Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

Complot correísta o protesta indígena

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Las graves acontecimientos de las jornadas de protesta y violencia colectiva de octubre, 2019 han suscitado dos estrategias de explicación que son a la vez estrategias de legitimación, sea del mantenimiento del orden o de la insurrección.

La explicación que emana del movimiento indígena y sus simpatizantes intelectuales es que se trata de una protesta indígena legítima y autoconvocada en contra de medidas económicas, que por lo menos a corto plazo golpean a la economía popular. Tales medidas económicas forman parte, según este relato, de un conjunto de políticas económicas que han tenido un alto costo social y que no han generado crecimiento o equidad.

La explicación que emana desde el Ejecutivo y que es compartida por las elites empresariales es que hay un golpe de estado en marcha, ideado y dirigido por el correísmo y el castro-chavismo que cuenta como aliados al narcotráfico y el narcoterrorismo. Quienes dirigen este complot (Correa, Maduro etc.) controlan directamente la masiva movilización indígena y los múltiples colectivos violentos dedicados al saqueo y actos terroristas en contra de blancos estratégicos.

¿Cuál de los dos relatos es congruente con los hechos? Sé que para los que comparten una u otra narrativa, la respuesta es absolutamente obvia. No obstante, creo que debemos reflexionar sobre las narrativas maniqueas que construimos en momentos de crisis y que una visión más matizada puede contribuir a encontrar un terreno común para la reconciliación y el mantenimiento de la democracia.

Está claro que el correísmo quiso, desde un inicio, que esta crisis desemboque en un cambio de gobierno y que ha hecho todo a su alcance para que ese sea el desenlace. Las declaraciones públicas del correísmo han dejado en claro sus designios desestabilizadores. No obstante, hay que preguntarse si realmente el correísmo ha tenido la capacidad para viabilizar un complot sistemático que efectivamente haya logrado movilizar y dirigir a los múltiples actores que han confluido en la protesta social y caotización.  Está claro que el correísmo ha contado con algunos recursos relevantes para la movilización: algunas prefecturas y alcaldías geográficamente bien ubicadas y el control sobre colectivos violentos desplegados para atacar blancos estratégicos, como la Contraloría y los medios de comunicación.

No obstante, y con esta afirmación sé que estoy incurriendo en el terreno de la herejía política, hay actores y acciones de la movilización e incluso de la caotización que muy probablemente se escapan del férreo control correísta.  Los transportistas, por ejemplo, pactaron después de dos días, lo que no podría haber formado parte una estrategia correísta de cambio de régimen. Los indígenas, sobre todo, tienen su propia historia y mecanismos de movilización y a estas alturas incluso el Ejecutivo ha tenido que admitir que los indígenas no son simples instrumentos del correísmo en esta crisis.

Los indígenas históricamente han realizado levantamientos en contra de medidas económicas neo-liberales y han intentado derrocar presidentes, incluyendo a Correa. Desde el derrocamiento de Mahuad, las organizaciones indígenas están convencidas de que tienen la capacidad para ejercer hegemonía sobre la movilización popular y “tumbar gobiernos”.  Asimismo, los organizaciones indígenas tienen mecanismos de movilización propios, como la acción colectiva obligatoria y coercitiva en las comunidades. Muchas de los anécdotas que se cuentan sobre la manipulación correísta a nivel local son en realidad consistentes con los formatos de movilización indígenas. Hay que reconocer, también, que cierto nivel de violencia es intrínseco a los repertorios de protesta y negociación indígenas. Todos conocemos estos repertorios y los hemos atestiguado en estos días: la toma de carreteras, la quema de llantas, la confrontación física con las fuerzas del orden, los castigos corporales de la “justicia indígena”.  En otras palabras, los indígenas son capaces de movilizarse en contra de medidas económicas e incluso plantearse el derrocamiento del Presidente, y  ejercer un cierto grado de violencia, sin ser marionetas de una fracción de la elite política.

Según el relato del complot correísta, lo que comprobaría que esta crisis política es distinta a las anteriores, las del 2000 y la 2006, es el nivel de violencia colectiva, “nunca antes vista”. Nadie puede dudar que ha habido un espiral de violencia en esta crisis, que ha llevado la violencia a niveles no vistos desde la Guerra (civil) de los Cuatro Días de 1932. Han confluido en estos días de octubre un conjunto de actores dispuestos a ejercer la violencia. Es irrefutable que hay colectivos violentos urbanos que responden al correísmo, pero también se pueden encontrar grupúsculos de izquierda universitaria que actúan más o menos por su cuenta, comunas urbanas que en el caos han optado por saqueos o protestas violentas, los sindicatos proletarios con sus típicas manifestaciones torpes, las organizaciones indígenas que han implementado e intensificado sus repertorios violentos de protesta. Y como un espiral se alimenta del efecto recíproco entre protesta violenta y represión estatal, los medios represivos más eficaces ahora disponibles y una policía mejor entrenada que antes, también han contribuido a la intensificación de la violencia en relación a crisis internas anteriores.

El desenlace de esta crisis no será un cambio de presidente o de gobierno.  A diferencia de las crisis anteriores, en esta, a pesar de los niveles de violencia, las elites, salvo el correísmo, se han mantenido unidas y han apoyado al gobierno. Recordemos que en 2000, los militares abandonaron a Mahaud y que en 2006 la clase media-alta urbana en la sierra y los social cristianos en la costa provocaron la caída de Lucio Gutierrez.  Seguramente, el correísmo pensaba que los social cristianos iban a romper filas y abandonar a Lenín Moreno, pero eso no ocurrió. Así, a pesar del escalamiento, los impactos de esta crisis serán menores a los de crisis anteriores.

En fin, si diferenciamos entre las claras intenciones y acciones golpistas por parte del correísmo y una movilización indígena legítima, podemos estar más abiertos a la conciliación que significa el proceso de negociación en marcha. Este no debe ceder en los subsidios, pero sí encontrar los mecanismos para que el peso del ajuste se distribuya equitativamente.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

5 Comments

  1. Dada su hermosa cosmovisión, los indígenas obedecen al sol; el sol tiene un representante en su comunidad, un sol humano. El problema de hoy es que ese representante, sol actual , el SR. Vargas ha escogido representar a Correa. Son interesantísimas las declaraciones de Lourdes Tibán que hoy 15 publica El Universo

  2. Es claro que había muchos grupos involucrados en todo este relajo pero es obvio que hubo cierta coordinación y permisividad inclusive parece ser de parte de personal del estado, es increible que se haya incendiado dos veces la Contraloría; por tanto es para mi obvio que hubo un liderazgo, aunque laxo de la revelión por parte del correismo donde muchos grupos fueron tontos útiles y probablemente sus dirigentes vivos e interezados y no les importa ni el país, ni la democracia sino sus propios fines.

  3. Los gobiernos de turno siempre nos han dicho que las medidas que toman son a favor del pueblo y en defensa de la democracia (cuento ), pero resulta que sirven para engrosar los bolsillos de tanto sinvergüenza que luego se pasean por el pais sin ningún escrúpulo . Es justo la sospecha de los indigenas,mestizos,cholos,negros que los dineros que recauda el
    fisco van a repartirse con equidad y justicia. Hace años nos dijeron que el petróleo iban a sembrar en el pueblo ecuatoriano y miren ahora en que situación estamos :somos uno de los paises más atrasados.

  4. En un comentario que realicé a José Hernández manifesté que por la inviabilidad política Lenin Moreno debería derogar el d. 883, ocurrió aquello pero con acuerdo indígena. Queda al descubierto las intenciones de todos los actores, el movimiento indígena desde la resistencia combativa sin propuesta estratégica, el correísmo con su agenda de conspiración y violencia, el gobierno sin mayor inteligencia política y sectores urbanos de la periferia -más en Quito- con resentimiento y revancha social. Nebot con una agenda de oportunismo político electoral y con un discurso racista. Los extremos a veces coinciden con sus intenciones y agendas. La clase media queda justamente en la mitad, sin saber si todavía en nuestro país existe viabilidad política y democrática. El terror se instala como arma de resolución de conflictos.

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