Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

¿Cuál es la verdadera representatividad de los sindicatos?

en Columnistas/Influencers4P por

El sindicalista argentino Roberto Baradel publicó el viernes pasado un tweet que la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Clasistas Unitarias de Trabajadores (Cedocut) no tardó en retuitear. Dice el tweet: “Por iniciativa de la @CSA_TUCA (la Confederación Sindical de las Américas) los trabajadores de la Argentina nos movilizamos a la Embajada de Ecuador para repudiar la represión y la persecución que el Gobierno de Lenín Moreno está realizando sobre el pueblo. Fuerza hermanos ecuatorianos! Estamos con Uds!”. Leyendo ese tweet cualquiera pensaría que se trató de una movilización multitudinaria; después de todo, Baradel (responsable de más de cien días de paro en las escuelas bonaerenses en los últimos años) habla de “los trabajadores de la Argentina”. Lástima para él –y para sus pares ecuatorianos– que la foto que acompaña al tweet deje en ridículo su grandilocuencia. En ella se ve a 19 personas (sí, diecinueve; no diecinueve mil, ni mucho menos diecinueve millones, número que se aproximaría más al concepto de “los trabajadores de la Argentina” que Baradel usa con tanta liviandad) paradas delante de la embajada ecuatoriana en Buenos Aires con expresión de poco entusiasmo.

Más allá de la vergonzosa inconsistencia entre texto e imagen, el tweet en cuestión, que a la Cedocut más le habría valido dejar pasar, es una prueba contundente de la propensión de los sindicalistas a arrogarse con desfachatada prepotencia la representación de “los trabajadores” (al igual que Jaime Vargas dice hablar en representación del “pueblo ecuatoriano”). Si en el ámbito internacional muchos trabajadores ni siquiera saben quiénes son esas personas que aseguran hablar en su nombre (y otros tantos no estarán de acuerdo con las posiciones claramente políticas que los sindicatos muchas veces defienden), en el caso puntual del Ecuador, donde casi el 50% de los trabajadores están en la informalidad, la supuesta representatividad de los sindicatos es aún más difusa.

¿Cuántos de los trabajadores ecuatorianos, incluyendo a los millones que actualmente están en la informalidad, se oponen, como hacen los sindicalistas, a una reforma laboral que no modificaría las condiciones de los contratos vigentes y que podría ayudar a generar más incentivos para la contratación en el sector formal (obviamente, defendiendo derechos básicos, como salario mínimo, jornadas definidas y afiliación a la seguridad social)? ¿Cuántos están de acuerdo en que, como dice la Cedocut en un reciente comunicado, “las jornadas de octubre fueron una muestra de unidad absoluta del pueblo trabajador del campo y la ciudad en todo el país”? ¿Pensarán lo mismo los trabajadores del sector florícola que recibieron amenazas para adherirse al paro, los dueños de pequeños comercios en el centro de Quito cuyos locales fueron vandalizados o, en general, las personas a las que el paro (y la violencia en la que derivó) no les permitieron generar los ingresos para sus hogares? ¿Cuántas personas que trabajan honestamente y buscan inculcar valores a sus hijos opinarán, al igual que la Cedocut, que quienes fueron detenidos durante los días de paro (muchos de ellos por saqueos o actos vandálicos) son “prisioneros políticos”? Más importante aún: ¿cuántos trabajadores están genuinamente de acuerdo en que, después de todo lo vivido hace apenas días, en una actitud no sólo irresponsable sino también indolente, los líderes sindicales convoquen a una nueva jornada de paro?

La importancia histórica de los sindicatos para ampliar y defender los derechos de los trabajadores es incuestionable. Pero las posiciones intransigentes, retrógradas y a veces opuestas a los intereses de una gran parte de los mismos trabajadores (en el caso ecuatoriano, por ejemplo, los trabajadores informales) los están convirtiendo en grupos de presión que atentan contra el desarrollo. Si a eso se suma el evidente rol político de algunos líderes sindicales y su apego a gobiernos populistas (a los que muchas veces son funcionales), los trabajadores deberían evaluar qué tan representados se sienten por esos líderes y replantear la forma en que esos supuestos voceros (varios de los cuales se perpetúan en sus cargos) son elegidos.

José Hidalgo Pallares es economista.

7 Comments

  1. El caos es general
    Cada ser humano tiene sus pro y sus contra, no somos infalibles y pecamos a diario, muchas veces de pensamiento y de obra. Lamentablemente, la acción de los sindicatos y de los dirigentes que dicen representar a sus afiliados, profesionales o no, por lo menos en nuestro país se ha ido deteriorando por decir lo menos. En varios organismos del Estado, los privilegios y pseudo derechos de los sindicalistas ha sido ostensible, desde recibir emolumentos jugosos hasta disfrutar de sedes sociales lujosas, desplazarse a cualquier parte del mundo y no precisamente para optar una especialización determinada en favor de la empresa a la que sirven o los cobija. A ellos no les importa si se produce escasez (o desaparecen por arte de magia) las medicinas en dispensarios u hospitales, si nos quedamos a oscuras por los cortes de energía eléctrica, o si producen o no los pozos petroleros, a ellos solo les interesa tener seguros sus trabajos, muchas veces que sean hereditarios y que sus jubilaciones sean interesantes. Y el resto del pueblo que se …..(j) o se muera de hambre.
    Francisco Medina Manrique
    Periodista – Guayaquil

  2. Si nos remontamos a la historia son los mismos ociosos sindicalistas que no representan a los verdaderos trabajadores y evidentemente no juegan ningún papel quienes pretenden nuevamente sembrar el caos interperetando con su ignorancia a flor de piel las reformas laborales enviadas a la Asamblea.

    Mal hace el gobierno y al recibirles en el palacio presidencial a estos priviligiados sindicalistas para un dialogo de sordos, es una verguenza escucharle a un personaje tan limitado de expresiones y conocimientos como Mesías Tatamuez, tampoco los canales de televisión deben darle tribuna para que exprese cualquier cantidad de barbaridades

  3. La protección legal y laboral de los trabajadores, y su situación en la reproducción económica, es tan débil en este país que uno solo puede concluir que el sindicato debe ser extremadamente débil también. Basta ver los casi nulos derechos y protecciones en el caso de un embarazo.

  4. Tenemos dos extremos por un lado los sindicatos sobrepotegen a sus afiliados hasta el punto de secundarles incumplimientos de sus deberes como trabajadores y por otro lado la ausencia de sindicado hace que las empresas hagan con sus tratajadores lo que mas les conviene como por ejemplo hacer que renuncien para contratarlos con un puesto inferior y con menor salario.

  5. Todo, absolutamente todo ha sido desfigurado en nuestro país, por el carácter difuso de la aplicación y redacción de las leyes. En un acercamiento incidental con la empresa eléctrica Quito, (actual EP) pude constatar que los sindicatos internos son tan fuertes, que el gerente de la empresa está prácticamente pintado en la pared y quienes mandan son los directivos sindicales. No existe disposición, que no sea primero revisada por ellos y si se la trata de aplicar sobrevienen las amenazas y las actitudes hostiles. Muy parecida actitud a la de los indígenas del paro. No son empleados, son los dueños de las instalaciones, los capitales y hasta de los rendimientos de esas empresas, en las cuales a lo largo de los años han conseguido a fuerza de chantaje y de amenaza de brazos caídos, todo lo que les ha venido en gana. Tanto, que los puestos de trabajo son hereditarios! para eso es que sirven los sindicatos!

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

Las últimas de

×
Ir Arriba