Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

No convertir la justicia en cadalso

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Los gobiernos, en general, le han dado poca atención a convertir al sistema educativo de formador en informador, para que niños y jóvenes adquieran la destreza de la crítica racional y no se formen en una lógica aborregada vaciada de valores. De la educación se han preocupado de construir escuelas, en donde hay comisiones; de incrementar salarios y enfrentar al sindicato de «maestros». Permanece intocada la atávica característica cultural de convivir con la corrupción a la espera que llegue el turno para que algo caiga. En realidad, la mayoría de personas que deciden involucrarse en la política lo hacen por algún sentido utilitario; o sea algo de poder se busca, grande o chiquito, para que recojan del suelo el maná que cae desde el cielo de la corrupción. Este rasgo cultural se ha ido acentuando.

En los gobiernos antes del correísmo hubo corrupción. De esos tiempos se recuerdan casos, digamos uno o dos por cada gobierno y aquellos que no tuvieron sanción judicial, recibieron sanciones políticas. El más grave episodio, el feriado bancario, no significó que el Presidente de ese momento o sus ministros hayan sido procesados porque se robaron dinero, cobraron comisiones o sobreprecios. Sobre ese período se puso una lápida y se refundó el país en manos de quienes resultaron la peor gavilla de ladrones de la historia. Correa estilizó las formas, creó condiciones estructurales para la corrupción y más para la impunidad, para que el reinecillo en el que quería mandar como monarca dure por siempre bajo su control. Pero la corrupción apesta y a pesar de la censura no la pudieron ocultar. Así, aparte del corrupto, se abrió el espacio político al denunciólogo. Y se hicieron graves denuncias, serias y documentadas que, por la complicidad judicial y el miedo de los periódicos, sirvieron para que los mismos siguiéramos espantándonos de que la gavilla correísta pudiera superar aún los peores niveles de corrupción. Al elector correísta, al pobre y peor al rico, no le inmutaba. Convivieron en el muladar, pensando que no eran cerdos. Ah, de paso, igual sucedió con Moreno que ahora intenta limpiarse el barro.

Fue tanta la corrupción y tan abyecta la impunidad, que apareció otra categoría de denunciólogo: el que la usa para crear plataforma electoral. Buscar casos, fraguar casos, se hace necesario para estar en medios y no perder actualidad. Y así se han ido acumulando expedientes, denuncias, reconocimientos de firmas, informes en los que ya no se puede saber si información es verídica, si hay fundamentos en las denuncias, si hay suficiente evidencia para que el acusado sea encarcelado. Aparte de Glas y los encausados por la información surgida de la investigación de los papeles de Panamá, el resto está flotando en un limbo de imprecisiones. Los acusados, capos de la gavilla, se burlan de la integridad, se mofan de la honradez y en desparpajo extremo, dan lecciones de moral.

El gobierno agobiado en su impericia, es de la clase de denunciólogo que denuncia por escandalizar y que se pone más allá del límite. En vez de impulsar y reclamar para que avance la investigación de los casos en los que se robaron infamemente, se hace de insignificancias: llevar, por ejemplo, a la Fiscalía la financiación venezolana al proselitismo político de la mafia encubierto en una fundación. O magnifica los casos, como acusar al patético de Patiño de sedición por unas estridentes consignas. En estos casos lo que se alimenta es el discurso de la persecución, de la retaliación y no de la justicia.

El menú de denuncias y de casos de corrupción agobia. Se robaron plata, fraguaron títulos. Pero nada hace que los correístas se ruboricen. La defensa es cerrada e inclaudicable. Ni un espacio para la duda ni un resquicio para el arrepentimiento. Puede entenderse pues, con certeza, que quienes defienden tan empecinadamente a los corruptos son cómplices. Lo que sigue abrumando es que la sociedad siga siendo permisiva y vote en favor de esta ralea.

A este ambiente de desvergüenza se suma la lentitud, el casi entumecimiento de los organismos de administración de justicia; la acumulación sensacionalista de denuncias que solo quedan en eso y también el estilo canallesco que atenta contra la honra, de buscar corrupción hasta en un certificado para referencias personales.

El reto moral de una sociedad que quisiera ser moral es que las funcionarios que administran estructuras de investigación y judicialización, procedan con integridad y que los procesamientos penales no sean mecanismos de revancha sino medios para hacer justicia. No habremos cambiado nada si convertimos la justicia en un cadalso para cortar cabezas por odios, así como en el circo correísta en el que una turba obnubilada aplaudió que se violenten procedimiento para satisfacer la sed de venganza.

Diego Ordóñez es abogado y político. 

2 Comments

  1. Cada uno de los gobiernos ha pasado por el tema de corrupcion, pero en el Ecuador se ha visto ultimamente muchos casos de corrupcion donde se ha visto falsificacion de titulos, cobros indebidos a los asesores de asambleistas, pero la realidad es que el gobierno solo se encarga de hacer nada incluso ya que el presidente esta involucrado…. trata de ver la manera de tapar y ocultar con otros casos.. y la justicia se hace de los ojos ciegos… deberia tomarse medidas para todo esto… y cabe recalcar donde esta la moral y la etica de cada uno de los funcionarios que hacen estas cosas.

  2. Excelente análisis Doctor.
    Y la verdad es que los corruptos/as siguen campantes…
    Patria tierra sagrada, honor e hidalgía…
    Mejor quedaría: «CORRUPCIÓN PALABRA SAGRADA».
    Y El señor Moreno que quiere luchar contra la corrupción, FALSO.
    Avanzamos Patria… Avanzamos CORRUPCIÓN.
    Moreno no se ha enterado de la mesa servida… Ambición.
    Y el tiranosaurio comprando Doctorados Honoris Causa… las Universidades emblemáticas… DESPILFARRO.

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