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¿Retorno de la etno-política?

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Francis Fukuyama, el filósofo político norteamericano, es una de las voces más conocidas en el debate público estadounidense y global. Irrumpió en la escena a principios de los años 90 con su libro El fin de la historia y el último hombre. Fukuyama, entonces, interpretó la conclusión de la guerra fría como el fin de la conflictividad y de la búsqueda histórica del esquema óptimo de organización socio-política. El liberalismo se había convertido en el único sistema posible porque satisfacía tanto el anhelo de la prosperidad como la necesidad de reconocimiento de la dignidad individual. La tesis de Fukuyama parecía indiscutible en medio del auge de la globalización post-guerra fría, hasta que Septiembre 11, 2001 reveló que la historia no había concluido, y que la disputa entre múltiples formas de vida ahora contraponía a tradiciones culturales.

En un nuevo libro Identidad: la exigencia de dignidad y la política del resentimiento, Fukuyama admite que la conflictividad no ha desaparecido y que ahora las disputas son por las afirmaciones identitarias. Siguiendo a los filósofos antiguos, Fukuyama denomina el anhelo de reconocimiento como thymos e indica que es uno de los impulsos más profundos del espíritu humano. Con base a este impulso, la persona exige respeto a su dignidad o la de la colectividad a la que pertenece. Fukuyama recorre la aventura del concepto de identidad que es la versión moderna de thymos. El concepto de identidad tomó forma en la disciplina de la psicología y luego fue apropiado por los movimientos a favor de los derechos de los negros en EEUU.  En la actualidad, la disputa por la identidad se ha generalizado y las identidades en pugna se refuerzan mutuamente.

Fukuyama no se equivoca.  Pensemos en la lucha entre terrorismo islámico y populismo derechista en Europa; el rechazo visceral de Trump a los migrantes latinos frente al multiculturalismo de los demócratas; o el resurgimiento de potencias, que de manera tácita o abierta han recuperado sus tradiciones culturales. China, que mezcla la herencia confuciana con el autoritarismo leninista y Rusia, que se inspira en su legado imperial cristiano-ortodoxo.  Para neutralizar este auge de afirmaciones identitarias, frecuentemente antagónicas, Fukuyama recomienda de manera poco convincente reactivar la receta liberal, que consistiría en la identidad cívica nacional. Esta reintegraría a los ciudadanos, que se encuentran divididos, en torno a una comunidad basada en valores democráticos, lo que haría posible la convivencia dentro y entre naciones. No obstante, el nacionalismo cívico que propone Fukuyama es insuficiente para satisfacer la necesidad de pertenecer.  Vemos cómo la Unión Europea se está transformando en una pluralista “Europa de las naciones”.

Vale reflexionar sobre la pertinencia del nuevo libro de Fukuyama para América Latina y Ecuador. ¿Existe la política de la identidad, la etno-política, en nuestro contexto? La respuesta en el caso ecuatoriano es que no parecería estar entre los grandes temas políticos: la lucha anti-corrupción, la necesidad de afianzar la democracia liberal o la liberalización de la economía. Ecuador, al parecer, está viviendo una reafirmación del liberalismo político y económico y no una proliferación de disputas identitarias.

No obstante, las luchas identitarias no han sido ajenas a nuestra política. Hace escasos veinticinco años la etno-política era clave en el país. El movimiento indígena y de manera menos visible los afro-ecuatorianos lucharon por la incorporación al sistema político, invocando el principio de la “plurinacionalidad”. Recordemos las movilizaciones de 1992 que protestaron contra la invisibilidad política de los indígenas. La etno-política condujo a la Constitución de 1998, que reconoció los derechos colectivos indígenas.  Posteriormente, el correísmo subsumió a los indígenas en una “ciudadanía” popular contrapuesta a los “pelucones”.  Ello generó tensiones entre el correato y un movimiento indígena debilitado que seguía reafirmando la plurinacionalidad. Con el fin del correísmo, se ha reactivado la etno-política. En las últimas elecciones seccionales, Pachakutik revivió a nivel nacional.  Incluso en la ciudad de Quito, los sectores populares eligieron como alcalde a un empresario mestizo de origen indígena para un cargo tradicionalmente ocupado por notables o intelectuales identificados con la élite del centro-norte de la urbe.

La deriva identitaria de la política en el mundo no es pasajera. Irónicamente, es el alter-ego de la globalización, que al convertirnos en nómadas, intensifica nuestra ansia de pertenecer.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

2 Comments

  1. Parece que el problema solo fuera de los indigenas, pues el mestizo se siente parte de la cultura blanca y se separa de lo indigena diciendo que esa es de ellos, cuando en la practica somos mas indios, al tener un origen indio, al vivir en territorio indio, al tener la energia de los andes en nuestras celulas, aunque pensamos como blancos liberales por la imposicion cultural, ni siquiera pensamos como los blancos europeos que buscan sus raices indigenas milenarias, como la céltica o ibérica o germana, y que con ellos hay muchas similitudes. Cuando se estudia lo Celta es muy similar a lo Inca, y a los Ubuntu del Africa, y a todos los pueblos milenarios de Asia y del mundo en general. Esa es la identidad esencial, entre la indigena compenetrada con la naturaleza y la patriarcal que rompio con ella. Buscar la identidad en el color de la piel es un absurdo. Los no-blancos son acomplejados y buscan blanquearse fisica y epistémicamente, fruto del racismo identitario impuesto por las monarquias y el monoteismo occidental.

  2. …y el comportamiento humano, cíclico por naturaleza, inicia y termina cada vez que puede un nuevo cliclo y lo repite con errores incluidos. Quizá sea por la necesidad de vivirlo de nuevo en carne propia ya que la sabiduría ancestral no alcanza o porque las frivolidades intentan ocupar vacíos muy bien diseñados.

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