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Colombia: desestabilización o primavera democrática

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Colombia se sumó en noviembre a la ola de protestas a la vez masivas y marcadas por la violencia que arrancó en Ecuador en octubre y que luego se extendió a Chile. Las manifestaciones colombianas que se convocaron a principios de noviembre y que llegaron a su punto álgido con la marcha pacífica de cientos de miles de manifestantes el 21 de noviembre se han sometido a las mismas lecturas que las de Ecuador y Chile.  El gobierno de Iván Duque, blanco de las protestas, apuntó por lo menos inicialmente a una desestabilización orquestada por el régimen de Maduro y las FARC. Los adherentes de la protesta y los medios globales, en cambio, han resaltado el carácter relativamente pacifico de las protestas, la diversidad de colectivos que participan en las mismas y las demandas legítimas de los manifestantes. Al ser vecino de Venezuela y el corazón del narcotráfico en América Latina y contar un gobierno que ha liderado la presión internacional al régimen de Maduro, las manifestaciones en Colombia son la prueba de fuego de la tesis de la desestabilización continental.

Es interesante que la prensa de elite colombiana como Revista Semana y hasta cierto punto el gobierno de Iván Duque han dejado de atribuir las protestas a un supuesto plan desestabilizador continental propagado por Maduro y el narcotráfico. Recordemos que esta tesis fue esgrimida en octubre por la OEA de Luis Almagro y el grupo de Lima, en el que el gobierno de Iván Duque ha cumplido un rol prominente. Ahora el gobierno colombiano endilga las protestas al social demócrata Gustavo Petro, que obtuvo 41% de los votos en las últimas elecciones presidenciales en Colombia, pero incluso esa tesis es dudosa. Lo mismo ocurre en Chile, donde las demandas de los manifestantes están siendo debidamente procesadas por el sistema político y la teoría de conspiración solo se mantiene viva entre la extrema derecha. Es cierto que hay que distinguir en los casos de Chile y Colombia entre las protestas masivas de cientos de miles de ciudadanos y los brotes de violencia. Estos últimos, presentes en las protestas en ambos países, han sido una mezcla de violencia política y vandalismo. No obstante, incluso en el caso de la violencia política, se trata de una juventud frustrada y radicalizada -una suerte de anarquismo o nihilismo juvenil- mucho más que de un plan continental de desestabilización. En Ecuador, los expertos locales en seguridad, e incluso los voceros del gobierno, deberían tomar en cuenta la poca credibilidad que tiene la noción de un “patrón regional de desestabilización”.

¿Qué explica, entonces, las protestas en Colombia, si no se trata realmente de un plan de desestabilización chavista/castrista/narco-político? Hay algunos denominadores comunes reales compartidos con Chile e incluso Ecuador: las desigualdades, políticas de austeridad, falta de acceso a la educación superior pública y la ampliación de la frontera extractivista. Concretamente, en Colombia se han articulado las demandas de los sindicatos en contra de una futura reforma del sistema de jubilación, de estudiantes universitarios que exigen mayor financiamiento para las universidades púbicas, y las nuevas exigencias de los colectivos ecologistas y feministas. En otras palabras, están presentes criticas ochenteras y actualizadas a la austeridad neo-liberal y llamados a favor de ampliar los bienes públicos. La singularidad de Colombia, no obstante, está en la exigencia de que se cumplan los acuerdos de paz del 2016.

Colombia tiene una trayectoria histórica muy convulsionada. Se ha caracterizada por un Estado oligárquico, elites regionales poderosas, una conflictividad social intensa y la hibridación de actividades ilícitas con el control socio-político territorial local. El conflicto entre las FARC por un lado y el Estado y los paramilitares por otro, ha sido en las últimas décadas, la manifestación más visible de la violencia estructural en Colombia. Los acuerdos de paz impulsados por Juan Manuel Santos buscaron desmovilizar a las FARC, aumentar la presencia territorial del Estado e integrar las zonas marginales del país a la economía nacional, especialmente a la inversión extranjera extractivista. Estos acuerdos, recordemos, polarizaron a ese país entre los adherentes que los consideraban como imprescindibles para la pacificación y normalización del país y aquellos como los uribistas, a quienes compresiblemente les enfurecía la legitimización de las FARC. Producto de la polarización fue el plebiscito ganado por el No, que repudió los acuerdos, el cual fue desoído por el gobierno de Santos. Así, se trata de un país con un Estado históricamente excluyente, una sociedad desigual y con una fuerte dosis de violencia estructural. Es un caldo de cultivo para el descontento, a pesar de un crecimiento económico sostenido.

Los acuerdos de paz han tenido el efecto de normalizar el juego político pluralista, ya que la protesta social ya no está automáticamente deslegitimada por una supuesta complicidad con las FARC. Esto ha abierto un espacio para la expresión política del descontento. Al mismo tiempo, la continuación de la violencia política en contra de los movimientos sociales, sobre toda en las zonas rurales, genera una fuerte sensación de inseguridad. La protesta en contra del incumplimiento de los acuerdos de paz es sobre todo una protesta por la ausencia de paz y la permanencia de la violencia estructural, más que por un incumplimiento de cláusulas específicas de la Paz.

¿Qué le espera a Colombia? Duque enfrenta un descenso de popularidad a menos de 30%, un nivel bajísimo, aunque no tan bajo como el de Lenin Moreno; y un escenario futuro de meses de protestas, aupadas por la nueva alcaldesa de Bogotá, la brillante y controvertida Claudia López. Por ello Duque ha optado por convocar a un diálogo nacional, que, sin embargo, no interpela directamente a los manifestantes, lo que refuerza el descontento. Está claro que Colombia debe forzosamente iniciar un proceso de cambio hacia un país normal en el cual se produzca un verdadero diálogo con sectores que no se sienten representados, una mejora de los escasos bienes públicos y sobre todo brindar seguridad humana a su población. Es un reto enorme que no es compatible con el mantenimiento del statu quo de exclusión y violencia estructural.  En todo caso, lo peor que puede hacer la elite colombiana es seguir alimentando la fantasmagoría uribista de la conspiración continental y no indagar en los problemas estructurales y aceptar la legitimidad de la protesta social.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

10 Comments

  1. Es cierto que hay que distinguir en los casos de Chile y Colombia entre las protestas masivas de cientos de miles de ciudadanos y los brotes de violencia. Estos últimos, presentes en las protestas en ambos países, han sido una mezcla de violencia política y vandalismo. No obstante, incluso en el caso de la violencia política, se trata de una juventud frustrada y radicalizada -una suerte de anarquismo o nihilismo juvenil- mucho más que de un plan continental de desestabilización.

  2. El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, afirmó este miércoles 11 de diciembre del 2019 en la ciudad colombiana de Cali que las protestas sociales en varios países de América Latina fueron infiltradas por «grupos criminales» que buscan imponer una agenda para desestabilizar a los Gobiernos y generar caos. «Las protestas sociales sin duda alguna están legitimadas y así debe ser (…) pero hay una línea roja que no hay cómo atravesar, en la cual se busca desestabilizar al Gobierno, en la cual se agreden a las personas, se les lesiona físicamente», afirmó el Mandatario al instalar el VIII Gabinete Binacional Colombia-Ecuador, junto con su homólogo Iván Duque.

  3. En mi opinión La tradición política se reproduce y
    modifica bajo ciertas condiciones o
    parámetros, independientemente de la
    coherencia de los argumentos. Unos,
    dependen de los diseños constitucionales y
    legales y debe prestárselas atención porque
    allí están codificadas las reglas del juego
    que afectan las expectativas y conductas
    de los jugadores. Sabemos, por ejemplo, la
    importancia capital de dos cambios
    recientes de las reglas del fútbol en las
    estrategias defensivas y ofensivas de los
    equipos: la del juego fuera de lugar y la de
    los tres puntos por partido ganado y uno
    por empate.

  4. En mi criterio la democrática requirien únicamente de un lapso durante el cual los partidos políticos compitiesen en elecciones justas y regulares, os estudiosos del tema han propuesto recientemente algunas hipótesis que muestran la forma de efectuar una transición exitosa del autoritarismo a la democracia,Los ciudadanos ya no confían en poder intervenir sobre las políticas públicas con su participación y están dispuestos a buscar otro tipo de alternativas políticas, misma que ayudar a evitar situaciones complejas que vive la ciudaddania con las FARC y que exista paz para la ciudadania y no sea eliminado el decho de las personas de vivir en un pais con derechos y libertad.

  5. En mi opinion ,los acuerdos de paz han tenido el efecto de normalizar el juego político pluralista, ya que la protesta social ya no está automáticamente deslegitimada por una supuesta complicidad con las FARC. Esto ha abierto un espacio para la expresión política del descontento. Al mismo tiempo, la continuación de la violencia política en contra de los movimientos sociales, sobre toda en las zonas rurales, genera una fuerte sensación de inseguridad. La protesta en contra del incumplimiento de los acuerdos de paz es sobre todo una protesta por la ausencia de paz y la permanencia de la violencia estructural, más que por un incumplimiento de cláusulas específicas de la Paz.

  6. En un escenario de debilidad democrática y crisis económica global y especialmente en latinoamérica, las protestas son posibles; pero lo que resulta más difícil de explicar por esa vía es la inusitada violencia sobre todo en Chile y Ecuador y lo prolongado de las protestas en ese país; por tanto, es más plausible explicarlas como una combinación de factores entre los cuales, claro está la «brisita bolivariana»

  7. La corrupción ha sido tradicionalmente señalada por muchos analistas como uno de los principales problemas políticos de Colombia. El presidente Ivan Duque ha ido perdiendo popularidad desde que ingreso al poder, debido al mal manejo del mismo, con el cual solo se benefician los que mas tienen.

  8. con ese enfoque debe tratarse la sublevación de octubre en Recudo y no con eso de que los marcianos son los culpables de la revuelta que ofenden la inteligencia de los ecuatorianos y por eso y mas Lenin Moreno sigue bajando su popularidad entre los ciudadanos

  9. Desde más que 20 años, las élites colombianas se caracterizan por su total desconexión con la realidad de la gente, clase media y baja. En plena protesta del 04 de noviembre, el gobierno decidió aumentar los impuestas a los trabajadores en cambio de bajar la carga tributaria a las empresas transnacionales. Esto ya explica mucho…

  10. Con mucho interés he leído este artículo. La mirada de la situación en Colombia desde afuera es importante y especialmente si es la del país hermano de Ecuador. Aunque el análisis de Carlos Espinoza pretende ser imparcial su mención a «la fantasmagoría uribista» de una conspiración regional demuestra su sesgo. Las manifestaciones en Colombia hacen parte del «huracán bolivariano», de eso no hay duda-

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