Primavera latinoamericana o huracán bolivariano

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Octubre ha atestiguado una ola de movilizaciones sociales y violencia colectiva en América Latina. Chile, Ecuador, Bolivia y México han experimentado confrontaciones entre manifestantes violentos y la represión estatal.  La simultaneidad nos hace pensar que debe existir algún denominador común en estos estallidos.  Las explicaciones de la convergencia generadas en los medios y el debate político tienden a agruparse en dos relatos. O la simultaneidad se explica por un plan de desestabilización regional, un “huracán bolivariano”, que emana desde Venezuela y que cuenta con el respaldo del narcotráfico; o existe un descontento generalizado con uno u otro aspecto del modelo neoliberal y un despertar de la esperanza de un nuevo pacto social, a la vez redistributivo y democrático, una primavera emancipadora latinoamericana.

Analicemos los cuatro casos de movilizaciones y violencia colectiva de este agitado octubre a la luz de las dos narrativas regionales. En el bastión del narcotráfico mexicano, Sinaloa, hubo una descarga de violencia generada directamente por el crimen organizado.  Una mafia narcotraficante se movilizó para liberar a uno de sus líderes mediante la confrontación violenta con las autoridades.  A pesar de que Venezuela es gobernada por un régimen mafioso con una fuerte participación en tráficos ilícitos, no existen evidencias de que éste haya coordinado el estallido de violencia para liberar al hijo del Chapo.  De hecho, México lleva décadas sumido en una violencia endémica engendrada por el narcotráfico. Tampoco es posible atribuir una acción  exitosa para liberar  a un capo a la idealista esperanza de un nuevo pacto social.

En Bolivia, las protestas se han dirigido en contra de un gobierno perteneciente a la izquierda autoritaria y populista alineado hasta ahora con el régimen en Caracas. En este caso, es imposible atribuir las manifestaciones a un plan desestabilizador venezolano, ya que las protestas reaccionan en contra del intento de Evo Morales de perpetuarse en el poder a través de la manipulación electoral típica de los gobiernos de la izquierda populista. Que el régimen en Caracas estuviera contento con la continuidad en el poder de Evo Morales es obvio, y acaso hubo alguna asesoría de los líderes del ex bloque bolivariano en cuanto a cómo asegurar victorias electorales por estrecho margen en contextos de polarización. No obstante, los manifestantes bolivianos han estado ligados a movimientos políticos que buscan un retorno a un modelo neo-liberal, depurado del estado-centrismo y monopolio de poder propugnado por el MAS boliviano.

En Ecuador, se combinó un intento de cambio de régimen impulsado por el remanente del correísmo, dentro y fuera del país, con una movilización social que emanó del sector indígena y que buscaba revertir la aplicación de un paquete de austeridad. Claramente, el correísmo es un aliado de Caracas y el régimen de Maduro, sin duda, tenía la esperanza de que la estrategia de cambio de régimen hubiera funcionado. Pero no está claro qué valor desestabilizador agregó el debilitado régimen bolivariano en Caracas, más allá de declaraciones contraproducentes y brindar un espacio seguro para una reunión de jerarcas correístas.

Los indígenas, de su lado, poseen una larga tradición de movilización social y, aparte de abanderar la causa del estado plurinacional, han sido constantes en su rechazo a la austeridad neoliberal. Pudo haber existido, en algún momento de las jornadas de octubre, alguna coordinación entre la estrategia correista y las acciones indígenas, pero el hecho de que los indígenas se hayan desmarcado del correísmo y buscado una salida negociada, que no involucrara un cambio de régimen, subraya su autonomía en la crisis. Los indígenas claramente intentan revertir la austeridad y el giro que ha dado Lenín Moreno hacia una economía basada en el mercado autoregulado. En ese sentido, sus protestas se enmarcan en un descontento con el modelo neoliberal y una vaga esperanza de sustituirlo con otro esquema de estructuración social. Su propuesta de profundizar el estado plurinacional, sin embargo, no convoca a la mayoría de ecuatorianos y no constituye una base para una alternativa al pacto social neoliberal. De la misma manera, no hay actores políticos legitimos -el correísmo decididamente no lo es- que logren capitalizar el sentimiento generalizado de inconformidad con la austeridad sugerida por la impopularidad de las medidas. No obstante, es imperativo que las elites entiendan que es ineludible distribuir equitativamente el costo del ajuste; desafortunadamente la única “utopía” viable en Ecuador.

Chile, donde han transcurrido las protestas más potentes y significativas, es el cementerio de la tesis del plan desestabilizador regional. El poder suave chavista no ha incidido en un país aislacionista que nunca compartió el culto a Bolívar. Las protestas en Chile emanan de un profundo descontento con la versión chilena del neo-liberalismo, que es el Estado subsidiario, en que las entidades sub-estatales (las empresas, la Iglesia, las asociaciones de la sociedad) deben generar un orden social y bienestar. Los chilenos de los sectores populares y una parte de la clase media exigen ahora que el Estado directamente provea bienes públicos, que aminoren la desigualdad.  Chile es el único caso en que claramente existe tanto un descontento con el actual modelo como los contornos de una propuesta de un nuevo pacto social. Este nuevo pacto social, que seguramente se fraguará en una asamblea constituyente, se convertirá en un faro para América Latina, así como hace casi cincuenta años la reestructuración neoliberal pinochetista definió un modelo para las élites en el continente. El proceso chileno es el inicio de una primavera latinoamericana provocada por una revolución en las expectativas. En cambio, la fracasada Venezuela es incapaz en términos de poder suave o duro en engendrar un huracán bolivariano, que existe sólo en la empobrecida imaginación de la OEA y de los expertos en seguridad criollos.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

8 Comments

  1. Gracias por sus comentarios críticos. Si ingenuidad es no ser crédulo ante las teorías de conspiración (como que las protestas continentales responden a un plan de desestabilización venezolano) y someterlas a análisis crítico, acepto el calificativo! En respuesta a las críticas al parecer libertarias, creo que todo el mundo acepta que Chile ha tenido un modelo neo-liberal desde la época de Pinochet. Asimismo, la austeridad que está aplicando el gobierno de Lenin Moreno con el apoyo del FMI es un clásico ajuste/reformas neo-liberales. Sé que ustedes rechazan la existencia del ¨neo¨ en neo-liberalismo, pero se refiere a que en los años 80 hubo un retorno al liberalismo después de un consenso keynesiano y desarrollista. Además el neo-liberalismo es distinto al liberalismo clásico porque no acepta la teoría valor trabajo o la existencia de clases sociales, conceptos que están presentes en Smith y Ricardo, por ejemplo.

  2. Es evidente que los casos de Bolivia y Mexico son diferentes pero los de Chile y Ecuador se parecen mucho y si bien puede haber razones socio-económicas para las protestas, tanto los acontecimientos de Chile como Ecuador muestran planes muy bien elaborados de subersión como la destrucción de puntos específicos del metro en Chile, en Ecuador la contraloría, las instalaciones petroleras, los intentos de cortar el agua y para hacer eso no se necesitan grandes recursos económicos como lo insinúa en su frase: «el debilitado régimen bolivariano en Caracas» que además tiene recursos para-estatales por la corrupción; solo necesita alíados locales en Ecuador el correismo y en Chile, la extrema izquierda. Por tanto, es evidente la participación chavo-maduro-correista en esos hechos.

  3. ¿Un descontento a un modelo «neoliberal» que nunca existió ni existe? ¿Austeridad, para qué? Para que los parásitos continúen mamando de la teta del Estado, ¿es esa la «razón» para vandalizar y destruir fincas floriculturas, la Contraloría, o lo que esté a su paso? La eliminación de subsidios no es una medida de austeridad, es simplemente una medida para equilibrar el gasto público corriente. Gasto que sigue aumentando y que su financiamiento es cada vez más costoso. La austeridad existiría si se despidiera a los 100 mil pipones enquistados en los 30 y más ministerios y organismos del gobierno que fueron creados por el loco del ático. Como no se pudo eliminar los subsidios no queda otro camino que la deuda. ¡Que se jodan nuestros hijos!

  4. Hay varios motivos para el descontento y sus correspondientes dinámicas socio-políticas, pero considero que hay cuatro cosas que indignan a los ciudadanos de cualquier país: (a) la vida cada vez es más dura, gente sin trabajo y los que lo tienen, no pueden progresar, (b) la gente está harta de la ineficacia de los gobiernos, sean de la tendencia que sea, no funcionan; (c) la desigualdad y la injusticia -real y percibida- es cada vez más grande, hay unos pocos que a pesar de la crisis tienen la «vida arreglada» y (d) la corrupción que infesta toda la política llegando a niveles que jamás se habían visto antes. El mundo está harto de que esta vida -la única que tenemos- es una mierda y por causa de quienes se supone deben mejorar nuestras condiciones de vida.

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