pregunta obia que es: Si se robo el dinero con que dinero hizo tantas obras??.

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