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$17 700 millones de bonos basura: la condena perpetua 

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Los contenedores para albergar los Bonos Basura no se dan abasto en el país. El gobierno emitió hace pocos días $2.000 millones de estos bonos, $600 millones con una tasa de interés del 7,857 por ciento y vencimiento en 2025, y $1.400 millones con una tasa de interés del 9,5 por ciento y vencimiento en 2030. Con esta emisión, los contenedores están por rebasar con un stock acumulado de Bonos Basura de $17.700 millones o 16,2 por ciento del PIB. De esta cuantiosa cifra, el gobierno actual emitió en dos años Bonos Basura por $11.625 millones, $10.500 millones para financiar los déficits y $1.125 millones para la recompra de los bonos 2020.

Mantener los contenedores repletos de Bonos Basura tiene un alto costo para el país, el cual se refleja en las altas tasas de interés y un monto creciente de estos pagos. La emisión de $2.000 millones agrega $180 millones al gasto anual en intereses de la deuda externa, agravando aún más las exiguas arcas fiscales al elevar a unos $1.600 millones el pago anual de intereses por los Bonos Basura que se multiplica por 20 desde los $80 millones pagados en 2014. El pago de intereses de la deuda pública total alcanzará en 2020 a unos $3.600 millones o 3,3 por ciento del PIB, nivel absolutamente incompatible con la economía del país. Valor que supera las asignaciones a salud, defensa, policía, seguridades sociales, y multiplica varias veces la asignación de bonos a los pobres.

Los países con calificación B- en su deuda externa, asociada a la emisión de Bonos Basura, además de Ecuador son Líbano, Pakistán, Ucrania, Zambia, República del Congo, El Salvador, entre otros. Pertenecer a este club no debe ser motivo de orgullo nacional. Algunos de estos países emitieron Bonos Basura a tasas inferiores a las conseguidas por Ecuador. El Salvador en el mes de julio emitió $1.097 millones de Bonos Basura a 30 años plazo con el 7,12 por ciento de interés. Angola emitió en mayo de 2018 $1.750 millones en Bonos Basura a 30 años con el 9,3 por ciento de interés.

 Los contenedores de Bonos Basura contaminan con olores indeseables a la economía nacional y a las cuentas públicas. Su perpetuación en las futuras décadas hará insoportables estos olores. Llegará 2022 y se deben pagar $2.000 millones, si no existe superávit fiscal habrá que emitir otros bonos con vencimiento hasta 2032, 2035 u otros años. En 2023 se tienen que pagar $1.000 millones, sin superávit fiscal para cancelarlos se emitirán otros bonos. En 2024 vencen $2.000 millones, sin superávit fiscal se repetirán sucesivamente otras emisiones hasta llegar a los vencimientos de 2030, año en el que se emitirán bonos con vencimiento hasta 2040 o 2050, quien sabe, si quizá antes el Ecuador deja de pagar sus deudas.

Entre 2022-2030 se deben cancelar los $17.700 millones de Bonos Basura, cuyo pago total de intereses será de unos $14.000 millones. El país está condenado a perpetuidad a la dependencia de los mercados. Los futuros gobiernos asumirán estos costos. Muy pocos se acordarán de los culpables de llenar estos contenedores malolientes, consecuencia de la falta de responsabilidades en la gestión fiscal.

Cuando se considera como válida y alternativa inevitable la emisión de Bonos Basura, para cubrir las necesidades de financiamiento de las finanzas públicas, se infiere que los desajustes fiscales han llegado a su clímax, así como las incapacidades y limitaciones del gobierno para conjurar el déficit público.

Vaciar los contenedores de Bonos Basura debe ser un imperativo nacional en el largo plazo. La tasa de recolección de basura tiene inevitablemente que pagarla toda la sociedad, la misma tiene varias dimensiones que en conjunto contribuirán a mantener en el tiempo cuentas públicas superavitarias. Reducir el tamaño del sector público a un nivel de alrededor del 25 por ciento del PIB, pasa por ubicar el pago de la nómina estatal en el 6 por ciento del PIB en el mediano plazo. Este nivel debe mantener un gasto corriente razonable que no sacrifique un stock de inversión pública que aliente la inversión privada y el crecimiento económico.

Alcanzar el superávit fiscal una vez encontrado un ideal tamaño del sector público, exige hallar los ingresos tributarios y petroleros suficientes para sostener por largo tiempo este cometido. En este empeño, la recomposición de la carga tributaria y reducción de los subsidios a los combustibles luce impostergable. Superávit fiscal, un tamaño del sector público compatible con la economía, una carga tributaria que lo sostenga sin desalentar la inversión privada y atenciones sociales que contribuyan a reducir las desigualdades, son estadios de un complejo equilibrio que exige acuerdos de gobernabilidad entre los estamentos de la sociedad: sociales, económicos, políticos, laborales.

 Esta tasa de recolección de basura, en esta figurativa metáfora, exige la prestación de servicios eficientes del Estado a la sociedad. Tasa que, como contraprestación del Estado, debe reflejarse en una economía que crezca a tasas elevadas para ofrecer trabajo a quienes lo requieren desesperadamente y procurar el bienestar general. La mencionada tasa debe traducirse en un Estado capaz de brindar buenas atenciones sociales.  Los sacrificios de toda la población deberán ser compensados con la reducción de la deuda pública y del pago de intereses y amortizaciones, además, con la reducción del riesgo-país y la conformación de un entorno de seguridad y confianza para las inversiones. Los esfuerzos de la población se verán compensados con el fortalecimiento de la dolarización que exige mantener superávits fiscales.

 Los esfuerzos para mantener superávit fiscal serán insuficientes sin reformas estructurales para tornar viable la seguridad social en un marco de sostenibilidad fiscal. Complemento sine qua non del superávit fiscal es la promoción de las exportaciones e inversión extranjera directa, avances en competitividad y productividad, preservar un sistema financiero sólido y un marco jurídico confiable.

 Ingresos y gastos públicos que la economía pueda sostener, superávit fiscal, menos Bonos Basura y deuda pública, son componentes de un ecosistema fiscal que debe consolidarse y preservarse de manera natural, como requisito imperativo para garantizar el bienestar de las futuras generaciones. Quizá su consecución deba motivar el activismo de las juventudes, en sana emulación del efectuado para preservar el medio ambiente, y en respuesta y juzgamiento de las irresponsabilidades fiscales de gobernantes y élites de diverso cuño.

Jaime Carrera es economista.

4 Comments

  1. Yahoo.

    Paradoja. El «milagro económico» de Perú, inmune a las recurrentes tormentas políticas.
    En Perú es difícil saber si los presidentes terminarán sus mandatos o si el mes próximo estarán en la cárcel. Lo mismo con los miembros del Congreso. Los presidentes son declarados «incapaces» y las Legislaturas son «disueltas». Pero ese estado de situación contrasta con la firmeza de la economía, un foco de envidia para América Latina.
    En los últimos 20 años, Perú creció a un promedio del 5% anual, contra el 2,7% de la región, lo que hizo que se hablara de un «milagro económico». No importa si un presidente renuncia por fax, otro se escapa a Estados Unidos y otro se va del poder antes de un juicio político. O si, como sucedió esta semana con Martín Vizcarra, el presidente disuelve el Congreso y convoca a elecciones legislativas.

    La palabra recesión no parece estar en el vocabulario del Perú del siglo XXI. Lo mismo pasa con déficit, deuda, inflación y otros jinetes del Apocalipsis. El dólar, estable; la bolsa, en alza.

    Crecieron el nivel de empleo y los ingresos, lo que redujo la pobreza del 52,2% en 2005 al 21% en 2018, una de las mayores bajas en la región. Y cuenta con reservas internacionales de 68.000 millones de dólares, equivalentes al 35% del PBI. Las reservas del Banco Central argentino, en contraste, rondan los 48.100 millones de dólares, con un PBI que -según el FMI- sería de 477.000 millones este año.

    ¿Cómo se explica este florecer en medio de las turbulencias políticas? El que ayer era presidente mañana puede ser presidiario. Pero, al revés de otros países, y contra toda intuición, en Perú un derrumbe no lleva al otro. Los juegos de poder y los conflictos de los políticos no conducen al caos de la economía como consecuencia natural.
    Claro que hubo altibajos. Se pasó de la expansión del 6,1% anual entre 2002 y 2013 al 3% en 2014, y al 4% en 2018. Este año sería de entre 2,5 y 3%, por defectos propios y por el contexto internacional adverso que marca la guerra comercial entre Estados Unidos y China.
    Pero ni en las peores circunstancias, tanto en los terremotos políticos locales como en las crisis financieras ajenas, la economía bajó los brazos. Una vez que Perú encontró el rumbo, nunca más apagó los motores.
    «La economía es mucho más sólida que la de otros países, como por ejemplo la Argentina. Hay equilibrio macroeconómico tanto en el campo monetario como en el fiscal. El Banco Central es muy fuerte, muy autónomo, y eso le da gran estabilidad cambiaria y una inflación muy baja. Por otro lado, la economía está muy abierta, hay tratados con muchos países. Sobre esto hay un consenso de todos los sectores»
    El equilibrio macroeconómico como eje de consenso. La apertura y los tratados, también consensuados. Así fluyó la inversión extranjera, sobre todo en minería, la veta dorada del éxito, aunque también en eso el país fue más allá de la media regional y diversificó sus exportaciones.

    Del otro lado están China y los mercados asiáticos, ávidos clientes en los que Perú orienta el 47% de sus exportaciones. Al mismo tiempo crece el mercado interno y se multiplican los pequeños negocios privados. Aunque en ese rubro sigue reinando la informalidad, una de las muchas materias pendientes.

    Mientras eso sucedía, la escena política daba el ejemplo contrario. Los presidentes que acompañaron el crecimiento en esos mismos 20 años, tarde o temprano se metieron en problemas por denuncias de corrupción, siempre vinculadas de alguna manera con la constructora brasileña Odebrecht.

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  2. Excelente análisis, ojalá lea el presidente Moreno o algún asesor que no esté dormido para que le asesore y no saque cero en pedagogía, como dice el Sr. Pallares en otro artículo. La verdad es que este presidente entró sin idea de lo que debía hacer, por eso se embarcó en el mismo tren de gastos y endeudamiento de Correa para dar la idea de que seguimos «muy bien» porque hay circulante. Y ahora, después de dos años de gobierno, se da cuenta que el país se está yendo en picada al abismo, toma las medidas para corregir y el pueblo se siente traicionado por este, y no por el otro que es el verdadero causante de la desgracia.

  3. Con que derecho a nuestros hijos y nuestros nietos les vamos a dejar semejante fardo.
    Apuntemos directo al problema, somos nosotros como electores o votantes los que fallamos. Ustedes como columnistas con conocimiento de causa, no solo se limiten a dar una opinión.
    Vayan más allá, sean atrevidos e informen a la población de la verdadera causa de porque se emite este tipo de basura. Ya se acerca una nueva elección y nosotros como pueblo necesitamos ciudadanos como ustedes, para que nos guíen con sus propuestas y no caer nuevamente en manos de mesías callejeros, o elites sin escrupulos, no dejen que el Ecuador se vaya al carajo.
    No esperemos al 2030, cuando las fuerzas nos fallen y la vejez nos coja de sorpresa.

  4. Como siempre , muy acertado en su análisis de la realidad económica del país ; en el presente artículo los denominados BONOS BASURA . Una dura realidad , que seguramente acompañará a los ecuatorianos por muchas décadas . La verdad: la irresponsabilidad , dispendio y corrupción , convirtió la economía del país en un gran BONO BASURA .

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