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Perú: la descomposición de la política

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Uno de los cambios más importantes en las relaciones exteriores ecuatorianas en las últimas décadas ha sido el giro que se ha dado en la relación Ecuador-Perú de la enemistad a la amistad. Ahora Perú es para nuestro país un socio comercial clave, un destino y origen de inversión extranjera, y un espacio de turismo culinario y cultural. Para muchos ecuatorianos, sobre todo de la derecha política, Perú es además un modelo de buen manejo de la economía y de los beneficios de la libertad económica. Sin duda el éxito económico de Perú ha sido impresionante, en cuanto a tasas de crecimiento altas y una fuerte inversión extranjera, sobre todo en minería.

La política y la institucionalidad, en cambio, constituyen los eslabones débiles del Perú. Los presidentes terminan sus periodos con una popularidad ínfima y en muchos casos en la cárcel por corrupción, el Congreso es universalmente despreciado, el sistema judicial provoca una profunda desconfianza y la decena de partidos políticos son vehículos personalistas propensos a la división.Todo ocurre como si un modelo de mercado basado en decisiones y esfuerzos individuales, hubiera tornado superflua a la política y al Estado y los hubiera convertido en motivo de desprecio. En lugar de generar una muerte de la política —el ideal neo-liberal— el consenso neo-liberal en Perú ha conducido a una esfera pública vilipendiada y en perpetua descomposición.

Tras la caída de Fujimori a principios del milenio, el Perú exhibe un conjunto de patrones socio-políticos persistentes. Primero, una economía neo-liberal con indicadores marco-económicos estelares. Segundo, el desprestigio de la política y la baja provisión de bienes públicos. Tercero, una brecha regional que concentra los beneficios económicos en la costa del país, especialmente en la capital y condena a la sierra al estancamiento económico. Cuarto, una sociedad atravesada no solo por brechas económicas, tan visibles en la geografía urbana de Lima, sino también de status social. Quinto, vertientes populistas que prometen mano dura para combatir la inseguridad y restaurar los valores morales cristianos.

La última crisis política y las elecciones legislativas han estado marcados por estos patrones de desprestigio de la política, outsiders, regionalización y risibles promesas de regeneración moral. El actual presidente Martín Vizcarra es el sucesor de Pedro Pablo Kuczynsky forzado a dimitir por el caso de corrupción de Odebrecht. Convertido por las circunstancias de su ascenso al poder en adalid de la anti-corrupción, Vizcarra presionó al Congreso, entonces controlado por el fujimorismo, para que adopte medidas anti-corrupción. Al no conseguirlo, Vizcarra se valió del semi-parlamentarismo peruano, para disolver al deslegitimado Congreso y llamar a elecciones legislativas.

En las elecciones celebradas hace tres semanas, el prestigio de los partidos políticos llegó a su punto más bajo y produjo un nuevo congreso absolutamente fragmentado. El hasta hace poco poderoso fujimorismo se vino abajo y obtuvo apenas 12 escaños frente a 73 en las elecciones anteriores, mientras el histórico partido APRA no logró un solo escaño. La anti-política ahora se encarnó en el extravagante movimiento político evangelista FREPAP que busca las soluciones al malestar peruano en el reino de Dios en la tierra. La izquierda terció dividida y muchos de sus votos fueron captados por el movimiento de Antauro Humala, el hermano de Ollanta Humala y beneficiario del perpetuo descontento de la sierra. La fuerza más votada, la centrista Acción Popular obtuvo apenas el 10% de los votos. Esta fragmentación extrema contribuirá a la parálisis y seguramente profundizará el desprestigio de la política.

Frente a tal desprestigio de la política, uno pensaría que Perú sería un candidato obvio para el tipo de protestas masivas marcadas por actos de violencia que se han presentado en varios países latinoamericanos. No obstante, el consenso neo-liberal hace que los ciudadanos peruanos no exijan una mayor oferta de bienes públicos, o lo que es lo mismo una moderación de la austeridad. La política más bien se agota en un empobrecido rechazo de la corrupción y la promesa de mano dura. No es que los peruanos no requieran una mejora de los servicios públicos, que están entre los peores en el continente, pero tales demandas no se formulan claramente. El resultado es que la política solo expresa la frustración ante sí misma y al vaciarla de tal forma asegura su permanente putrefacción.

Carlos Espinosa es profesor/investigador de Historia y Relaciones Internacionales en la USFQ.

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