Por la lucidez, desobediencia, ironía y obstinación

El convulsionado 2019

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El 2019 cierra para América Latina con un altísimo sinsabor ciudadano respecto a los rendimientos de la democracia. Si bien lo ocurrido en cada uno de los países que vivieron protestas populares tiene causas diferentes y contextos también disímiles, en lo que comparten los eventos ocurridos en Ecuador, Chile o Colombia – por citar unos pocos casos – es en la demanda ciudadana de que sus necesidades básicas sean satisfechas. Salud, educación y seguridad social, son tres elementos clave de ese amplio conjunto de reclamos frente a los que los gobiernos han sido poco eficaces. Gratuidad, calidad y amplia cobertura, son los adjetivos que acompañan a los servicios citados y que cada vez están más ausentes en las agendas de gobierno de los distintos países de la región, independientemente de su posicionamiento político-ideológico. Por tanto, no es una cuestión de derechas o de izquierdas.

Adicionalmente, el convulsionado año que está por fenecer deja una lección compartida: cada vez es más notoria la sordera de nuestros gobernantes en relación al griterío ciudadano frente a sociedades vergonzosamente desiguales. Más aún, esa sordera va acompañada de miopía crónica: nuestros actores políticos se niegan a observar, por ejemplo, que la población joven es mayoritaria y que su perspectiva de vida es distinta a la que tenía el mundo de la política, la economía y la sociedad a fines del siglo XX e inicios de la nueva centuria. En esa sordera y miopía están el caldo de cultivo perfecto para que las protestas no sean pacíficas ni limitadas a levantar la voz. Quizás allí está la explicación para la violencia expresada en varias ciudades de América Latina: ante la indiferencia de los gobernantes la opción es “hacerse escuchar y ver” de forma estridente, incendiaria, rebelde. No se trata de justificar lo acontecido en Quito, Santiago o Bogotá. Simplemente se trata de dar un sentido a la protesta que vaya más allá de la idea de los meros infiltrados, la desadaptación social o la influencia de venezolanos y/o cubanos.

Sin embargo, el convulsionado 2019 también deja varios temas en los que se necesita trabajar más a fin de que se sedimenten en nuestras sociedades. En primer lugar, el régimen democrático es la mejor forma de convivencia política, económica y social que hemos alcanzado. Hay que destronar, por tanto, aquellas visiones que aprovechan de la turbulencia para poner en duda si la democracia es efectivamente el mecanismo más viable para el procesamiento de las diferencias. Tan cierto es que la democracia es el régimen a seguir, que las protestas observadas en el 2019 han sido posibles. En los autoritarismos y las dictaduras, como la cubana o la norcoreana, si bien no hay reclamos ciudadanos y la vida social es apacible, esto no se debe a la conformidad de la población con sus gobiernos sino por el contrario a la represión, la violencia de Estado y la generación de opinión única, que es la oficial, desde luego.

En segundo lugar, la economía de mercado es la forma de asignación de bienes y servicios que mayores ventajas ha traído a las sociedades modernas. No existe país alrededor de la tierra que haya generado riqueza y posterior desarrollo que no se haya sustentado en los postulados de la ecuación oferta-demanda y en la defensa de la propiedad privada. Si bien se puede discutir en qué medida el gobierno puede tener incidencia en determinados campos de la vida pública – como salud, educación o seguridad social -, la sola idea de la economía planificada desde el Estado debe ser un tema en el que los acuerdos para no asumirla deberían estar claros entre los diferentes actores políticos, económicos y sociales. Venezuela y Ecuador – durante una larguísima década – dan cuenta de lo nocivo que es la excesiva regulación estatal. Al igual que en el caso de la democracia como régimen político, es cierto que los rendimientos de la economía de mercado han tenido resultados no del todo satisfactorios para América Latina; sin embargo, la resolución de los problemas no está en voltear la vista hacia propuestas estatistas sino a aquéllas que pueden hacer una buena simbiosis de lo público y lo privado.

En tercer lugar, es necesario revitalizar desde la sociedad los espacios de convivencia democrática e intercambio económico. Para ello, las mejores armas son la asociación ciudadana y la tolerancia con la opinión diversa. Asociación ciudadana en lo lícito y tolerancia en lo racional. Asociación ciudadana que vigile la acción de los gobernantes y sus desvíos, sobre todo los relacionados con la rampante corrupción. Tolerancia que permita entender y asimilar un argumento bien elaborado aún cuando no sea similar al nuestro. Esa mixtura es la que permitirá a las sociedades latinoamericanas aprender y sacar conclusiones propositivas del convulsionado 2019. En esa mixtura está el complemento de actores políticos más comprometidos en entender a la población y agentes económicos que consideren al mercado como un espacio cargado de valores éticos y justicia.

***

Tras un convulsionado 2019, lo que queda claro es que la desigualdad social es una variable clave para entender y diagnosticar lo que ocurre en América Latina. Frente a ello, un punto de acuerdo inicial es que la reducción de tales asimetrías debe darse dentro del régimen democrático y a partir de los principios básicos de la economía de mercado. Sin uno y otro, la asociación ciudadana y la tolerancia difícilmente podrán ser parte constitutiva de nuestra América Latina. Sin una simbiosis en la que se conjuguen elementos políticos, económicos y sociales como los anotados, las protestas y violencia del año que está por fenecer volverán pronto, acaso con mayor intensidad.

Santiago Basabe es académico de la Flacso. 

1 Comment

  1. Según un informe de Naciones Unidas, entre los países más felices del mundo, Chile está en el primer lugar en Sudamérica, Colombia en el quinto y Ecuador en el sexto. Parece que hay un contrasentido con los resultados de la violencia exhibidos últimamente. Pero si analizamos lo que pasa en nuestro país, veremos que la juventud se siente frustrada: tiene un título de bachiller que no le sirve para nada si no tiene posibilidades para seguir estudiando. Le cerraron los colegios técnicos donde podía obtener una profesión intermedia como electricidad, mecánica, etc. que le sería muy útil a jóvenes de escasos recursos; para ingresar a la universidad, donde no hay cupos suficientes, debe aprobar exámenes rigurosos. Si tiene un título universitario, tampoco le asegura el futuro. El ingreso al campo laboral es mínimo, no hay crecimiento económico. Los servicios de salud del Estado, son deficientes, incluso los del IESS. La clase política, se dedica a mirar por sus intereses particulares o de grupo, no hay visión de patria. No hay sacrificio por ella, al contrario, se procura extraerle (exprimirle) el mayor provecho posible. Se auto-conceden sueldos excesivos, y si son dos o más, mejor. Con cuatro años de servicio, tienen sueldo para toda su vida. Y si hay para la prole, estupendo, se lo merecen. La corrupción campea, los nuevos ricos crecen como hongos a costa del Estado y la Justicia va a pasos de tortuga solo con el un ojo vendado. La impunidad es mal ejemplo. Entonces, el panorama invita al pesimismo, a la frustración. Soñemos con que en el futuro aparezcan líderes auténticos. Un feliz año a Ud. y a todos los de 4-Pelagatos.

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